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16 de diciembre de 2013

CUENTO DE NAVIDAD





           Lisandro Ferreira no se consideraba un hombre malo. No le deseaba mal a nadie ni solía tener malas intenciones. Se conformaba con la plata que ganaba y dormía tranquilo. Por lo general ganaba bien, aunque las personas creyeran lo contrario. Desde enero hasta noviembre, es decir prácticamente todo el año, Lisandro trabajaba de mendigo. Se sentaba a la puerta de la iglesia San José de Flores y extendía su mano. Nunca pedía, sino que esperaba a que la gente, por propia voluntad, depositara la moneda en su mano. Y lo hacía, generalmente en abundancia. Como mínimo solía sacar ocho mil quinientos pesos por mes, aunque últimamente, con la escasez de monedas, la recaudación se había visto afectada. Luego, durante el mes de diciembre, firmaba un contrato temporal con el shopping Plaza Liniers y se convertía en Papá Noel unos cuantos días. Dejaba de lado la ropa harapienta y se vestía de rojo; en vez de extender su mano, sentaba a los niños en sus rodillas. Le gustaban los niños, le recordaban otra vida en la que había sido feliz. Su barba larga y blanca le servía igual de bien para ambos trabajos. Aunque solía sacar más plata en una semana de mendigo que en un mes de Papá Noel, hacía su trabajo contento. Las personas lo miraban y le sonreían, mientras que como mendigo intentaban no mirarlo. Por eso nunca nadie lo reconoció, aunque sus puestos de trabajo no estaban muy lejos uno del otro. Y por fin, cuando llegaba Noche Buena, salía a hacer su tercer trabajo, que sólo duraba una noche, pero que era tan importante como cualquiera de los otros dos. Antes de que los relojes de los hogares marcaran las doce en punto de la noche y la navidad comenzara, Lisandro entraba a la casa que ya había elegido con anterioridad y la robaba. O, mejor dicho, la marcaba con su presencia, ya que apenas se llevaba algo. Por lo general entraba por las ventanas, aunque más de una vez había forzado una puerta.

            No robaba por codicia ni por necesidad, sino por tradición. Durante varios años se había visto obligado a hacerlo (una etapa que prefería no recordar) y había terminado por tomarlo como parte de su vida. Estaba dentro de sus actividades del año. De enero a noviembre era mendigo, en diciembre Papá Noel y en Noche Buena / Navidad ladrón. Así era su vida, y así lo seguiría siendo. Por eso robaba poco y nada. Tal vez un cenicero y un par de cubiertos, o una frazada y una almohada. De no ser por las rejas forzadas o las puertas violentadas, muchos dueños jamás hubiesen sospechado que habían sido víctimas de un robo. Incluso, algunos, y estaba seguro de esto, al ver las pruebas de que alguien había ingresado a sus casas, pero al no notar que faltase ningún objeto de valor, terminaban por creer que el ladrón se había ido antes de poder llevarse algo.

            Y ese año iba a ser igual.

Era 24 de diciembre. El reloj marcaba las cuatro y media de la tarde. En media hora terminaría su turno de Papá Noel y no volvería a sentarse en aquel sillón rojo hasta el próximo año. Una nena vestida con un enterito blanco se le acercó y le estiró los brazos para que él la agarrase. Lisandro la subió sobre su regazo y le hizo la pregunta de rigor: «Ho, ho, hoo. ¿Cómo te portaste este año». «Bien», respondió la nena. «¿Y qué vas a pedirme entonces?». Y la nena le pidió un traje de princesa. «Ho, ho, hoo. Veremos qué puedo hacer. Ho, ho, hoo». Entonces una de las chicas que trabajaba con él, y que nunca eran las mismas años tras año, les sacó la foto y la nena volvió con sus padres. Luego le tocó el turno a un chico medio sucio de unos cuatro años, y la escena se repitió. Después otro chico, y después otra nena, y por último un par de gemelas. Cuando quiso acordarse, los relojes marcaban las cinco de la tarde y su día como Papá Noel había terminado.

Dejó el disfraz en el vestuario e hizo su último recorrido del año por el shopping. Saludó a las dos muchachas que trabajaron con él y que seguramente no iba a volver a ver; a Walter, el pibe de la casa de comida rápida que siempre le daba el almuerzo sin que tuviera que hacer la cola; y pasó por la oficina del señor Vargas, el gerente, que se encargaba de contratarlo año tras año. A todos les deseó felices fiestas y se despidió con un caluroso «Hasta el año que viene, ho, ho, hoo». Todos le sonrieron y le devolvieron el saludo.

