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17 de diciembre de 2008

FRANCISCO, EL HIJO PRÓDIGO

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A Stephen King


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            Esta es la historia de mi hijo, pero también es la historia de mi vida. Mi historia, mi vida... No sé cómo contarla. Voy a hacerlo por partes.




            Francisco nació el 22 de mayo de 2004, en un parto con cesárea no prevista, consecuencia de una complicación inesperada. Gracias a Dios todo terminó bien, y puedo recordar con placer y nostalgia el momento en que entré a la habitación de la clínica. Julieta, mi esposa, tenía a Pancho en brazos. Jamás se me borrará esa imagen: el pequeño Panchito; un bebé rosa, casi lampiño, con una fina pelusita que le cubría parte de la cabeza. No tenía cejas, y sus ojos estaban tan cerrados e hinchados que me hizo recordar enseguida al personaje de dibujos animados Mr. Magoo.

            No hace falta que diga que nuestra vida cambió totalmente con la llegada de nuestro primer hijo. Con Julieta decidimos mudarnos del departamento de Caballito en que vivíamos a una casa en Haedo, con un gran patio trasero con pasto, plantas y un árbol. No queríamos que nuestro hijo creciera encerrado en un departamento de dos por dos, sino que conociera, ya desde chico, la maravillosa vida al aire libre, en un barrio tranquilo, lejos de los ruidos y la velocidad de la Capital Federal. Además, compramos un perro, un rottweiler, al que llamamos Nerón, para que creciera con Panchito y le diera lo que sólo una mascota fiel puede dar: amor y lealtad incondicional. Todo aquel que haya tenido un perro de chico (y yo lo tuve, también un rottweiler, llamado Sansón) sabrá de lo que estoy hablando.

            A los dos meses de haber nacido Pancho, nos mudamos. ¡Qué maravilloso fue empezar todo de nuevo! Nueva casa, una familia más grande, nueva mascota (un cachorrito que nos divertía sin parar)... ¡Qué lindos los amaneceres, que entraban por la ventana de la habitación que daba al jardín trasero! ¡Qué lindo el sol, que iluminaba a Panchito mientras dormía en nuestra habitación, en su catrecito, al lado de nuestra cama!

            Al poco tiempo, y debido a que Panchito rara vez se quejaba de algo y dormía toda la noche de corrido, decidimos con Juli hacerlo dormir en su propia pieza. Ésta era una habitación bastante grande, toda pintada de celeste y con el techo blanco, que tenía distribuidos en las esquinas muñecos de Winnie the Pooh (unos de los personajes preferidos de Julieta). También le armé un gran rompecabezas de dos mil piezas, con dibujitos de animales corriendo carreras por el bosque, y lo colgué en una de las paredes. En el medio de la habitación estaba la cuna, y en un costado un escritorio y un placard, todos de color blanco, que habían sido míos de chico y que mi madre se había empecinado en conservar (en ese momento comprendí las razones de tal empecinamiento y le di las gracias).

        No nos habíamos equivocado, Panchito dormía toda la noche sin molestarnos en absoluto. Mientras tanto, en la oscuridad de nuestra habitación, nosotros no podíamos evitar imaginarnos el futuro de nuestro hijo. Yo quería que triunfara en el fútbol; Julieta soñaba con que se convirtiera en médico; los dos nos conformábamos con que fuera buena persona.

El tiempo fue pasando y, con él, Panchito y el que era su mejor amigo, Nerón, fueron creciendo. Pancho sentía una atracción irresistible hacia el animal. Aún hoy puedo verlo, al cerrar los ojos, corriendo por el jardín, con paso inseguro y cayéndose a cada rato, con sus rulos rubios al viento, persiguiendo a Nerón sin descanso.

      Al año decidimos festejarle su primer cumpleaños junto con su bautismo. Hicimos una superfiesta; invitamos a familiares y amigos (tanto cercanos como lejanos, íntimos como distanciados). Todos estaban invitados, y todos vinieron. La pasamos muy bien, aunque Pancho se puso a llorar cuando su tío Miguel, el hermano de Julieta, quiso darle una sorpresa y se disfrazó de Barney. No obstante, no dejó de ser divertido.

