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15 de febrero de 2026

EL ATAQUE DE LOS THERIANS





             Al principio nos pareció gracioso. A todos, aunque algunos ahora digan que no. Nos reíamos de esas personas que se creían animales, que iban con máscaras y rabos falsos, gateando por la calle y que se prestaban a dar entrevistas a quien quisiera hacerles preguntas. Sólo después (no mucho después, pero sí después) hubo quienes alzaron su voz, preocupados. No estaba bien, decían. No era «normal». Es un «delirio». Como suele ocurrir con este tipo de cosas, muchos les dieron la razón a estas voces. Pero como también suele ocurrir con este tipo de cosas, la mayoría no hizo nada hasta que ya fue demasiado tarde.

            Yo no soy el indicado para escribir sobre esto, pero lo voy a hacer de todas maneras. Alguien tiene que asumir el riesgo de mostrar lo que está pasando, y ese alguien, a falta de otros, seré yo. No voy a exponer mi nombre por razones que aclararé al final. Podrán acusarme de que, entonces, no estoy dispuesto a asumir todo el riesgo. A los que digan eso, yo les respondo que hago, como ser humano, lo que puedo.

            Retomemos el hilo. Mientras se trataba de chicos que gateaban por Palermo o por el Barrio Chino, la gente se reía y les sacaba fotos o los filmaba, al compás de frases como «la juventud está mal», «están todos locos», «esto es lo que pasa cuando no se ponen límites» y cosas así. Cuando los therian empezaron a ir al colegio lookeados de animales, fueron sus mismos compañeros, ante la consternación de los profesores, que no sabían qué hacer, los que los registraron y subieron a las redes. Muchos de los videos siguen ahí, para quien quiera verlos: estudiantes sentados en el piso, en vez de en los bancos, ante docentes que, para no tener problemas, dan la clase como si nada.

            Algunas personas afirman que el origen del conflicto (su raíz, para usar un término afín al mundo natural) se encuentra en esas parejas que llamaban «hijos» a sus mascotas. «Perrijos» y «gatijos» fueron, según esta teoría, los inicios de lo que hoy estamos viendo. Según sostienen, comenzaron por llamar «hijos» a sus mascotas y, ahora, tienen de «mascotas» a sus hijos. En torno a esto hay discrepancia, y el tema ya generó (como todo en Argentina) su propia grieta.

            Ahora bien, más allá de eso y de cuándo nació lo que ya nació, el problema actual (el verdadero problema actual, que ya no puede ignorarse) apareció en el momento en que los chicos therian dejaron de acatar indicaciones. Salían del aula cuando querían, respondían con ladridos o maullidos, según el animal que correspondiera, a las órdenes de las autoridades, fueran padres o docentes, y no respetaban el espacio personal del resto de las personas: los «gatos» se refregaban contra piernas ajenas y los «perros» olían culos sin el menor reparo.

            Claro, indignados o no, muchos no se animaban (ni se animan) a hablar públicamente por miedo a ser acusados de discriminadores. Algunos afirmaban, por lo bajo, que se trataba de una moda, que pronto pasaría; otros decían que eran las redes sociales, como TikTok o Instagram, las que promovían esas «ideologías» y que había que cerrar todo eso, para volver a un modo de vida más «real», por no decir analógico. De cualquier forma, dijeran lo que dijesen, el «fenómeno therian» seguía creciendo.

            Las verdaderas alarmas se encendieron cuando encontraron a un grupo de jóvenes teniendo relaciones sexuales en la vía pública, sin ningún tipo de vergüenza ante la mirada ajena. Una chica, de la que no trascendió el nombre por respeto y protección, fue filmada rodeada por cinco muchachos. Todos con sus máscaras de perro. Ella estaba a gatas y vestía una pollera, lo que facilitaba el acto que estaban llevando a cabo. Uno de los chicos estaba sobre ella, haciendo lo suyo. El resto esperaba y se gruñía entre sí. Cuando el joven dio por concluida su labor, se alejó de la joven sin mediar palabra, ladrido o sonido alguno. Entonces pasó algo curioso, que generó miles y miles de comentarios. Los otros therians se acercaron a la chica, que aceptaba, en silencio, que algunos la monten y rechazaba, con ladridos, gruñidos y tarascones, que otros lo hicieran. Finalmente, a partir de lo que se podía ver en el video (que ya no está disponible por haber sido censurado en las redes), sólo tres muchachos, de los cinco, pudieron consumar el acto.

