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29 de abril de 2009

VIVIR CON MIEDO

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         Sí, ya sé, me van a decir que siempre hubo enfermedades, que siempre hubo asesinatos, que siempre hubo terremotos y plagas. Sí, ya sé, me van a decir que desde que el ser humano puso su primer pie en la tierra, la muerte lo aguardó como una Penélope fiel. Sí, ya sé, me van a decir todo eso, pero aunque me lo digan (ya los estoy oyendo), no me parece que sea un consuelo. Al menos, no para mí.

          Estamos viviendo un momento especial. Y no me refiero a lo de la gripe porcina, sino en general. Días atrás se trataba del dengue, mientras que antes de eso era la inseguridad. Por supuesto, ni los casos de dengue ni los delitos fatales han desaparecido, ni siquiera han disminuido, pero ahora la gente parece que no tiene ojos más que para la gripe porcina, una enfermedad que todavía (al menos hasta el momento en que escribo esto) no tocó suelo argentino y que, sin embargo, ya estamos temiendo como si la padeciéramos en gran cantidad.

          Ya lo afirmé en el post en que intenté reflexionar sobre el miedo («La esencia del miedo»): soy un miedoso. A esto, tengo que sumarle una característica que, por lo general, siempre acompaña a los miedosos: soy paranoico. Y a esto, a su vez, tengo que agregarle algo que no es más que una consecuencia de todo lo anterior: soy hipocondríaco. En fin, no es nada fácil ser así en estos días. La cuestión es que me doy cuenta de que no soy el único y que, de hecho, ni siquiera soy el peor. Las personas están insoportables de paranoicas, hipocondríacas y miedosas. Hoy me encontraba viajando en colectivo cuando un hombre estornudó. Para ser honesto, yo me asusté; pero lo curioso fue que varios pasajeros parecieron enojarse. Algunos, incluso, manifestaron su ira con comentarios en voz baja que apenas llegué a escuchar, pero que dejaban ver a las claras lo que expresaban: odio a ese hombre que, tal vez, había estado en México y que ahora se había subido al colectivo para matarnos a todos...

         En fin, nos estamos volviendo locos. A veces pienso que la peor plaga que nos puede asolar es la del miedo. Vamos a morir de miedo. No, me corrijo, nos vamos a matar de miedo. No digo que no tengamos razones para temer. Las tenemos, y de sobra. Pero la cuestión es que la vida, al menos eso parece, se convirtió en una eterna espera de lo fatal. Todo el tiempo, en todas partes, a cualquier hora, siempre nos encontramos mirando por sobre nuestro hombro para ver si la parca se nos acerca y nos susurra nuestro nombre (o el de algún ser querido) al oído.

         Espero que los científicos del todo el mundo puedan contener esta epidemia. Si lo logran, entonces veremos en qué muta nuestro miedo, porque, aunque la gripe fatal desaparezca, el miedo no se irá. Nunca se irá.

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26 de abril de 2009

1ª ANTOLOGÍA «MUNDOS EN TINIEBLAS»

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El 26 de abril se llevó a cabo la presentación de la primera antología Mundos en tinieblas de Ediciones Galmort. Debido a que yo fui el encargado de escribir el prólogo, la velada me tuvo también como orador. Buena gente, buenos escritores y buena literatura, ¿qué más se puede pedir?


La portada del libro:
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La contratapa:

«Sobre el libro: “El cuento es el formato perfecto para la literatura fantástica y de horror. Por esto mismo, los grandes exponentes del género fueron, ante todo, grandes cuentistas: Edgard Allan Poe, Howard Phillips Lovecraft, Julio Cortázar, etc. También por esto, las antologías son amigas del género, aunque por lo general respetan una única tendencia: la de incluir a las grandes glorias del pasado. (…) La producción actual parecería estar enterrada más profundamente que los muertos que reviven en las historias de los autores mencionados. Y teniendo en cuenta que los miedos y las formas de representarlos cambian con el correr de las generaciones, es una lástima que no dispongamos de antologías que nos muestren nuestras propias pesadillas.”