         De esta manera, nuestra felicidad se alimentaba tanto de los eventos «grandes» como de las pequeñas cosas. Recuerdo que poco después de que Panchito cumpliera los dos años, decidimos sacarle los pañales para que empezara a usar ropa interior. Esto fue hace más o menos cuatro o cinco meses. Nunca me voy a olvidar la primera vez que lo vi corriendo con su pequeño slip: yo llegaba de trabajar y recién entraba en casa cuando él vino a recibirme gritando «¡Papá, papá!». ¡No podía creerlo! Parecía un pequeño hombrecito con sus calzoncillitos blancos. Atrás, en la puerta que daba a la cocina, Julieta me sonreía.



           
        Llevo escrita poco más de una página y mi corazón golpea mi pecho con una fuerza descomunal. Pero no hay manera, sé que tengo que seguir la historia y salir del momento idílico que hasta el momento imprimí sobre el papel.

        La semana pasada, más específicamente el martes, dejé salir a Panchito a jugar y a correr por el patio. Eran las cuatro y media de la tarde, y el sol todavía se mantenía bastante alto como para seguir calentando y alumbrando nuestro jardín. Como siempre que lo dejaba salir a jugar, yo también salí con él, más que nada para vigilar que no se lastimara con las plantas o que no se metiera bichos en la boca (cosa que hacía cada vez que se le presentaba la oportunidad). Recostado al sol, Nerón dormitaba.

       Jamás me olvidaré la imagen de Panchito corriendo por el parque en esa tibia tarde de septiembre. Sus rulos rubios flameaban por el aire, los mismos rulos que todavía hoy conserva, aunque ya no de la misma manera.

            Recuerdo que sonó el teléfono mientras yo permanecía parado en la puerta del patio. Tuve el impulso de ir a atenderlo, ya que Julieta no había regresado de trabajar, pero algo me detuvo. No quería dejar a Panchito solo. Inmediatamente después, mientras el teléfono seguía sonando, me dije: «Es sólo un segundo, voy a buscar el teléfono y vuelvo».

            –¡Panchito! –grité (Pancho me miró desde el jardín)–. Voy a adentro y vuelvo. No toqués nada. ¿Entendiste?

            –Tí –me respondió.

           Entré apurado, agarré el teléfono inalámbrico y me dirigí nuevamente al patio mientras atendía la llamada. ¡¿Cómo contar el horror que viví entonces?! ¡¿Cómo narrarlo, si se me va la vida al hacerlo?!

         Antes de llegar a la puerta, a sólo unos pasos de ella, y antes de colocarme el teléfono en la oreja, oí el gruñido de Nerón. Creí percibir el sonido de una madera que se rompía, pero a decir verdad, creo que fue una impresión que se fijó en mi mente momentos después. Un sensación de frío me recorrió el cuerpo y, por qué no, el alma. Desde el teléfono se oía la voz de Julieta que repetía «Hola» una y otra vez.

          Lentamente me acerqué a la puerta abierta y me asomé hacia el exterior. Quise llamar a mi hijo, pero ninguna palabra salió de mi garganta. Cuando miré hacia afuera, mi presentimiento, mi mal presentimiento, se vio confirmado: Panchito estaba tirado en el medio del patio, sobre el pasto; Nerón, en una punta del mismo, miraba a mi hijo y me miraba a mí con la cabeza entre las patas. Dejé caer el teléfono.

            Me acerqué a Panchito corriendo y lo sujeté entre mis brazos. Todavía estaba tibio, pero ya no respiraba. En su cuello se podía ver la marca de los dientes de Nerón. A partir de ese momento no fui dueño de mí; o mejor dicho, nunca fui dueño de mí tanto como lo fui en ese momento. Me puse de pie y fui a buscar una pala que guardaba en un galponcito que estaba contra la pared del fondo del patio. Después me acerqué a Nerón, siempre caminando lentamente. El perro me miraba echado como estaba, con su cabeza entre las patas. No trató de defenderse en ningún momento, ni siquiera cuando levanté la pala y empecé a golpearlo. Él sabía muy bien que había hecho mal. Lo golpeé hasta dejarlo muerto, con la cabeza aplastada. Por último lo metí en una bolsa y lo tiré adentro del galponcito.