            Otro video que despertó indignación fue el de un joven que intentó someter a una perra (real) para tener sexo. El animal, con el rabo entre las patas, escapaba del ser humano que, con los accesorios infaltables, lo perseguía «en cuatro patas» con los pantalones a la altura de los tobillos y su miembro erecto. Sólo la intervención de un grupo de señores y señoras indignados impidió que se llevara a cabo semejante aberración.

            Pero nada de todo esto se compara con la reacción de las personas ante lo que la prensa llamó «los ataques de los therians». En algunas partes de la ciudad de Buenos Aires, principalmente en el Barrio Chino, en Palermo, Colegiales y San Telmo, empezaron a verse casos de chicos que mordían a transeúntes o a otros animales, perros en su mayoría, que pasaban cerca de ellos. Las personas se indignaban, mientras que muchos perros reaccionaban. La cosa se salió de control cuando un joven, llamado Leonardo Espeche, de 24 años, decidió actuar, dándole una patada a un therian que se le había acercado para olfatearlo. La indignación fue general, incluso en aquellos que ya se quejaban abiertamente del fenómeno. Pero eso no fue lo que desencadenó el drama. Lo que lo hizo fue la respuesta de los amigos del therian agredido (su «manada» decían en los medios). Rodearon a Leonardo y lo atacaron salvajemente. El video (que también ya fue cancelado) lo mostró todo. Los therians se le fueron encima, lo mordieron, arañaron y derribaron en medio de ladridos y gruñidos. Nadie articuló ninguna palabra en todo el ataque.

            Leonardo se defendió como pudo, primero con patadas, después con golpes de puño. Al principio insultaba a sus atacantes. Después, cuando ya estaba a punto de ser vencido, pidió ayuda. Cuando cayó al suelo, sólo gritó.

            El ataque fue brutal. Leonardo sobrevivió, pero perdió tres de sus dedos, un ojo y su rostro quedó desfigurado. Le arrancaron a mordiscos partes de su torso, de sus brazos y de sus piernas. Finalmente, la intervención de la policía, que llegó con las sirenas a todo volumen, puso fin a la barbarie e impidió un desenlace peor.

            Todavía hoy, Leonardo está recuperándose de las heridas, mientras que por el hecho hay sólo tres imputados (los implicados fueron más, al menos el doble de ese número). La justicia, tan ciega como lenta, no sabe aún cómo encarar el proceso, por lo que ya se especula con que no va a haber ningún detenido.

Y los ataques no se detuvieron. Todo lo contrario, están siendo cada vez más frecuentes. A veces, los therians—perros responden a una agresión, pero a veces atacan porque sí, en especial a las personas que circulan en bicicleta. Se dio el caso de un hombre, Luis Senillosa, de 54 años, que cayó de su bicicleta tras ser perseguido por un joven therian, dándose la nuca contra el cordón de la vereda y falleciendo de manera inmediata. Esa, según los registros, fue la primera víctima fatal, pero no fue la única. Se tiene conocimiento de tres personas que perdieron la vida: una, Julieta Montenegro, murió de un infarto cuando una manada de therians la rodeó en Parque Rivadavia; otra, Benito Garay, de 13 años, therian él mismo, perdió la vida al intentar perseguir un auto; y, la que más conmoción causó, Franco Silvera, de 4 años, murió al ser arrollado por un auto cuando el conductor esquivó a una joven therian, perdió el control de su vehículo y se subió a la vereda, donde estaba caminando Franco con su mamá. Tampoco hubo condenados por ninguno de estos incidentes.