»Por estos motivos, que Lucas Berruezo enumera en el prólogo, surge Mundos en Tinieblas. Para brindarles a lectores y escritores “la posibilidad de experimentar nuevas pesadillas, todas ellas actuales, todas ellas nuestras”. Para demostrar que la literatura fantástica y de horror es un género todavía vivo, todavía en crecimiento.»

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En plena reunión:.

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Para los que quieran adquirir el libro, pueden consultar los puntos de distribución en la página de la editorial (haciendo click aquí):

Muchas gracias a Ediciones Galmort y a todas las personas que concurrieron al evento.

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16 de abril de 2009

LA MUERTE EN VIVO: una obviedad

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         Ya está en cartelera la que se presenta como la película más controversial de los últimos tiempos, tan controversial que se duda incluso de su estreno en Estados Unidos. Me refiero a La muerte en vivo (Live!), protagonizada por Eva Mendes. La película muestra, a modo de documental, todo el proceso de creación, elaboración, producción y puesta en escena de un reality show único en su género, que busca conseguir la mayor audiencia de la historia y cambiar la realidad de la televisión mundial. La idea es la siguiente: cinco participantes compiten en la Ruleta Rusa; el que se mata y pierde, pierde todo; los que se salvan y ganan, ganan cinco millones de dólares cada uno. La película tarda una hora y media en demostrar lo que ya se sabe de antemano: que la televisión es una porquería, que a los directores de programación sólo les interesa el raiting (y una extraña y poco definida ambición personal), que los abogados no tienen escrúpulos (aunque parezcan tenerlos) y que los productores y publicistas sólo quieren dinero. Por esto mismo, la película se torna aburrida y sólo remonta al final, cuando efectivamente se lleva a cabo el reality y los participantes compiten apuntándose con el arma a la sien. Un final imprevisto termina por dejar un balance positivo que sólo en parte compensa el esfuerzo de haber permanecido en el asiento hasta la llegada de los títulos.

         No hay mucho más que decir de la película. De hecho, lo que me inclinó a escribir este post es el parecido, a grandes rasgos, de La muerte en vivo con mi cuento «El Hombre». En ambos hay un programa de televisión, en ambos se juega a la Ruleta Rusa y en ambos se premia con dinero al vencedor. Por suerte, el cuento lo escribí hace cuatro años, cuando todavía no tenía ni noticias de esta película, aunque tengo que admitir que después de verla me quedé más tranquilo. Modestia aparte, creo que el cuento, en sus escasas páginas, problematiza más y mejor la cuestión de la inmolación por dinero, de la crueldad de las personas y de la cuestión del mártir y del héroe (en él gana el que se vuela la cabeza, mientras que el que se salva pierde; ahí la paradoja y la verdadera inmolación por dinero). Pero en fin, los invito a leer el cuento y a hacer la comparación.


- Una muerte arbitraria

(Si no viste la película, y si planeas verla, NO leas este apartado, ya que se revela una parte significativa del final.)


         Como dije más arriba, hay cinco participantes: Abalone (una modelo freak que quiere revolucionar el mundo del arte); Rick (un granjero con una historia familiar conmovedora que busca salvar a su granja de las deudas); Brad (un joven que sólo quiere pasar el resto de su vida surfeando con su novia); Byron (otro joven, que busca hacerse famoso para catapultar su carrera de escritor); Pablo (un muchacho que se presenta como mexicano, pobre y gay, y que busca salir de la pobreza y sacar de ella a su madre); y, por último, Jewel (una muchacha que quiere ser actriz y que participa del programa para, al igual que Byron, catapultar su carrera). Hasta aquí, todo muy lindo. Todas las personas son buenas y honestas, pero si nos preguntamos a quién mataría el Tío Sam nos encontramos con una sorpresa: justamente al que mataría es el que pierde y muere.