            No quise velar a Panchito en una cochería; quise hacerlo en nuestra propia casa, en esa casa que habíamos comprado para él, sólo para él. Incluso quise velarlo en su propia pieza, a pesar de las críticas que me hicieron familiares y amigos. No me importó. Además, tuve que convencer también a la gente del velatorio, ya que ellos prefieren velar a sus clientes en su propio establecimiento. Me exigieron una suma de dinero exorbitante, sin lugar a dudas para que yo renunciase a mi propósito, pero no me importó. Les pagué lo que me pidieron y tuvieron que venir a cumplir con el servicio a mi casa, a la habitación con los muñecos de Winnie the Pooh y con el rompecabezas de los animalitos. El féretro blanco hacía juego con la cuna-cama y el resto de los muebles.

           Velamos a Panchito a la mañana siguiente del accidente. El doctor Ramirez, amigo personal de mi padre, hizo el acta de defunción por enfermedad cardiovascular, producto de un mal congénito. Queríamos evitar toda explicación que podía obligarnos a dar una muerte violenta. La ceremonia fue rápida; el cura dijo sus palabras; las personas lloraron su pena; Julieta se desmayó; mis suegros me miraron con odio; mis padres me consolaron; todos me dieron su pésame.

            En un momento dado me sentí asfixiado en esa atmósfera y decidí salir al patio para tomar aire. Vi entonces el pozo que había cavado para la tumba de Nerón y me alegré de que nadie me hubiese visto cuando guardaba la bolsa de consorcio en el placard de Panchito. En ese momento una voz me sorprendió a mis espaldas. Me volteé y vi a Javier Grondona y a Claudia, su esposa; una pareja compañera del trabajo de Julieta, que apenas llevaba un año de matrimonio. Recuerdo con exactitud las palabras que me dijeron.

         –No sabemos qué decir –dijo él–, así que no vamos a decir nada. Solamente una cosa. Realmente (hizo hincapié en esta palabra) sentimos lo que les pasó. Para lo que necesiten, pueden contar con nosotros.

            También recuerdo lo que yo pensé: «¿Cómo pueden sentir lo que nos pasó? Ustedes no tienen un hijo. No saben ni siquiera lo que es tener uno, ¡¿cómo pueden saber lo que es perderlo?!». Pero sólo respondí «Gracias».

            Volví a entrar a la casa y a la habitación de mi hijo. Una persona de la cochería me preguntó si faltaba que llegara alguien más, que si no ya estaba todo listo para cerrar el féretro. Le dije que ya se podía cerrar, pero que quería que me cumplieran un último deseo: quería quedarme solo con mi hijo por última vez, para poder despedirme de él y cerrar la tapa que lo cubriría por toda la eternidad. Yo quería ser el último que lo viera de esa manera, vestidito con su traje, con una venda en el cuello disimulando la herida producida por Nerón y con sus rulos rubios cayéndole a los costados de la cara. Por supuesto, los comerciantes de muertos se opusieron, como también lo hicieron mis suegros (Julieta no, estaba, por suerte, descompuesta en nuestra habitación). No obstante, yo me puse rígido y tuvieron que aceptar. El trato fue el siguiente: yo me quedaría solo con Panchito, cerraría la tapa del féretro y después entrarían ellos para sellarlo. Luego iríamos todos al cementerio de Morón a depositarlo en el nicho. 