Ninguna muerte, es verdad, se dio por un ataque directo de los therians, pero muchas personas creen que es cuestión de tiempo para que una cosa así suceda. Por eso, y desde hace no mucho, se están formando grupos de contención, que algunos llaman «perreras», para enfrentar a las personas que se pasean por la ciudad con máscaras, rabos u otros accesorios de imitación animal. Ellos también tienen sus máscaras, pero no de animales, sino de personas (las más usadas son de personajes de películas, como Rocky y Rambo). Hasta ahora no hicieron más que golpear con palos a los therians, obligarlos a caminar erguidos o a repetir frases de Shakespeare o de Borges. Las filmaciones siempre los muestran riéndose, como si todo se tratara de una broma. Algunos, como yo, ya pueden ver el peligro detrás de esa diversión. ¿No empezó así, como conté, entre risas y chistes, el fenómeno therian?

Como dije, yo no soy el más indicado para hablar. Por un lado, sé que hay que terminar con esto. Hay que ponerle un fin. De lo contrario, ¿qué nos espera? ¿Multitudes de pibes y pibas con todas sus facultades racionales perdidas, deambulando desnudos (porque, hasta ahora, los therians no renunciaron a la vestimenta) por la ciudad, en los colegios, en hospitales? ¿Hospitales? Ya hay jóvenes que van a atenderse a veterinarias…

Pero, por otro lado, hablo desde la angustia, dado que mi propio hijo, Manuel, es un therian. Por suerte, él se percibe tortuga, y no hace más que pasarse el día en el patio, debajo de un caparazón de plástico que compró por Mercado Libre, masticando pasto que después escupe (nunca le gustaron las verduras). No jode a nadie ni es un peligro para la sociedad. Por eso no creo que deban hacer con él lo que están haciendo con los demás. Y por eso no doy mi nombre. Para protegerlo.

            Ya veremos en qué deriva todo esto. El mundo cada vez es más extraño, y es difícil encontrar un poco de paz en los tiempos que corren. Ahora, en el patio de mi casa, miro a Manuel y me preguntó qué hice mal. También me preguntó qué le voy a dar de comer, porque de pasto no se vive, y menos si se lo escupe.



8 de enero de 2026

¿POR QUÉ EL CINE ESTÁ ARRUINANDO LAS HISTORIAS DE STEPHEN KING?

 




No sé ustedes, pero, en lo que a mí se refiere, hace rato que no disfruto de las adaptaciones de las historias de Stephen King a la pantalla grande. Recuerdo que, hace algunos años, esperaba con ansiedad y entusiasmo esas versiones. Ahora, cada vez que anuncian un nuevo proyecto de filmación (y los anuncian demasiado seguido), me debato entre la indiferencia y el rechazo. ¿Es porque los libros me gustan más que las películas? No, no tiene que ver con eso, ya que los amantes de la literatura, entre los que me cuento, siempre (o casi siempre) prefieren los libros. ¿Entonces por qué me está pasando esto? Creo que la respuesta no está tanto en mí, sino en la industria misma del cine.

                Hubo y hay tantas películas, series y miniseries basadas en libros de Stephen King que dar una opinión general es imposible. O, al menos, es imposible ser justo al darla. Desde grandes producciones, como El resplandor (1980) de Stanley Kubrick, Misery (1990) de Rob Reiner y Milagros inesperados (1999) de Frank Darabont; pasando por muy buenas adaptaciones, como Cujo (1983) de Lewis Teague, Cementerio de animales (1989) de Mary Lambert y Maleficio (1996) de Tom Holland; hasta patéticas propuestas, como El fugitivo (1987) de Paul Michael Glaser, Corazones en la Atlántida (2001) de Scott Hicks y Ojos de fuego (2019) de Keith Thomas: nada queda afuera. Y los ejemplos podrían multiplicarse.

                ¿Qué cambió, entonces, en los últimos años?

