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22 de febrero de 2010

LOS PELIGROS DE FUMAR EN LA CAMA, de Mariana Enriquez

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«Tenía que contener ese deseo, esas ganas de saciarme, de abrirlo, de jugar con sus órganos como trofeos escondidos.»
Mariana Enriquez, “Dónde estás corazón” en Los peligros de fumar en la cama.


         En Argentina se publica poco terror argentino, casi nada. Por fortuna, hoy tengo la posibilidad de festejar la aparición de un libro de terror en el más exacto de los sentidos. Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enriquez, reúne doce cuentos escalofriantes. Fantasmas, brujerías, obsesiones, canibalismo, necrofilia, posesiones, fobias… estos cuentos parecen tenerlo todo, y en rigor lo tienen. Buenas historias, escritas de manera impecable. Lo único lamentable es terminar el libro. Doce cuentos pueden ser muchos (de hecho, hay libros que se hacen con menos de la mitad), pero en este caso uno se queda con ganas de más. «Uno más y no jodemos más» le gritaríamos a la autora de tenerla cerca.


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- Obsesivos y paranoicos

         Los relatos de Los peligros de fumar en la cama nos muestran, de manera admirable, al individuo de ciudad, es decir a nosotros mismos, a nuestros contemporáneos: sujetos fóbicos, hedonistas hasta al punto de la flagelación, paranoicos, inclinados a los medicamentos (con los que se busca una placidez letárgica), depresivos. El elemento sobrenatural (que aparece en la mayoría de los cuentos, aunque no en todos) no desdibuja esta característica del libro: a un lado de los fantasmas están los hombres y las mujeres de hoy, haciendo lo que pueden por seguir adelante en un mundo que no ayuda. Éste es uno de los aspectos destacables del libro. Es muy común que en las historias de fantasmas los personajes vivos se vean desdibujados por la presencia de lo sobrenatural, a lo que se le da una mayor atención. Aquí ocurre todo lo contrario, la descripción de los personajes «vivos» son tan interesantes (y a veces más) que la de los «muertos». Cuentos como «Dónde estás corazón», «Ni cumpleaños ni bautismos», «Carne» o «Los peligros de fumar en la cama» (en los que el elemento sobrenatural está ausente o reducido al ámbito de la especulación) nos conmocionan de una forma especial, mostrándonos que el infierno puede estar en cualquier departamento o en cualquier casa, que los monstruos pueden ser nuestros vecinos o, en el peor de los casos, nosotros mismos.


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- Y fantasmas

         Pero los fantasmas están, y ocupan un lugar destacable en la mayoría de los cuentos. Sin embargo, su forma de abordarlos es original y vale la pena dedicarle unas palabras.

         Cuando alguien se dispone a contar una historia de aparecidos creemos saber lo que vamos a oír: un ser sobrenatural (malo) que se hace presente en el mundo de los vivos y aterroriza a los hombres (generalmente buenos e indefensos). De no ser así, esas historias jamás producirían miedo, como no lo produce Casper. ¿Verdad? Mariana Enriquez no demuestra que no. Los aparecidos pueden producir miedo, aunque no representen una amenaza para los vivos. Tengo que admitir que el cuento que abre el libro, «El desentierro de la angelita», me generó una sensación que bien se podría definir como ominosa. La visión de la pequeña, sus extremidades putrefactas, su silencio de tumba y sus pequeñas alitas de cartón me obligaron a cerrar el libro en un intento por racionalizar la sensación que me había embargado. ¿Cómo podía afectarme, si la pequeña ni siquiera era mala? Pero era, y estaba en este mundo, y a diferencia de lo que nos suelen decir de los fantasmas, no se quería ir. ¿Qué más terrible que la eterna tortura de ser niñero o niñera de un espectro putrefacto que nos adopta como padres y no nos permite elegir? ¿Qué más terrible que eso?


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- La maldad del ser humano

         Con los libros de cuentos es difícil, por no decir forzado, hacer una lectura general y totalizadora. Sin embargo, en Los peligros de fumar en la cama podemos ver algo interesante que se repite de una u otra forma en todos los relatos. En ellos, la maldad es privativa de los seres humanos. Los fantasmas no hacen el mal por maldad, sino por otras razones, como se puede ver en «El mirador», donde el fantasma de la mujer que vive en el hotel sólo quiere irse y para ello necesita un reemplazo; o en «Rambla Triste», donde una ciudad entera es prisionera de un grupo de fantasmas infantiles como castigo por el mal que les hicieron a ellos mientras vivían y eran niños. Pero éstos son sólo dos casos, en el resto de los cuentos los espectros ni siquiera hacen algo malo: los malos son siempre los vivos. En «La Virgen de la tosquera» es la maldad de los vivos la que produce una respuesta sobrenatural; en «El carrito» y «El aljibe» los seres humanos maldicen y traen la ruina a otros seres humanos; en «Dónde estás corazón» y «Carne» las obsesiones llegan a comportamientos criminales y morbosos. En sentido opuesto, vemos cómo en el ya mencionado «El desentierro de la angelita», así como también en «Chicos que faltan» o en «Cuando hablábamos con los muertos», los aparecidos no lastiman ni se enfrentan a los vivos; sólo están allí o, como se ve en el último de estos cuentos, intervienen de forma inofensiva.