         En efecto, Abalone, Byron y Jewel buscan la fama para desempeñarse como artistas, cosa que contribuiría a mantener y desarrollar el status quo (de hecho, Jewel es la encargada de conducir los futuros programas de Live!); Rick quiere el dinero para pagar impuestos y deudas, es decir, para devolvérselo al Tío Sam, ¿cómo no dárselo?; Pablo quiere comprarse una hermosa casa, lo que significaría hermosos impuestos; por último, Brad sólo quiere surfear, pasarse la vida de playa en playa, bajo el sol. ¿Quién pierde y muere? Pues justamente Brad. Más obvio imposible: hay que eliminar a la lacra inservible que se niega a reproducir la cadena de intereses de la nación. La película no es para nada inocente en este sentido. La verdad, considero que la negación de estrenarla en Estados Unidos no es más que un recurso publicitario para que los ingenuos (como yo) la vean.


Ficha técnica:
Título original: Live!
Año: 2007
Duración: 96 min.
País: Estados Unidos
Director: Bill Guttentag
Guión: Bill Guttentag
Reparto: Eva Mendes, David Krumholtz, Eric Lively, Katie Cassidy, Jeffrey Dean Morgan
Productora: Atlas Entertainment / Mosaic Media Group


12 de abril de 2009

SE VIENE LA 1ª ANTOLOGÍA «MUNDOS EN TINIEBLAS»

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El domingo 26 de abril a las 14,30 hs, en el bar cultural El Taller (Serrano 1595, esq. Honduras), en Palermo, se presentará el primer volumen de Mundos en Tinieblas, una colección de Ediciones Galmort dedicada a la literatura fantástica y de horror. A mí me tocó escribir el prólogo, así que ahí estaré. Para los que puedan y quieran ir, será un honor verlos allí.

Les dejo la portada del libro:
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Para mayor información, pueden entrar a la página de Ediciones Galmort.
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5 de abril de 2009

EL FINAL

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          El sol llenaba la habitación con su matinal resplandor. Los haces de luz, apenas perceptibles gracias a volátiles partículas de polvo, ingresaban por la ventana impregnándolo todo de una claridad cálida. El silencio que, junto con la luz, reinaba en el lugar, otorgaba al ambiente una paz edénica, casi soñada. La habitación entera, la vida entera, parecía gritar en silencio que la existencia tiene, en efecto, algo de bueno; algo que, si bien es de naturaleza inefable, es también tan real como el sufrimiento y el mal, de cuya existencia nadie duda. Pero, como suele ocurrir con todo grito veraz que acarrea la suavidad del silencio, el mensaje no era siquiera intuido.

          Dentro de la habitación, las caricias del sol se convertían en fuertes golpes que dañaban la sensibilidad de los ojos de los dos jóvenes que allí se encontraban. El silencio, por otra parte, lastimaba sus oídos que, de manera frenética, buscaban la existencia de cualquier sonido que los distrajera y les impidiera oír las voces que gritaban en el interior de sus respectivas cabezas.

          Cuando la mano de Alan se extendió hacia la correa de la cortina, la oscuridad se abrió paso ganándole el lugar a la luz. Con paso sigiloso (no quería lastimarse chocándose contra algún mueble) Alan cruzó la habitación y activó el interruptor eléctrico, que estaba ubicado a un costado de la puerta. Una nueva claridad iluminó el lugar. Una claridad tenue, entre amarilla y naranja, que poco podía competir con la que la precedía.

          Alan se detuvo al ver, en el centro de la habitación, sentada sobre la cama con las piernas cruzadas, a Silvina. Por un momento pensó en abandonar el plan, en abortar todo, pero inmediatamente pensó en el final y volvió a convencerse de que no había otro camino.

          –¿Estás bien? –preguntó Alan, acercándose.

          Silvina asintió. Tenía el rostro bajo, oculto tras los mechones de pelo que le caían de manera desordenada.

          –¿Segura? –volvió a preguntar.

          Esta vez Silvina no se movió.

          –Es que... –comenzó a decir, esforzándose por no sucumbir ante el llanto que ya le subía por la garganta–. Podríamos intentarlo... juntos.

          Alan sintió cómo una oleada de rabia le recorría el cuerpo (¡¿Cuántas veces se lo había explicado?! ¡¿Cuántas veces le había demostrado que no había otro camino?!). No obstante, se contuvo.