                Voy a intentar responder esta pregunta. Es una hipótesis, por lo que la discusión queda abierta. En mi opinión, muchas de las últimas adaptaciones de la obra del maestro de Maine no sólo son malas, sino traicioneras. Sí, traicionan los libros que les dieron vida. Y no se trata de ser puristas y de afirmar que la película tiene que ser fiel (habría que discutir lo que eso significa) al original. Entiendo que el cine y la literatura son artes distintas, de naturaleza diferente y con reglas propias. De hecho, muchas de las mejores transposiciones no respetaron el final del texto, y no por eso fueron malas. Incluso, en algunos casos, esos cambios superaron al final dado por King. Pienso en La ventana secreta de David Koepp (2004) y La niebla de Frank Darabont (2007). Los cambios son inevitables (por algo se llaman “adaptaciones”), pero la cuestión estriba en que esos cambios no traicionen a la obra.

                Traicionar la obra… Esto es, creo, lo que está ocurriendo últimamente. Las modificaciones, los desvíos, incluso los guiños dejan un mal sabor de boca porque no se originan en una lectura personal y auténtica de la fuente, sino en una artimaña adrede para, al mismo tiempo, sorprender y agradar al espectador ya informado. No hay una apuesta artística, sino una manipulación calculada e interesada (y, como todo lo que se calcula a base de interés, tiende a salir mal). Un caso interesante es el de El resplandor, que mencioné antes. La película de Kubrick disgustó a King (él sí la vivió como una traición a su novela), pero no podemos decir que no sea una apuesta artística interesante, aunque cambie aspectos decisivos de la historia original. En la otra punta, tenemos La torre oscura, esa patética versión de la saga de King, llevada a cabo por Nikolaj Arcel en 2017. Adaptar una saga de siete libros (ocho, si contamos El viento por la cerradura) en una película de casi hora y media es, ya de por sí, imposible, y era de esperar que defraudara a muchos. Además, hacer de un protagonista icónico en su fisonomía (un Roland de Gilead que recrea a héroes como el Clint Eastwood de las películas del oeste) un personaje cuyo actor es todo lo opuesto a lo que el libro construyó (Idris Elba es hijo de padres africanos) vuelve a esta película un ejemplo de lo que muchos llaman hoy “inclusión forzada”. Si bien este tema ha dado mucho espacio para la discusión (pensemos en películas como Blancanieves o La sirenita, de Disney), no es algo que a priori me parezca repudiable. Hay personajes que no se ven afectados por el origen étnico de los actores que los encarnan, como es el caso de Mark Petrie en la última adaptación de Salem's Lot (2024), de Gary Dauberman, o de Peter McVries en la nueva película de La larga marcha (2025), de Francis Lawrence. En estos casos no hubo debate ni polémica. Pero en casos como el de Roland sí, y no por racismo, sino por un simple cortocircuito entre un personaje con una imagen que caló fuerte en el imaginario de los lectores y un actor que parece elegido para contradecir esa imagen.

                El problema fundamental de muchas de las adaptaciones de hoy es el siguiente: las películas basadas en historias de Stephen King están hechas pensando en sorprender a los fanáticos de sus libros. Entonces, los cambios en el argumento no nacen de una interpretación personal con miras a una mejora (aunque siempre discutible, claro), sino en un intento de descolocar al fanático que ya conoce la historia original. ¿Cuál es el resultado de esto? Se cambian cosas que no tendrían que cambiarse, que ya estaban bien y que funcionaban mejor antes. Por ejemplo (ALERTA SPOILER), cuando en la nueva versión de Cementerio de animales (2019), dirigida por Kevin Kölsch y Dennis Widmyer, muere el personaje de Ellie en vez del de Gage. En un principio, la consternación del espectador que leyó el libro es total (en ese sentido, el artilugio dio resultado), pero esa sorpresa da paso, después (y pronto), a la desilusión. Lo mismo podemos decir de La larga marcha, ya mencionada en este artículo (ALERTA SPOILER DE NUEVO). No me importó que el actor que encarna a Peter McVries, David Jonsson, sea afrobritánico (incluso, me gustó mucho su interpretación), lo que sí me importó (y me indignó, para qué negarlo) fue el cambio de final: el ganador de la larga marcha fue, es y será, siempre, Raymond Garraty. No pueden cambiar eso. No deben. Lo mismo que con Cementerio de animales, la sorpresa fue inmediata, pero la bronca la sucedió enseguida. En este caso, se trató de una verdadera lástima. La larga marcha es una buena película. Si no hubiesen traicionado el final del libro (y fue una traición, no hay dudas), se hubiese tratado de una gran adaptación del maestro.