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- Entonces

         La conclusión, a esta altura, es evidente. Los peligros de fumar en la cama es un libro efectivo en todos los aspectos: asusta con lo sobrenatural y perturba con lo natural de la maldad humana.

         Lo recomiendo, sin ningún tipo de peros.


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Sobre la autora: Mariana Enriquez nació en Buenos Aires en 1973. Es Licenciada en Periodismo y Comunicación Social por la Universidad Nacional de La Plata y trabaja en Radar, el suplemento de arte y cultura de Página/12. Además, colabora con revistas como Rolling Stone, La Mano, Dulce Equis Negra y La Mujer de mi Vida. Publicó dos novelas, Bajar es lo peor (1995) y Cómo desaparecer completamente (2004), y participó en las antologías La joven guardia (2006), Una terraza propia (2006), En celo (2007) y Los días que vivimos en peligro (2009).


.- Enriquez, Mariana. Los peligros de fumar en la cama. Buenos Aires, Emecé, 2009.

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30 de enero de 2010

CRÓNICA DE UNA EXPERIENCIA PARANORMAL: "El fantasma en el patio"

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         El suceso que contaré a continuación no es ficticio, por eso lo incluyo en la sección de «Aguafuertes». En el área de la ficción estamos acostumbrados a oír historias de fantasmas, de extraterrestres, de hombres lobo o, incluso, de seres mitológicos como los duendes o los unicornios. Algunos hasta llegan a creerlas. Otros, más escépticos, tienen siempre presente que se trata de ficción, aunque eso no los excluye de la posibilidad de asustarse o de conmoverse. De cualquier manera, si uno para un poco la oreja, podrá darse cuenta de que la vida real (entiéndase, aunque precariamente, lo que no entra en la ficción, sino en la concreta cotidianeidad) está llena de historias como ésas, historias que no pueden explicarse satisfactoriamente mediante la razón y que nos colocan frente a sucesos que muchas veces superan cualquier trama cinematográfica o literaria. En esta crónica, que espero sea la primera de una serie de muchas, contaré una historia que le ocurrió a dos personas allegadas a mí, que por cuestiones de discreción reduciré sus nombres a sus letras iniciales. El muchacho será C., un joven de 29 años, atlético y absolutamente escéptico (no por convicción, sino por desinterés), y la muchacha será F., de 30 años, algo petisa y de curvas bien marcadas, con una extrema sensibilidad perceptiva. Confío en sus palabras, en especial en las de C., a quien todavía sigo viendo. La historia, entonces, es ésta:.
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         En aquel entonces, C. y F. estaban de novios. Hacía ya tres años que se habían conocido y su relación era estable. Aún no vivían juntos, pero los fines de semana C. solía quedarse a dormir en la casa que F. compartía con su abuela. Fue en una de esas estadías que ocurrió lo que ahora voy a narrarles, aunque antes permítanme contextualizar un poco.

         F. ya nos había contado en varias reuniones que ella tenía el don de ver fantasmas. Los llamaba así, «fantasmas». No recordaba la primera vez que había visto uno, ya que en realidad, en un principio, no podía diferenciar entre una persona viva o muerta. De hecho, todavía le costaba diferenciarlos. Pero se hizo consciente de su don, siendo niña, cuando vio a un vecino que había muerto días antes. Entonces, después de «enterarse» de su capacidad, ésta se profundizó más. Comenzó a ver fantasmas en todos lados, en su casa, en la casa de sus amigos, incluso en la mía. Lo primero que solía sentir era miedo, un miedo que nunca lograba superar del todo, pero que intentaba combatir por medio de la indiferencia. Ignorando a los fantasmas, a veces con más o menos fortuna, esperaba que se fueran sin hacerle nada.

         C. solía burlarse de F. Decía que tenía mucha imaginación y que a veces creía que un gato o una cucaracha eran espíritus del más allá. De cualquier manera, era el único que se burlaba de ella (supongo que se trataba de las prerrogativas de dormir con la vidente), ya que el resto de nosotros intentábamos no incomodarla. Uno nunca sabe cómo reaccionar ante personas con esas capacidades. No sabemos si debemos mostrar interés o hacer como si no fuera extraño lo que se nos cuenta. El esfuerzo por no ser grosero muchas veces deja a las personas mudas e inmóviles.

         Al poco tiempo, de esto hará unos dos años, C. no volvió a burlarse de nada ni de nadie, ya que él mismo fue testigo de una de las experiencias de F.

         Como de costumbre, se había quedado a dormir en la casa de F. y, a eso de las diez de la noche, ella le pidió que la acompañara a descolgar la ropa del patio. El patio en cuestión era un enorme jardín de casi media cuadra de profundidad, que en el centro poseía un pequeño paredón con varios maceteros alineados en él. Se trataba de maceteros con plantas, que pesaban lo suficiente como para permanecer incólumes ante la peor de las tormentas.

         Salieron y comenzaron a descolgar la ropa del tendedero. De pronto, F. pegó un grito. Casi al instante, uno de los enormes maceteros cayó al piso, quebrándose en varias partes. C. miró enseguida hacia el paredón (según él en busca de un ladrón), pero no vio absolutamente nada. No había personas, ni gatos, ni mucho menos el viento suficiente como para derribar semejante objeto de cerámica. Sólo estaba la pared, el macetero tirado a los pies de ella y el resto de los otros maceteros alineados en su superficie, intactos. Entonces C. consideró esa posibilidad y no pudo más que preguntar: «¿Viste algo?». F. pensó en no decir nada, estaba muy asustada como para recibir burlas, pero algo en el rostro de su novio le dijo que esa vez sería diferente, que, lejos de burlarse, C. la comprendería. Y se lo contó: había visto a una mujer vestida de blanco, con algo parecido a un camisón, que estaba sentada en el pequeño paredón. Cuando ella pegó el grito, la mujer se puso de pie de un salto y se fue, tirando la maceta con su movimiento.

