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22 de agosto de 2021

Una crítica a EL REINO

 





POLÉMICA

 

          La serie El Reino, una de las nuevas apuestas de Netflix, se vio envuelta en una polémica cuando la Alianza Cristiana de las Iglesias Evangélicas de la República Argentina (Aciera) emitió un comunicado responsabilizando a Claudia Piñeiro, autora del guion, de reforzar estereotipos negativos y de intentar socavar la imagen de los pastores y de las iglesias evangélicas. Claro, el hecho de que la misma autora se haya quejado en Twitter por el uso de un lenguaje “religioso” en el programa La voz argentina, que en su mismo perfil exhiba un corazón naranja (que pide por un Estado laico) y que haya sido una de los principales referentes en la lucha por la legalización del aborto (tema al que se hace referencia más de una vez en la serie) de seguro propició la interpretación que hizo Aciera. Pero no hay que mezclar. Y si bien el comunicado aclara que no busca la censura, en las redes se habló justamente de eso, y un montón de escritores y artistas (entre los cuales estuve yo) salieron a respaldar a Claudia Piñeiro y a rechazar todo intento de cancelación.  


          Ahora bien, dicho esto, pasemos a hablar de El Reino. 



MUCHO PARA MUY POCO

 

          El Reino arranca con el cierre de campaña de una fórmula bastante peculiar: el empresario Armando Badajoz (Daniel Kuzniecka) como candidato a presidente y el pastor Emilio Vázquez Pena (Diego Peretti) como vice. Dos personas exitosas en lo suyo que se convierten en políticos y que, por lo que dicen las encuestas, pueden barrer con las elecciones. Pero nada de eso ocurrirá, porque en pleno acto, un hombre que ya se muestra como un fanático religioso (tiene una enorme cruz tatuada en la espalda y usa un cuchillo que es también un crucifijo) se dispone a terminar con la vida de uno de los candidatos. Después de su intervención, el crimen y la investigación de las razones que lo motivaron serán el punto de partida de la historia, que atravesará los oscuros secretos del pastor y de su familia, los entretelones de la política y la corrupción de las altas esferas del poder.  


          La serie, a grandes rasgos, no está mal, en especial en lo que se refiere a entretener al espectador y a llevarlo de la mano, episodio tras episodio, hasta el final. No obstante, aquellos que busquen una historia sólida y de excelente calidad, sigan de largo. En primer lugar, el punto de partida es, en sí mismo, absurdo: que un pastor evangelista seguido por personas con el pañuelo celeste alrededor de su cuello alcance el suficiente peso político como para estar a un paso de convertirse en presidente es, en la Argentina de hoy, irrisorio. Claudia Piñeiro misma lo demuestra al evidenciar la molestia que genera que en un programa de televisión se utilice un lenguaje religioso. ¿Cuánto más molestaría que un discurso político se terminara convirtiendo en un sermón, donde el orador grita “Alabado sea Cristo” y los oyentes responden “Amén”? No digo que sea imposible, pero creer que eso lideraría las encuestas es demasiado. De hecho, esos partidos políticos existen, aunque apenas sacan un porcentaje inferior al 2% de los votos (si es que lo sacan). Por eso, es irrisorio ver al pastor Pena afirmar, en relación con su poder de convocatoria, lo siguiente: "A mí la gente me vota porque sigue a Cristo, y sabe que soy su fiel servidor". Dudo que alguien pueda forjar una carrera política partiendo de ahí. 