          –No, no podemos –aseguró con voz tenue, la indecisión de Silvina afianzaba su determinación–. Vos viste a esas personas en el hospital. ¿Querés terminar así? No tenemos otra salida. No tenemos plata... y si la tuviésemos no nos serviría de nada... Tenemos que hacerlo... juntos. Vayamos donde vayamos, vamos allá juntos... y nos vemos del otro lado.

          Silvina no dijo nada, sabía que, en cierta forma, Alan tenía razón.

          Lentamente, Alan se incorporó y se acercó a una vieja cajonera que se encontraba contra una de las paredes de la habitación. Del primer cajón sacó un revólver calibre 22 y se volvió a acercar a Silvina. Se sentó a su lado y, con su mano derecha, le acarició suavemente la cabeza. Notó que lloraba.

          –Todo va a estar bien –le dijo–. Vamos a estar en un mejor lugar... Después de todo, cualquier lugar va a ser mejor que éste –intentó reír, pero no pudo–. Ya sabés lo que tenés que hacer. Quiero que cierres los ojos. Cuando escuchés el disparo, me sacás la pistola, siempre con los ojos cerrados, y hacés lo mismo... No quiero que lo último que veas sea una imagen horrible de mí. Y así, en menos de un minuto, todo va a estar solucionado.

          Dejando el arma a un costado, Alan tomó el rostro de Silvina con ambas manos y lo giró para que lo mirara de frente. Por el contrario, Silvina rehuía de su mirada.

          –Mirame –dijo Alan.

          Silvina obedeció. Las lágrimas brotaban de sus ojos azules, ahora rojos por el dolor, y caían por unas mejillas tan blancas como el papel.

          –Te amo... ¿lo sabés, no?

          Silvina asintió.

          Alan se acercó todavía más y la besó en los labios. Un beso fuerte, largo y con un ligero gusto a sal.

          Concluido el beso, Alan soltó a Silvina y, girando sobre sí, miró hacia la pared que tenía enfrente de él. Silvina, imitándolo, hizo lo mismo. Alan sujetó con su mano derecha el revólver y lo apoyó debajo de su mandíbula.

          –Cerrá los ojos –ordenó.

          Silvina, exhausta, obedeció.

          Se oyó el disparo. Mecánicamente, Silvina alargó su brazo izquierdo y tanteó en busca del arma. Primero tocó las piernas de Alan, siguió por ellas hasta su torso y de allí hasta su hombro. El cuerpo del muchacho se hallaba recostado sobre la cama, inmóvil. Del hombro bajó por el brazo hasta dar con su mano, de la que extrajo el arma.

          Tenía que hacerlo, ya no había vuelta atrás. Alan había dado el primer paso, ahora todo lo que podía hacer ella era seguirlo.

          Las lágrimas resbalaban por su rostro con mayor intensidad. Su corazón palpitaba con fuerza. Apenas podía respirar entre jadeos. Trataba de no pensar en nada, era sólo un movimiento mecánico. Debía serlo. Sólo levantar el arma, apoyarla en su sien y apretar el gatillo. Sólo eso.

          Con dificultad, respiró hondo. Apretó los dientes y elevó el arma. Notó que la mano le temblaba. Hizo fuerza para apretar el gatillo, pero no pudo hacerlo. Intentó una vez más, pero su dedo no le respondía.

          El llanto invadió su garganta y creyó ahogarse. Tosió con fuerza. El arma le pesaba en su mano. La bajó. En un arrebato la volvió a subir y a colocársela en la sien. Apretó sus ojos ya cerrados. Esperó. Iba a hacerlo, lo iba a hacer, no había otra salida, no había...

          Era inútil.

          Rendida, bajó el arma y la colocó en su regazo. Abrió los ojos y la observó. Por el rabillo del ojo podía ver el cuerpo sin vida de Alan, recostado a su lado, iluminado por la tenue luz entre amarilla y naranja.

          Era inútil.