            Cuando estuve solo me moví con velocidad. Extraje la bolsa que había metido en el placard y, sacando a Panchito del féretro, la puse en él. Entró a duras penas. Tuve que hacer tanta fuerza que temí que se notara en mi expresión cuando entraran las demás personas. Metí luego el cuerpito de Panchito en el interior de otra bolsa de consorcio y la escondí en el placard. Por último, le puse la tapa al ataúd y llamé a los encargados del servicio, que lo sellaron sin revisar su contenido. Así, mientras íbamos al cementerio de Morón, yo era el único que sabía que estábamos a punto de «ennichar» a Nerón, mientras que Panchito estaba donde debía estar, en su casa.




            Terminada la ceremonia, hablé con mis suegros para que se llevaran por esa noche a Julieta, que se había vuelto a desmayar cuando colocaron el ataúd en el nicho. Éstos, que, como di a entender antes, me culpaban de la muerte de Panchito, aceptaron enseguida. Según ellos, Julieta necesitaba contención, y tal y como estaban las cosas, yo no se la podía dar.

           Volví entonces a mi casa, solo. Muchos se ofrecieron a pasar lo que quedaba del día y la noche conmigo, pero yo me rehusé con determinación. Tenía que estar solo.

            Llegué entonces a mi casa y me dirigí de inmediato a la habitación de mi hijo. Abrí el placard y saqué la bolsa negra. A su vez, saqué el cuerpo de Panchito de la bolsa y lo observé con detenimiento: sus rulos, su expresión serena, su piel blanca, su futuro lleno de promesas coartado definitivamente. Lloré sobre él; lloré como nunca antes lloré en mi vida y como no creo volver a llorar. Besé su frente; acaricié su pelo, sus rulos; pregunté una y mil veces «¿Por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?». Por último, me decidí a hacer lo que ya tenía planeado desde el principio.

            Metí nuevamente a Panchito en la bolsa y lo llevé al patio. Ya era de noche. Lo dejé caer suavemente en la tumba que todo el mundo creía que era para Nerón, aunque siempre había sido para mi niño. Después la tapé, usando la pala que había servido de instrumento de venganza y justicia. Cuando terminé de hacerlo, clavé una cruz que había hecho con el palo de una escoba, roto en dos partes, y caí de rodillas. Con la voz entrecortada, dije:

            –Ahora vas a poder estar cerca de mamá y de papá, Panchito... No iba a permitir que te llevaran tan lejos... Sos un nene... y tenés que estar con tus papás... cerca de los que te quieren.

            Un acceso de llanto me cerró la garganta. Me tapé los ojos con ambas manos y empecé a murmurar:

            –Por favor, por favor te pido, ¡por favor! Quien pueda ayudarme. Dios o el diablo. Quien pueda no me interesa. Sólo quiero que me devuelvan a mi hijo. A Panchito. El no tendría que estar acá. Es solamente un nene. Por favor, quien pueda o quiera ayudarme... ¡Por favor!

            Entonces me dejé caer sobre la tumba y me deshice en el llanto. Inmediatamente comenzó a llover. Una lluvia torrencial, que me obligó a entrar a la casa. Me fui a dormir sin siquiera sacarme la ropa mojada. Cuando me desperté, el sol entraba por la ventana. Eran las ocho de la mañana y el día estaba por completo despejado.




            Salí de mi habitación y vi que había dejado la puerta del patio abierta. Me acerqué a cerrarla y me sorprendí al ver la tumba removida. Primero pensé que la lluvia había ablandado la tierra y la había dejado de ese modo, desprolija. Después se me ocurrió la absurda idea de que había cavado la tumba encima del pozo ciego y que éste se había derrumbado. Pero todas las explicaciones se esfumaron cuando alcancé a ver que en el piso del living, justo en el trayecto que daba al patio, se podían ver pequeñas huellas de barro producidas por las pisadas de pequeños pies. Mi corazón se aceleró. Las pisadas conducían a la cocina.