Por fin en la calle, se dirigió a su casa, un PH en el barrio porteño de Almagro. Tenía que prepararse para la noche, agarrar su disfraz de Papá Noel y dirigirse a Ciudadela, donde estaba la casa que planeaba robar. Se trataba de una casa de dos pisos, con un amplio jardín y rejas en la ventana que esperaba poder torcer con facilidad. No necesitaba mucho espacio, ya que de seguro él era el Papá Noel más delgado de la historia. De hecho, el disfraz del shopping incluía un almohadón que le abultaba el abdomen, del que carecía el disfraz de su casa.

Antes de ser el Papá Noel bondadoso que oía a los chicos, había sido el Papá Noel ladrón. Es que había descubierto que un Papá Noel merodeando una casa la noche del 24 y metiéndose por la ventana era menos sospechoso de lo que se podía llegar a creer. Más de una vez lo habían visto, pero las personas con toda seguridad habían pensado que se trataba de un familiar animando las fiestas, ya que nunca había aparecido la policía. Y estaba seguro de que lo habían visto, ya que una vez una señora lo había saludado con su hijita desde la ventana de una casa vecina de la que estaba por robar. Una escena bizarra, que recordaba todos los años antes de efectuar su tercer trabajo. Otra regla que cumplía era la de robar casas que dejaran la luz encendida. Un Papá Noel entrando en una casa a oscuras sí era sospechoso, por eso, cuando llegase a Ciudadela, lo primero que iba a hacer era corroborar eso, que las luces de la casa estuviesen encendidas. Si no lo estaban, iría derecho a la casa opción número 2. Y, a su vez, sí ésta también estaba a oscuras, iría a la casa opción número 3. Siempre tenía tres casas estudiadas, cerca una de la otra, por si algo salía mal. Nunca le había pasado, pero si las tres se hallaban en un estado que impidiera el trabajo (ya sea por las luces apagadas, o porque estaban festejando allí la navidad, o porque en alguna casa vecina estaban en la vereda, etc.) no dudaría en pegar la media vuelta y volver a su casa. Nunca le había pasado, pero no se haría problemas por romper la tradición siempre y cuando no sea él quien lo decidiese.

Se bajó del tren en la estación de Ciudadela y caminó las seis cuadras que lo separaban de la casa opción número 1. Todo estaba bien: las luces encendidas, la casa evidentemente vacía y la cuadra desolada. Con una agilidad que sólo lo acompañaba ese día del año, se trepó a la gaveta de gas y desde allí saltó la reja haciendo el menor ruido posible. La casa tenía un jardín delantero que, mediante un pasillo lateral, se comunicaba con el patio trasero. Fue hasta allí y con la ayuda de su dobladora de caños (un invento propio, que funcionaba de forma manual) forzó las rejas de una de las ventanas traseras que daban a la cocina. Había pasado varias veces por la puerta de esa casa y se había cerciorado de que no hubiese perros en el jardín, pero por las dudas hizo un poco de ruido para ver si había alguno adentro de la casa. Nada. Todo despejado.

Lisandro entró y empezó a recorrer la casa.

La luz de la cocina estaba encendida. En contraposición con el orden que reinaba en el lugar, había varías bolsas de plástico abandonadas sobre la mesa, como si a último momento hubieran sacado de ellas la comida y la ansiedad por festejar la Nochebuena les hubiese impedido regresar todo a su lugar. El resto de la cocina evidenciaba una preocupación por el orden y la limpieza que no se solía corresponder con las casas que no eran sedes de las reuniones familiares de fin de año. Al menos por la experiencia que tenía Lisandro. Una cosa era el orden y la limpieza y otra muy distinta la pulcritud. Los pisos y el mármol de la mesada de aquella cocina parecían espejos de lo limpio que estaban.

Entró al living y vio una vez más la limpieza extrema como dueña y señora del ambiente. Un par de sillones simples se enfrentaban con un sofá de dos cuerpos en un rincón del lugar, resguardando en el centro una mesa ratona con una pila de revistas cuidadosamente agrupadas. Una lámpara de pie iluminaba todo con una tonalidad amarilla. Cerca de los sillones, con sus luces de colores encendidas, estaba el árbol de navidad, con varias bolsas ordenadas al lado de sus raíces de plástico. Lisandro se acercó al árbol y extrajo uno de los adornos: un rostro sonriente de Papá Noel. Bien visto, se parecía bastante a él. Lo guardó en su bolsa. Ése sería una parte de su botín, ahora subiría al piso superior y se llevaría otra cosa, tal vez una almohada o una botella de shampoo, aunque antes quería probar la comodidad de aquellos sillones.