          No podía hacerlo. No podía seguir el camino de Alan. No tenía el valor para hacerlo. Lo único que podía hacer era esperar. Quedarse allí sentada y esperar. El final le llegaría, siempre llegaba, tal vez antes o tal vez después, y ella sólo podría esperarlo, con más o menos valentía o resignación.

          Fue inútil.

          Decidió no hacerlo. Dejó el arma a un costado y se puso de pie. Llamaría a una ambulancia y a la policía. Se odiaba por ser tan cobarde. Se odiaba como nunca había odiado a nadie en su vida.

          Miró a Alan. Allí estaban sus piernas, tendidas sobre la cama. No se animó a mirarle la cara. De seguro estaría destrozada como consecuencia del disparo.

          Se encaminó a la mesa de luz que estaba a un lado de la cama y tomó el teléfono que allí descansaba. Marcó el primer número, el nueve, pero antes de marcar el segundo sintió que algo frío le acariciaba la oreja. Los pelos de los brazos se le pusieron de punta. Ella no era una persona que podía calificarse de supersticiosa, pero en ese momento supo que el espíritu de Alan había regresado para llevársela con él. Ella lo había defraudado y no había otra explica...

          –¿Qué hacés? –oyó Silvina que le decían a sus espaldas.

          Se dio vuelta. No podía creer lo que estaba viendo. Ahí estaba Alan, intacto, con el arma en su mano y apuntándole directamente a la frente.

          Inconscientemente, y todavía con la idea del fantasma en la cabeza, Silvina miró hacia la cama en busca del cadáver. Si estaba muerto y lo que tenía delante era su espíritu, entonces el cuerpo tenía que seguir en...

          –Te pregunté qué estás haciendo.

          El cuerpo sin vida de Alan no estaba. Entonces, eso significaba que...

          –No estás muerto.

          –No, no estoy muerto, pero se suponía que vos sí ibas a estarlo.

          –Pero...

          –Siempre con peros. Ni siquiera me vas a dejar morir en paz. Por tu culpa me agarré esto y no me vas a dejar ser feliz, me vas a romper las pelotas hasta el final... ¡Hasta el final!

          –Yo te amo...

          –Callate.

          Alan movió ligeramente el caño del revólver hasta apoyarlo en la sien de Silvina. Abrió fuego. Un solo disparo. Después limpió el arma con un pañuelo (lo había visto en varias películas) y, con sumo cuidado, la puso en la mano del cadáver. Por último, se dirigió a la puerta de la habitación.

          Salió sin mirar hacia atrás.

         



© Lucas I. Berruezo
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4 de abril de 2009

PRIORIDAD EMBARAZADAS

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        A veces culpamos a los jóvenes de ser violentos, pero a la vuelta de la esquina nos encontramos con ejemplos que trascienden cualquier frontera generacional. En fin, les contaré la anécdota que originó este post.

        Mi esposa está embarazada. Esto significa convivir diariamente con personas que se hacen las dormidas para no darle el asiento en los transportes públicos, con personas que descaradamente no se lo dan o con personas que bufan en las cajas de «Prioridad embarazadas» de los supermercados (para dar unos pocos ejemplos cotidianos de los tantos que se podrían dar). Las mujeres tienen dos caminos: o enfrentan a estas personas y reclaman lo que en verdad les corresponde, o los ignoran y se la aguantan. Tengo que admitir que dado mi carácter y el de mi señora, solemos estar del lado de los que bajan la cabeza y esperan. Pero hoy, las circunstancias se alinearon de forma tal que tuvimos que hablar. Resultado: casi salgo golpeado...

        Estábamos en la cola de una de las cajas para embarazadas de un Carrefour. Con mi señora ya habíamos decidido no pedir la prioridad, sino esperar a que llegara nuestro turno «común». Por supuesto, varias de las personas que estaban adelante de nosotros nos vieron, pero de seguro se contentaron al notar que no decíamos nada. De cualquier forma, nadie nos ofreció pasar.

