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31 de diciembre de 2008

EL LADO OSCURO DE LA NAVIDAD

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        Las fiestas, a veces, nos permiten reflexionar sobre cuestiones específicas. Si tenemos un poco de suerte y un grupo de personas con las cuales llevarlas a cabo, pueden favorecer también el desarrollo de reuniones y discusiones, siempre específicas. Y esto mismo es lo que me sucedió una calurosa tarde de diciembre, hace ya siete u ocho años. En aquel entonces (yo era soltero y gozaba del desempleo de los primeros años de la post-adolescencia) estaba reunido con unos amigos con los que, cada viernes, discutíamos de religión. Ellos eran protestantes (aún lo son) y yo (en teoría) católico (aún lo soy, en teoría). Debido a la fiesta que se acercaba, nuestra charla derivó en la navidad.

        Su planteo fue simple, pero contundente: Todo lo que desvía de Dios es diabólico, por eso Papá Noel es diabólico, porque hace que la navidad gire en torno a él y no al nacimiento del Cristo. En un primer momento me pareció algo exagerado, propio de una agrupación fanática que veía al diablo en cada esquina y en cada canción o programa de televisión. Pero la afirmación tenía algo que me pareció interesante y se mantuvo firme en mi mente todos estos años.

        Para justificar su frase, mis amigos se sostenían de un pasaje de la primera carta de Juan:

«¿Quieren reconocer al espíritu de Dios? Todo espíritu que reconoce a Jesús como el Mesías que ha venido en la carne, habla de parte de Dios.
En cambio, si un inspirado no reconoce a Jesús, ese espíritu no es de Dios; es el mismo espíritu del anticristo
» (1 Juan 4, 2-3).

        Queda claro que para mis amigos todo era blanco o negro. O eras de Dios o eras del anticristo; o estabas en el camino de Uno o estabas en el camino del otro. No creo que haya nada que recriminar; después de todo, la Biblia misma no deja muchos lugares para los grises. Pero bueno, a partir de este pasaje ellos hacían la siguiente reflexión: Lo diabólico no necesariamente tiene que ser lo (moralmente) malo u horrible, sino simplemente lo que desvía del camino de Dios. Porque así trabaja el diablo, desviando de a poco, sin que siquiera lo notemos. Entonces, todo lo que desvía del camino de Dios es diabólico; y Papá Noel desvía; ergo, Papá Noel es diabólico. No porque fuera malo, o feo, o monstruoso, sino porque, simplemente, hace que la atención se desvíe del Cristo.

        Me resistía a creerlo, pero entonces caí en la cuenta de que la mayoría de los niños (incluyéndome a mí, de niño) esperan la navidad sólo para recibir regalos, y son estos regalos los que ocupan gran parte de las preocupaciones adultas (¿alguna vez se internaron en un centro comercial una víspera de navidad?). O incluso mucho peor: algunos (aunque parezca mentira pude corroborarlo en mi propia familia) ni siquiera saben qué se conmemora en la navidad, y si se les apura terminan arriesgando cualquier respuesta, siempre teniendo a Papá Noel como personaje central.

       Cada navidad la reflexión de mis amigos vuelve a presentarse y me obliga a algunos minutos de silencio. También me obliga a preguntarme sobre otras fiestas religiosas: año nuevo (no creo que muchos sepan que la fecha conmemora la circuncisión de Jesús, es decir su ingreso al pueblo de Dios), Pascuas, etc… Y todo esto me empuja a la siguiente pregunta: ¿el mal en el mundo actúa siempre de forma evidente y, si se quiere, terrible? ¿No hay formas más sutiles, incluso bonitas o agradables, de insertar el mal en el mundo? Supongo que sí, por eso mismo cualquiera que se aventure a afirmar que Papá Noel es diabólico recibirá una buena dosis de burlas.

        Alguien podría decirme que la reflexión de estos muchachos sólo puede funcionar (en el caso de que lo haga) dentro del pensamiento cristiano en general y evangelista en particular, en donde sólo hay dos posibles caminos a recorrer. Puede ser. No hay que exigirle a ninguna teoría que sea coherente más allá del sistema que ella misma ha delimitado. De lo contrario, cualquier teoría puede ser destruida, no importa si fue Platón el que la planteó o Hegel. No tiene sentido discutirles a estos filósofos fuera de la concepción de las ideas o del sistema dialéctico, respectivamente. Si no lo hacemos con ellos, supongo que no tenemos porqué hacerlo con mis amigos. En todo caso, sirve para pensar, cosa que no es poco.

        Y cuando elevemos la copa, en esta o en cualquier otra navidad, sería bueno replantear nuestras propias creencias y ver si se corresponden con lo que estamos festejando. Si somos cristianos, bueno, entonces la teoría de un Papá Noel diabólico no tendría que sonar tan descabellada; si no lo somos, en última instancia la misma frase «Feliz navidad» surgida de nuestros labios ya es de por sí descabellada.

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27 de diciembre de 2008

PESADILLAS: derribando un mito

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        Cuando hablamos de sueños tenemos siempre una percepción definida: los sueños bellos son considerados buenos y las pesadillas malas. Desde niños nos enseñan a valorar los «dulces sueños» (frases como «que tengas dulces sueños» o «que sueñes con los angelitos» nacen de esta valoración) y a desestimar las pesadillas («no comas golosinas antes de ir a la cama porque te producen pesadillas» o «no veas películas de terror porque después tenés pesadillas» son algunos de los ejemplos que se pueden dar). Siempre ha sido así y, por como viene la cosa, parece que así va a seguir siendo.

        Ahora bien, si se ve más de cerca este fenómeno, se puede afirmar todo lo contrario: las pesadillas son benéficas y los «dulces sueños», bien vistos, son dañinos, aterradores. Esto se puede afirmar teniendo en cuenta la relación del sueño con nuestro momento de despertar. Después de un «dulce sueño» solemos mirar alrededor y lamentarnos de que ese sueño fue justamente eso, un sueño, y de que no fue real. Incluso, más de uno habrá intentado volver a dormir para alcanzar ese sueño y disfrutar de su realidad-otra por unos cuantos momentos más. Por el contrario, después de una pesadilla nos relajamos y damos gracias a Dios por que lo vivido no fue real, sino un sueño. De esta manera, nuestras reacciones anímicas al despertar son claras: después de un «dulce sueño» nos sentimos tristes porque lo bueno se termina con el mundo de la vigilia, mientras que después de una pesadilla nos sentimos bien, felices, porque lo malo ya pasó y quedó atrás, lejos, en ese mundo-otro que es el mundo onírico.

        Así, la valoración de los sueños tiene que estar relacionada con la percepción que nos abre de nuestro mundo real. Después de un «dulce sueño», nuestro mundo se nos presenta vacío, feo y deslucido en comparación con ese mundo maravilloso (de ahí que uno no quiera volver de él); mientras que después de una pesadilla, nuestro mundo se nos muestra con otras luces, como algo que, después de todo, no es tan malo (al menos no tanto como lo espantoso que acabamos de dejar atrás), y por eso a veces no queremos volver a dormir.

        En conclusión, vemos cómo la pesadilla es más benéfica y positiva, ya que nos enseña a ver con optimismo y a aceptar con agrado la realidad que nos rodea. No así el «dulce sueño», que nos muestra un mundo deteriorado y nos hace sufrir por la realidad que nos tocó en gracia. Y es que los «dulces sueños», al ser «dulces» en sí mismos, trasladan la pesadilla al mundo real, que comienza en el mismo momento en que abrimos los ojos. Las pesadillas, por su parte, al ser en sí mismas terroríficas, guardan el terror para sí, ahorrándonos de experimentarlo en la vida cotidiana.

         De ahí que siempre sea mejor una buena pesadilla.

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EL PASEO

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        –¡Dale ma! ¡Dejame! –suplicó Camilo–. ¡Es mi cumpleaños!

        –Dejalo –intervino Raúl–. No le va a pasar nada.

        –¡Dale ma! ¡¡Dale!!

        Celeste negó una vez más con la cabeza. No le importaba cuánto le insistiera su hijo y su hermano, no podía permitir ese paseo. Dejar que Camilo se subiera a la moto de Raúl (una Yamaha R6 último modelo) y que juntos fueran a andar por la avenida era una locura. Primero, Camilo era muy chico, apenas estaba cumpliendo diez años. Segundo, aunque su hijo fuera efectivamente grande, tampoco lo dejaría; no confiaba en absoluto en Raúl, su hermano menor. Y tercero, no quería, tenía miedo. Punto.

        –¡Pero mamá! –insistía Camilo.

        –Celes... –dijo Raúl en voz baja, al oído de su hermana–. No seas tonta, no traumés a tu hijo más de lo que estás traumada vos. Si seguís así, el pobre pibe te va a salir lleno de mambos.

        –No me importa –respondió Celeste–. No quiero que vaya.

        –Pero no seas tonta. Te acordás lo que decíamos nosotros cuando papá no nos dejaba hacer algo: «no vamos a ser como él». Siempre decíamos lo mismo. Y ahora mirate. Sos papá en pinta.

        –No me importa. Cuando tengas hijos ya vas a entender. Ahora yo lo entiendo a papá más que antes.

        –¡Mamá, por favor! –gritó Camilo con los ojos cubiertos de lágrimas.

        –¿Y lo entendés a él? –murmuró Raúl–. ¿Te acordás lo que hacíamos cuando papá no nos dejaba hacer algo? ¿No te acordás? Hacíamos lo que queríamos de todas formas, a escondidas. Ahora Camilo te lo está pidiendo, la próxima lo va a hacer sin que te enteres.

        Celeste miró a su hijo y vio sus mejillas húmedas. Su hermano tenía razón, siempre hicieron cosas a escondidas de su padre. En su adolescencia fumó a escondidas, fue a bailar a escondidas, tuvo novios a escondidas... Todo lo había hecho a escondidas, y siempre se había prometido, incluso impuesto, no ser con sus hijos como su padre había sido con ella. Y ahora estaba siéndolo. Era verdad, Camilo tenía apenas diez años, no iba a empezar a fumar o algo por el estilo, pero esa era la época en que tenía que ganarse su confianza. Si no lo hacía en ese momento, cuando su hijo fuera adolescente no confiaría jamás en ella.