        Cuando C. me lo contó se notaba su consternación. «No creas que por eso creo –me dijo en aquel entonces–, pero la verdad es que me asusté bastante. No sé, prefiero no sacar conclusiones».

        Desde entonces, y cada vez que F. contaba alguna de sus experiencias paranormales, C. sonreía con expresión ambigua. No le daba la razón a su novia, ni siquiera la apoyaba, pero eso sí, jamás se volvió a burlar de ella.





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21 de enero de 2010

LA «REALIDAD FACEBOOK»

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         Nuestro momento histórico está sumido en el embotamiento mental. Miro a mi alrededor y no veo más que mediocridad. No voy a caer en el exceso de decir que TODAS las personas son mediocres, pero no creo exagerar al afirmar que lo son la mayoría. No hay reflexión ni meditación. No hay silencio. El silencio nos obliga a pensar, a oírnos, a dilucidar lo que pasa adentro y alrededor nuestro, y por eso muchas personas no toleran el silencio. Lo rehuyen. En las casas, siempre hay un aparato eléctrico encendido que impide el silencio: una radio, una televisión, lo que fuera. Aunque no les prestemos atención, allí están. Su función es la de hacer ruido. En la calle cada vez son más los que van con auriculares. Los jóvenes, principalmente, no se desconectan en ningún momento del día. Incluso me los imagino durmiendo con la televisión o la radio encendida.

         Aparte del constante ruido, otra prueba de que se reflexiona poco puede encontrarse en la figura paradigmática de las redes sociales tipo Facebook. La «Realidad Facebook» nos muestra que hay poco que decir y mucho que mostrar. Estas redes sociales llevaron hasta un extremo paródico el refrán «una imagen vale más que mil palabras». Ahora hay miles de imágenes y apenas unas cuantas palabras. Y las palabras que podemos leer allí son poco más que simulacros de escritura. Textos como «Vacaciones» o «Armando los bolsos» o, incluso, «Tengo que cortar el pasto» pueblan esos espacios. La imagen no sólo reemplazó a la palabra, sino que la misma palabra, cuando aparece, no es más que eso, palabra inarticulada. Lejos quedaron las cartas de varias páginas o, aún más cerca pero igualmente lejos, los mails de varios párrafos. La sensación de estar continuamente conectado con otras personas lleva a prescindir de la escritura. Basta con las fotos y alguna que otra aclaración. Si cumplo años, no tengo que contarlo, no tengo que interpelar a mis amigos y relatarles cómo estuvo mi día, qué me regalaron, cómo la pasé ni quienes fueron mis invitados (ejercicio que me obligaría a reflexionar al respecto y a forjar una valoración consciente de lo vivido), simplemente subo las fotos con el título «Mi cumpleaños» y listo. ¿Para qué hablar, si puedo mostrarme?

         Y en medio de todo esto, casi escondida, la lectura, huérfana de los tiempos modernos.

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20 de enero de 2010

EL RETORNO DE LOS BRUJOS, de Louis Pauwels y Jacques Bergier

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          El retorno de los brujos (Le Matin des Magiciens) fue publicado, por primera vez, en París en 1960. Su autor, Louis Pauwels (1920 - 1997), había trabajado y reflexionado junto a Jacques Bergier (1912 - 1978) durante cinco años para que su ensayo viera la luz. El libro tuvo una rápida difusión en todo el mundo, siendo valorado y rechazado de forma simultánea y con el mismo ímpetu. De hecho, la edición española con la que cuento es de 1966. Hoy, a cincuenta años de su publicación, el libro ya no se edita y apenas se puede conseguir en la web o, con un poco de suerte, en alguna librería de usados. Sin embargo, nadie puede quitarle a El retorno de los brujos el hecho de haber sido el primer ensayo dirigido al gran público que, con una seriedad que no suele acompañar a los temas tratados, ponía sobre la mesa algunas de las cuestiones que los científicos continúan rechazando sin observación, los fanáticos aceptando sin reflexión y la mayoría ignorando con impunidad: la realidad fantástica.


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- Fecha de vencimiento

         Soy un completo ignorante en lo que respecta a la física y a la química. Por esto mismo, ignoro si muchas de las observaciones que hace Pauwels sobre estas y otras ciencias siguen estando vigentes o, por el contrario, ya fueron rechazadas de forma definitiva. Como ejemplo se puede mencionar la hipótesis sobre las mutaciones. Según el autor, en 1960 la radiactividad era treinta y cinco veces superior en comparación con principios del siglo XX. Esto trae como consecuencia una serie de mutaciones desfavorables: malformaciones, cáncer, etc. Ahora bien, ante esta evidencia, Pauwels se pregunta: «¿Hasta qué punto se podrían producir mutaciones celulares favorables, generalizadas en todo el organismo?»[1]. Básicamente, lo que Pauwels plantea es que si la radiación produce monstruos y enfermos, ¿por qué no puede producir (por azar o destino) una nueva raza de humanos superiores? Pone la piel de gallina de solo pensarlo. Pero hay que aclarar que Pauwels no era un maniático delirante que esperaba el surgimiento de una nueva raza de superhombres producto de la manipulación científica. No. Pauwels era, simplemente, un optimista a ultranza, que veía en aquello que está destruyendo a la humanidad la posibilidad de superarla.

