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27 de diciembre de 2008

EL PASEO

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        –¡Dale ma! ¡Dejame! –suplicó Camilo–. ¡Es mi cumpleaños!

        –Dejalo –intervino Raúl–. No le va a pasar nada.

        –¡Dale ma! ¡¡Dale!!

        Celeste negó una vez más con la cabeza. No le importaba cuánto le insistiera su hijo y su hermano, no podía permitir ese paseo. Dejar que Camilo se subiera a la moto de Raúl (una Yamaha R6 último modelo) y que juntos fueran a andar por la avenida era una locura. Primero, Camilo era muy chico, apenas estaba cumpliendo diez años. Segundo, aunque su hijo fuera efectivamente grande, tampoco lo dejaría; no confiaba en absoluto en Raúl, su hermano menor. Y tercero, no quería, tenía miedo. Punto.

        –¡Pero mamá! –insistía Camilo.

        –Celes... –dijo Raúl en voz baja, al oído de su hermana–. No seas tonta, no traumés a tu hijo más de lo que estás traumada vos. Si seguís así, el pobre pibe te va a salir lleno de mambos.

        –No me importa –respondió Celeste–. No quiero que vaya.

        –Pero no seas tonta. Te acordás lo que decíamos nosotros cuando papá no nos dejaba hacer algo: «no vamos a ser como él». Siempre decíamos lo mismo. Y ahora mirate. Sos papá en pinta.

        –No me importa. Cuando tengas hijos ya vas a entender. Ahora yo lo entiendo a papá más que antes.

        –¡Mamá, por favor! –gritó Camilo con los ojos cubiertos de lágrimas.

        –¿Y lo entendés a él? –murmuró Raúl–. ¿Te acordás lo que hacíamos cuando papá no nos dejaba hacer algo? ¿No te acordás? Hacíamos lo que queríamos de todas formas, a escondidas. Ahora Camilo te lo está pidiendo, la próxima lo va a hacer sin que te enteres.

        Celeste miró a su hijo y vio sus mejillas húmedas. Su hermano tenía razón, siempre hicieron cosas a escondidas de su padre. En su adolescencia fumó a escondidas, fue a bailar a escondidas, tuvo novios a escondidas... Todo lo había hecho a escondidas, y siempre se había prometido, incluso impuesto, no ser con sus hijos como su padre había sido con ella. Y ahora estaba siéndolo. Era verdad, Camilo tenía apenas diez años, no iba a empezar a fumar o algo por el estilo, pero esa era la época en que tenía que ganarse su confianza. Si no lo hacía en ese momento, cuando su hijo fuera adolescente no confiaría jamás en ella.

        –No sé –dijo Celeste en un suspiro–. Tengo miedo de que le pase algo.

        –No le va a pasar nada –le respondió Raúl esbozando una sonrisa–. No soy un boludo de veinte años, soy un boludazo de treinta y dos. No le va a pasar nada... además –continuó elevando la voz para que Camilo lo escuchara–, no le puede pasar nada con esto...

        Con movimientos exagerados y sumamente lentos, Raúl tomó la mochila que traía sobre su espalda y comenzó a abrirla.

        –¿Están listos para ver lo que traigo acá?

        Camilo asintió con alegría. Todavía tenía el rostro húmedo, pero en su boca se asomaba ya una sonrisa.

        –Tan ta tan ta tannn...

        Raúl abrió la mochila y extrajo de ella un casco de motocicleta negro, flanqueado por dos relámpagos plateados.

        –¡Para mí! –gritó el niño con alegría.

        Celeste sintió que se le comprimía el pecho. No había caso, ya había perdido.
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***
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        –Tené cuidado. ¡Por el amor de Dios te lo pido! –exclamó Celeste.

        –No te preocupés –dijo Raúl–. Hago este camino todo los días. Vamos a ir por Gaona hasta Caseros y de ahí volvemos. No son más de veinte cuadras.

        –Está bien, pero no te soltés –le dijo a Camilo–. Agarrate bien.

        Camilo apretó aún más la cintura de su tío para demostrarle a su madre que iba a sujetarse bien. Además le dijo que lo haría, pero sus palabras no salieron del espacio cóncavo del casco.

        –Bueno, esperá acá que en unos minutos ya estamos de vuelta –concluyó Raúl al tiempo que se ponía su casco rojo.

        Salieron despacio rumbo a la avenida Presidente Perón, antes llamada Gaona, y atravesaron los cinco semáforos hasta llegar al cruce con la avenida Caseros. Una vez allí, Raúl estacionó junto al cordón y se sacó el casco. Con su mano libre golpeó el casco de Camilo para que también se lo sacara.

        –¿Querés hacer algo divertido?

        Camilo asintió.

        –Pero me tenés que prometer que no le vas a decir a tu mamá. Si se entera no nos va a dejar salir juntos nunca más.

        Camilo volvió a asentir, con una enorme sonrisa en sus labios. Le encantaba ser cómplice de su tío.

        –Bueno, es un trato. Ahora ponete el casco y agarrate bien.

        Raúl dobló por la avenida Caseros y en vez de retomar por la avenida Gaona siguieron hasta la autopista Acceso Oeste. Ingresaron por ella y Raúl aceleró su motocicleta hasta alcanzar los cien kilómetros por hora. Al acercarse a la salida de la avenida Vergara comenzó a disminuir la velocidad. Salió por dicha salida y se dirigió a la casa de su hermana, que se encontraba a apenas dos cuadras.

        Cuando llegó, Celeste estaba esperándolos en la puerta de su casa, en la misma posición en que la habían dejado.

        Raúl se sacó el casco y no pudo evitar reír ante el semblante pálido de su hermana.

        –Viste que no era tan terrible –exclamó riendo.

        –No es gracioso –dijo Celeste.

        –Sí es gracioso, mirá como estás.

        –No, no es gracioso. Ahora dejate de bromas y vamos a adentro que en un rato llegan las visitas.

        –Ok.

        –¿Dónde está?

        –¿Dónde está quién?

        –No me asustes. ¡¿Dónde está?!

        Raúl miró a sus espaldas y se quedó helado al ver la parte trasera de su asiento vacía. Los segundos se aletargaron hasta convertirse en insoportables horas; los sonidos se evaporaron. Sabía que su hermana comenzaba a gritarle y a zamarrearlo de la campera, pero apenas lo notaba. Trataba de encontrarle una explicación a lo que acababa de suceder. Trataba de entender lo que había ocurrido en el paseo.

        De pronto, Celeste cayó al suelo, inconsciente. Raúl la miró, aturdido. Sin saber bien lo que hacía, encendió la motocicleta, se colocó el casco y se dirigió a gran velocidad a la autopista Acceso Oeste, para ver si encontraba a su sobrino.

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© Lucas I. Berruezo
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