         Pero entonces apareció otra pareja embarazada, que sí hizo lo que correspondía en tales casos y se acercó a la caja para pedir su lugar. Entonces, nosotros decidimos hablar también y nos acercamos. Con la otra pareja nos pusimos de acuerdo enseguida y, como nosotros estábamos antes, nos dejaron primeros. Otra pareja, al ver que se retrasaría demasiado, optó por irse a otra caja. Pero el problema comenzó a generarse con un matrimonio de personas mayores que nosotros (rodearían los cincuenta y cinco años), que estaban adelante y eran los próximos a ser atendidos. Éstos ya estaban descargando sus cosas y, al vernos, decidieron seguir con lo suyo. La otra chica embarazada comenzó a reclamar su prioridad y el hombre en cuestión (canoso y de anteojos, de aspecto sumamente civilizado) le dijo que él ya había dejado pasar a otra persona embarazada. Cuando la chica le respondió, el hombre, violentamente, comenzó a juntar todo lo que había descargado, quejándose a los gritos sobre las reglas del supermercado y de su suerte, que tenía que pagar porque otras personas habían abierto las piernas. Entonces intervine yo (mal hecho...). Lo que yo le quería decir al hombre era que no se trataba de una acción inteligente meterse en una caja de embarazadas cuando había tanta gente en el supermercado. Cada caja tenía alrededor de siete u ocho personas, si no más, y era evidente que en algún momento, en una caja de embarazadas, iba a aparecer una (o más de una) mujer en esa condición. De cualquier forma, no pude decir nada. Sólo dije: «Disculpe señor (les aseguro que comencé hablando así), pero es poco inteligente elegir...». Para entonces el hombre ya se me había venido encima y amenazaba con golpearme. «¡No me digas poco inteligente! –me gritaba a uno o dos centímetros de mi rostro– ¡¡No me digas poco inteligente porque no me conocés!!». A todo esto respondí «¿Se pone violento?», pero seré honesto al confesar que me hubiese encantado replicarle «No hace falta que lo conozca, basta con verlo...». Suerte que no lo dije, porque de seguro me hubiese golpeado. Pero la cosa no terminó ahí, ya que el marido de la otra chica embarazada se metió a defenderme y él sí quiso solucionar con la violencia física lo que hasta ese momento se había limitado a la violencia verbal. El hombre y el muchacho se trenzaron de forma tal que tuvo que intervenir la seguridad del supermercado. Separaron al hombre y se lo llevaron lejos. Entonces, creímos que todo había terminado, pero mientras yo cargaba mis cosas en la cinta, el hombre volvió con la intención de golpear al muchacho que me había defendido. Al parecer se había olvidado de mí y concentrado toda su bilis en el otro joven. La cosa se fue de control y tuvo que intervenir personal policial. Todo un caos.

        Me pregunto qué nos está pasando. El hombre sabía que estaba en falta (es decir, que invariablemente la prioridad la tenían y la iban a tener las embarazadas) y sabía que lo que había hecho era «poco inteligente», ¿por qué entonces reaccionar de semejante forma? Una vez más, corroboré lo que ya antes había afirmado en este blog: las personas prefieren pasar por malas que por tontas. Si yo le hubiese dicho al hombre «eso no se hace» o «la concha de tu madre», creo que no habría reaccionado de la forma en que lo hizo. Tal vez me equivoque.

        A riesgo de ser trillado, lo diré: ya no se respeta a nadie. Los jóvenes son maleducados y los grandes no lo son menos. ¿Qué podemos esperar entonces? Para la próxima, seguramente, nos mantendremos en la posición de esperar nuestro turno «común», no sea cosa que por reclamar lo que nos corresponde nos ganemos un puñetazo, o incluso algo peor...

        «Hijo de puta, te voy a buscar y te voy a matar». Todavía puedo oír cómo el hombre le grita al muchacho y éste le responde con exactamente las mismas palabras. Mientras, las esposas de cada uno de ellos lloran y piden, por el amor de Dios, un poco de cordura.
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1 de abril de 2009

EL EVANGELIO DEL MAL, de Patrick Graham

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«–Dios está en el Infierno. Manda sobre los demonios. Manda sobre las almas condenadas. Manda sobre los espectros que vagan por las tinieblas. Todo es falso. ¡Oh Señor! ¡Todo lo que nos han dicho es falso!»
Patrick Graham, El evangelio del mal.