          Bueno, está bien, a lo mejor soy un poco severo con este planteo. Supongamos que en una sociedad esencialmente laica (cuando no atea o antirreligiosa) fuera posible un escenario como el que se plantea. Supongámoslo por un momento. O supongamos que la Argentina presentada en El Reino es una Argentina “alternativa”, de una dimensión paralela (donde usan los mismos pañuelos celestes y la palabra “compañero” sigue connotando al peronismo). De cualquier manera, el argumento en sí sobra y falta según cómo se mire. En lo que se refiere al desenvolvimiento de los acontecimientos, da la sensación de que hubiesen podido hacer una película de una hora y media y no una miniserie de ocho capítulos. Desde el primer momento, ya en el episodio uno o, como mucho, en el dos, el espectador acostumbrado a mirar o leer contenido policial podrá intuir con poco margen de error lo que va a pasar al final. La línea argumental es (a pesar de algunos flashbacks y de no pocos intentos vanos de confundir) simple, recta y, por eso mismo, predecible. De manera opuesta, en lo que se refiere a los personajes, la información escasea. En ningún momento dejan de ser cáscaras huecas. Muchas de las incógnitas que ellos mismos plantean con respecto a su vida o a algunos aspectos de la historia quedan sin resolver: ¿por qué Julio Clamens (Chino Darín) odia tanto a su padre?, ¿qué le pasó en su niñez a Ana (Vera Spinetta) como para que llegue a flagelarse?, ¿Emilia (Mercedes Morán) está enferma?, ¿qué cosas aberrantes hizo Remigio Cárdenas (Nicolás García) antes de caer en la cárcel?, ¿quién lo ayudó en el atentado, ya que “no pudo actuar solo”?, ¿de dónde provenían concretamente las toneladas de dinero?, ¿Emilio se mete en política para que su iglesia crezca y desaprovecha a un joven que hace milagros (que es visto incluso como el Mesías)? Ocho capítulos y, cuando la serie termina, tenemos la sensación de que muchas de las preguntas que la misma historia planteó no fueron respondidas. De haber una segunda temporada (que aún no se confirmó), tal vez lo que ahora son agujeros en la trama se conviertan en una estrategia narrativa. Tendremos que esperar y ver. 



LA AFRENTA CONTRA LA RELIGIÓN

 

          Éste es el aspecto más polémico de todos y el que generó un intercambio abundante en las redes sociales. ¿Es El Reino una serie antirreligiosa? Para mí, no. No lo es. Todos conocemos la postura de Claudia Piñeiro sobre estos temas, pero no caigamos en el error de atribuirle a la obra las convicciones de su autora. En cualquier caso, poco debería importar lo que la autora cree, sino que lo verdaderamente relevante es lo que la serie dice. Para que sea una impugnación a la religión, tendría que tener un grado de rigurosidad y de contenidos teológicos que no tiene. De hecho, en lo que se refiere al trasfondo religioso, la serie está llena de inexactitudes y de errores que la vuelven una caricatura de sí misma. Veamos algunos ejemplos: los evangélicos no suelen usar cruces de adorno ni mucho menos orar frente a ellas (para ellos es idolatrar imágenes); no usan elementos de azar para interpretar la voluntad de Dios (como hace Elena en una oportunidad); considerar que el Mesías volvió en la persona de un niño va en contra de la interpretación de las Escrituras (Mt. 24, 27), y ningún fiel que lea la Biblia (y los personajes lo hacen) podría cometer semejante error de interpretación. Sin mencionar el hecho de que el pastor “más importante de América” lee mal el Evangelio de Marcos al comparar su lugar en la política con la escena donde los hijos de Zebedeo le preguntan a Jesús por su lugar en el Reino (Mc. 10, 35-40). 


          Dado lo expuesto, las iglesias no deberían sentirse atacadas por la serie, ya que es tal la falta de solidez en lo que plantea que sólo puede ser creída por personas que ignoren lo básico en materia de religión y estén, de antemano, dispuestas a creer de manera acrítica cualquier cosa que se les diga. Como suele suceder, el ataque a la religión exige, no pocas veces, más fe que su defensa. 


          De cualquier modo, en la trama lo turbio no tiene que ver con la religión, en el sentido de institución organizada, sino con la misma fe. Tanto el pastor Pena, como su esposa Emilia o Remigio (los personajes más polémicos) no son individuos inescrupulosos que usan la religión para su beneficio, sino que son creyentes que oran cuando están solos (por lo que no fingen ante nadie su fe) y que por eso mismo caen en el crimen. Si fueran delincuentes que se aprovechan de la fe de los demás, no habría mucho que decir, pero como son verdaderos creyentes en Dios, entonces es la misma idea de Dios la que daría origen a todos los males. El problema no sería, así, la ambición, el poder o el dinero. El problema sería Dios, ya que creer en Él daría como resultado los actos más atroces y su consecuente justificación. Como hipótesis, es demasiado parcial y, por eso, débil, ya que dejaría de lado las consecuencias positivas de la fe, que forman parte de la historia y de la cultura de Occidente. Justamente por esto, tampoco creo que se trate de un planteo digno de generar una controversia. 

 

 

POR ÚLTIMO


          No quiero terminar este artículo sin mencionar las excelentes interpretaciones. Todos los actores brillan en la pantalla, aunque me gustaría destacar el trabajo de Nancy Dupláa, Chino Darín, Joaquín Furriel y Vera Spinetta. Sin lugar a dudas, lo mejor de El Reino, una serie para pasar el tiempo cuando el tiempo es algo que, más que aprovechar, queremos pasar.




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