            Seguí las huellas a los tropezones. Cuando llegué a la cocina, mi corazón casi se detuvo por completo. Sentado en una silla, con la cruz que yo había hecho en las manos, estaba Panchito. Estaba todo manchado de barro, su pelo rubio era ahora marrón oscuro, la venda de su cuello colgaba sólo de un extremo, dejando ver la herida seca que le había producido Nerón. A un costado, sobre el suelo, se podía ver la bolsa de consorcio negra, también toda llena de barro. Por mi parte, permanecí hipnotizado mirando la expresión de Panchito. Era él, pero a su vez no lo era. Sus ojos estaban extraviados, como los ojos de un idiota; su boca estaba entreabierta, dejando caer hilitos de baba. De repente, esa misma boca hizo una mueca que parecía, aunque sin serlo, una sonrisa. La baba cayó en mayor cantidad.

            A pesar del rechazo que me produjo esa imagen de Panchito, no pude evitar sentirme alegre y lleno de gozo. Me le acerqué y lo abracé con todas mis fuerzas, pero lo solté de inmediato al sentir el hedor que salía de su cuerpo. Panchito se estaba pudriendo ahí, sentado en la cocina.

            –Pero qué mierda... –recuerdo que dije, y Panchito comenzó a reírse con la risa más tétrica que jamás oí en mi vida.




            Es mentira lo que dicen las películas sobre los no-muertos; éstos no necesitan ni de sangre ni de cerebro humano para seguir viviendo. Hace tres días que convivo con Panchito. Julieta todavía no volvió a casa, tampoco llamó ni ella ni ninguno de sus padres. Mejor así, no quiero que se entere de lo que está pasando acá.

            Hablo de Panchito por una cuestión de costumbre. Lo que volvió no es ni va a ser Panchito. Se la pasa todo el día sentado en el sofá, babeándose y mirando la pared como un tarado. Además, cada vez apesta peor y la putrefacción se va haciendo evidente a la vista. Por las noches, cuando duermo, él no lo hace, sino que se queda parado, cerca de la cama, observándome. Yo suelo despertarme de golpe, producto del olor que despide. Cuando lo hago siempre pego un grito de horror, ya que me aterra verlo ahí, con la mirada de idiota, babeándose y pudriéndose de pie. Cada vez que escucha mi grito comienza a reírse con esa risa que tanto me impresionó el otro día; después se da media vuelta y se aleja de la habitación, caminando como un deforme, hasta que se pierde en la oscuridad de la casa. Incluso en ese momento, siento que me sigue observando desde la distancia.

            De hecho, Panchito me estuvo mirando las dos horas que pasé escribiendo. Lo veo ahora, con su expresión alelada, riendo y babeando sin parar. Su piel está ya de un amarillo verdoso, sus ojos rojos y grises parecen dos bolas de carne. Expide un olor que no se aguanta. No sé si se puede matar a un no-muerto, sólo sé que lo voy a intentar. Si lo logro, voy a meterlo en una bolsa de plástico y voy a llamar a la policía para confesar lo que hice el día del velatorio. De esta manera, espero que desentierren a Nerón y, en su lugar, entierren a éste que se hace pasar por Panchito. No lo quiero cerca; lo quiero bien lejos, dentro de un féretro bien sellado, en un nicho del todo cerrado. Además, como continúe pudriéndose va a terminar siendo un esqueleto vivo. Me pregunto hasta dónde puede llegar todo esto si no hago algo.

            Tengo a mi lado un enorme cuchillo que usa Julieta para cortar la carne. Espero que sirva. En las historias más conocidas, siempre se dice que para eliminar a un no-muerto hay que separarle la cabeza del cuerpo. Espero que sea así, ya no aguanto más esta situación.

            Lo voy a intentar.

            Ahora puedo oír cómo Panchito se empieza a reír. ¡Por Dios, qué risa más horrorosa! Lo veo, tiene todo el traje manchado con su baba. Y no para de reír. Ríe, ríe, ríe... Es todo lo que hace.

            Que sea lo que Dios quiera...



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© Lucas I. Berruezo
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2 comentarios:

  1. Muy bueno el cuento Lucas, vas a hacer que tenga pesadillas. Eso sí, tres cuentos son pocos. ¡Ponete las pilas y subí más!

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  2. Ya lo tenia impreso! al volverlo a leer me recordo aquella grata sorpresa cuando lei tu primer cuento! Felicitaciones nuevamente.

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