Se sentó en uno de los sillones simples y sintió cómo su cuerpo se hundía en la suavidad de los almohadones. Dejó la bolsa con la dobladora de caños a un lado, relajó su mente y apoyó los pies encima de la mesa vestida, intentando no desarmar la montaña de revistas. Miró el techo y cerró los ojos. Varias veces se había planteado dejar de robar. Era un riesgo absurdo, que no contribuía en nada a su nivel de vida. Cada año, cuando rondaban los meses de septiembre y octubre, se decía que no iba a volver a hacerlo, que ese año sería diferente, pero cuando llegaba noviembre no podía evitar salir a buscar sus tres opciones de Nochebuena. Había logrado implantarse una tradición, y una vez que se hacía eso era muy difícil echarse atrás. Después de todo, ¿la Navidad no era eso? ¿Una tradición? Personas que se reúnen con otras que no toleran sólo por tradición, para no volverse a ver a lo largo de todo el año; personas que comen lo mismo, en el mismo lugar y con la misma gente, año tras año; diciendo lo mismo, quejándose de lo mismo y envidiando lo mismo, año tras año. Y bueno, él tenía su tradición, tan absurda como cualquier otra.

Se puso de pie y, después de tomar su bolsa, se acercó a la escalera. Aún en la luz tenue de la lámpara podía ver su figura reflejada en la lustrada madera de los escalones. Era evidente que aquellas personas no escatimaban recursos a la hora de dejar limpia su casa. En la mitad de la escalera había un descanso y luego el camino giraba hacia la izquierda. Lisandro subió y no había avanzado dos escalones cuando oyó que un auto se detenía en la calle. Descendió de un salto y miró por la ventana. Un Peugeot 307 se había estacionado con la trompa en la subida de la entrada para autos y dos jóvenes se bajaban de él. No tenía dudas, tenía que ser el auto de la familia, aunque no recordaba haberlo visto en los paseos de reconocimiento. Los jóvenes abrieron la reja y atravesaron a pie el jardín delantero. Lisandro, con rapidez, subió las escaleras y se refugió en el piso superior.

Tenía que pensar rápido. Los jóvenes ya habían entrado a la casa y estaban subiendo las escaleras. Por su parte, él tenía pocas opciones. Una puerta a su derecha daba a la habitación de un muchacho, según pudo dilucidar por un poster de unos jóvenes rockeros vestidos de negro. Un largo pasillo a su izquierda conducía a una nueva puerta, que en este caso daba al baño, y finalizaba con la habitación de los padres, cuya cama de dos plazas no dejaba dudas al respecto. Lisandro pensó rápido y se alejó, casi instintivamente, de la habitación del joven. Si el que acababa de llegar era un muchacho, lo mejor era evitar todo lo que podía representar su territorio. Fue entonces a la habitación de los dueños de la casa, con la esperanza de que al hijo no se le ocurriera ir allí. No obstante, los crujidos de la escalera lo llevaron a tomar más precauciones, y, tras ocultar la bolsa con su dobladora de caños debajo de la cama, se encerró en el placard.

Desde la oscuridad del pequeño cubículo atestado de ropa de invierno (de seguro remanentes de la estación que ya se había ido), Lisandro pudo oír algunas risas. Estaban en la misma habitación que él. Tuvo el impulso de abrir un poco la puerta y observar lo que estaba sucediendo, pero prefirió abstenerse. Era demasiado peligroso. Se quedaría ahí, esperando y oyendo, con la esperanza de que a nadie se le ocurriera abrir el placard.

–No sé, ¿estás seguro? –dijo la voz de la muchacha.

–No me digas que te agarró el remordimiento –respondió el muchacho.

–No, pero siento que esto no está bien.

–Otra vez con lo mismo. Hay culturas en las que los primos se casan. Además, no es la primera vez…

–No es eso, me refiero a que antes ninguno de los dos estaba de novio. Ahora vos tenés novia y yo estoy con Alejandro.

–Belén, lo que hacemos nosotros no tiene nada que ver con ellos. Hace años que lo hacemos, es nuestra tradición, y ellos llegaron después. Decime la verdad, ¿querés hacerlo o no?

Se hizo un silencio.

–Si querés, entonces –continuó el joven–, ¿por qué no te dejás llevar? Vamos a pasarla bien y para el año que viene veremos.

Otro silencio, más prolongado que el anterior, al término del cual se oyeron unas risas. Ahora fue la chica la que habló.