        –No sé –dijo Celeste en un suspiro–. Tengo miedo de que le pase algo.

        –No le va a pasar nada –le respondió Raúl esbozando una sonrisa–. No soy un boludo de veinte años, soy un boludazo de treinta y dos. No le va a pasar nada... además –continuó elevando la voz para que Camilo lo escuchara–, no le puede pasar nada con esto...

        Con movimientos exagerados y sumamente lentos, Raúl tomó la mochila que traía sobre su espalda y comenzó a abrirla.

        –¿Están listos para ver lo que traigo acá?

        Camilo asintió con alegría. Todavía tenía el rostro húmedo, pero en su boca se asomaba ya una sonrisa.

        –Tan ta tan ta tannn...

        Raúl abrió la mochila y extrajo de ella un casco de motocicleta negro, flanqueado por dos relámpagos plateados.

        –¡Para mí! –gritó el niño con alegría.

        Celeste sintió que se le comprimía el pecho. No había caso, ya había perdido.
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        –Tené cuidado. ¡Por el amor de Dios te lo pido! –exclamó Celeste.

        –No te preocupés –dijo Raúl–. Hago este camino todo los días. Vamos a ir por Gaona hasta Caseros y de ahí volvemos. No son más de veinte cuadras.

        –Está bien, pero no te soltés –le dijo a Camilo–. Agarrate bien.

        Camilo apretó aún más la cintura de su tío para demostrarle a su madre que iba a sujetarse bien. Además le dijo que lo haría, pero sus palabras no salieron del espacio cóncavo del casco.

        –Bueno, esperá acá que en unos minutos ya estamos de vuelta –concluyó Raúl al tiempo que se ponía su casco rojo.

        Salieron despacio rumbo a la avenida Presidente Perón, antes llamada Gaona, y atravesaron los cinco semáforos hasta llegar al cruce con la avenida Caseros. Una vez allí, Raúl estacionó junto al cordón y se sacó el casco. Con su mano libre golpeó el casco de Camilo para que también se lo sacara.

        –¿Querés hacer algo divertido?

        Camilo asintió.

        –Pero me tenés que prometer que no le vas a decir a tu mamá. Si se entera no nos va a dejar salir juntos nunca más.

        Camilo volvió a asentir, con una enorme sonrisa en sus labios. Le encantaba ser cómplice de su tío.

        –Bueno, es un trato. Ahora ponete el casco y agarrate bien.

        Raúl dobló por la avenida Caseros y en vez de retomar por la avenida Gaona siguieron hasta la autopista Acceso Oeste. Ingresaron por ella y Raúl aceleró su motocicleta hasta alcanzar los cien kilómetros por hora. Al acercarse a la salida de la avenida Vergara comenzó a disminuir la velocidad. Salió por dicha salida y se dirigió a la casa de su hermana, que se encontraba a apenas dos cuadras.

        Cuando llegó, Celeste estaba esperándolos en la puerta de su casa, en la misma posición en que la habían dejado.

        Raúl se sacó el casco y no pudo evitar reír ante el semblante pálido de su hermana.

        –Viste que no era tan terrible –exclamó riendo.

        –No es gracioso –dijo Celeste.

        –Sí es gracioso, mirá como estás.

        –No, no es gracioso. Ahora dejate de bromas y vamos a adentro que en un rato llegan las visitas.

        –Ok.

        –¿Dónde está?

        –¿Dónde está quién?

        –No me asustes. ¡¿Dónde está?!

        Raúl miró a sus espaldas y se quedó helado al ver la parte trasera de su asiento vacía. Los segundos se aletargaron hasta convertirse en insoportables horas; los sonidos se evaporaron. Sabía que su hermana comenzaba a gritarle y a zamarrearlo de la campera, pero apenas lo notaba. Trataba de encontrarle una explicación a lo que acababa de suceder. Trataba de entender lo que había ocurrido en el paseo.

        De pronto, Celeste cayó al suelo, inconsciente. Raúl la miró, aturdido. Sin saber bien lo que hacía, encendió la motocicleta, se colocó el casco y se dirigió a gran velocidad a la autopista Acceso Oeste, para ver si encontraba a su sobrino.

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© Lucas I. Berruezo
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23 de diciembre de 2008

EL MAL MENOR, de Carlos E. Feiling

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        Los libros sorprenden, muchas veces incluso antes de leerlos. Cuando tomé por primera vez El mal menor de Carlos E. Feiling (Rosario, 1961 – Buenos Aires, 1997) quedé sorprendido al ver los dos epígrafes que abren la historia y suceden a las dedicatorias y agradecimientos. En efecto, creo que cualquiera se sorprendería al ver a un escritor argentino citar a Apuleyo en latín y a Stephen King en inglés. Apuleyo y Stephen King… Stephen King y Apuleyo… Lo clásico junto a lo contemporáneo; lo que en los círculos académicos da prestigio junto a lo que despierta risas de costado. En un primer momento se podría pensar que hay algo ahí que no cuadra, pero cuando se piensa en Carlos Feiling todas las cosas empiezan a ubicarse en el lugar justo. Es que esos epígrafes (como todos los epígrafes) no sólo hablan de la novela, sino también del autor. Licenciado en Letras por la Universidad de Buenos Aires, becario del CONICET y poseedor de un profuso prontuario académico, Carlos Feiling fue también un escritor, de esos que cuentan historias (cosa que no todos los académicos hacen).

        En El mal menor se puede leer una historia, y lo que es mejor, una historia de terror entretenida, original y bien escrita, en la que el mundo onírico se enfrenta al de la vigilia en una lucha fuera de toda comparación. La mención de Stephen King por el autor no es casual, es que algo del norteamericano se puede ver en las líneas de este argentino. Tal vez se deba a que Buenos Aires aparece en El mal menor tan viva como Maine en los libros de King, o a que no estamos acostumbrados a leer una buena historia de terror sobrenatural escrita en nuestro idioma con un «vos» coronando los diálogos, o vaya a saber uno a qué… De cualquier forma, no tengo dudas de que los amantes del género no se verán decepcionados. Después se podrá discutir sobre muchas cosas, pero algo es seguro: no se tendrá en ningún momento la sensación del tiempo perdido.

        El mal menor, publicada originalmente en 1996, se consigue hoy fácilmente en la edición de Norma con el título Los cuatro elementos, que incluye toda la producción novelística de Feiling (El agua electrizada y Un poeta nacional, además de El mal menor, por supuesto) más un bonus track de una novela que dejó inconclusa (La tierra esmeralda).


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Sobre el autor: C. E. Feiling nació en Rosario en 1961 y murió en Buenos Aires en 1997. Licenciado en Letras por la Universidad de Buenos Aires (Premio Academia Argentina de Letras al mejor promedio de su carrera y Premio Fundación CECC al mejor promedio de todas las carreras de su Facultad) y becario del CONICET (1986-1988) y de la Linguistics Society of America (1986), Feiling tuvo una importante labor académica. En 1990 abandonó la docencia para dedicarse a la literatura y al periodismo cultural. Colaboró en diversas publicaciones del país y del exterior, como Clarín, Página/ 12 y Plural. Publicó tres novelas: El agua electrizada (1992), Un poeta nacional (1993) y El mal menor (1996, finalista del Premio Planeta); un volumen de poemas: Amor a Roma (1995); y varias traducciones y ensayos.



- Feiling, Carlos E. El mal menor en Los cuatro elementos. Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 2007.
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20 de diciembre de 2008

CUARENTENA: un estreno con pocas luces

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        Se acaba de estrenar Quarantine (Cuarentena), la remake norteamericana de la película española Rec. A veces (últimamente muy a menudo) me pregunto qué está pasando con Hollywood. Si uno mira con detenimiento los estrenos de los últimos seis o siete años podrá ver una falta de ideas que en verdad llama la atención. Gran parte de las películas que se estrenan son remakes de películas extranjeras (recordemos las taquilleras The Ring y Dark Water) o de clásicos del cine norteamericano (The War of the Worlds o la próxima The Day the Earth Stood Still). Y no olvidemos las películas de superhéroes, la mayoría sin una historia sólida detrás, que se estrenan cada quince días.

        No hay películas originales o, en el mejor de los casos, hay muy pocas. Pero lo que más me extraña es este caso de Quarantine. Hacer una remake de los años cincuenta puede tener alguna justificación. Se pueden hacer escenas espectaculares utilizando nueva tecnología; se pueden buscar explicaciones nuevas (más científicas, más racionales, más justificadas) a cuestiones que tienen que ver con la ciencia ficción y con lo apocalíptico; se puede, en fin, hacer con lo nuevo lo que no se podía hacer con lo viejo. Hasta aquí podemos comprender el afán de remakes del nuevo cine norteamericano. Pero qué ocurre con Quarantine. Yo me pregunto: ¿qué necesidad hay de hacer una remake de una película que apenas cumple un año de vida? ¿Qué necesidad hay de hacer una película repitiendo prácticamente las mismas tomas, las mismas actuaciones, los mismos diálogos? Si una remake agrega algo nuevo a la película original, entonces la remake puede hallar su justificación, su redención incluso; pero lo que demuestra este tipo de adaptaciones es lo siguiente: primero, que la industria del cine de Hollywood se encuentra atravesando, sin lugar a dudas, su peor momento en lo que se refiere a su capacidad creativa; segundo, que para los norteamericanos sólo existe el cine hablado en su propia lengua; y tercero, que el mundo, lamentablemente, los seguirá como ovejas ciegas que se guían por el tintineo burdo de una campana duplicada.

        Veremos si me equivoco. No habrá que esperar mucho, sólo mirar las recaudaciones de Quarantine y compararlas con las que aquí tuvo Rec, apenas unos meses atrás.