         Esta hipótesis es, tal vez (y sinceramente eso espero), anacrónica. A lo mejor la ciencia ya demostró la imposibilidad de que se den mutaciones favorables a base de radiaciones. La verdad es que no lo sé, pero algo me dice que muchas de las hipótesis «científicas» del libro perdieron ya el sentido. Probablemente por eso ya no se edita ni se cita en ninguna parte. Pero, insisto, no por esto el ensayo deja de ser interesante. Varios de los temas que trata son útiles a la hora de abrirle la mente al lector y mostrarle «otra» realidad, que es real también. Así, por ejemplo, hay una parte que se centra en el nazismo, en la que se analizan aquellas cuestiones que la historia «oficial» ha dejado de lado: el trasfondo místico, la teoría del mundo helado y de la tierra cóncava, la sociedad de Vril, Hitler como médium, etc. No voy a detenerme en esto (el análisis es demasiado interesante como para glosarlo), pero sí voy a destacar la hipótesis principal: la Alemania de Hitler no se trató de otro país con una organización política, económica, militar e ideológica particular, sino que se trató de una civilización completamente diferente a la nuestra, una civilización mágica y mística que se opuso al materialismo científico que caracterizaba (y sigue caracterizando) a Occidente. Como ésta, hay otras hipótesis interesantes, entre las que se destacan la de las sociedades secretas y la de las civilizaciones técnicas desaparecidas. Detenerme en esto sería dilatarme más de lo aconsejable; basta con decir que, vigentes o no, actuales o no, las hipótesis de El retorno de los brujos permiten pensar de otra manera, mirar las cosas con otros ojos, considerar la posibilidad de que, a lo mejor, la realidad no es como la ciencia oficial dice que es, de que lo fantástico es tan real como el techo que, en este momento, cubre nuestras cabezas.
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- El realismo fantástico

         La hipótesis principal de El retorno de los brujos es, a su vez, la regla de oro que guió los trabajos y las reflexiones de Pauwels y Bergier: lo fantástico no forma parte de la fantasía, sino de la realidad. En palabras de Pauwels: «Generalmente se define lo fantástico como la violación de las leyes naturales, como la aparición de lo imposible. En nuestra opinión, no es nada de esto. Lo fantástico es una manifestación de las leyes naturales, un efecto del contacto con la realidad cuando ésta se percibe directamente y no filtrado por el sueño intelectual, por los hábitos, por los prejuicios, por los conformismos» (pp. 19-20). La escuela del realismo fantástico plantea, entonces, que hay hechos que son olvidados por las ciencias oficiales (y aquí no sólo se incluyen las ciencias positivas, como la química y la medicina, sino también las humanas, como la antropología y la historia) por no poder darles una explicación satisfactoria. La magia de los chamanes, la clarividencia, la astronomía maya, la construcción de las pirámides de Egipto, la existencia de una o de dos Atlántidas, etc., todo esto sería excluido del campo del saber o se explicaría de forma insatisfactoria para que cuajase en los parámetros oficiales del conocimiento. Lo que hace el realismo fantástico es incluir los hechos y no excluirlos, relacionarlos y no segmentarlos, tratar de comprenderlos y no de explicarlos. Así, lo que se busca es la continuidad, la visión del universo en su unidad armónica: «El progreso no consiste en forzar los paréntesis, sino en multiplicar los guiones de unión» (p. 189).

         Esta es la propuesta de la escuela del realismo fantástico, una escuela que, a juzgar por lo que nos legó, no ha tenido mucha suerte. Sin embargo, el planteo no carece de interés. Generalmente, observamos la realidad a través de los anteojos que nos proporcionan la ciencia, la historia, el periodismo, etc., y tendemos a descartar por fabuloso todo aquello que no encaja en los parámetros establecidos. ¿Y si la realidad es algo más? ¿Si a nuestro alrededor lo que puede explicarse convive con lo que no? Después de todo, lo sobrenatural no es más que un tipo de percepción: para la cultura de la Edad Media, hacer un pacto con el Diablo era tan natural como hacerlo con una persona.


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- Conclusión:

          Recomiendo la lectura de El retorno de los brujos (supongo que las bibliotecas deben tener ejemplares, y si no siempre se puede recurrir a la web), aunque hay que ingresar al realismo fantástico con la certeza de que no hay certezas. Es un libro de hipótesis, no de afirmaciones. Por esto mismo, toda idea está tamizada con diversos y constantes «tal vez». Es un ensayo que permite preguntar sobre otras realidades, no responder respecto de ellas. Hay hipótesis más interesantes que otras, algunas más aceptables que otras, pero el valor del libro radica en eso, en proponer hipótesis, en abrir nuevos caminos, que de alguna manera son antiguos y están cerrados. Y es que los brujos retornaron por un momento en la década del ’60, para volverse a ir tiempo después. ¿Ahora quién sabe dónde están? En las librerías seguro que no…



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[1] Louis Pauwels y Jacques Bergier. El retorno de los brujos. Barcelona, Plaza & Janés, 1966, p. 527. A continuación las citas se harán según esta edición.