–¿No sé qué le molestaría más a tus viejos, que lo hagamos o que lo hagamos en su cama?

–Que lo hagamos en su cama, seguro.

Nuevas risas.

–Total, todo queda en familia –concluyó el muchacho.

–Siempre decís lo mismo.

Más risas.

Después de eso, y por varios minutos, no se oyeron más palabras, sólo el sonido de los besos y, al cabo de unos segundos, unos cuantos gemidos cortos y rítmicos, principalmente de la muchacha. Lisandro, nervioso y con un creciente dolor en las rodillas por la posición que estaba obligado a guardar, esperó. A lo mejor todo salía bien. Era lo más probable. Los jóvenes habían ido a la casa para hacer lo que estaban haciendo. Una vez que terminasen, de seguro se iban a ir, dejándolo a él solo para terminar con su trabajo. Por lo visto, su tradición de Nochebuena no era la más extravagante. Todos tenían sus tradiciones, y algunas dejaban sin aliento, por lo que podía oír desde donde estaba.

No podía asegurar cuánto tiempo estaba pasando. Lo que sí, lo sentía como una eternidad. No sabía cómo hacían los jóvenes de hoy en día, pero él nunca había estado tanto tiempo con una mujer. En su época las cosas eran más sencillas. Se iba con una mujer para sentir placer, no para demostrar resistencia. Ahora todo parecía dado vuelta. A las pocas palabras que podía reconocer entre gemidos, unos escasos «así», «con cuidado» y «más fuerte», le había llamado la atención la recurrencia de los «todavía no» y «esperá un poco», como si la calidad del acto sexual se basara en la postergación. Algo raro, que no le parecía para nada placentero.

Cuando los jóvenes terminaron, volvieron a dejar la cama en condiciones y sólo se oyeron algunos suspiros y unas cuantas quejas de la chica por el calor de la habitación. Tenía razón, en la pieza hacía calor, y más todavía en el interior del placard. El disfraz rojo se le pegaba a los hombros y a las piernas, y las sienes descargaban, una tras otra, gotas de sudor que iban a perderse en la maraña de pelos de su barba.

Los jóvenes ya se estaban yendo y Lisandro volvía a respirar con alivio cuando oyó que el muchacho volvía sobre sus pasos al tiempo que decía:

–Tengo que agarrarle el saco a mi vieja, se supone que vinimos para eso…

El joven entró una vez más a la habitación y Lisandro supo que se dirigiría al placard.

Estaba perdido.

La puerta se abrió de golpe y Lisandro se vio enfrentado a un joven delgado, de pelo negro y más petiso que él, que lo miraba con la respiración interrumpida y los ojos abiertos de par en par.

Reaccionó y actuó por puro instinto. Alargó sus dos manos enguantadas y sujetó al joven del cuello. No sabía lo que estaba haciendo, pero en su interior sabía que no podía hacer otra cosa. Apretó con fuerza, con mucha fuerza, y esperó al que el muchacho se desvaneciera. Cuando lo hizo, lo condujo a la cama y lo depositó en ella. Apoyó su oído en el pecho del joven y escuchó. Su corazón latía, iba a estar bien.

Se agachó y sacó su bolsa de debajo de la cama. Ahora tenía que salir de la casa sin que lo viera la muchacha. Atravesó el pasillo y se asomó al hueco de la escalera. La joven no se veía desde allí. Con un poco de suerte ya estaría en el auto y él podría escapar por los patios de las casas vecinas.

–¿Y, Fede? –se oyó desde la planta baja.

Era evidente que la suerte no lo acompañaba esa noche.

Lisandro oyó crujir los escalones y supo que la muchacha se acercaba. Se escondió en la habitación del joven y permaneció expectante. Un crujido más sordo le indicó que la chica estaba pasando por el descanso de la escalera.

–¿Y, Fede? Tenemos que llegar antes de las doce…

Se había detenido en el descanso, desde allí esperaba una respuesta.

–¡Fede!

Nuevamente el crujido de los escalones. Estaba subiendo.

Lisandro permaneció en silencio, esperando. La joven llegó al pasillo y se dirigió a la habitación principal. Cuando llegó, Lisandro pudo oír que reía.

–¿Qué hacés Fede? Otra vez no, nos tenemos que ir. Fede… ¿Fede? ¡Fede!

Una fuerte tos respondió a los gritos de la joven. Al parecer, Fede había despertado.

