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30 de enero de 2010

CRÓNICA DE UNA EXPERIENCIA PARANORMAL (I): El fantasma en el patio

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         El suceso que contaré a continuación no es ficticio, por eso lo incluyo en la sección de «Aguafuertes». En el área de la ficción estamos acostumbrados a oír historias de fantasmas, de extraterrestres, de hombres lobo o, incluso, de seres mitológicos como los duendes o los unicornios. Algunos hasta llegan a creerlas. Otros, más escépticos, tienen siempre presente que se trata de ficción, aunque eso no los excluye de la posibilidad de asustarse o de conmoverse. De cualquier manera, si uno para un poco la oreja, podrá darse cuenta de que la vida real (entiéndase, aunque precariamente, lo que no entra en la ficción, sino en la concreta cotidianeidad) está llena de historias como ésas, historias que no pueden explicarse satisfactoriamente mediante la razón y que nos colocan frente a sucesos que muchas veces superan cualquier trama cinematográfica o literaria. En esta crónica, que espero sea la primera de una serie de muchas, contaré una historia que le ocurrió a dos personas allegadas a mí, que por cuestiones de discreción reduciré sus nombres a sus letras iniciales. El muchacho será C., un joven de 29 años, atlético y absolutamente escéptico (no por convicción, sino por desinterés), y la muchacha será F., de 30 años, algo petisa y de curvas bien marcadas, con una extrema sensibilidad perceptiva. Confío en sus palabras, en especial en las de C., a quien todavía sigo viendo. La historia, entonces, es ésta:.
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         En aquel entonces, C. y F. estaban de novios. Hacía ya tres años que se habían conocido y su relación era estable. Aún no vivían juntos, pero los fines de semana C. solía quedarse a dormir en la casa que F. compartía con su abuela. Fue en una de esas estadías que ocurrió lo que ahora voy a narrarles, aunque antes permítanme contextualizar un poco.

         F. ya nos había contado en varias reuniones que ella tenía el don de ver fantasmas. Los llamaba así, «fantasmas». No recordaba la primera vez que había visto uno, ya que en realidad, en un principio, no podía diferenciar entre una persona viva o muerta. De hecho, todavía le costaba diferenciarlos. Pero se hizo consciente de su don, siendo niña, cuando vio a un vecino que había muerto días antes. Entonces, después de «enterarse» de su capacidad, ésta se profundizó más. Comenzó a ver fantasmas en todos lados, en su casa, en la casa de sus amigos, incluso en la mía. Lo primero que solía sentir era miedo, un miedo que nunca lograba superar del todo, pero que intentaba combatir por medio de la indiferencia. Ignorando a los fantasmas, a veces con más o menos fortuna, esperaba que se fueran sin hacerle nada.

         C. solía burlarse de F. Decía que tenía mucha imaginación y que a veces creía que un gato o una cucaracha eran espíritus del más allá. De cualquier manera, era el único que se burlaba de ella (supongo que se trataba de las prerrogativas de dormir con la vidente), ya que el resto de nosotros intentábamos no incomodarla. Uno nunca sabe cómo reaccionar ante personas con esas capacidades. No sabemos si debemos mostrar interés o hacer como si no fuera extraño lo que se nos cuenta. El esfuerzo por no ser grosero muchas veces deja a las personas mudas e inmóviles.

         Al poco tiempo, de esto hará unos dos años, C. no volvió a burlarse de nada ni de nadie, ya que él mismo fue testigo de una de las experiencias de F.

         Como de costumbre, se había quedado a dormir en la casa de F. y, a eso de las diez de la noche, ella le pidió que la acompañara a descolgar la ropa del patio. El patio en cuestión era un enorme jardín de casi media cuadra de profundidad, que en el centro poseía un pequeño paredón con varios maceteros alineados en él. Se trataba de maceteros con plantas, que pesaban lo suficiente como para permanecer incólumes ante la peor de las tormentas.