Ficha técnica
Título original: Quarantine
Año: 2008
Duración: 89 min.
País: Estados Unidos
Director: John Erick Dowdle
Guión: Drew Dowdle, John Erick Dowdle (Remake: Jaume Balagueró, Luiso Berdejo, Paco Plaza)
Reparto: Jennifer Carpenter, Jay Hernandez, Columbus Short, Johnathon Schaech
Productora: Screen Gems / Vertigo Entertainment


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18 de diciembre de 2008

LA DAMA NÚMERO TRECE, de José Carlos Somoza

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«¿Qué se siente cuando un verso te destroza sin límite?»
José Carlos Somoza, La dama número trece.


        ¿Alguna vez esperaron leer una historia de terror, una muy buena historia de terror, que tuviera como personaje a la poesía? ¿Alguna vez pensaron que la poesía, ese arte tan bello, era capaz de producir miedo? ¿Alguna vez vieron a Bécquer o a Borges como a manipuladores de lo maldito? Por mi parte, tengo que admitir que no, que nunca lo había hecho; por lo menos no hasta haber leído La dama número trece de José Carlos Somoza.

        Es emocionante encontrar una historia de terror sobrenatural que cumpla con todas las exigencias. Hay que admitirlo: se publican muchas porquerías. Pedir complejidad, impacto y una buena escritura es pedir demasiado. Pero no, de vez en cuando aparece una novela buena, que cumple con todo eso, y al hallarla hay que festejar y promocionarla a los cuatro vientos. La dama número trece es esa novela buena. La dama número trece es lo que ahora estoy gritando.

        Los que aman el género fantástico podrán ver colmadas sus expectativas. Escenas fuertes, sangre, intriga, toda una raza de seres sobrenaturales (las damas) creados de forma coherente y, lo que es más importante, una escritura magistral puesta al servicio de una historia original. José Carlos Somoza escribe bien, y la perversión siempre es más perturbadora cuando se nos muestra en una prosa poética.

        Por eso, no tengo más que recomendar esta novela, la novela de un autor que con La caverna de las ideas ya nos había mostrado la posibilidad de renovación de un género y que ahora, con La dama número trece, nos asegura que el terror tiene nuevas y terribles caras.


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Sobre el autor: José Carlos Somoza nació en La Habana en 1959, pero desde 1960 vive en España. Entre sus novelas se destacan Silencio de Blanca (Premio La Sonrisa Vertical, 1996), La ventana pintada (Premio Café Gijón, 1998), Dafne desvanecida (finalista premio Nadal, 2000), La caverna de las ideas (premio Gold Dagger 2002 a la mejor novela de suspense en Inglaterra y además traducida a más de veinte idiomas) y Zig Zag (2006). Ha escrito también varios relatos, un guión de radio y varias piezas teatrales.


- Somoza, José Carlos. La dama número trece. Buenos Aires, Sudamericana, 2003.

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VÍCTIMAS DEL DOBLE

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(Un análisis de “Lejana” de Julio Cortázar y “La casa de azúcar” de Silvina Ocampo)



        Una de las características de la corriente esteticista, que la diferencia de otras corrientes como la nativista/reformista, es la de promover la confusión y el equívoco. A partir de aquí, se puede ver la utilización de una lengua que promueve la ambigüedad, una escritura no homogénea y la intención de dar cuenta de la pérdida de la unidad que caracterizó a la literatura del siglo XX. Junto con estas ambigüedades y con esta pérdida de la unidad, se destaca también la cuestión del desdoblamiento y del doble. Lo que haré a continuación será analizar esta cuestión en el cuento “Lejana” de Julio Cortázar y “La casa de azúcar” de Silvina Ocampo. Para hacerlo, tomaré como punto de partida la definición del doble que se puede extraer del cuento de un autor que influyó de manera considerable en lo que podríamos denominar el período inicial de esta poética: me refiero a Guy de Maupassant y su cuento “El Horla”.

        Según podemos observar en “El Horla”, el doble es aquél que se alimenta de la persona con la que está conectada; el personaje mismo del cuento lo dice claramente: “Esta noche, he notado a alguien agazapado sobre mí y que, con la boca pegada a la mía, se me bebía la vida con sus labios”[1]. Debido a este tipo de alimentación, el Horla, efectivamente, va “bebiendo” (es decir absorbiendo) la vida de la persona hasta el punto tal de apoderarse de ella (“¡Estoy perdido! ¡Alguien posee mi alma y la gobierna! Alguien ordena todos mis actos, todos mis movimientos, todos mis pensamientos”, Maupassant, p. 126). Esta absorción anímica, que es producida por el contacto (ya que cuando el narrador se aleja de su casa se recupera inmediatamente), se va dando de manera paulatina pero inexorable, obligando al personaje a tomar una decisión drástica: o mata al Horla, cosa que según sus reflexiones es imposible, o se mata él mismo. Esto es a lo único que puede aspirar el personaje: eliminarse a sí mismo mientras sigue siendo él mismo.

        A partir de estos conceptos podemos analizar la cuestión del doble en “Lejana” y “La casa de azúcar”. En ambos cuentos la temática del doble funciona de la misma manera que en “El Horla”, lo que cambia es la respuesta del yo de los personajes ante ese otro con el que están conectados. Esta respuesta hacia su doble producirá lo que sería la hipótesis principal de esta trabajo: Los personajes Alina Reyes de “Lejana” y Cristina de “La casa de azúcar” son víctimas de sus dobles, ya que dejan de ser ellos mismos para ser ese otro (su doble).

        En “Lejana”, podemos ver cómo Alina Reyes oye el clamor de su doble, una mendiga de Budapest, que llama por ella a través de la distancia. Desde un comienzo, Alina es consciente de la duplicidad de su ser, según lo evidencia el anagrama “la reina y...” que muestra la existencia de dos seres, uno conocido cuya posición es la privilegiada (la reina de veintisiete años que toca el piano y concurre con su madre a conciertos en el Odeón) y otro desfavorecido, presente en su ausencia (apenas los tres puntos suspensivos del anagrama, la mendiga de Budapest, “la parte que no quieren”[2] y que maltratan).

        Este clamor del doble es atendido por Alina hasta tal punto que va a Budapest a buscarse en el otro (“ir a buscarme” [Cortázar, p. 30] son las palabras textuales de Alina). Cuando llega, tras revivir lo que tantas veces el otro, a través de su clamor, le había hecho vivir, Alina ve a la mendiga, que “esperaba con algo fijo y ávido en la cara sinuosa” (Cortázar, p. 35. El subrayado es mío). A partir de este momento los valores se invierten. Al acercarse, ambas mujeres se abrazan en un gesto de “fusión total” (Cortázar, p. 35) y cuando se separan Alina Reyes nota, con espanto, que ahora es ella la mendiga mientras que su doble, la anterior mendiga, se aleja después de haber tomado completa posesión de su vida.

        En “La casa de azúcar”, Cristina no comienza siendo consciente de la existencia de su doble (de hecho, como se verá más adelante, antes de que Cristina se mudara, Violeta no era siquiera su doble), sino que, poco a poco, comienza a sufrir una serie de transformaciones, como si estuviera “heredando la vida de alguien, las dichas y las penas, las equivocaciones y los ciertos”[3]. Aquí no hay una existencia a priori del yo y su doble (como ocurre en “Lejana”), sino que esta correspondencia se va construyendo a lo largo del texto. Por esto podría generarse una vacilación al momento de afirmar quién es la víctima y quién el victimario. Esta vacilación la podemos ver incluso en el narrador mismo cuando afirma: “Ya no sé quién fue víctima de quién” (Ocampo, p. 192). De hecho, Violeta misma, esto lo sabemos por lo que le oímos decir a Arsenia López, se considera víctima de esa persona que le está robando la vida. Pero esta ambigüedad en realidad no es tal y la vacilación sólo puede subsistir en una lectura superficial del texto. Sin temor a caer en errores, se puede afirmar que la víctima es aquí Cristina. El “lo pagará muy caro” (Ocampo, p. 192) de Violeta se concretiza con la pérdida de Cristina de su ser. O dicho de diferente forma: si bien es verdad que Cristina comienza por apropiarse, aunque más no sea pasivamente, de ciertos aspectos de la vida de Violeta, también es verdad que llegado un determinado momento, Cristina pierde por completo su yo para convertirse, efectivamente, en Violeta. De esta manera, Violeta, quien antes de morir se ve a sí misma como víctima a la que le han robado la vida, se convierte en realidad en victimaria al traspasar por completo su ser al cuerpo de Cristina y volver así a la vida a través de ella.

        De esta manera, tanto en “Lejana” como en “La casa de azúcar” el yo de los personajes dejan de ser ellos mismos para convertirse en un otro que refiere a su doble. Ahora resta analizar la razón por la que se produce este cambio. El traspase se da en los dos cuentos de la misma manera: al igual que en “El Horla”, es el contacto lo que permite que el doble tome completa posesión de su otro. En el caso de “Lejana”, el contacto vendría dado por el abrazo que representa una “fusión total” (Cortázar, p. 35), mientras que en “La casa de azúcar” el contacto no sería ya físico sino que se daría por medio de la inserción de Cristina en el ambiente de Violeta y en su contacto con las pertenencias de ésta (es significativo el hecho de que los cambios de Cristina comienzan cuando acepta el vestido de terciopelo que pertenecía a Violeta). Aquí está el error de estos personajes (error que no se ve en el personaje de “El Horla”): los personajes de estos cuentos reciben de manera simpática a sus respectivos dobles.

        Y aquí volvemos a la decisión drástica de la que hablamos en un comienzo. Al igual que el personaje de “El Horla”, Alina y Cristina no pueden eliminar a su doble (la mendiga se hallaba lejos, en Budapest, y Violeta estaba ya muerta), pero, a diferencia de este personaje, no hicieron lo único que les quedaba por hacer, no tomaron la decisión correcta:


        “No... no... no cabe duda, no cabe la menor duda... (el Horla) no ha muerto... Y entonces... entonces... ¡va a ser preciso que me mate yo!...” (Maupassant, p. 136).