                Como dije antes, hay muchos films “de” Stephen King, y muchos más vienen en camino. En mi opinión, Hollywood tendría que dejar un poco de nutrirse de la literatura y de hacer remakes (tema para otro artículo) y pagarles a los guionistas para que escriban sus propias historias. Recursos no le faltan. Pero si no lo hace, si continúa en su empeño de transponer obras literarias o de hacer remakes, si dentro de ese empeño los libros de Stephen King siguen siendo prioridad, entonces que las adaptaciones no busquen sólo sorprender a quien ya conoce el argumento original, porque esto lleva a hacer cambios donde los cambios no son adecuados, de la misma manera que no es adecuado regalar un ladrillo para un cumpleaños. De seguro va a haber una sorpresa, pero no una agradable.

 


23 de noviembre de 2025

EL CONJURO 4: Un final a destiempo





El matrimonio Warren, ya retirado, se ve envuelto en un nuevo y último caso: una familia, tras adquirir un espejo maldito, comienza a experimentar presencias malignas en su casa. Pero esto no termina acá. Lo que se esconde detrás de estas entidades tiene a su vez una vinculación con el matrimonio protagonista y, en especial, con su hija, Judy, una joven que heredó la capacidad perceptiva de su madre y que está a punto de casarse.

            Primero reacios a inmiscuirse en una nueva aventura, principalmente por la frágil salud de Ed, los Warren terminan aceptando por la insistencia de la misma Judy, quien por primera vez interviene en una de las misiones de sus padres. Poco a poco, el peligro irá escalando y la mencionada vinculación de la fuerza del mal con la familia Warren irá saliendo a la luz, llevándolos a todos a una contienda que, bien vista, representa la lucha interna de cada uno contra sus propios demonios.

La película está buena. Digamos que, si no se es demasiado exigente, cierra. De la dirección de Michael Chaves (que ya conocimos por La llorona y por El conjuro: El diablo me obligó a hacerlo) no podemos decir nada realmente negativo: es correcta, atractiva y suficiente. La fotografía de Eli Born (Compañera perfecta y Boogeyman) es, por su parte, impecable. Con la ambientación dieron en el clavo: nos llevan a ver una casa medio venida abajo (vieja, llena de humedad, con rincones oscuros) primero como acogedora y después como terrorífica. Finalmente, Patrick Wilson y Vera Farmiga son siempre queribles y carismáticos.

            Y, sin embargo…

            Sin embargo, la película no me llegó a convencer. Me pareció un poco más de lo mismo. Verla es como ver cualquiera de la anteriores, tanto de la saga principal como de las distintas ramificaciones. Lo conseguido por la primera, allá por el año 2013 y bajo la dirección de James Wan, quedó en el pasado. Ya no experimentamos la tensión de una historia fantástica que roza con lo real, sino el tedio de un argumento predecible hasta en sus más arriesgadas decisiones. Los sustos están, pero no asustan demasiado. La tensión se desvanece en cada cambio de escena. Las presencias se pasan gran parte del film jugando a las escondidas.

            En fin, podría cerrar diciendo que El conjuro 4 es una buena opción para pasar el rato y una digna conclusión de una saga que, en rigor, tendría que haber concluido antes incluso de haberse convertido en saga.

 

 ***

Título original: The Conjuring: Last Rites

Año: 2025

Duración: 135 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Michael Chaves

Guion: Ian Goldberg, Richard Naing, David Johnson

Reparto: Patrick Wilson, Vera Farmiga, Mia Tomlinson, Ben Hardy

Música: Benjamin Wallfisch

Fotografía: Eli Born

Compañías: New Line Cinema, Atomic Monster, The Safran Company, Warner Bros., Quebec Film and Television Tax Credit. Productor: James Wan. Distribuidora: Warner Bros.