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Sobre los autores:



Louis Pauwels nació en Bélgica en 1920 y murió en 1997. Fue periodista y escritor. Su trabajo se centró principalmente en suplementos culturales de diferentes diarios y revistas, como Le Journal du Dimanche o Le Figaro-Magazine. Pauwels conoció a Jacques Bergier en 1954, cuando era el director literario de la Biblioteca Mondiale, con el que escribió, en 1960, El retorno de los brujos, y en 1970 la interrumpida continuación de L'Homme Eternel. Colaborando nuevamente con Bergier (así como con François Richaudeau), fundó la revista bimensual Planète en octubre de 1961, (alrededor de 150 páginas) que apareció hasta el mes de mayo de 1968. En el decenio de 1970, se convirtió en amigo de algunos miembros del ultraderechista GRECE (Grupo de Investigación y Estudios para la Civilización Europea).

Jacques Bergier nació en 1912 en Odesa, Imperio ruso, y murió en 1978 en París. Ingeniero químico, alquimista, espía, periodista y escritor francés, fue autor de obras como Guerra Secreta bajo los Océanos, Extraterrestres en la Historia y El planeta de las posibilidades imposibles, entre muchas otras.


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31 de diciembre de 2009

SUJETO A LEYES (¡Por favor no leer!)

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         Escribo estas líneas porque tengo la necesidad de contar lo que estoy a punto de contar. Pido disculpas por anticipado si este escrito no cumple con un mínimo de calidad, pero la verdad es que la escritura no es lo mío. Soy pintor. Me encantaría poder comunicar esto con una pintura, pero es imposible, al menos para mí. Necesito que me entiendan, y para que me entiendan tengo que contar. No sé muy bien cómo hacerlo, pero supongo que lo iré descubriendo a medida que vaya escribiendo.

          Por lo pronto, mi nombre no viene al caso. Lo único que importa es el descubrimiento que hice y que ahora voy a compartir. Antes de pasar a explicar en qué consistió este descubrimiento, quiero dejar en claro que ya lo comprobé. De no haberlo hecho, me hubiese convencido de que todo fue producto de mi (alterada) imaginación y hubiera, de seguro, buscado ayuda profesional. No niego que necesite esa ayuda, pero no por mi descubrimiento, al menos. Como dije, mi descubrimiento ya está comprobado, y aunque les ponga los pelos de punta, aunque les cueste creerlo, tienen que saber que es verdad.

         En fin, primero diré en qué consiste y después explicaré cómo me topé con él. Mi descubrimiento es fácil de exponer: el mundo está regido por leyes. Hasta aquí, cualquiera podría decirme «¡Chocolate por la noticia!», pero la verdad es que estas leyes que menciono son bastante más numerosas y diversas de lo que se puede llegar a creer. No soy un conocedor del tema, pero sí sabía que el hombre ya había descubierto algunas leyes. Está la ley de gravedad, la ley de la termodinámica, la ley de atracción y unas cuantas leyes más que, por no saber mucho al respecto, se me pasan por alto. Ahora bien, todas estas leyes, como bien supieron definir los científicos, son universales; pero, a diferencia de lo que se suele creer, no son eternas. Es decir, rigen el mundo ahora, hoy por hoy, pero no lo han hecho siempre y tal vez no lo hagan por mucho tiempo más. De seguro un día, cuando menos lo esperemos, dejaremos caer una manzana y ésta se estrellará de lleno contra el techo. Sí, puede ser. Sólo hace falta que una nueva ley irrumpa en el mundo y anule la ley de gravedad, eso es todo. Y eso puede pasar en cualquier momento. Tal vez esté pasando ahora.

         La cuestión es que las leyes no existen desde siempre. Nacen como consecuencia de la aparición de un nuevo objeto en el mundo (cualquiera, desde la construcción de una bicicleta a la fabricación de un tornillo, desde la edificación de una casa a la generación de un nuevo vacío dejado por la tala de un árbol). Así nacen, nacieron y nacerán todas las leyes que gobiernan, gobernaron y gobernarán el mundo. Se podría preguntar entonces: dado que en el mundo constantemente se están produciendo nuevos objetos, ¿entonces eso significa que constantemente se están generando nuevas leyes? La respuesta es sí, sólo que la mayoría de esas leyes, si bien universales (es decir que si se cumple con sus premisas funcionarán en cualquier parte), son demasiado específicas como para que el ser humano las descubra, salvo en el caso de una casualidad, como fue mi caso y como es el caso de la mayoría de los descubrimientos. Así, la humanidad desconoce el 99,9% de las leyes universales, y supongo que está bien que así sea. De lo contrario, las consecuencias (dada la maldad de la gente) serían devastadoras. Es una suerte que haya sido yo el que descubrió esta forma de funcionar del mundo. Digo suerte como antes dije casualidad, a falta de otras palabras. Ambas, en rigor, son igualmente falsas.