        De haberlo hecho, Alina Reyes no hubiese sido víctima de la mendiga de Budapest ni Cristina de Violeta.



Notas:

[1] Maupassant, Guy de. El Horla y otros cuentos fantásticos. Madrid, Alianza Editorial, 1981, p 114.
[2] Cortázar, Julio. Bestiario. Deshoras. Buenos Aires, Alfaguara, 2004, p. 29.
[3] Ocampo, Silvina. Cuentos completos I. Buenos Aires, Emecé, 2000, p. 191.



BIBLIOGRAFÍA:
- Cortázar, Julio. Bestiario. Deshoras. Buenos Aires, Alfaguara, 2004.

- Maupassant, Guy de. El Horla y otros cuentos fantásticos. Madrid, Alianza Editorial, 1981.

- Ocampo, Silvina. Cuentos completos I. Buenos Aires, Emecé, 2000.

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PLOP, de Rafael Pinedo

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        ¿Qué es Plop?

        ¿Es una novela de Ciencia Ficción? Puede ser, por lo menos en lo que se refiere a la construcción de una visión distópica del futuro, aunque este rótulo no creo que alcance para clasificarla. ¿Es una novela fantástica? Si nos atenemos a las definiciones clásicas de lo fantástico (como aquella historia que transcurre en un mundo completamente natural y cotidiano que se ve violentado por un acontecimiento sobrenatural y extraordinario), tampoco es una novela fantástica. ¿Es, entonces, una novela realista? Para nada. El mundo que se ve en Plop no es cotidiano ni natural (según la idea social que tenemos de un mundo natural), aunque esté narrado con la simpleza de lo conocido. El mundo de Plop es un mundo-otro, tal vez inconcebible en nuestro entramado social, pero perfectamente racional y coherente dentro de su propia naturaleza. ¿Qué es, en fin, Plop? ¿Cómo podríamos definir esta novela?

        Como ocurre con toda gran novela, la definición de Plop es difícil y tal vez imposible. Lo que sí puede asegurarse sin temor a incurrir en una equivocación es que Plop es una novela de terror. Dejando de lado todos los convencionalismos, podríamos decir que una historia de terror es aquella que produce miedo. Y Plop produce miedo. La forma en que conviven los personajes, la violencia extrema y desinteresada, el sexo brutal y sin tapujos, la sobrevivencia a cualquier precio, son sólo algunas de las cosas que asustarán al lector que se aventure en estas páginas.

        Y no sólo es una gran novela de terror, sino que es una gran novela a secas. Por esto mismo obtuvo el Premio de Novela Casa de las Américas en 2002. Está bien escrita, con una prosa original, simple y contundente. A cada momento nos hace pensar en el cross arltiano. Plop golpea, y cuando uno cierra el libro, los golpes siguen doliendo.

        Plop es la única novela publicada por Rafael Pinedo. Después de su muerte, a fines de 2006, se habló de una novela póstuma (incluso de dos), pero todavía no se sabe nada al respecto. Una lástima. Como consuelo, sólo nos queda seguir leyendo Plop, seguir sufriendo página tras página, cubiertos de un horror que no sabemos definir y que no podemos vislumbrar muy bien de dónde viene ni a qué se debe con exactitud. Y, por mi parte, eso es lo que seguiré haciendo: seguiré leyendo Plop, una de las mejores novelas argentinas de lo que va el siglo XXI.



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Sobre el autor: Rafael Pinedo nació en Buenos Aires en 1954 y falleció en la misma ciudad en 2006. Se licenció de computador científico por la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires y ejerció la profesión informática. Durante un tiempo fue actor de teatro. A los dieciocho años quemó todos los cuentos que había escrito desde la infancia y sólo a los cuarenta volvió a escribir. Además del Premio Casa de las Américas de Novela, que obtuvo en 2002, ha sido finalista y obtenido menciones en diversos concursos de Latinoamérica y España. Ha publicado los cuentos “Mari”, “Desencuentro” y “El laberinto”. Plop es su primera novela y la única que publicó en vida.


- Pinedo, Rafael. Plop. Buenos Aires, Interzona, 2004.

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17 de diciembre de 2008

FRANCISCO, EL HIJO PRÓDIGO

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A Stephen King


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            Esta es la historia de mi hijo, pero también es la historia de mi vida. Mi historia, mi vida... No sé cómo contarla. Voy a hacerlo por partes.




            Francisco nació el 22 de mayo de 2004, en un parto con cesárea no prevista, consecuencia de una complicación inesperada. Gracias a Dios todo terminó bien, y puedo recordar con placer y nostalgia el momento en que entré a la habitación de la clínica. Julieta, mi esposa, tenía a Pancho en brazos. Jamás se me borrará esa imagen: el pequeño Panchito; un bebé rosa, casi lampiño, con una fina pelusita que le cubría parte de la cabeza. No tenía cejas, y sus ojos estaban tan cerrados e hinchados que me hizo recordar enseguida al personaje de dibujos animados Mr. Magoo.

            No hace falta que diga que nuestra vida cambió totalmente con la llegada de nuestro primer hijo. Con Julieta decidimos mudarnos del departamento de Caballito en que vivíamos a una casa en Haedo, con un gran patio trasero con pasto, plantas y un árbol. No queríamos que nuestro hijo creciera encerrado en un departamento de dos por dos, sino que conociera, ya desde chico, la maravillosa vida al aire libre, en un barrio tranquilo, lejos de los ruidos y la velocidad de la Capital Federal. Además, compramos un perro, un rottweiler, al que llamamos Nerón, para que creciera con Panchito y le diera lo que sólo una mascota fiel puede dar: amor y lealtad incondicional. Todo aquel que haya tenido un perro de chico (y yo lo tuve, también un rottweiler, llamado Sansón) sabrá de lo que estoy hablando.

            A los dos meses de haber nacido Pancho, nos mudamos. ¡Qué maravilloso fue empezar todo de nuevo! Nueva casa, una familia más grande, nueva mascota (un cachorrito que nos divertía sin parar)... ¡Qué lindos los amaneceres, que entraban por la ventana de la habitación que daba al jardín trasero! ¡Qué lindo el sol, que iluminaba a Panchito mientras dormía en nuestra habitación, en su catrecito, al lado de nuestra cama!

            Al poco tiempo, y debido a que Panchito rara vez se quejaba de algo y dormía toda la noche de corrido, decidimos con Juli hacerlo dormir en su propia pieza. Ésta era una habitación bastante grande, toda pintada de celeste y con el techo blanco, que tenía distribuidos en las esquinas muñecos de Winnie the Pooh (unos de los personajes preferidos de Julieta). También le armé un gran rompecabezas de dos mil piezas, con dibujitos de animales corriendo carreras por el bosque, y lo colgué en una de las paredes. En el medio de la habitación estaba la cuna, y en un costado un escritorio y un placard, todos de color blanco, que habían sido míos de chico y que mi madre se había empecinado en conservar (en ese momento comprendí las razones de tal empecinamiento y le di las gracias).

        No nos habíamos equivocado, Panchito dormía toda la noche sin molestarnos en absoluto. Mientras tanto, en la oscuridad de nuestra habitación, nosotros no podíamos evitar imaginarnos el futuro de nuestro hijo. Yo quería que triunfara en el fútbol; Julieta soñaba con que se convirtiera en médico; los dos nos conformábamos con que fuera buena persona.

El tiempo fue pasando y, con él, Panchito y el que era su mejor amigo, Nerón, fueron creciendo. Pancho sentía una atracción irresistible hacia el animal. Aún hoy puedo verlo, al cerrar los ojos, corriendo por el jardín, con paso inseguro y cayéndose a cada rato, con sus rulos rubios al viento, persiguiendo a Nerón sin descanso.

      Al año decidimos festejarle su primer cumpleaños junto con su bautismo. Hicimos una superfiesta; invitamos a familiares y amigos (tanto cercanos como lejanos, íntimos como distanciados). Todos estaban invitados, y todos vinieron. La pasamos muy bien, aunque Pancho se puso a llorar cuando su tío Miguel, el hermano de Julieta, quiso darle una sorpresa y se disfrazó de Barney. No obstante, no dejó de ser divertido.

         De esta manera, nuestra felicidad se alimentaba tanto de los eventos «grandes» como de las pequeñas cosas. Recuerdo que poco después de que Panchito cumpliera los dos años, decidimos sacarle los pañales para que empezara a usar ropa interior. Esto fue hace más o menos cuatro o cinco meses. Nunca me voy a olvidar la primera vez que lo vi corriendo con su pequeño slip: yo llegaba de trabajar y recién entraba en casa cuando él vino a recibirme gritando «¡Papá, papá!». ¡No podía creerlo! Parecía un pequeño hombrecito con sus calzoncillitos blancos. Atrás, en la puerta que daba a la cocina, Julieta me sonreía.



           
        Llevo escrita poco más de una página y mi corazón golpea mi pecho con una fuerza descomunal. Pero no hay manera, sé que tengo que seguir la historia y salir del momento idílico que hasta el momento imprimí sobre el papel.

        La semana pasada, más específicamente el martes, dejé salir a Panchito a jugar y a correr por el patio. Eran las cuatro y media de la tarde, y el sol todavía se mantenía bastante alto como para seguir calentando y alumbrando nuestro jardín. Como siempre que lo dejaba salir a jugar, yo también salí con él, más que nada para vigilar que no se lastimara con las plantas o que no se metiera bichos en la boca (cosa que hacía cada vez que se le presentaba la oportunidad). Recostado al sol, Nerón dormitaba.

       Jamás me olvidaré la imagen de Panchito corriendo por el parque en esa tibia tarde de septiembre. Sus rulos rubios flameaban por el aire, los mismos rulos que todavía hoy conserva, aunque ya no de la misma manera.