16 de noviembre de 2025

FRANKESNTEIN de Guillermo del Toro: Otra historia, otro monstruo




Si la tomamos como una película argumentalmente independiente (que no lo es), se trata de un film aburrido. Si, por el contrario, la abordamos como una adaptación de la novela de Mary Shelley (y así la vamos a abordar en esta reseña), entonces es una decepción. Guillermo del Toro saca de su versión lo más interesante de la historia original. 

            Las adaptaciones no tienen por qué seguir las historias originales, ya lo sé. Pero sorprende cómo en este caso se decidió cambiar justamente lo que hizo destacable la novela de Shelley: la personalidad de Víctor, su motivación para hacer lo que hizo, las razones del rechazo a su creación, la relación con los miembros de su familia, el calvario en el que se convirtió una vida que podría haber sido idílica; y, con respecto al monstruo, el paso de su inocencia inicial a la más absoluta crueldad, el sufrimiento generado por el rechazo de un mundo que nunca llegó a conocerlo, su soledad absoluta, la decisión consciente de convertirse en alguien malo… Poco de esto ocurre en la versión 2025. Por el contrario, nos encontramos con un Víctor que tuvo una vida de porquería y nunca dejó de tenerla, que jamás nadie lo quiso lo suficiente, que odia a su creación más por celos que por principios, que es capaz de traicionar hasta al más cercano de sus seres queridos. Y el monstruo… El monstruo ni siquiera merece esa designación (algo que deja en claro la película): nunca alcanza la verdadera crueldad, el rechazo que sufre no se compara con la aceptación que llegó a conocer (de hecho, es más rechazado el creador que su creación). 

            En la novela de Shelley, Víctor es un hombre noble cuya ambición lo lleva a cometer el error de creerse un dios, error que pagará a lo largo de la historia sin perder, por eso, su nobleza de espíritu. El monstruo, por su parte, es una víctima que decide convertirse en victimario, conscientemente y hasta las últimas consecuencias. Ambos pueden ser comprendidos y por ambos se puede sentir lástima y rechazo. En la película de Del Toro, Víctor es un arrogante egoísta y el monstruo, una pobre criatura que nunca deja de serlo. 

            En fin, Frankenstein de Guillermo del Toro pasaría a formar parte de ese montón de películas (con la excepción, tal vez, de la versión de Kenneth Branagh) que convirtieron al monstruo más famoso de la literatura en otra cosa. No es para poner el grito en el cielo, pero tampoco para andar recomendando.

 

 

***

Título original: Frankenstein

Año: 2025

Duración: 149 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Guillermo del Toro

Guion: Guillermo del Toro. Libro: Mary Shelley. Historia: Guillermo del Toro

Reparto: Oscar Isaac, Jacob Elordi, Mia Goth, Christoph Waltz, Feliz Kammerer, Lars Mikkelsen

Música: Alexandre Desplat

Fotografía: Dan Laustsen

Compañías: Coproducción Estados Unidos-México; Double Dare You, Demilo Films, Bluegrass Films. Distribuidora: Netflix 




7 de junio de 2025

ESCRIBIÉNDOME, de Meli Nicolosi


 



        A veces, algunos libros llegan justo cuando uno los necesita. Este fue, para mí, el caso del poemario Escribiéndome, de Meli Nicolosi. En sus páginas, Meli desarrolla una idea de la literatura, en este caso de la poesía, que a mí no puede más que cautivarme: la escritura como una forma de (auto)indagación y de (re)construcción. A medida que el lector recorre los poemas, nota que la escritura es el espacio desde donde surge el propio “yo”, en tanto vacío y silencio que va tomando forma y expresión. Así, preguntar(se) desde la poesía, desestabilizar(se) gracias a la poesía, (re)fundar(se) por medio de la poesía se convierten en mandatos tanto vitales como estéticos.