         El evangelio del mal (L’évangile selon Satan), de Patrick Graham, es una novela ambiciosa. Posicionándose en la línea, actualmente de moda, de la novela conspirativa, se separa de ella para ser también una novela histórica, psicológica, de terror, de viajes, incluso, de alguna manera, policial. De hecho, si hay que marcarle un defecto a la novela, es justamente ese: tiene mucho de todo, y a veces lo mucho sobra. Muchos personajes principales, muchas sociedades secretas, muchos escenarios, muchos castillos y abadías, muchos pasadizos secretos, muchas explicaciones repetidas, etc., etc., etc. La novela tiene mucho de todo, y eso confunde y dilata. Sin embargo, se trata de una novela que se puede recomendar sin temor a ser impugnado. El evangelio del mal cumple con todos los requisitos para entretener durante varios días, aunque estoy seguro de que esto no es motivo de orgullo para un texto ambicioso.

        Básicamente, El evangelio del mal pone en escena una conspiración que busca erosionar la base misma de la fe cristiana: la fe en Jesucristo, muerto en la cruz por la salvación de la humanidad y resucitado por el Padre. Se plantea la existencia de un evangelio satánico («el Evangelio de Satán») que cuenta la «verdadera» historia de Jesucristo: éste, a punto de morir en la cruz, renuncia a Dios y maldice con odio a la humanidad, convirtiéndose en Janus, príncipe de los demonios, que muere y jamás resucita. Los testigos de semejante aberración son los que después recuperan el cuerpo de Janus y escriben el evangelio. Esto es, entre otras cosas, lo que cuenta el texto maldito, y un sector de la Iglesia («la cofradía del Humo Negro») busca hacerse con él para destruir el Vaticano, la fe cristiana y sembrar el caos. Sus planes no concluyen allí, ya que después de destruir la fe de millones de fieles, «el Novus Ordo» (una cofradía mayor que la del Humo Negro y que la incluye) planea dominar el mundo. Para impedirlo, varios personajes (entre los que se destacan la agente del FBI Marie Parks, el exorcista Alfonso Carzo y la inspectora Valentina Graciano, entre otros tantos) investigarán los crímenes que rodean la conspiración, ya sea en Europa, en Estados Unidos o en Sudamérica, en el presente o en el pasado.

        Creo que el problema reside una vez más en lo ambicioso del planteo. El código Da Vinci, de Dan Brown (novela que revivió el interés del público por las historias conspirativas), generó tanto revuelo porque lo que planteaba era perfectamente creíble y asimilable por las personas. Que Cristo hubiese o no tenido una hija, que la Iglesia hubiese o no ocultado el papel preponderante de María Magdalena entre los primeros fieles, que Da Vinci hubiese o no retratado todo eso en sus lienzos, son cuestiones que fomentan el debate sin cuestionar fuertemente la fe de las personas. Se pone en cuestión, en todo caso, cierto accionar de la antigua Iglesia y cierta realidad (humana) de Jesucristo, pero que muchos creyentes de hoy pueden asumir, incluso afirmar, sin dejar de creer en su Dios y Salvador. En cambio, El evangelio del mal va mucho más lejos, planteando un cambio radical en la teología cristiana (se llega a afirmar la igualdad de Dios y Satán, que habrían sido creados al mismo tiempo por una misma entidad superior a ellos) y dejando entrar en la historia lo sobrenatural (demonios, fantasmas, viajes en el tiempo, etc.). De esta manera, lo conspirativo se inclina por lo fantástico y pierde fuerza, ya que rompe con la regla de oro de la novela conspirativa: ser, ante todo, históricamente creíble.

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Sobre el autor: Patrick Graham es Licenciado en Psicología y especializado en Criminología. Además, es consultor internacional y, debido a su trabajo, alguien próximo al Vaticano. El evangelio del mal es su primera novela, que recibió el prestigioso Prix Maison de la Presse 2007, en Francia.



-Graham, Patrick. El evangelio del mal. Buenos Aires, Grijalbo, 2008.

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