         Salieron y comenzaron a descolgar la ropa del tendedero. De pronto, F. pegó un grito. Casi al instante, uno de los enormes maceteros cayó al piso, quebrándose en varias partes. C. miró enseguida hacia el paredón (según él en busca de un ladrón), pero no vio absolutamente nada. No había personas, ni gatos, ni mucho menos el viento suficiente como para derribar semejante objeto de cerámica. Sólo estaba la pared, el macetero tirado a los pies de ella y el resto de los otros maceteros alineados en su superficie, intactos. Entonces C. consideró esa posibilidad y no pudo más que preguntar: «¿Viste algo?». F. pensó en no decir nada, estaba muy asustada como para recibir burlas, pero algo en el rostro de su novio le dijo que esa vez sería diferente, que, lejos de burlarse, C. la comprendería. Y se lo contó: había visto a una mujer vestida de blanco, con algo parecido a un camisón, que estaba sentada en el pequeño paredón. Cuando ella pegó el grito, la mujer se puso de pie de un salto y se fue, tirando la maceta con su movimiento.

        Cuando C. me lo contó se notaba su consternación. «No creas que por eso creo –me dijo en aquel entonces–, pero la verdad es que me asusté bastante. No sé, prefiero no sacar conclusiones».

        Desde entonces, y cada vez que F. contaba alguna de sus experiencias paranormales, C. sonreía con expresión ambigua. No le daba la razón a su novia, ni siquiera la apoyaba, pero eso sí, jamás se volvió a burlar de ella.





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21 de enero de 2010

LA «REALIDAD FACEBOOK»

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         Nuestro momento histórico está sumido en el embotamiento mental. Miro a mi alrededor y no veo más que mediocridad. No voy a caer en el exceso de decir que TODAS las personas son mediocres, pero no creo exagerar al afirmar que lo son la mayoría. No hay reflexión ni meditación. No hay silencio. El silencio nos obliga a pensar, a oírnos, a dilucidar lo que pasa adentro y alrededor nuestro, y por eso muchas personas no toleran el silencio. Lo rehuyen. En las casas, siempre hay un aparato eléctrico encendido que impide el silencio: una radio, una televisión, lo que fuera. Aunque no les prestemos atención, allí están. Su función es la de hacer ruido. En la calle cada vez son más los que van con auriculares. Los jóvenes, principalmente, no se desconectan en ningún momento del día. Incluso me los imagino durmiendo con la televisión o la radio encendida.

         Aparte del constante ruido, otra prueba de que se reflexiona poco puede encontrarse en la figura paradigmática de las redes sociales tipo Facebook. La «Realidad Facebook» nos muestra que hay poco que decir y mucho que mostrar. Estas redes sociales llevaron hasta un extremo paródico el refrán «una imagen vale más que mil palabras». Ahora hay miles de imágenes y apenas unas cuantas palabras. Y las palabras que podemos leer allí son poco más que simulacros de escritura. Textos como «Vacaciones» o «Armando los bolsos» o, incluso, «Tengo que cortar el pasto» pueblan esos espacios. La imagen no sólo reemplazó a la palabra, sino que la misma palabra, cuando aparece, no es más que eso, palabra inarticulada. Lejos quedaron las cartas de varias páginas o, aún más cerca pero igualmente lejos, los mails de varios párrafos. La sensación de estar continuamente conectado con otras personas lleva a prescindir de la escritura. Basta con las fotos y alguna que otra aclaración. Si cumplo años, no tengo que contarlo, no tengo que interpelar a mis amigos y relatarles cómo estuvo mi día, qué me regalaron, cómo la pasé ni quienes fueron mis invitados (ejercicio que me obligaría a reflexionar al respecto y a forjar una valoración consciente de lo vivido), simplemente subo las fotos con el título «Mi cumpleaños» y listo. ¿Para qué hablar, si puedo mostrarme?

         Y en medio de todo esto, casi escondida, la lectura, huérfana de los tiempos modernos.