       El poema aparece, entonces, como el lugar de la pregunta que no teme la respuesta, como el espacio de la libertad que no se ve atravesado ni por el tiempo ni las circunstancias, como la posibilidad de ser uno mismo sin la mirada ajena ni los miedos propios:

 

la inquietud del ser

la revolución de la conciencia

el caos en su mayor expresión.

sin moral, sin restricciones

sin miedos del qué pensaran

(…)

sin un mundo regido por el tiempo

que nos corre e intimida

sin ese peso que nos arruina la imaginación y

libertad

(…)

 

(“la inquietud del ser”)


        La poesía nos devuelve la libertad que los miedos y los prejuicios (propios y ajenos) nos arrebataron. Y no solamente eso. También nos devuelve la palabra cuando el silencio nos amenaza con incomunicarnos:


(…)

invento poesía que hable

de lo que yo no puedo,

(…)

 

(“invento”)


       Como se ve, la poesía es el recurso del que no puede comunicarse de otra forma. Y lo hace no desde la palabra en tanto tal, sino desde su utilización estética. En estos poemas no se confía en la invulnerabilidad de la palabra, sino que no se duda del poder de la escritura. No se trata de que digamos lo que sentimos, sino de que lo hagamos poesía. El poema, de nuevo, es el espacio donde lo que no puede ser dicho, lo impronunciable, se escribe:

 

escribí

escribí lo que no podía decir

-o no quería-

escribí lo que no me permitía sentir

lo que podía decir dentro mío,

pero lo que no salía en mi voz

las palabras

que me resultaban fuertes decirlas

pero no escribirlas

te escribí

porque mi boca no quería decir

escribí y existí

(…)

 

(“el arte de escribir(me)”)

 

       Por todo esto, me parece interesante el título Escribiéndome. Justamente, en este indagar, en este buscar por medio de la poesía, hay un construir(se) desde la escritura. Al tiempo que el/la poeta escribe, se escribe.

       Estas son apenas algunas cuestiones que se pueden leer en los cuarenta y nueve poemas que conforman Escribiéndome, de Meli Nicolosi. Son las cuestiones que me interpelaron a mí y que, de una manera bastante literal, me desarmaron. Les recomiendo el libro, que pronto saldrá publicado por Autores de Argentina y que ya se consigue en formato ebook por intermedio de la autora.


***

Sobre la autora: Meli Nicolosi nació en Berazategui, Buenos Aires, Argentina. Tiene 26 años y Escribiéndome es su primer libro de poesía. Amante de la fotografía y de capturar lo invisible, encuentra en las palabras otra forma de mirar el mundo. Este es su primer libro de poesía, nacido del deseo profundo de poner en palabras lo que a veces no sabemos cómo decir. Escribe desde las emociones, la memoria y el cuerpo, con la esperanza de que quien lea pueda encontrarse en sus versos, sentirse acompañado y un poco más libre. Cree en la poesía como puente, como refugio, como forma de estar cerca, incluso en la distancia e inventar lo que no existe.








2 de junio de 2025

RESURRECCIÓN: Gótico argentino




 

                Aparicio es un joven diácono que, a punto de ser ordenado sacerdote, decide ir a Buenos Aires para ayudar a los afectados por una epidemia de fiebre amarilla. Corre la Semana Santa del año 1871, y las causas de la enfermedad no son claras. Lo racional se mezcla con lo supersticioso hasta el punto de ver en los acontecimientos tanto un castigo divino como una consecuencia de la abundante inmigración. Aparicio, impelido por una visión mística, lo deja todo para darle una mano a quienes más lo necesitan. Sin embargo, no llega a su destino. En medio del camino, decide desviarse y pasar por la casa de su familia, una quinta llamada “El Paraíso”, donde vive su hermano con su esposa y su hija. Ese desvío será, en realidad, el verdadero destino de este inexperto religioso, que se encontrará con su antiguo hogar devastado, sus seres queridos agonizantes y un viejo criado, Quispe, cuidando del lugar, extrañamente sano.

                Resurrección es una película argentina de 2015, escrita y dirigida por Gonzalo Calzada (director de Luciferina y Nocturna). Los amantes del terror definitivamente tienen que verla. Se trata de un film que sumerge al espectador en un gótico onírico que no hace más que erizarle la piel y mantenerlo aferrado a la pantalla. La locación, las actuaciones, el ritmo, el recorrido narrativo, la resolución, nada queda por fuera de mi admiración.

