Al principio nos pareció gracioso. A todos, aunque algunos ahora digan que no. Nos reíamos de esas personas que se creían animales, que iban con máscaras y rabos falsos, gateando por la calle y que se prestaban a dar entrevistas a quien quisiera hacerles preguntas. Sólo después (no mucho después, pero sí después) hubo quienes alzaron su voz, preocupados. No estaba bien, decían. No era «normal». Es un «delirio». Como suele ocurrir con este tipo de cosas, muchos les dieron la razón a estas voces. Pero como también suele ocurrir con este tipo de cosas, la mayoría no hizo nada hasta que ya fue demasiado tarde.
Yo no soy el indicado para escribir sobre
esto, pero lo voy a hacer de todas maneras. Alguien tiene que asumir el riesgo
de mostrar lo que está pasando, y ese alguien, a falta de otros, seré yo. No
voy a exponer mi nombre por razones que aclararé al final. Podrán acusarme de
que, entonces, no estoy dispuesto a asumir todo el riesgo. A los que digan eso,
yo les respondo que hago, como ser humano, lo que puedo.
Retomemos el hilo. Mientras se
trataba de chicos que gateaban por Palermo o por el Barrio Chino, la gente se
reía y les sacaba fotos o los filmaba, al compás de frases como «la juventud
está mal», «están todos locos», «esto es lo que pasa cuando no se ponen
límites» y cosas así. Cuando los therian empezaron
a ir al colegio lookeados de
animales, fueron sus mismos compañeros, ante la consternación de los
profesores, que no sabían qué hacer, los que los registraron y subieron a las
redes. Muchos de los videos siguen ahí, para quien quiera verlos: estudiantes
sentados en el piso, en vez de en los bancos, ante docentes que, para no tener
problemas, dan la clase como si nada.
Algunas personas afirman que el
origen del conflicto (su raíz, para
usar un término afín al mundo natural) se encuentra en esas parejas que
llamaban «hijos» a sus mascotas. «Perrijos» y «gatijos» fueron, según esta
teoría, los inicios de lo que hoy estamos viendo. Según sostienen, comenzaron
por llamar «hijos» a sus mascotas y, ahora, tienen de «mascotas» a sus hijos. En
torno a esto hay discrepancia, y el tema ya generó (como todo en Argentina) su propia
grieta.
Ahora bien, más allá de eso y de
cuándo nació lo que ya nació, el problema actual (el verdadero problema actual, que ya no puede ignorarse) apareció en
el momento en que los chicos therian dejaron
de acatar indicaciones. Salían del aula cuando querían, respondían con ladridos
o maullidos, según el animal que correspondiera, a las órdenes de las
autoridades, fueran padres o docentes, y no respetaban el espacio personal del
resto de las personas: los «gatos» se refregaban contra piernas ajenas y los
«perros» olían culos sin el menor reparo.
Claro, indignados o no, muchos no se
animaban (ni se animan) a hablar públicamente por miedo a ser acusados de
discriminadores. Algunos afirmaban, por lo bajo, que se trataba de una moda,
que pronto pasaría; otros decían que eran las redes sociales, como TikTok o
Instagram, las que promovían esas «ideologías» y que había que cerrar todo eso,
para volver a un modo de vida más «real», por no decir analógico. De cualquier
forma, dijeran lo que dijesen, el «fenómeno therian»
seguía creciendo.
Las verdaderas alarmas se
encendieron cuando encontraron a un grupo de jóvenes teniendo relaciones
sexuales en la vía pública, sin ningún tipo de vergüenza ante la mirada ajena.
Una chica, de la que no trascendió el nombre por respeto y protección, fue
filmada rodeada por cinco muchachos. Todos con sus máscaras de perro. Ella
estaba a gatas y vestía una pollera, lo que facilitaba el acto que estaban
llevando a cabo. Uno de los chicos estaba sobre ella, haciendo lo suyo. El
resto esperaba y se gruñía entre sí. Cuando el joven dio por concluida su labor,
se alejó de la joven sin mediar palabra, ladrido o sonido alguno. Entonces pasó
algo curioso, que generó miles y miles de comentarios. Los otros therians se acercaron a la chica, que
aceptaba, en silencio, que algunos la monten y rechazaba, con ladridos,
gruñidos y tarascones, que otros lo hicieran. Finalmente, a partir de lo que se
podía ver en el video (que ya no está disponible por haber sido censurado en
las redes), sólo tres muchachos, de los cinco, pudieron consumar el acto.
Otro video que despertó indignación
fue el de un joven que intentó someter a una perra (real) para tener sexo. El
animal, con el rabo entre las patas, escapaba del ser humano que, con los
accesorios infaltables, lo perseguía «en cuatro patas» con los pantalones a la
altura de los tobillos y su miembro erecto. Sólo la intervención de un grupo de
señores y señoras indignados impidió que se llevara a cabo semejante
aberración.