            Recuerdo que sonó el teléfono mientras yo permanecía parado en la puerta del patio. Tuve el impulso de ir a atenderlo, ya que Julieta no había regresado de trabajar, pero algo me detuvo. No quería dejar a Panchito solo. Inmediatamente después, mientras el teléfono seguía sonando, me dije: «Es sólo un segundo, voy a buscar el teléfono y vuelvo».

            –¡Panchito! –grité (Pancho me miró desde el jardín)–. Voy a adentro y vuelvo. No toqués nada. ¿Entendiste?

            –Tí –me respondió.

           Entré apurado, agarré el teléfono inalámbrico y me dirigí nuevamente al patio mientras atendía la llamada. ¡¿Cómo contar el horror que viví entonces?! ¡¿Cómo narrarlo, si se me va la vida al hacerlo?!

         Antes de llegar a la puerta, a sólo unos pasos de ella, y antes de colocarme el teléfono en la oreja, oí el gruñido de Nerón. Creí percibir el sonido de una madera que se rompía, pero a decir verdad, creo que fue una impresión que se fijó en mi mente momentos después. Un sensación de frío me recorrió el cuerpo y, por qué no, el alma. Desde el teléfono se oía la voz de Julieta que repetía «Hola» una y otra vez.

          Lentamente me acerqué a la puerta abierta y me asomé hacia el exterior. Quise llamar a mi hijo, pero ninguna palabra salió de mi garganta. Cuando miré hacia afuera, mi presentimiento, mi mal presentimiento, se vio confirmado: Panchito estaba tirado en el medio del patio, sobre el pasto; Nerón, en una punta del mismo, miraba a mi hijo y me miraba a mí con la cabeza entre las patas. Dejé caer el teléfono.

            Me acerqué a Panchito corriendo y lo sujeté entre mis brazos. Todavía estaba tibio, pero ya no respiraba. En su cuello se podía ver la marca de los dientes de Nerón. A partir de ese momento no fui dueño de mí; o mejor dicho, nunca fui dueño de mí tanto como lo fui en ese momento. Me puse de pie y fui a buscar una pala que guardaba en un galponcito que estaba contra la pared del fondo del patio. Después me acerqué a Nerón, siempre caminando lentamente. El perro me miraba echado como estaba, con su cabeza entre las patas. No trató de defenderse en ningún momento, ni siquiera cuando levanté la pala y empecé a golpearlo. Él sabía muy bien que había hecho mal. Lo golpeé hasta dejarlo muerto, con la cabeza aplastada. Por último lo metí en una bolsa y lo tiré adentro del galponcito.




            No quise velar a Panchito en una cochería; quise hacerlo en nuestra propia casa, en esa casa que habíamos comprado para él, sólo para él. Incluso quise velarlo en su propia pieza, a pesar de las críticas que me hicieron familiares y amigos. No me importó. Además, tuve que convencer también a la gente del velatorio, ya que ellos prefieren velar a sus clientes en su propio establecimiento. Me exigieron una suma de dinero exorbitante, sin lugar a dudas para que yo renunciase a mi propósito, pero no me importó. Les pagué lo que me pidieron y tuvieron que venir a cumplir con el servicio a mi casa, a la habitación con los muñecos de Winnie the Pooh y con el rompecabezas de los animalitos. El féretro blanco hacía juego con la cuna-cama y el resto de los muebles.

           Velamos a Panchito a la mañana siguiente del accidente. El doctor Ramirez, amigo personal de mi padre, hizo el acta de defunción por enfermedad cardiovascular, producto de un mal congénito. Queríamos evitar toda explicación que podía obligarnos a dar una muerte violenta. La ceremonia fue rápida; el cura dijo sus palabras; las personas lloraron su pena; Julieta se desmayó; mis suegros me miraron con odio; mis padres me consolaron; todos me dieron su pésame.

            En un momento dado me sentí asfixiado en esa atmósfera y decidí salir al patio para tomar aire. Vi entonces el pozo que había cavado para la tumba de Nerón y me alegré de que nadie me hubiese visto cuando guardaba la bolsa de consorcio en el placard de Panchito. En ese momento una voz me sorprendió a mis espaldas. Me volteé y vi a Javier Grondona y a Claudia, su esposa; una pareja compañera del trabajo de Julieta, que apenas llevaba un año de matrimonio. Recuerdo con exactitud las palabras que me dijeron.

         –No sabemos qué decir –dijo él–, así que no vamos a decir nada. Solamente una cosa. Realmente (hizo hincapié en esta palabra) sentimos lo que les pasó. Para lo que necesiten, pueden contar con nosotros.

            También recuerdo lo que yo pensé: «¿Cómo pueden sentir lo que nos pasó? Ustedes no tienen un hijo. No saben ni siquiera lo que es tener uno, ¡¿cómo pueden saber lo que es perderlo?!». Pero sólo respondí «Gracias».

            Volví a entrar a la casa y a la habitación de mi hijo. Una persona de la cochería me preguntó si faltaba que llegara alguien más, que si no ya estaba todo listo para cerrar el féretro. Le dije que ya se podía cerrar, pero que quería que me cumplieran un último deseo: quería quedarme solo con mi hijo por última vez, para poder despedirme de él y cerrar la tapa que lo cubriría por toda la eternidad. Yo quería ser el último que lo viera de esa manera, vestidito con su traje, con una venda en el cuello disimulando la herida producida por Nerón y con sus rulos rubios cayéndole a los costados de la cara. Por supuesto, los comerciantes de muertos se opusieron, como también lo hicieron mis suegros (Julieta no, estaba, por suerte, descompuesta en nuestra habitación). No obstante, yo me puse rígido y tuvieron que aceptar. El trato fue el siguiente: yo me quedaría solo con Panchito, cerraría la tapa del féretro y después entrarían ellos para sellarlo. Luego iríamos todos al cementerio de Morón a depositarlo en el nicho. 

            Cuando estuve solo me moví con velocidad. Extraje la bolsa que había metido en el placard y, sacando a Panchito del féretro, la puse en él. Entró a duras penas. Tuve que hacer tanta fuerza que temí que se notara en mi expresión cuando entraran las demás personas. Metí luego el cuerpito de Panchito en el interior de otra bolsa de consorcio y la escondí en el placard. Por último, le puse la tapa al ataúd y llamé a los encargados del servicio, que lo sellaron sin revisar su contenido. Así, mientras íbamos al cementerio de Morón, yo era el único que sabía que estábamos a punto de «ennichar» a Nerón, mientras que Panchito estaba donde debía estar, en su casa.




            Terminada la ceremonia, hablé con mis suegros para que se llevaran por esa noche a Julieta, que se había vuelto a desmayar cuando colocaron el ataúd en el nicho. Éstos, que, como di a entender antes, me culpaban de la muerte de Panchito, aceptaron enseguida. Según ellos, Julieta necesitaba contención, y tal y como estaban las cosas, yo no se la podía dar.

           Volví entonces a mi casa, solo. Muchos se ofrecieron a pasar lo que quedaba del día y la noche conmigo, pero yo me rehusé con determinación. Tenía que estar solo.

            Llegué entonces a mi casa y me dirigí de inmediato a la habitación de mi hijo. Abrí el placard y saqué la bolsa negra. A su vez, saqué el cuerpo de Panchito de la bolsa y lo observé con detenimiento: sus rulos, su expresión serena, su piel blanca, su futuro lleno de promesas coartado definitivamente. Lloré sobre él; lloré como nunca antes lloré en mi vida y como no creo volver a llorar. Besé su frente; acaricié su pelo, sus rulos; pregunté una y mil veces «¿Por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?». Por último, me decidí a hacer lo que ya tenía planeado desde el principio.

            Metí nuevamente a Panchito en la bolsa y lo llevé al patio. Ya era de noche. Lo dejé caer suavemente en la tumba que todo el mundo creía que era para Nerón, aunque siempre había sido para mi niño. Después la tapé, usando la pala que había servido de instrumento de venganza y justicia. Cuando terminé de hacerlo, clavé una cruz que había hecho con el palo de una escoba, roto en dos partes, y caí de rodillas. Con la voz entrecortada, dije:

            –Ahora vas a poder estar cerca de mamá y de papá, Panchito... No iba a permitir que te llevaran tan lejos... Sos un nene... y tenés que estar con tus papás... cerca de los que te quieren.

            Un acceso de llanto me cerró la garganta. Me tapé los ojos con ambas manos y empecé a murmurar:

            –Por favor, por favor te pido, ¡por favor! Quien pueda ayudarme. Dios o el diablo. Quien pueda no me interesa. Sólo quiero que me devuelvan a mi hijo. A Panchito. El no tendría que estar acá. Es solamente un nene. Por favor, quien pueda o quiera ayudarme... ¡Por favor!

            Entonces me dejé caer sobre la tumba y me deshice en el llanto. Inmediatamente comenzó a llover. Una lluvia torrencial, que me obligó a entrar a la casa. Me fui a dormir sin siquiera sacarme la ropa mojada. Cuando me desperté, el sol entraba por la ventana. Eran las ocho de la mañana y el día estaba por completo despejado.




            Salí de mi habitación y vi que había dejado la puerta del patio abierta. Me acerqué a cerrarla y me sorprendí al ver la tumba removida. Primero pensé que la lluvia había ablandado la tierra y la había dejado de ese modo, desprolija. Después se me ocurrió la absurda idea de que había cavado la tumba encima del pozo ciego y que éste se había derrumbado. Pero todas las explicaciones se esfumaron cuando alcancé a ver que en el piso del living, justo en el trayecto que daba al patio, se podían ver pequeñas huellas de barro producidas por las pisadas de pequeños pies. Mi corazón se aceleró. Las pisadas conducían a la cocina.