         Antes de contar cómo fue que descubrí esto, quisiera compartir con ustedes algunas de las leyes que aprendí y que el resto de las personas desconocen. Por ejemplo, si se introduce un cuchillo de mango de madera con una cruz de metal en él en un tomacorriente una noche sin luna, no pasa nada; si se le corta una pata a un gato gris de ojos verdes una tarde de otoño de un día par de un mes impar de un año terminado en 8, al gato le volverá a crecer la pata; si alguien se deja caer de la terraza de un edificio de siete pisos, donde abajo haya un taxi estacionado esperando a un pasajero de sexo femenino al que le duela la muela, esa persona podrá planear hasta descender sana y salva sobre el pavimento; o si alguien que tiene cáncer de hígado introduce su mano derecha en medio de llamas por cinco segundos una tarde en que se casan por iglesia dos jóvenes infieles (ambos infieles), ese alguien se quemará, pero se habrá curado de su enfermedad. Éstas son algunas de las leyes que conocí a partir de mi descubrimiento, y llegó el momento de contar cómo fue que sucedió.

         Antes hablé de suerte y casualidad porque no sabía cómo explicarlo. En realidad, todo se debió a que sufro de lo que comúnmente se denomina TOC: Trastorno Obsesivo Compulsivo. Nunca fui a un doctor para que me lo diagnosticara, pero no necesito hacerlo para saber que lo padezco. Hago cosas que se corresponden con esa patología, como salir de mi casa, cerrar la puerta, irme y después volver (una, dos, hasta tres veces) para ver si la puerta está cerrada. Una de estas obsesiones-compulsiones fue la que me llevó a conocer a los (y uso esta palabra a falta de otra) duendes, que me dijeron cómo funcionaba el mundo.

         Recuerdo que me acosté temprano, a eso de las once de la noche, porque al otro día tenía que trabajar. A los pocos segundos me levanté de la cama y me dirigí a la cocina para ver si había dejado alguna hornalla encendida. Al ver que no, volví a la cama. A los pocos segundos volví a levantarme para ver si había dejado el gas abierto (no fuera que hubiera una fuga). Al ver que la llave de gas estaba cerrada volví a la cama. Dos veces más me levanté para ir a la cocina, la primera para corroborar que el termotanque no se hubiese apagado (me había pasado una vez) y la otra para cerciorarme de que la puerta de la heladera estuviese cerrada (nunca se sabe). Fue en esta cuarta visita en que vi a los duendes. Mi primera reacción fue sobresaltarme, pensando en que habían entrado ladrones a mi casa, pero enseguida noté que esos dos sujetos (para llamarlos de alguna manera) no eran humanos. Eran muy pequeños para serlo, con las manos y los pies muy grandes, y además eran muy peludos y vestían de una forma muy irregular, con una especie de malla enteriza que dejaba a la vista partes poco convencionales del cuerpo.

         «No te asustes», me dijo uno. También me dijeron sus nombres, pero a fuerza de ser honesto no los entendí bien; eran sonidos raros que no podría recordar y mucho menos escribir. Ellos me dijeron que yo, sin saberlo, había cumplido la ley para verlos (que no sólo se limitaba a un ir y venir de la habitación a la cocina, sino que también se debía cumplir con una serie de actos que yo había llevado a cabo sin darme cuenta y que no develaré aquí para no poner en peligro la existencia del mundo). Sin saberlo, había cumplido la ley que me permitiría conocer las leyes que mueven y mantienen al mundo. Estos duendes me dijeron que su raza convive en paz con la nuestra, aunque no podamos verlos. Fueron ellos los que me mostraron todas las leyes que expuse más arriba, y muchas más, que no pondré aquí por ser fiel a la convicción que vengo repitiendo. ¿Qué pasaría si alguien que no tiene buenas intenciones se enterara de que haciendo esto o aquello podría hacer que el mundo simplemente explote? Chernobil fue la consecuencia de que en una parte del mundo, alguien, sin saberlo, hizo lo que no tendría que haber hecho.

        Los duendes, entonces, me dijeron lo que aquí acabo de contar. Cada nuevo objeto produce leyes que pueden o no estar relacionadas con ese objeto[*]. Me pregunto qué ley o leyes producirá este escrito. Por un lado me da cierta emoción, pero por otro me da bastante miedo. Tal vez vaya al encuentro de los duendes y les pregunte.

         Y esto era lo que quería contarles. Se trata de algo tan curioso e impresionante que no podía guardármelo para mí. Elegí la escritura porque era lo único que me permitía, al mismo tiempo, contar, explicar y ordenar las ideas. Resta únicamente decirles cómo fue que comprobé lo que me dijeron los duendes. Básicamente, probé con una de las tantas leyes que me compartieron. En ella se decía que si un hombre sumergía la cabeza en una bañadera con agua fría, sosteniendo en su mano derecha un crucifijo de madera con la imagen de metal de Cristo crucificado y en su mano izquierda un par de anteojos de sol, entonces ese hombre iba a poder respirar por su boca durante tres aspiraciones debajo del agua. Aunque nadie lo crea, yo hice todo eso y pude respirar esas tres veces. Fue una sensación rara; absorbía agua por la boca e inmediatamente podía sentir cómo salía por mi nariz, aunque mis pulmones se llenaban de aire. Por supuesto que sólo pude dar esas tres aspiraciones, ya que quise seguir y casi me ahogo. Me atraganté y estuve un buen rato tosiendo. Pero esto no es lo importante. Lo importante es que hice lo que los duendes me dijeron que haga y pude respirar tres veces abajo del agua. No tengo dudas de que el resto de las leyes son tan verdaderas como la que yo mismo pude corroborar.

        Y una vez más, esto era lo que quería contarles. Aunque sé que no puedo esperar que todos me crean (yo mismo no sé si lo haría), les agradezco que al menos me hayan dedicado unos minutos.