Si todavía no la viste, no esperes más. Yo la encontré en Flow.

 

***

Título original: Resurrección

Año: 2015

Duración: 100 min.

País: Argentina

Dirección: Gonzalo Calzada

Guion: Gonzalo Calzada

Reparto: Patricio Contreras, Martín Slipak, Ana Fontán, Lola Ahumada, Vando Villamil, Adrián Navarro, Diego Alonso Gómez.

Música: Super Charango

Fotografía: Claudio Beiza

Compañías: Buffalo Films, Cinemagroup Producciones, La Puerta Cinematográfica



27 de abril de 2025

ANIVERSARIO 125 DE ROBERTO ARLT

 


Ayer, 26 de abril de 2025, se cumplieron 125 años del nacimiento de Roberto Arlt (Buenos Aires, 1900-1942). Es interesante pensar en cómo, hasta hace veinte o treinta años, Arlt era considerado uno de los escritores más importantes de la historia de la literatura argentina y su novela Los siete locos era señalada por los críticos como una de las mejores. Ahora, pocos hablan de él y casi nadie lo lee. Habría que preguntarse por qué.

La influencia de Arlt en mi vida fue considerable. Cuando era más joven, apenas un estudiante de Letras, me había hecho una tarjetita plastificada (que todavía conservo) con el comienzo de la aguafuerte "La sonrisa del político", publicada en el diario El Mundo el 20 de junio de 1930. En ella, a modo de apertura, Arlt le responde a un joven que le había escrito. Le dice: "Estudiante —Estudie y tenga esperanza que todo llegará a su debido tiempo. Cada vida está sometida a pruebas tan extrañas que sólo con voluntad y seguridad en sí mismo se puede sobrellevar el presente para llegar al futuro. No tenga miedo. El futuro es de los fuertes, nada más. Los que son débiles se hunden ¿entiende? Para triunfar se necesita saber soportar. A veces, toda genialidad no estriba nada más que en haber sabido esperar. Trabaje imponiéndose alegría. Cierre los ojos y dígase; debo trabajar; así sólo podré merecer todo lo que quiero y deseo".




Años después, cuando fundé junto a unos compañeros una revista, la llamé Sudor de tinta, en honor a una expresión del prólogo de Los lanzallamas.

A diferencia de otros escritores argentinos (tal vez más recordados), como Borges, Bioy o Cortázar, Arlt fue un hombre con una vida cultural y económica bastante adversa. De padres inmigrantes, creció en el barrio porteño de Flores, donde, ya de chico, tuvo que trabajar para ayudar a la familia. Fue expulsado de la escuela primaria y recién pudo concluirla a los 14 años. Su padre lo echó de su casa a los 16. Tuvo que seguir trabajando en tareas penosas para subsistir, al tiempo que vivía en conventillos. Leía todo lo que podía, y visitaba asiduamente librerías y bibliotecas. Prácticamente, todo parece haberlo hecho solo. Con el tiempo, y ya más grande, empezó a frecuentar tertulias literarias, en bares y en cafés. Finalmente, se le abrió el camino como periodista, llegando a trabajar para diarios importantes como Crítica y El Mundo. Al mismo tiempo, escribía sus cuentos y novelas. Siempre con la tenacidad y la prepotencia que le daban un pasado duro y un carácter férreo.

En su época, y más adelante también, fue muy criticado y resistido. Tal vez porque él nunca dio palmaditas al hombro de aquellos que debían juzgarlo. Tuvo contacto con los dos grupos literarios más importantes de la época, Florida y Boedo, pero no perteneció, en rigor, a ninguno. Era demasiado crítico como para formar parte de camarillas.

Murió joven, a los 42 años, de un paro cardíaco, cuando su figura como periodista había trascendido las fronteras del anonimato y su interés se centraba principalmente en el teatro.

El olvido en el que hoy está sumido es absolutamente injusto.

Hay que volver a Arlt.