No tenía tiempo que perder, tenía que salir de allí lo antes posible. Sin preocuparse por el sonido de sus pasos, bajó las escaleras de a dos escalones. Al llegar al living, corrió hasta la cocina. Sin percatarse, estrelló su bolsa contra un modular repleto de fotos y destruyó varios portarretratos. Desde el piso superior, oyó algunos gritos.

–¿Quién es? –era la voz de Fede, aunque notablemente más ronca.

–Vamos a llamar a la policía –dijo ahora la chica.

–¡No, Fede, no vayas!

Al parecer, Fede estaba yendo.

Se oyeron crujir los escalones.

Tenía que apurarse. Se acercó a la ventana por la que había entrado y arrojó la bolsa con la dobladora de caños fuera. Pasó un pie por entre las rejas y antes de que pudiera pasar el otro oyó que le decían a sus espaldas.

–¡Alto!

Lisandro se detuvo en seco. Se volvió y sintió un frío en la espalda cuando vio al muchacho de pie, debajo del marco de la puerta de la cocina, con un revolver en la mano. Él no entendía mucho de armas, pero sabía lo suficiente como para notar que se trataba de una pistola automática.

–¡Eh, pibe, tranquilo! –dijo Lisandro, elevando ambas manos en actitud pacífica– Eso es peligroso. ¿Sabés usarla?

–¿Qué te estás llevando? –pregunto el joven.

–¿Qué?

–¿Qué te estás llevando? –repitió–. En la bolsa.

Lisandro miró al otro lado de la ventana y vio su bolsa con la dobladora de caños dentro.

–Nada –respondió–, absolutamente nada.

–Entrá la bolsa y andate.

–Pero…

–Entrá la bolsa y andate.

Lisandro se estiró entre los barrotes y sujetó la bolsa. La volvió a meter dentro de la casa y se la mostró al muchacho.

–No tiene nada, no les robé nada.

–¡Fede, ya llamé a la policía! –gritó la chica desde la escalera– ¿Todo bien por allá? ¿Ya se fue?

–Todo bien –respondió el joven, aunque en su rostro podía verse cierta decepción, como si la idea de llamar a la policía no había formado parte de su plan en ningún momento.

Entonces Lisandro tuvo que actuar con velocidad. La policía venía en camino y no quería terminar preso. Le arrojo la bolsa con la dobladora de caños al joven y, en cuanto éste se sorprendió, se le fue encima como un animal salvaje. Le sujetó el arma y al ver que no la soltaba le dio un golpe en la cabeza. Forcejearon durante varios segundos. De pronto se oyó un disparó y por un momento Lisandro pensó que había matado al chico. Se separó de él y lo observó, pero el joven estaba ileso, aunque inmóvil. Entonces soltó el arma. Lisandro podía ver en su rostro la sorpresa y el shock. Incluso él tardó varios minutos en darse cuenta de que tenía el arma entre sus manos. Cuando por fin lo hizo, apuntó al joven.

–Ahora me voy a ir –le dijo.

Por el marco de la puerta apareció la chica. Tenía los ojos vidriosos y el rostro húmedo. Lisandro le apuntó a ella también.

–No quiero lastimar a nadie –dijo–, solamente me quiero ir.

Entonces fue que se oyó el primer patrullero. Luego llegaron dos más. Todos estacionaron frente a la casa, con las luces de sus sirenas encendidas.

Sonó el timbre.

Lisandro sintió que una corriente eléctrica le recorría el cuerpo. Estaba nervioso y ansioso, como nunca lo había estado antes. No quería ir a la cárcel. Primero, sentía pánico ante tal idea, y segundo, no se lo merecía. De hecho, aquellos jóvenes habían hecho algo que, bien visto, era peor que lo que había hecho él, ellos… La idea iluminó su mente como una linterna a un oscuro sótano.

–Sé su secreto –dijo sin dejar de apuntar con el arma.

–¿Qué?

–Su secreto. Sé que hace años que se juntan para tener relaciones en Navidad. Sé que ambos son primos y que tienen novios. Si me entregan lo voy a decir.

–¡Nadie te va a creer! –exclamó Fede al tiempo que la muchacha se llevaba una mano a la boca y miraba toda la escena con evidente consternación.

–A lo mejor no, pero a lo mejor sí…

Sonó el timbre por segunda vez.

–A lo mejor sus padres recuerdan que con una excusa u otra ustedes hace años que encuentran la forma de irse un rato juntos en Nochebuena. A lo mejor no me creen sus padres, pero sí su novio o tu novia. O a lo mejor ninguno, pero conozco gente a la que le encantaría publicar la historia de unos primos con una perversa tradición navideña. ¿Te gustaría arriesgarte?