            Seguí las huellas a los tropezones. Cuando llegué a la cocina, mi corazón casi se detuvo por completo. Sentado en una silla, con la cruz que yo había hecho en las manos, estaba Panchito. Estaba todo manchado de barro, su pelo rubio era ahora marrón oscuro, la venda de su cuello colgaba sólo de un extremo, dejando ver la herida seca que le había producido Nerón. A un costado, sobre el suelo, se podía ver la bolsa de consorcio negra, también toda llena de barro. Por mi parte, permanecí hipnotizado mirando la expresión de Panchito. Era él, pero a su vez no lo era. Sus ojos estaban extraviados, como los ojos de un idiota; su boca estaba entreabierta, dejando caer hilitos de baba. De repente, esa misma boca hizo una mueca que parecía, aunque sin serlo, una sonrisa. La baba cayó en mayor cantidad.

            A pesar del rechazo que me produjo esa imagen de Panchito, no pude evitar sentirme alegre y lleno de gozo. Me le acerqué y lo abracé con todas mis fuerzas, pero lo solté de inmediato al sentir el hedor que salía de su cuerpo. Panchito se estaba pudriendo ahí, sentado en la cocina.

            –Pero qué mierda... –recuerdo que dije, y Panchito comenzó a reírse con la risa más tétrica que jamás oí en mi vida.




            Es mentira lo que dicen las películas sobre los no-muertos; éstos no necesitan ni de sangre ni de cerebro humano para seguir viviendo. Hace tres días que convivo con Panchito. Julieta todavía no volvió a casa, tampoco llamó ni ella ni ninguno de sus padres. Mejor así, no quiero que se entere de lo que está pasando acá.

            Hablo de Panchito por una cuestión de costumbre. Lo que volvió no es ni va a ser Panchito. Se la pasa todo el día sentado en el sofá, babeándose y mirando la pared como un tarado. Además, cada vez apesta peor y la putrefacción se va haciendo evidente a la vista. Por las noches, cuando duermo, él no lo hace, sino que se queda parado, cerca de la cama, observándome. Yo suelo despertarme de golpe, producto del olor que despide. Cuando lo hago siempre pego un grito de horror, ya que me aterra verlo ahí, con la mirada de idiota, babeándose y pudriéndose de pie. Cada vez que escucha mi grito comienza a reírse con esa risa que tanto me impresionó el otro día; después se da media vuelta y se aleja de la habitación, caminando como un deforme, hasta que se pierde en la oscuridad de la casa. Incluso en ese momento, siento que me sigue observando desde la distancia.

            De hecho, Panchito me estuvo mirando las dos horas que pasé escribiendo. Lo veo ahora, con su expresión alelada, riendo y babeando sin parar. Su piel está ya de un amarillo verdoso, sus ojos rojos y grises parecen dos bolas de carne. Expide un olor que no se aguanta. No sé si se puede matar a un no-muerto, sólo sé que lo voy a intentar. Si lo logro, voy a meterlo en una bolsa de plástico y voy a llamar a la policía para confesar lo que hice el día del velatorio. De esta manera, espero que desentierren a Nerón y, en su lugar, entierren a éste que se hace pasar por Panchito. No lo quiero cerca; lo quiero bien lejos, dentro de un féretro bien sellado, en un nicho del todo cerrado. Además, como continúe pudriéndose va a terminar siendo un esqueleto vivo. Me pregunto hasta dónde puede llegar todo esto si no hago algo.

            Tengo a mi lado un enorme cuchillo que usa Julieta para cortar la carne. Espero que sirva. En las historias más conocidas, siempre se dice que para eliminar a un no-muerto hay que separarle la cabeza del cuerpo. Espero que sea así, ya no aguanto más esta situación.

            Lo voy a intentar.

            Ahora puedo oír cómo Panchito se empieza a reír. ¡Por Dios, qué risa más horrorosa! Lo veo, tiene todo el traje manchado con su baba. Y no para de reír. Ríe, ríe, ríe... Es todo lo que hace.

            Que sea lo que Dios quiera...



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© Lucas I. Berruezo
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SE DESPERTÓ ESA NOCHE…

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I


        «¡Corré!, ¡corré!, ¡corré!», se decía para sí la joven en su alocada carrera. Corría atropelladamente, tropezándose con los cordones de las veredas y con las plantas que, de tanto en tanto, se le interponían en el camino. «¡No mirés para atrás! ¡Corré!, ¡corré!, ¡corré!».

        Cruzó una avenida sin mirar. Un Chevrolet Corsa le frenó a escasos centímetros de su cuerpo, su dueño se asomó por la ventanilla y la insultó. La muchacha no lo escuchó, después de detenerse unos segundos y de mirar al auto sin verlo, comenzó, una vez más, su carrera.

        Atravesó esquinas oscuras, donde jóvenes sospechosos la observaban pasar, confundidos. Cruzaba las calles sin mirar; tenía suerte, eran las tres de la madrugada de un miércoles de frío intenso, prácticamente no había autos circulando.

        Iba corriendo por la mitad de una desolada cuadra cuando se chocó contra el enorme cuerpo de un hombre que salía de una casa. La muchacha rebotó y dio contra la pared de la misma. El hombre, si bien permaneció incólume, se sujetó el rostro con ambas manos, donde había recibido un cabezazo.

        –¡¿Qué te pasa, piba?! ¡¿Estás loca o qué?! –gritó el hombre, observando sus manos en busca de rastros de sangre.

        La joven permaneció en silencio.

        –¡Te pregunté qué... –comenzó a decir el hombre, pero calló al ver el rostro de la muchacha. No parecía tener más de veinte años, estaba cubierta de sangre y tenía unos ojos azules abiertos en extremo, completamente desencajados.

        –¡¿Qué mierda?! –exclamó, nuevamente, el hombre.

        La muchacha tenía una expresión que reflejaba un vivo terror. De repente, comenzó a jadear, cada vez más y más fuerte hasta que el jadeo se convirtió en un gritó. Se tomó su cabeza con ambas manos y cerró los ojos en una expresión de dolor.

        –¡No me lo puedo sacar de encima! –dijo–. ¡Me va a agarrar! ¡¡Me va a agarrar!!

        –¡¿Pero qué te pasa, loca de mierda?! –dijo el hombre ingresando a la casa de la que había salido.

        La muchacha comenzó a llorar con fuerza.

        –¡No me deje! –gritó–. ¡No me lo puedo sacar de encima! ¡No me deje!

        El hombre cerró la puerta y no volvió a salir. La joven, por su parte, miró hacia atrás y adelante repetidas veces, se apoyó contra la pared con su brazo derecho, tomó aire y volvió a correr.

        Avanzó sólo unas cuadras más. Poco a poco, las fuerzas la fueron abandonando. Cruzó una bocacalle y desde la esquina vio una luz a mitad de la cuadra. Inconscientemente se dirigió a ella. Cuando llegó, las fuerzas la abandonaron por completo. Cayó de rodillas. Antes de perder el conocimiento pudo ver un cartel, decía MAXI–KIOSCO.





II


        Carlos Aguirre tomó la foto con su mano derecha y con su izquierda acarició su barba. «Blanca», pensó, y sonrió. No podía creerlo. Era testigo de su envejecimiento... y era feliz. Miró la foto con detenimiento, allí estaba Silvina, su mujer, y Claudio y Soledad, sus dos hijos. La foto estaba ya desactualizada, Claudio tenía allí diez años y Soledad ocho. Ahora Claudio tenía veintiséis y acababa de hacerlo abuelo. «Nunca pensé que un nieto me iba a hacer tan feliz», se dijo. Miró a Soledad, con sus veinticuatro años estaba a punto de recibirse de contadora. Qué podía decir, estaba orgulloso de sus hijos. Miró entonces a Silvina, tan joven y risueña en la foto. Y de ella, qué podía decir ahora; era su compañera, su ángel, y era feliz de compartir los logros de sus hijos con ella.

        Dejó la foto detrás del mostrador, en su lugar, justo enfrente de él y al lado del equipo de mate. Su familia, desde allí, le hacía compañía en esas noches largas de invierno, mientras atendía el maxi–kiosco. Después, cuando él se iba, a las siete de la mañana, la misma foto le hacía compañía a su hijo Claudio, que lo suplantaba hasta las siete de la tarde, hora en que volvía a producirse el relevo.

        Miró el reloj que colgaba de una de las paredes del comercio: eran las tres de la mañana. Todavía faltaba mucho para que acabara su turno, y la pequeña estufa eléctrica no alcanzaba para calentar la totalidad del ambiente.

        Observó la calle delante del mostrador: estaba desierta. Comenzaba a creer que era inútil permanecer abierto toda la noche. En términos exactos, no llegaba a vender ni la mitad de lo que se vendía durante el día. Pero bueno, nunca se sabía, había que aguantar, y más ahora que la familia acababa de agrandarse. Tenían que trabajar al máximo para darle al pequeño Alex todo lo que necesitaba.

        Continuó observando el exterior: nadie pasaba por allí. A decir verdad, le daba un poco de miedo trabajar a esas horas solo. Si bien el barrio era tranquilo, Almagro nunca había sido un barrio peligroso, y tenía una reja que impedía el ingreso de la gente al local, sabía que se estaban viviendo momentos difíciles en el país. Además, temía perderse la niñez de su nieto, como hacía veintipico de años había temido perderse la de sus hijos. Por suerte eso no había sucedido, y esperaba que aquello tampoco sucediera. Por otra parte, nunca lo habían asaltado en los diecisiete años en que había trabajado en el maxi–kiosco, llamado en un comienzo, simplemente, kiosco. No tenía que pensar en eso. No tenía por qué pasarle nada malo.

        Volvió a tomar la foto de detrás del mostrador y la observó, una vez más, con detenimiento. No pudo evitar sonreír. No podía esperar a llevar la foto de Alex, su nieto, para que también le hiciera compañía. Alex, su nieto. Su nieto. No se cansaba de repetirlo.