Pero nada de todo esto se compara
con la reacción de las personas ante lo que la prensa llamó «los ataques de los
therians». En algunas partes de la
ciudad de Buenos Aires, principalmente en el Barrio Chino, en Palermo,
Colegiales y San Telmo, empezaron a verse casos de chicos que mordían a transeúntes o a otros
animales, perros en su mayoría, que pasaban cerca de ellos. Las personas se
indignaban, mientras que muchos perros reaccionaban. La cosa se salió de
control cuando un joven, llamado Leonardo Espeche, de 24 años, decidió actuar,
dándole una patada a un therian que
se le había acercado para olfatearlo. La indignación fue general, incluso en
aquellos que ya se quejaban abiertamente del fenómeno. Pero eso no fue lo que
desencadenó el drama. Lo que lo hizo fue la respuesta de los amigos del therian agredido (su «manada» decían en
los medios). Rodearon a Leonardo y lo atacaron salvajemente. El video (que
también ya fue cancelado) lo mostró todo. Los therians se le fueron encima, lo mordieron, arañaron y derribaron
en medio de ladridos y gruñidos. Nadie articuló ninguna palabra en todo el
ataque.
Leonardo se defendió como pudo,
primero con patadas, después con golpes de puño. Al principio insultaba a sus
atacantes. Después, cuando ya estaba a punto de ser vencido, pidió ayuda.
Cuando cayó al suelo, sólo gritó.
El ataque fue brutal. Leonardo
sobrevivió, pero perdió tres de sus dedos, un ojo y su rostro quedó
desfigurado. Le arrancaron a mordiscos partes de su torso, de sus brazos y de
sus piernas. Finalmente, la intervención de la policía, que llegó con las
sirenas a todo volumen, puso fin a la barbarie e impidió un desenlace peor.
Todavía hoy, Leonardo está
recuperándose de las heridas, mientras que por el hecho hay sólo tres imputados
(los implicados fueron más, al menos el doble de ese número). La justicia, tan
ciega como lenta, no sabe aún cómo encarar el proceso, por lo que ya se
especula con que no va a haber ningún detenido.
Y los ataques no se detuvieron. Todo lo contrario, están siendo cada vez
más frecuentes. A veces, los therians—perros
responden a una agresión, pero a veces atacan porque sí, en especial a las
personas que circulan en bicicleta. Se dio el caso de un hombre, Luis
Senillosa, de 54 años, que cayó de su bicicleta tras ser perseguido por un
joven therian, dándose la nuca contra
el cordón de la vereda y falleciendo de manera inmediata. Esa, según los
registros, fue la primera víctima fatal, pero no fue la única. Se tiene
conocimiento de tres personas que perdieron la vida: una, Julieta Montenegro,
murió de un infarto cuando una manada de therians
la rodeó en Parque Rivadavia; otra, Benito Garay, de 13 años, therian él mismo, perdió la vida al
intentar perseguir un auto; y, la que más conmoción causó, Franco Silvera, de 4
años, murió al ser arrollado por un auto cuando el conductor esquivó a una
joven therian, perdió el control de
su vehículo y se subió a la vereda, donde estaba caminando Franco con su mamá. Tampoco
hubo condenados por ninguno de estos incidentes.
Ninguna muerte, es verdad, se dio por un ataque directo de los therians, pero muchas personas creen que
es cuestión de tiempo para que una cosa así suceda. Por eso, y desde hace no
mucho, se están formando grupos de contención, que algunos llaman «perreras»,
para enfrentar a las personas que se pasean por la ciudad con máscaras, rabos u
otros accesorios de imitación animal. Ellos también tienen sus máscaras, pero
no de animales, sino de personas (las más usadas son de personajes de
películas, como Rocky y Rambo). Hasta ahora no hicieron más que golpear con
palos a los therians, obligarlos a
caminar erguidos o a repetir frases de Shakespeare o de Borges. Las filmaciones
siempre los muestran riéndose, como si todo se tratara de una broma. Algunos,
como yo, ya pueden ver el peligro detrás de esa diversión. ¿No empezó así, como
conté, entre risas y chistes, el fenómeno therian?
Como dije, yo no soy el más indicado para hablar. Por un lado, sé que hay
que terminar con esto. Hay que ponerle un fin. De lo contrario, ¿qué nos
espera? ¿Multitudes de pibes y pibas con todas sus facultades racionales
perdidas, deambulando desnudos (porque, hasta ahora, los therians no renunciaron a la vestimenta) por la ciudad, en los
colegios, en hospitales? ¿Hospitales? Ya hay jóvenes que van a atenderse a
veterinarias…
Pero, por otro lado, hablo desde la angustia, dado que mi propio hijo,
Manuel, es un therian. Por suerte, él
se percibe tortuga, y no hace más que pasarse el día en el patio, debajo de un
caparazón de plástico que compró por Mercado Libre, masticando pasto que
después escupe (nunca le gustaron las verduras). No jode a nadie ni es un
peligro para la sociedad. Por eso no creo que deban hacer con él lo que están
haciendo con los demás. Y por eso no doy mi nombre. Para protegerlo.


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