El timbre sonó una tercera vez, ahora por más tiempo.

El joven meditó por unos segundos, luego dijo:

–Está bien. Belén, ¿desde dónde llamaste a la policía?

–Desde mi celular –respondió la joven.

–Bueno, si por esas cosas llegan a entrar, decí que te robaron el celular hace una semana. Y vos –agregó, señalando a Lisandro–, sos mi tío, y vinimos a vestirte de Papá Noel para sorprender a mi primo, que tiene seis años. ¿Está bien?

Lisandro asintió, sorprendido. Ese joven era más inteligente de lo que había imaginado. Le dio lástima la posición en la que estaban. En otras circunstancias le hubiese gustado mantener una charla con alguien capaz de pensar con esa velocidad y coherencia.

El joven dio media vuelta y salió de la cocina, haciendo un alto ante el modular del living para ocultar detrás del mismo los restos de los portarretratos que Lisandro había roto en su carrera. En la vereda, el sonido de las sirenas se unió al resplandor de las luces azules. En ese momento se oyó cómo el muchacho abría la puerta y salía al exterior.

En la cocina, Lisandro miró a la joven y notó que todavía la estaba apuntando. Inmediatamente se guardó el arma en la cintura y le mostró ambas manos.

–No quiero hacerte nada –le dijo–, esto no tenía que pasar.

La muchacha no le respondió.

–¿Por qué no nos sentamos? Si entra la policía va a ser más creíble.

Lisandro señaló una silla y la joven se acercó lentamente a ella y se sentó. Él, por su parte, se dirigió a la mesada y extrajo de un rodillo adherido a la pared una servilleta de papel.

–Tomá –dijo, entregándosela al tiempo que esbozaba una sonrisa–. Tenés la cara hecha un asco.

La chica tomó la servilleta y se limpió la cara. Por fortuna, no había usado maquillaje. Lisandro se sentó en otra silla, en el punto opuesto de la mesa.

–¿Por qué hacés esto? –preguntó la joven mientras se guardaba la servilleta en uno de los bolsillos de sus jeans.

Lisandro tardó unos segundos en responder.

–Por lo mismo que vos te acostaste con tu primo.

La chica negó con la cabeza, evidenciando su confusión.

–Por tradición.

En ese momento se volvió a oír la voz de Fede, que entraba a la casa. Hablaba con alguien, y Lisandro supo de inmediato lo que se avecinaba. La policía no se había creído el cuento del chico y había pedido entrar. En unos segundos todo podía irse al carajo.

Miró hacia la puerta de la cocina y pudo ver, arriba de la misma y a unos centímetros del techo, el orificio de bala producido por el disparo. De milagro ninguno de ellos se había volado la cabeza. Sólo esperaba que el policía no lo viera. Entonces pensó que tal vez alguien había denunciado el disparo, pero descartó la idea en seguida; tenía que tener mucha mala suerte como para que alguien denunciara una detonación la noche de un 24 de diciembre.

Fede ingresó a la cocina seguido de tres policías. Éstos miraron a Lisandro y a la muchacha y se pusieron en una posición tal que los rodearon.

–Alguien llamó al 911 y dijo que un ladrón había entrado a este domicilio.

Inconscientemente, Lisandro miró su bolsa con la dobladora de caños que había quedado a un lado de la heladera y luego dirigió su vista al orificio de bala de la pared.

–¿Alguno de ustedes llamó?

–No –respondió Lisandro, intentando sonar tranquilo y convincente.

–Vinimos a disfrazar a mi papá –dijo la chica señalando a Lisandro–, para darle una sorpresa a mi hermanito.

Lisandro miró a la joven y no pudo evitar sentir la misma admiración que minutos antes había sentido por el chico. ¿De dónde habían salido estos dos?

–¿Ésta es su casa, señor? –preguntó a Lisandro uno de los oficiales.

–No no. Es de mi hermano, del papá de mi sobrino –dijo, señalando a Fede– Nos estamos reuniendo en mi casa, en Liniers, pero el disfraz lo guardamos acá, para que mi nene no lo encuentre.

–¿Y la barba es falsa?

–Por supuesto que no, es mi orgullo de años.

Los oficiales miraron a los tres con recelo, pero enseguida se dieron la media vuelta y se encaminaron al living. Uno de los policías, un hombre de tez morena y un tanto subido de peso, antes de salir de la cocina se dio media vuelta y preguntó:

–¿Por qué tardaron tanto en atender?