        Gracias.
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        Me siento muy mal. No sé con qué palabras decir esto. Voy a tratar de ser lo más claro y breve posible.

        Anoche, después de escribir el texto anterior y de colgarlo en la web, volví a ver a los duendes. Allí estaban, en la cocina, igual que la otra vez. Quería preguntarles, por curiosidad, qué ley había generado el texto que había escrito. Ellos me dijeron que había sido muy prudente en buscarlos después de haber creado un objeto nuevo, porque por él se generó una ley que lo afecta directamente. No sé cómo decir esto. La ley que mi escrito produjo indica que yo, el autor, debo dar ocho vueltas a la manzana de mi casa (la casa en donde se escribió el texto) todo los días. Si no lo hago, ¡por Dios!, si no lo hago todo aquel que haya leído el texto se quedará ciego. Se le atrofiarán los nervios ópticos, así nomás, sin importar edad, raza o sexo. Te prometo, lector, que voy a hacer todo lo posible para que no te pase nada. Incluso quise borrar el escrito antes de que muchas personas lo lean, pero los duendes me dijeron que su eliminación iba a ir a la par con la eliminación del autor, y yo no quiero morir.

         Perdón.
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        El texto está circulando, a pesar de mis esfuerzos para que no suceda. Un muchacho lo subió a su blog de Internet y ahora está afuera de mi alcance. Hace ya dos meses que doy las ocho vueltas manzanas, sin importar el frío o la lluvia. Por mi parte, yo sigo y seguiré esforzándome para que a nadie le pase nada. Sólo espero que las personas hayan seguido mi consejo, o mejor dicho mi súplica, del título (única cosa que, según los duendes, podía hacer para disuadir a la gente). Sólo espero que no hayan leído el texto. Aunque, si llegaste hasta acá, no es entonces tu caso.

        Perdón.



[*] Me gustaría hacer una especificación. Como dije, la aparición de un nuevo objeto genera una nueva ley. Por supuesto, esto pertenece a su vez a una ley (que dice que todo objeto nuevo genera una ley nueva), por lo que no sabemos si va a estar vigente por siempre. Tal vez salga una nueva ley que la anule, y todo lo que escribí acá pierda vigencia y carezca de sentido.
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© Lucas Berruezo
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28 de diciembre de 2009

2ª ANTOLOGÍA «MUNDOS EN TINIEBLAS»

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Ya salió la antología Mundos en tinieblas 2009, con un nuevo prólogo de mi autoría. Para consultar los puntos de venta, podés visitar la página de Ediciones Galmort.


Portada:




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Sobre el libro: “Más de una vez me han dicho: ‘Para las personas que escriben terror, vivir en la Argentina es el lugar ideal, basta con ver la televisión o leer el diario para inspirarse’. (…) Por mi parte, creo todo lo contrario. Vivir en un país donde se respira el miedo en cada momento del día no representa una ventaja, sino una prueba. No es fácil asustar en la Argentina. Para hacerlo, hay que recurrir a historias que sean más terribles que la realidad, y la realidad que nos toca es bastante terrible por sí sola. Por eso, me parece destacable que en este país todavía haya gente que se proponga asustar a otra. No es una tarea fácil, pero es posible. Habrá que esforzarse, pero el resultado siempre es reconfortante”. (Del prólogo de Lucas Berruezo).

Mundos en Tinieblas surge para brindarles a lectores y escritores la posibilidad de experimentar nuevas pesadillas, todas ellas actuales, todas ellas nuestras. Para demostrar que la literatura fantástica y de horror es un género todavía vivo, todavía en movimiento.

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Sobre los autores: los relatos contenidos en este libro son los siguientes: “Arnoldo, el fantástico”, por Sofía Ferro // “Cónicas de un país ciego”, por Luis Emilio Roldan // “De par en par”, por Mónica Alejandra López // “Doña Encarnación”, por Mariano Alberto Córdoba // “El abismo circular”, por Agustina del Vigo // “El bajo”, por Juan Manuel Vila Pérez // “El barrio de los zapallos”, por María Rita Gil // “El castillo Winterhorn”, por Liliana Weisbek // “El cazador y la presa”, por Míriam Wagner // “El hombre que creía ver rostro en los filamentos…”, por Mario Bolla // “El origen”, por Daniel M. Forte // “El pasillo”, por Myriam Claudia Pedarotto // “El sobre”, por Agustina Carranza // “El sobreviviente”, por Agustín María // “El vaticinio”, por Jorge Almirón // “Escaleras abajo”, por Claudio Sylwan // “Hombre de palabra”, por Gustavo Fernando Reyes // “Huésped”, por Mabel Nélida Loureiro // “La gárgola”, por Rosa Esquivel // “La danza de Recoleta”, por Lisandro Ciampagna // “La despedida”, por Victoria Beguet Day // “La memoria de Duval”, por María Eugenia Duró // “La saña”, por Maximiliano Luis Rizzi // “La vastedad de los espejos”, por Juan Manuel Valitutti // “La verdad tras la mirada”, por Ernesto Parrilla // “Limo negro”, por Jorge Benito // “Lobo”, por María Rosa Llinares // “Moscas”, por José María Marcos // “Nada más que un cuerpo”, por Daniel Andrés Campano // “Nieve roja”, por José Héctor Rodríguez // “Reencarnación”, por Leandro A. Kreitz // “Tierra movediza”, por Silvia G. Franco // “Traslados”, por Federico Coutaz // “Una estadía en el Grand Hotel Salpétriére”, por Pablo M. Burkett // “Una voz en el camino”, por Guillermo Gustavo Klimt.