        Estaba pensando en esto cuando oyó un ruido que provenía de la vereda. Se trataba de un ruido seco, como un golpe. Carlos se puso de pie, dejó el portarretrato en su lugar y se acercó a la reja de la entrada del local. Una vez allí se sorprendió al ver a una joven, seguramente menor que su hija, acostada boca abajo en el pavimento. Sin siquiera pensarlo, se acercó al mostrador y de detrás del mismo, de un vaso de plástico verde que descansaba a pocos centímetros de la foto de su familia, extrajo un juego de llaves. Volvió al lado de la reja y la abrió. Se aproximó a la joven y haciendo un gran esfuerzo, no en vano era ya abuelo, introdujo a la muchacha al interior del local.
Cerró nuevamente la reja.





III


        Con la joven todavía en brazos, Carlos se acercó al mostrador y, de detrás de él, sacó la silla en la que estaba sentado y la colocó en el centro del local. Sentó a la muchacha en ella. Al alejarse de la joven notó que estaba cubierta de sangre coagulada, restos de esta sangre habían quedado en su propia ropa, brazo y cuello. La observó atónito, la muchacha abrió los ojos de una manera desorbitada y lo observó a su vez.

        –¿Qué te pasó? –preguntó Carlos.

        La muchacha comenzó a llorisquear lastimosamente, su boca se contraía y parecía morderse el labio inferior como buscando ahogar el llanto.

        –No me lo puedo sacar de encima –dijo entre quejidos–. Me va a agarrar, ¡no me lo puedo sacar de encima!

        –¿Quién te va a agarrar?

        La joven comenzó a llorar con más fuerza.

        –No te preocupés –dijo Carlos–, acá no puede entrar nadie. Esperá que te alcanzo algo para tomar.

        Carlos se acercó a una de las heladeras que estaban contra la pared del fondo y extrajo de ella una botellita de Pepsi. Se la acercó a la joven al tiempo que le decía:

        –No te hagás problema. Tomate esto que te va a hacer bien. Yo ya mismo estoy llamando a la policía.

        La muchacha asintió y aceptó, con manos temblorosas, la botella que le ofrecía Carlos. Por su parte, éste se acercó al mostrador y tomó de él su teléfono celular. Rápidamente marcó el 911. Lo atendió una operadora, a la que le explicó brevemente lo que había sucedido. Cuando terminó cortó la comunicación.

        –Ya viene un patrullero –dijo–. Podés quedarte tranquila. ¿Cómo te llamás?

        La joven tomaba su gaseosa con sorbos cortos. Sus manos le temblaban menos y su rostro había perdido la contracción de antes.

        –Me llamo Amanda –dijo la muchacha–. Tengo miedo de no poder sacármelo de encima. Tengo miedo de que me agarre.

        –Nadie te va agarrar –la tranquilizó Carlos–. Ya viene el patrullero.

        Esperaron unos segundos. Ambos permanecieron en silencio, hasta que, para distraerla, Carlos preguntó:

        –No tenés que contestarme, pero si querés podés contarme lo que te pasó. Si está en mí ayudarte lo voy a hacer. Aunque no sean más que palabras de apoyo lo que te pueda dar.

        Amanda respiró hondo y apoyó la botella de Pepsi en su regazo. Observó a Carlos y asintió. Respiró hondo nuevamente y su rostro se descompuso, mordió su labio inferior y volvió a respirar.

        –Sí –dijo Amanda–. Voy a contarle. A lo mejor así puedo evitar que me agarre. Todo comenzó hará no más de diez o quince minutos. Acabábamos de salir del cine con mi novio, Esteban –los labios de la joven temblaron, pero sacudió la cabeza y continuó–. Acabábamos de ver una película y él me acompañaba a mi casa, y, de golpe, vimos que un chico chiquito nos salía al paso, corriendo...





IV


        –¿Te gustó? –preguntó Esteban mientras pasaba su hombro por el cuello de su novia.

        –Más o menos –respondió ella–, ya sabés que no me gustan las películas de terror.

        –Sí, ya lo sé –concluyó él.

        Habían salido de los cines Village que estaban en Caballito, sobre la Avenida Rivadavia, a media cuadra de la Avenida Acoyte. Caminaban manteniéndose lo más juntos posible, con el fin de contrarrestar el intenso frío. Esteban miró su reloj pulsera: eran casi las dos y media de la madrugada. Del cine caminaron hasta la Avenida José María Moreno y, después de caminar dos cuadras por ésta, doblaron a su izquierda por Guayaquil, en dirección a Almagro. Estaban a unas veinte cuadras de la casa de la muchacha, Amanda.

        –A mí me gustó –dijo por fin Esteban, escondiendo su rostro debajo de su bufanda roja–. Además, me pareció una linda manera de festejar nuestro cumplemés.

        –¡Esteban! ¡¿Qué decís?! –exclamó Amanda esbozando una sonrisa–. El chico mató a la chica y la tiró al río.

        Esteban sonrió.

        –Y no te parece acaso una buena idea.

        Hacía dos años y nueve meses que Esteban y Amanda estaban de novios y juntos contaban los días para que llegara el verano, precisamente el veinticuatro de febrero, fecha en donde ambos contraerían matrimonio. Hacía un año que lo estaban planeando y todo estaba listo, tenían el salón señado, la iglesia escogida y la ilusión de una nueva vida por venir. No podían ni querían esperar más. Estaban cansados de la vida de novios, el no poder, para no contrariar a los padres de ella, dormir hasta tarde juntos, el tener que mentir cada vez que iban a un hotel, o el sufrir en exceso cada vez que Amanda tenía un atraso. Ya habían tenido mucho de eso. Además, querían estar juntos todos los días, verse todas las noches.

        –Sabés –dijo Esteban, siempre escondiéndose bajo la bufanda–, estuve pensando en la fiesta de casamiento... Podríamos alquilar un auto antiguo para que te lleve a la iglesia y para que después nos lleve al salón. Yo conozco a un señor que alquila uno, no creo que sea muy caro; además, va a ser original.

        –No sé –dijo Amanda–. Ya le dijimos a mi tío que nos lleve. Vamos a quedar re mal si ahora le decimos que no.

        –No, siempre y cuando le avisemos con tiempo. Además, quien va a preferir perderse el comienzo de la fiesta, con la comida de la entrada y todo, para andar llevando a los novios a sacarse fotos. No, haceme caso, a tu tío le vamos a hacer un favor.

        –No sé... Además...

        Amanda se quedó en silencio. Después de unos segundos, Esteban preguntó:

        –¿Además qué?

        –¿Qué es eso que viene corriendo allá? –preguntó a su vez Amanda señalando la calle que se extendía delante de ellos.

        Esteban miró para donde señalaba Amanda. A una cuadra de distancia se veía una pequeña silueta que se acercaba corriendo a toda velocidad. Cuando estuvo a media cuadra, los muchachos pudieron distinguir que se trataba de un niño, de unos cinco o seis años, que se acercaba a la carrera. Cuando por fin pasó al lado de ellos, Esteban alargó su brazo y sujetó al niño del suyo. Estaba llorando desconsoladamente.

        –Nene, ¿estás bien? –preguntó Esteban.

        –¡¡¡Mamá!!! ¡¡¡Papá!!! –gritaba el niño.

        –¿Qué pasó con tu mamá y tu... –pero Esteban no pudo seguir hablando, había notado que el pequeño estaba cubierto de sangre, desde la punta de la cabeza hasta la punta de los pies.

        –¡¡¡Mamá!!! ¡¡¡Papá!!! –continuaba el niño.

        –¡Por Dios! –exclamó Amanda–. Esteban, hay que llamar a la policía... o a la ambulancia.

        –¿Qué te pasó pibe? –preguntó, una vez más, Esteban–. ¡¿Qué te pasó?!

        El chico continuó gritando, cada vez con más fuerza, hasta que su voz comenzó a cambiar, su llanto infantil se fue transformando en un sonido más grave, más gutural.

        –¿Qué carajo? –balbució Esteban.

        El llanto se convirtió en un crujido. El niño abandonó su imagen de víctima inocente y pareció cubrirse de una serenidad extraña. Miraba al suelo y respiraba largamente. De repente, elevó su rostro y miró a Esteban. Éste pegó un salto y soltó el brazo del pequeño. No pudo evitarlo, se había espantado al ver sus ojos: no eran ojos normales, sino que sus pupilas habían desaparecido y todo era de un color blanco brillante. Con una velocidad inhumana, el niño se abalanzó sobre Esteban y comenzó a morderlo en el cuello y en el pecho. Esteban gritaba de dolor y se retorcía con el niño encima, sin poder desembarazarse de él. En un costado, Amanda comenzó a gritar pidiendo auxilio.

        La lucha duró pocos segundos, al término de los cuales el niño se puso de pie y observó a Amanda. De su boca caían hilos de sangre. Su mirada conservaba la blancura brillante y sus facciones estaban contraídas en una expresión bestial.

        Amanda se llevó ambas manos a la boca en una mueca de horror. Ya veía al pequeño arrojado sobre ella, comiéndole el cuello... pero eso no ocurrió. Por el contrario, el rostro del niño se relajó y sus ojos se abrieron desmesuradamente. Parecía sorprendido. De pronto, comenzó a temblar frenéticamente, como si le estuviera dando un ataque de epilepsia. Amanda lo miró con espanto. El niño tembló cada vez con más velocidad y, a medida que lo hacía, comenzó a hincharse. Se hinchó hasta convertirse en una pequeña bola de carne. Amanda miraba la escena aterrada. Por último, el niño explotó. Amanda escuchó un fuerte ruido, como el que hace una pelota de fútbol al reventarse, y se vio cubierta por los restos del pequeño. Se tomó la ropa con ambas manos y la observó, estaba roja de sangre y podía ver pequeños trozos de carne pegada a ella; se pasó ambas manos por la cabeza y notó su pelo pringado; dio también con un objeto pequeño y duro, como una piedra, lo desenredó de sus cabellos y lo observó sin saber muy bien lo que hacía: era un pequeño diente de leche. Luego, no pudo ver más, sintió que las fuerzas la abandonaban y que sus piernas no eran capaces de sostener a su cuerpo. Cayó inconsciente.