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20 de enero de 2010

EL RETORNO DE LOS BRUJOS, de Louis Pauwels y Jacques Bergier

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          El retorno de los brujos (Le Matin des Magiciens) fue publicado, por primera vez, en París en 1960. Su autor, Louis Pauwels (1920 - 1997), había trabajado y reflexionado junto a Jacques Bergier (1912 - 1978) durante cinco años para que su ensayo viera la luz. El libro tuvo una rápida difusión en todo el mundo, siendo valorado y rechazado de forma simultánea y con el mismo ímpetu. De hecho, la edición española con la que cuento es de 1966. Hoy, a cincuenta años de su publicación, el libro ya no se edita y apenas se puede conseguir en la web o, con un poco de suerte, en alguna librería de usados. Sin embargo, nadie puede quitarle a El retorno de los brujos el hecho de haber sido el primer ensayo dirigido al gran público que, con una seriedad que no suele acompañar a los temas tratados, ponía sobre la mesa algunas de las cuestiones que los científicos continúan rechazando sin observación, los fanáticos aceptando sin reflexión y la mayoría ignorando con impunidad: la realidad fantástica.


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- Fecha de vencimiento

         Soy un completo ignorante en lo que respecta a la física y a la química. Por esto mismo, ignoro si muchas de las observaciones que hace Pauwels sobre estas y otras ciencias siguen estando vigentes o, por el contrario, ya fueron rechazadas de forma definitiva. Como ejemplo se puede mencionar la hipótesis sobre las mutaciones. Según el autor, en 1960 la radiactividad era treinta y cinco veces superior en comparación con principios del siglo XX. Esto trae como consecuencia una serie de mutaciones desfavorables: malformaciones, cáncer, etc. Ahora bien, ante esta evidencia, Pauwels se pregunta: «¿Hasta qué punto se podrían producir mutaciones celulares favorables, generalizadas en todo el organismo?»[1]. Básicamente, lo que Pauwels plantea es que si la radiación produce monstruos y enfermos, ¿por qué no puede producir (por azar o destino) una nueva raza de humanos superiores? Pone la piel de gallina de solo pensarlo. Pero hay que aclarar que Pauwels no era un maniático delirante que esperaba el surgimiento de una nueva raza de superhombres producto de la manipulación científica. No. Pauwels era, simplemente, un optimista a ultranza, que veía en aquello que está destruyendo a la humanidad la posibilidad de superarla.

         Esta hipótesis es, tal vez (y sinceramente eso espero), anacrónica. A lo mejor la ciencia ya demostró la imposibilidad de que se den mutaciones favorables a base de radiaciones. La verdad es que no lo sé, pero algo me dice que muchas de las hipótesis «científicas» del libro perdieron ya el sentido. Probablemente por eso ya no se edita ni se cita en ninguna parte. Pero, insisto, no por esto el ensayo deja de ser interesante. Varios de los temas que trata son útiles a la hora de abrirle la mente al lector y mostrarle «otra» realidad, que es real también. Así, por ejemplo, hay una parte que se centra en el nazismo, en la que se analizan aquellas cuestiones que la historia «oficial» ha dejado de lado: el trasfondo místico, la teoría del mundo helado y de la tierra cóncava, la sociedad de Vril, Hitler como médium, etc. No voy a detenerme en esto (el análisis es demasiado interesante como para glosarlo), pero sí voy a destacar la hipótesis principal: la Alemania de Hitler no se trató de otro país con una organización política, económica, militar e ideológica particular, sino que se trató de una civilización completamente diferente a la nuestra, una civilización mágica y mística que se opuso al materialismo científico que caracterizaba (y sigue caracterizando) a Occidente. Como ésta, hay otras hipótesis interesantes, entre las que se destacan la de las sociedades secretas y la de las civilizaciones técnicas desaparecidas. Detenerme en esto sería dilatarme más de lo aconsejable; basta con decir que, vigentes o no, actuales o no, las hipótesis de El retorno de los brujos permiten pensar de otra manera, mirar las cosas con otros ojos, considerar la posibilidad de que, a lo mejor, la realidad no es como la ciencia oficial dice que es, de que lo fantástico es tan real como el techo que, en este momento, cubre nuestras cabezas.
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- El realismo fantástico