–Esa fue culpa mía –dijo Fede–, creí que era la vecina de al lado, que había visto el auto y quería saludar. Fue mi error, lo que pasa es que la vecina es medio hincha pelotas.

El policía lo miró por unos segundos, como estudiando su respuesta. Por último sonrió y dijo:

–Sí, te entiendo, tengo una vecina igual, una vieja insoportable.

Todos rieron, o al menos fingieron hacerlo.

–Que pasen una feliz Navidad –concluyó el oficial.

–Igualmente, ho, ho, hoo –respondió Lisandro al tiempo que abría ambos brazos como si se dispusiera a abrazar al policía.

Todos volvieron a reír.

Los oficiales se fueron y Fede los acompañó hasta la puerta. En ese momento, Lisandro temió que el joven lo traicionara, pero a los pocos segundos ya estaba entrando nuevamente en la cocina.

–¿Y ahora? –preguntó Fede.

–Yo me quiero ir, nada más –respondió Lisandro.

Dirigió la mano a su cintura y sacó la pistola. Se la mostró a Fede, aunque sin apuntarlo.

–Esto es peligroso –dijo–, y uno de los dos pudo haber muerto –señaló el ángulo de la pared con el orificio de bala–. Yo nunca quise eso.

Dejó el arma sobre la mesa.

–Me voy.

Se puso de pie, tomó la bolsa con su dobladora de caños y se acercó a la ventana. Cuando oyó la voz de la muchacha supo de inmediato que había cometido un error.

–Fede, no…

Lisandro se dio vuelta y vio al joven con el arma en la mano, apuntándole.

–¡¿Y ahora qué?! –exclamó Lisandro, más furioso que asustado.

–No voy a dejar que te lleves nada.

Lisandro miró su bolsa.

–¿Esto? No tengo nada, solamente la dobladora con la que forcé la reja.

Metió la mano en la bolsa y extrajo la herramienta casera.

–¿Ves?

–¿No hay nada más?

–No –respondió Lisandro y dio vuelta la bolsa. Al hacerlo, cayó al suelo el adorno con el rostro del sonriente Papá Noel.

Fede miró el adorno, confundido, como si no pudiera explicarse la razón por la que ese objeto estaba en la bolsa.

Lisandro se concentró en el rostro del muchacho y por primera vez sintió deseos de darle un escarmiento. Aquello no debía estar sucediendo. Él había tenido el arma y se las había entregado, eso significaba tregua, no tenía por qué apuntarlo. Quería irse, quería irse de una buena vez, y ese chico lo estaba cansando.

–Escuchame –dijo–. Todos tenemos nuestras tradiciones de Navidad. La mía es entrar a una casa y llevarme algo sin valor. Si ustedes no hubiesen llegado, yo ya no estaría acá. Me hubiera llevado ese adorno y a lo mejor un papel higiénico, y nada más. Como ustedes, yo tengo mi tradición, y ahora lo único que quiero es irme.

El joven pareció reflexionar unos momentos.

–Dejá que se vaya, Fede –dijo la chica desde su asiento.

–¡Pero sabe lo nuestro!... Y además, me ahorcó…

En ese momento, Lisandro sintió una punzada de miedo en el estómago. Era evidente que el muchacho no sabía qué hacer con él, pero que no quería dejarlo ir. No creía que tuviera las pelotas para disparar, pero tampoco tenía la certeza de que no fuera a hacerlo.

–No le voy a decir a nadie –dijo Lisandro, elevando sus manos con la intención de inspirar tranquilidad en el joven–. Igual, quién iría a creerme.

–Siempre hay personas interesadas en historias como ésta. ¡Vos lo dijiste! Además –Fede apretó los dientes–, me ahorcaste…

El joven elevó el arma hasta ubicarla a la altura de la cabeza de Lisandro. Su mano le temblaba y parecía no poder controlarla del todo. Lisandro se puso aún más nervioso.

Entonces sonó un teléfono.

Se trataba de un celular. Lisandro no se movió, sabiendo que no podría ser de él, ya que no tenía ningún aparato de esos; en ese sentido, el siglo veintiuno todavía no había llegado a sus bolsillos. La muchacha tampoco se movió, por lo que no quedaban dudas de que el teléfono tenía que ser del chico.

Fede permaneció inmóvil unos segundos, luego metió su mano izquierda en uno de los bolsillos traseros de su jean y, sin dejar de apuntar con el arma, miró fugazmente la pantalla del aparato. Atendió.

–Sí, mamá. ¿Qué pasa?

Su voz sonaba natural, incluso relajada. Una vez más, Lisandro se sorprendió de la sangre fría del joven y volvió a sentir miedo.