        Cuando despertó miró a su alrededor. No parecía haber pasado mucho tiempo. Esteban yacía tirado en el piso, inerte, en la misma posición en que lo había dejado el pequeño. De éste sólo quedaban restos esparcidos por toda la calle. Amanda se puso de pie, con dificultad. Comenzó a gemir y exclamó con voz vacilante:

        –Esteban... Esteban...

        Esteban no le respondió.

        Súbitamente, creyó oír el crujido del pequeño a sus espaldas. Se volvió con velocidad, pero allí no había nadie. Oyó el crujido una vez más, pero ahora provenía del lado opuesto. Volvió a girar, aunque, una vez más, no vio nada. Cuando oyó el crujido por tercera vez, ahora proveniente de todos lados simultáneamente, no pudo permanecer más en ese lugar. Sujetó su cabeza con ambas manos y la sacudió; abrió sus ojos azules, observó la calle oscura y desierta y comenzó a correr.

        Sus sentidos estaban anulados. Sólo unas pocas palabras, con voluntad propia, se dejaban oír en su mente alterada: «¡Corré!, ¡corré!, ¡corré!, ¡no mirés para atrás!, ¡corré!, ¡corré!, ¡corré!».





V


        Carlos oyó la historia incrédulo, era inconcebible que lo que había contado la muchacha fuera cierto. Chicos de cinco años que se comían a las personas y que luego explotaban... era increíble. Aunque la muchacha lo había contado de una manera que impedía no tomarla en serio. Se había descompensado dos veces y el llanto había cortado sus palabras en tres ocasiones distintas. No, la chica no mentía. Pero, entonces, eso significaba que estaba loca; y él estaba encerrado con una loca cubierta de sangre en su negocio...

        Carlos comenzó a caminar lentamente hacia atrás, en dirección a la reja, que estaba a sus espaldas. Amanda, al verlo, comenzó a negar con la cabeza y dijo:
       
        –No se vaya. Por favor, no me deje sola. No se vaya –y comenzó a llorar.

        Carlos llegó hasta la reja y chocó con su espalda contra ella. Estaba decidido, iba a salir del local e iba a esperar a la policía afuera. No iba a dejar sola a la muchacha, sino que iba a vigilarla desde el otro lado. Tenía sus principios, y por más peligrosa que fuera la chica él no la dejaría.

        Introdujo las manos en los bolsillos de su saco en busca de las llaves, pero no las encontró allí. Las buscó en los bolsillos de su pantalón, pero tampoco estaban allí. Entonces recordó que, en un movimiento inconsciente, las había dejado en su lugar: detrás del mostrador, en el vaso de plástico verde. Ahora, para recuperarlas, tenía que pasar por al lado de la muchacha, que lo miraba con ojos desorbitados.

        –Por favor –gemía Amanda–, por favor no me deje.

        Con el corazón acelerado latiéndole en el pecho, Carlos consideró la situación. La joven no parecía, en ese momento, peligrosa. Por el contrario, era a simple vista una víctima indefensa. Pero, por otra parte, no podía creerle lo del chiquito que se comió a su novio y después explotó... ¿Qué podía hacer entonces?

        –Vamos a hacer una cosa –dijo Carlos con tono inseguro–. Yo te prometo que no me voy a ir, pero vos me tenés que prometer que no te vas a parar de esa silla hasta que llegue la policía. ¿Está bien?

        Amanda asintió y dejó caer su cabeza sobre su pecho, rendida. Carlos la observó con detenimiento, tratando de ver sus ojos. Estaban cerrados, la chica parecía haberse quedado dormida.

        Permaneció de pie, inmóvil, por espacio de unos minutos. La chica no reaccionaba y la policía no llegaba. No obstante, él se estaba tranquilizando: mientras la chica estuviera inconsciente él no correría ningún peligro. Pensó en llamar a su esposa, pero descartó la idea creyendo que la asustaría sin sentido. Después de todo, hasta que la policía no llegase, nadie podía hacer nada. Estaba pensando en esto cuando sintió que alguien le sujetaba el hombro. Miró a su lado y vio una mano que ingresaba al local por entre los barrotes de la reja y apretaba su hombro con escasa fuerza. Instintivamente, Carlos hizo un movimiento brusco con su cuerpo y se zafó de la mano. Ingresó un par de pasos en el local y miró hacía afuera: un joven pálido, con sangre en su pecho y cuello, estaba parado en la puerta; su aspecto era tan débil que parecía que, de no estar sujetado a los barrotes, se caería.

        –¿Qué?... –exclamó Carlos.

        –Tiene que salir de ahí –dijo el joven con voz rasposa–. Antes de que sea tarde.





VI


        Carlos no sabía qué hacer. La presencia de aquel joven lo había terminado por desorientar. Se dio media vuelta y miró a la chica: seguía allí, a unos dos metros, inconsciente. Volvió a mirar al chico: estaba de pie en la puerta del local, tambaleándose.

        –¿Quién sos? –preguntó Carlos.

        –Tiene que... –dijo el muchacho, y se desplomó.

        El sonido de las sirenas comenzaba a oírse a la distancia. Carlos sintió una sensación de satisfacción al oírlas. Ya estaba, todo había terminado. La chica seguramente estaba huyendo de ese joven y, después de haber luchado contra él, eso explicaría la sangre de ambos, había logrado escapar y refugiarse en su kiosco. Que la historia del niño la analizaran después los especialistas; por el momento, todo había terminado.

        Carlos se volvió y miró a la joven, seguía inconsciente. Se acercó a ella, pasó a su lado y se dirigió al mostrador. Vio la foto de su familia y deseó estar con ellos, pero rechazó la idea, no podía distraerse en ese momento. Recogió sus llaves y se acercó una vez más a la puerta del negocio. Esperó a que llegara la policía, no saldría de allí hasta que los patrulleros estuvieran en la puerta del lugar. Las sirenas se oían cada vez más cerca. El joven, a sus pies, respiraba con dificultad.

        Carlos sentía que la ansiedad le carcomía el alma.

        –¡Vamos! –exclamó.

        De pronto, comenzó a sentir un extraño sonido a sus espaldas. Era una especie de quejido, pero extraño, como el ronronear de un gato, sólo que más fuerte. Carlos se volvió y vio que Amanda, que continuaba con la cabeza sobre su pecho, había acelerado su respiración.

        –Ya viene la policía –dijo Carlos–. Quedate tranquila que ya viene.

        El quejido se convirtió en una risita. Carlos comenzó a desesperarse y a mirar a su alrededor, sin saber lo que buscaba. Amanda elevó el rostro y miró a Carlos de frente. Éste emitió un grito. Los ojos de la joven estaban cubiertos por una película blanca brillante y parecían que iban a salírsele de sus cuencas. Su boca estaba contraída en una mueca que se asemejaba a una sonrisa, aunque no parecía humana.

        –Je, je, je, je, je, je, je, je...

        –Qué –musitó Carlos, pero no pudo decir más, sus palabras se le ahogaron en la garganta cuando vio que Amanda comenzaba a temblar frenéticamente. Su boca había perdido su sonrisa y sus ojos estaban más abiertos que nunca. Carlos se llevó ambas manos al pecho, sentía que su corazón le iba a explotar. De repente, Amanda comenzó a hincharse; sus facciones empezaron a deformarse y su cuerpo a rasgar sus ropas. Carlos recordó la historia del niño y de su explosión. También recordó las palabras de Amanda: «No me lo puedo sacar de encima».

        Se oyó una explosión.





VII


        La policía llegó al kiosco y se topó con un escenario macabro: un muchacho yacía muerto en el suelo de la entrada (por lo que se veía, muerto hacía instantes, desangrado como consecuencia de profundas heridas en su cuello y pecho); además, la puerta de la reja se hallaba abierta y en el interior había restos humanos esparcidos por todo el lugar. Debido a los trozos de ropa y de cabellos de la persona que, aparentemente, había explotado, los agentes dedujeron que se trataba de una mujer. Del dueño del kiosco no había rastros. La policía comenzó con un operativo de búsqueda en las manzanas aledañas para ver si el hombre, en plena desesperación, había abierto la puerta y salido corriendo.





VIII


        Nunca se dio con el paradero de Carlos Aguirre. Todo lo que se encontró fue a un hombre muerto a unas cinco cuadras del maxi–kiosco, que no era él, con el cuello y el pecho destrozados a mordiscos. Alrededor del cadáver, había restos humanos desparramados por toda la calle, como si una persona hubiese explotado y volado por los aires. Cuando hicieron las pruebas de ADN para averiguar a quién pertenecían los restos, los miembros de la policía científica se encontraron con una cadena de ADN alterada hasta tal punto que no pudieron averiguar de quién se trataba. Lo mismo ocurrió cuando analizaron los restos encontrados en el maxi–kiosco y, también, a pocas cuadras de allí, en una esquina, con restos pertenecientes a un niño de por lo menos cinco o seis años.

        Estos no fueron los únicos casos de esa noche. Extrañamente, se encontraron escenas idénticas en diferentes puntos de la Capital Federal. Por lo menos, dieciocho personas habían muerto desangradas por mordidas en cuello y pecho. Además, en la mayoría de las escenas, se hallaron restos humanos desperdigados por la calle. Al igual que los recién mencionados, ninguno de estos restos pudieron ser identificados. Todavía hoy, estas muertes continúan siendo un misterio, razón por la cual las autoridades decidieron mantenerlas en secreto.





IX


        La familia Aguirre compartió con el gobierno la voluntad de silencio y sus miembros sólo se limitaron a llorar y a sufrir en familia. A los cinco meses de la desaparición de Carlos, cuando Soledad se recibió de Contadora Pública, todos los miembros de su familia habían perdido ya las esperanzas de encontrarlo con vida. Si hoy alguien pasa por el kiosco en el que Carlos Aguirre sonreía mirando la foto de su familia y pensando en su nieto recién nacido, podrá ver un cartel que cuelga de la reja de entrada y dice:


        HORARIO: DE 7 A 20.30 HS.

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© Lucas I. Berruezo
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