         La hipótesis principal de El retorno de los brujos es, a su vez, la regla de oro que guió los trabajos y las reflexiones de Pauwels y Bergier: lo fantástico no forma parte de la fantasía, sino de la realidad. En palabras de Pauwels: «Generalmente se define lo fantástico como la violación de las leyes naturales, como la aparición de lo imposible. En nuestra opinión, no es nada de esto. Lo fantástico es una manifestación de las leyes naturales, un efecto del contacto con la realidad cuando ésta se percibe directamente y no filtrado por el sueño intelectual, por los hábitos, por los prejuicios, por los conformismos» (pp. 19-20). La escuela del realismo fantástico plantea, entonces, que hay hechos que son olvidados por las ciencias oficiales (y aquí no sólo se incluyen las ciencias positivas, como la química y la medicina, sino también las humanas, como la antropología y la historia) por no poder darles una explicación satisfactoria. La magia de los chamanes, la clarividencia, la astronomía maya, la construcción de las pirámides de Egipto, la existencia de una o de dos Atlántidas, etc., todo esto sería excluido del campo del saber o se explicaría de forma insatisfactoria para que cuajase en los parámetros oficiales del conocimiento. Lo que hace el realismo fantástico es incluir los hechos y no excluirlos, relacionarlos y no segmentarlos, tratar de comprenderlos y no de explicarlos. Así, lo que se busca es la continuidad, la visión del universo en su unidad armónica: «El progreso no consiste en forzar los paréntesis, sino en multiplicar los guiones de unión» (p. 189).

         Esta es la propuesta de la escuela del realismo fantástico, una escuela que, a juzgar por lo que nos legó, no ha tenido mucha suerte. Sin embargo, el planteo no carece de interés. Generalmente, observamos la realidad a través de los anteojos que nos proporcionan la ciencia, la historia, el periodismo, etc., y tendemos a descartar por fabuloso todo aquello que no encaja en los parámetros establecidos. ¿Y si la realidad es algo más? ¿Si a nuestro alrededor lo que puede explicarse convive con lo que no? Después de todo, lo sobrenatural no es más que un tipo de percepción: para la cultura de la Edad Media, hacer un pacto con el Diablo era tan natural como hacerlo con una persona.


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- Conclusión:

          Recomiendo la lectura de El retorno de los brujos (supongo que las bibliotecas deben tener ejemplares, y si no siempre se puede recurrir a la web), aunque hay que ingresar al realismo fantástico con la certeza de que no hay certezas. Es un libro de hipótesis, no de afirmaciones. Por esto mismo, toda idea está tamizada con diversos y constantes «tal vez». Es un ensayo que permite preguntar sobre otras realidades, no responder respecto de ellas. Hay hipótesis más interesantes que otras, algunas más aceptables que otras, pero el valor del libro radica en eso, en proponer hipótesis, en abrir nuevos caminos, que de alguna manera son antiguos y están cerrados. Y es que los brujos retornaron por un momento en la década del ’60, para volverse a ir tiempo después. ¿Ahora quién sabe dónde están? En las librerías seguro que no…



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[1] Louis Pauwels y Jacques Bergier. El retorno de los brujos. Barcelona, Plaza & Janés, 1966, p. 527. A continuación las citas se harán según esta edición.



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Sobre los autores:



Louis Pauwels nació en Bélgica en 1920 y murió en 1997. Fue periodista y escritor. Su trabajo se centró principalmente en suplementos culturales de diferentes diarios y revistas, como Le Journal du Dimanche o Le Figaro-Magazine. Pauwels conoció a Jacques Bergier en 1954, cuando era el director literario de la Biblioteca Mondiale, con el que escribió, en 1960, El retorno de los brujos, y en 1970 la interrumpida continuación de L'Homme Eternel. Colaborando nuevamente con Bergier (así como con François Richaudeau), fundó la revista bimensual Planète en octubre de 1961, (alrededor de 150 páginas) que apareció hasta el mes de mayo de 1968. En el decenio de 1970, se convirtió en amigo de algunos miembros del ultraderechista GRECE (Grupo de Investigación y Estudios para la Civilización Europea).

Jacques Bergier nació en 1912 en Odesa, Imperio ruso, y murió en 1978 en París. Ingeniero químico, alquimista, espía, periodista y escritor francés, fue autor de obras como Guerra Secreta bajo los Océanos, Extraterrestres en la Historia y El planeta de las posibilidades imposibles, entre muchas otras.


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