–Estamos bien. Lo que pasó es que a Belén le agarraron ganas de ir al baño, por eso nos atrasamos… Sí, sí, ya vamos, en un rato…

Lisandro no lo pensó demasiado. Sintió que aquella era su última oportunidad de irse. Fue un movimiento rápido, intrépido, que sorprendió al joven en pleno diálogo.

Lisandro dio un paso hacia adelante y con su mano izquierda desvió la mano del chico que sostenía el arma. Con su derecha le agarró el cuello y, mientras apretaba, empujó con todas sus fuerzas. El cuerpo de Fede salió despedido hacia atrás y dio de lleno contra la pared de la cocina. Se oyó un disparó y, al igual que la vez anterior, el muchacho soltó el arma. Junto con ella también cayó su celular. Al parecer, la detonación volvió a dejarlo en una situación semejante al shock.

Pero Lisandro estaba satisfecho. Su movimiento había dado resultado. Se agachó con rapidez y tomó el arma. Ahora volvía a tener el control y por fin iba a poder irse, de una buena…

–Fede…

Era la chica. Belén. Estaba sentada en su asiento mirándose fijamente un pequeño punto negro en su remera blanca. Un hilo de sangre comenzó a brotar de él y a formar un surco vertical que descendía hasta su estómago.

–Ay, ay, ay, ay, ay, ay, ay…

De pronto, la voz de la joven se ahogó, y un rastro de sangre comenzó a caer por las comisuras de sus labios.

–¡Belén! –gritó Fede al tiempo que se acercaba hasta su prima.

La chica se puso de pie de un salto e intentó evadir a su primo, caminando en círculos como un borracho que pretendiera eludir la atención de sus amigos sobrios. Enseguida se tropezó con la silla y cayó al suelo.

Lisandro se agarró la cabeza y sintió un hormigueo frío en toda su espalda. Ahora sí que estaba frito. Todo se había ido a la mierda. Un chico golpeado y una chica herida de bala, tal vez una chica muerta. La policía iba a intervenir y lo buscarían, y el joven iba a identificarlo…

Entonces la idea apareció, por primera vez esa noche. No podía considerarla con frialdad, su mente no estaba para eso. El corazón le bombeaba con fuerza y podía sentir las pulsaciones en sus sienes. Además, el chico gritaba, y gritaba mucho. Ahí, en el suelo, con el cuerpo de su prima entre sus manos, no paraba de gritar, y había que hacer que se callara.

Lisandro se acercó al joven y, sin que él lo notara, colocó el arma a pocos centímetros de su nuca.

Podía irse, salir por la ventana y correr. Tal vez nunca lo encontraran, no si se afeitaba y cambiaba su aspecto…

Abrió fuego. Un disparo, no necesitó más. El chico cayó al suelo, sobre el cuerpo de su prima.

Miró a la joven, todavía respiraba, con los ojos bien abiertos. La sangre de la boca ya le había manchado todo el mentón. No parecía que lo fuera a conseguir. Pobre chica, ella no se lo merecía. Le había pedido a su primo que lo dejara ir, pero el estúpido del chico no le había hecho caso. De haberlo hecho, nada de eso habría sucedido. Pero ya era tarde…

Apoyó el arma en la frente de la chica y disparó. Nuevamente, un solo disparo. La sangre le manchó su propia cara, rociándole la barba con una lluvia carmesí.

Se puso de pie, metió el arma y la dobladora de caños dentro de la bolsa y salió por la ventana. Había recorrido la mitad del pasillo lateral de la casa cuando se detuvo. Después de pensar por varios segundos, volvió sobre sus pasos. Se metió una vez más por la ventana y miró los cuerpos. Estaban en la misma posición en que los había dejado. Pero eso no era lo que le importaba. Había vuelto por otra cosa. Y la vio enseguida, en el suelo, debajo de la mesa de la cocina. Se encaminó hasta allí, se agachó y tomó el adorno con el rostro del sonriente Papá Noel. Lo metió en su bolsa y volvió a salir por la ventana.

Ya había caminado varias cuadras cuando dieron las 12. Las explosiones se volvieron ensordecedoras y el cielo se cubrió de colores. Ésas eran tradiciones navideñas. Como la suya, sólo que más comunes. Pero, en el fondo, todos tenían sus tradiciones. Algunos podían compartirlas con el mundo y otros debían guardarlas en secreto, como él. Pero todos tenían sus tradiciones.

Absolutamente todos.



© Lucas Berruezo


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