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27 de diciembre de 2009

EL NIÑO ROBADO, de Keith Donohue

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         El niño robado fue, para mí, un verdadero hallazgo. Después de pasarme más de una hora en Yenny buscando un libro que perteneciera al género fantástico (y siendo interrumpido constantemente por lo ávidos vendedores), encontré la novela de Donohue en el último estante, al ras del suelo. Nunca había oído hablar del autor ni del libro, por lo que mi compra fue completamente a ciegas. Por fortuna, el libro me gustó y la compra no fue en vano (cosas que no siempre ocurren).

         El niño robado cuenta dos historias, que en realidad es una sola: la historia de Henry Day, o también de Aniday y de Gustav Ungerland, que es lo mismo. La historia es más o menos así: en los bosques viven los trasgos, que permanecen ocultos y sólo van a los pueblos o ciudades en busca de víveres o elementos que le permitan vivir en la naturaleza, como ropa o algunos cubiertos. Estos trasgos son, según se llaman ellos mismos, suplantadores, que aguardan el momento indicado para robar un niño y reemplazarlo en todo los aspectos de su vida. Así, los trasgos pueden volver a ser humanos y reinsertarse en la vida real. El niño robado, por su parte, se convierte en trasgo y tendrá que aguardar durante décadas, a veces siglos, su turno para robar un niño y tener otra oportunidad de vivir una nueva vida, con una familia nueva y una nueva identidad. Así, vemos como Henry Day es robado por los suplantadores y, mientras que un trasgo se convierte en él y ocupa su vida, él se convierte en trasgo y pasa a ser Aniday. Luego, veremos cómo las vidas del falso Henry Day (que, en última instancia, termina convirtiéndose en el único) y del verdadero (que, ya como Aniday, no lo es más) avanzan en forma paralela aunque independiente, no sin recurrentes contactos, recelos y conjeturas erróneas.

         La novela, por un lado, nos sumerge en un mundo maravilloso, aunque por otro nos permite pensar en la vida misma y en la dificultad de crecer y de dejar de ser niños. O mejor dicho, no sólo en la dificultad de crecer, sino en la imposibilidad de no hacerlo. Mientras que los humanos envejecen inevitablemente, los trasgos son siempre niños, aunque únicamente en un sentido físico. Tanto Henry Day como Aniday envejecen, el primero física y mentalmente, y el otro sólo mentalmente. Por eso, a medida que avanza la historia, vemos que aunque Aniday no se hace más grande, su forma de pensar cambia, llegando incluso a una percepción erótica de la mujer que en un comienzo era impensable, como puede verse cuando observa a su amiga Mota: «En circunstancias normales, yo habría saltado al riachuelo y me habría puesto a chapotear con ella, pero en aquel momento fui incapaz de moverme, impresionado por la elegancia de su cuello y sus miembros, y los contornos de su cara»[1], o incluso más explícitamente, «las tensiones físicas resultantes de ser un hombre adulto en el cuerpo de un niño» (p. 321). Como se ve, es imposible no crecer, aunque nuestro aspecto físico no se corresponda con la maduración que vamos adquiriendo. Peter Pan, en este caso, terminaría siendo tan viejo y gruñón como el capitán Garfio.

         Junto con la idea de la imposibilidad de no crecer, la novela nos presenta otra igualmente interesante: la imposibilidad de negar quién es uno en realidad. El Henry Day adulto fue una vez un trasgo que vivió en el bosque, pero antes que eso fue un niño de ascendencia alemana llamado Gustav Ungerland, que tocaba el piano. Así, el nuevo Henry Day también toca el piano, como confirmando la esencia del antiguo Gustav, y no sólo eso, sino que cuando tiene un hijo, éste se parece a los Ungerland y no a los Day. De esta manera, Henry termina aceptando ser (como) Henry, pero no se convierte en él, ya que nunca deja de ser Gustav, y su descendencia no hará más que recordárselo.

         La novela está buena y es recomendable. De ninguna manera se trata de una novela para niños, por lo que la temática no tiene que engañarnos. Es una novela para adultos, que por momentos nos sumerge en un mundo de niños, pero presentado con una complejidad y una crudeza tal que el público lector se ve claramente definido. No obstante, creo que en este sentido la novela estimula el debate. Lo que sí es seguro, es que vale la pena leerla.


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[1] Donohue, Keith. El niño robado. Buenos Aires, Grijalbo, 2008, p. 319. A continuación, las citas se harán según esta edición.


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Sobre el autor:
Keith Donohue vive en Maryland, cerca de Washington. Es director de comunicaciones de la Comisión Nacional de Publicaciones Históricas. También es colaborador habitual de The New York Times, The Washington Post y The Atlanta Journal-Constitution. Es doctor en lengua y literatura inglesa por The Catholic University of America. El niño robado representa su debut en el panorama literario. Una obra seleccionada y recomendada por la Asociación de Libreros Independientes de Estados Unidos y que, además, es la primera cuyos derechos cinematográficos han sido adquiridos por Amazon.com.
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- Donohue, Keith. El niño robado. Buenos Aires, Grijalbo, 2008.
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