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15 de febrero de 2026

EL ATAQUE DE LOS THERIANS





             Al principio nos pareció gracioso. A todos, aunque algunos ahora digan que no. Nos reíamos de esas personas que se creían animales, que iban con máscaras y rabos falsos, gateando por la calle y que se prestaban a dar entrevistas a quien quisiera hacerles preguntas. Sólo después (no mucho después, pero sí después) hubo quienes alzaron su voz, preocupados. No estaba bien, decían. No era «normal». Es un «delirio». Como suele ocurrir con este tipo de cosas, muchos les dieron la razón a estas voces. Pero como también suele ocurrir con este tipo de cosas, la mayoría no hizo nada hasta que ya fue demasiado tarde.

            Yo no soy el indicado para escribir sobre esto, pero lo voy a hacer de todas maneras. Alguien tiene que asumir el riesgo de mostrar lo que está pasando, y ese alguien, a falta de otros, seré yo. No voy a exponer mi nombre por razones que aclararé al final. Podrán acusarme de que, entonces, no estoy dispuesto a asumir todo el riesgo. A los que digan eso, yo les respondo que hago, como ser humano, lo que puedo.

            Retomemos el hilo. Mientras se trataba de chicos que gateaban por Palermo o por el Barrio Chino, la gente se reía y les sacaba fotos o los filmaba, al compás de frases como «la juventud está mal», «están todos locos», «esto es lo que pasa cuando no se ponen límites» y cosas así. Cuando los therian empezaron a ir al colegio lookeados de animales, fueron sus mismos compañeros, ante la consternación de los profesores, que no sabían qué hacer, los que los registraron y subieron a las redes. Muchos de los videos siguen ahí, para quien quiera verlos: estudiantes sentados en el piso, en vez de en los bancos, ante docentes que, para no tener problemas, dan la clase como si nada.

            Algunas personas afirman que el origen del conflicto (su raíz, para usar un término afín al mundo natural) se encuentra en esas parejas que llamaban «hijos» a sus mascotas. «Perrijos» y «gatijos» fueron, según esta teoría, los inicios de lo que hoy estamos viendo. Según sostienen, comenzaron por llamar «hijos» a sus mascotas y, ahora, tienen de «mascotas» a sus hijos. En torno a esto hay discrepancia, y el tema ya generó (como todo en Argentina) su propia grieta.

            Ahora bien, más allá de eso y de cuándo nació lo que ya nació, el problema actual (el verdadero problema actual, que ya no puede ignorarse) apareció en el momento en que los chicos therian dejaron de acatar indicaciones. Salían del aula cuando querían, respondían con ladridos o maullidos, según el animal que correspondiera, a las órdenes de las autoridades, fueran padres o docentes, y no respetaban el espacio personal del resto de las personas: los «gatos» se refregaban contra piernas ajenas y los «perros» olían culos sin el menor reparo.

            Claro, indignados o no, muchos no se animaban (ni se animan) a hablar públicamente por miedo a ser acusados de discriminadores. Algunos afirmaban, por lo bajo, que se trataba de una moda, que pronto pasaría; otros decían que eran las redes sociales, como TikTok o Instagram, las que promovían esas «ideologías» y que había que cerrar todo eso, para volver a un modo de vida más «real», por no decir analógico. De cualquier forma, dijeran lo que dijesen, el «fenómeno therian» seguía creciendo.

            Las verdaderas alarmas se encendieron cuando encontraron a un grupo de jóvenes teniendo relaciones sexuales en la vía pública, sin ningún tipo de vergüenza ante la mirada ajena. Una chica, de la que no trascendió el nombre por respeto y protección, fue filmada rodeada por cinco muchachos. Todos con sus máscaras de perro. Ella estaba a gatas y vestía una pollera, lo que facilitaba el acto que estaban llevando a cabo. Uno de los chicos estaba sobre ella, haciendo lo suyo. El resto esperaba y se gruñía entre sí. Cuando el joven dio por concluida su labor, se alejó de la joven sin mediar palabra, ladrido o sonido alguno. Entonces pasó algo curioso, que generó miles y miles de comentarios. Los otros therians se acercaron a la chica, que aceptaba, en silencio, que algunos la monten y rechazaba, con ladridos, gruñidos y tarascones, que otros lo hicieran. Finalmente, a partir de lo que se podía ver en el video (que ya no está disponible por haber sido censurado en las redes), sólo tres muchachos, de los cinco, pudieron consumar el acto.

            Otro video que despertó indignación fue el de un joven que intentó someter a una perra (real) para tener sexo. El animal, con el rabo entre las patas, escapaba del ser humano que, con los accesorios infaltables, lo perseguía «en cuatro patas» con los pantalones a la altura de los tobillos y su miembro erecto. Sólo la intervención de un grupo de señores y señoras indignados impidió que se llevara a cabo semejante aberración.

            Pero nada de todo esto se compara con la reacción de las personas ante lo que la prensa llamó «los ataques de los therians». En algunas partes de la ciudad de Buenos Aires, principalmente en el Barrio Chino, en Palermo, Colegiales y San Telmo, empezaron a verse casos de chicos que mordían a transeúntes o a otros animales, perros en su mayoría, que pasaban cerca de ellos. Las personas se indignaban, mientras que muchos perros reaccionaban. La cosa se salió de control cuando un joven, llamado Leonardo Espeche, de 24 años, decidió actuar, dándole una patada a un therian que se le había acercado para olfatearlo. La indignación fue general, incluso en aquellos que ya se quejaban abiertamente del fenómeno. Pero eso no fue lo que desencadenó el drama. Lo que lo hizo fue la respuesta de los amigos del therian agredido (su «manada» decían en los medios). Rodearon a Leonardo y lo atacaron salvajemente. El video (que también ya fue cancelado) lo mostró todo. Los therians se le fueron encima, lo mordieron, arañaron y derribaron en medio de ladridos y gruñidos. Nadie articuló ninguna palabra en todo el ataque.

            Leonardo se defendió como pudo, primero con patadas, después con golpes de puño. Al principio insultaba a sus atacantes. Después, cuando ya estaba a punto de ser vencido, pidió ayuda. Cuando cayó al suelo, sólo gritó.

            El ataque fue brutal. Leonardo sobrevivió, pero perdió tres de sus dedos, un ojo y su rostro quedó desfigurado. Le arrancaron a mordiscos partes de su torso, de sus brazos y de sus piernas. Finalmente, la intervención de la policía, que llegó con las sirenas a todo volumen, puso fin a la barbarie e impidió un desenlace peor.

            Todavía hoy, Leonardo está recuperándose de las heridas, mientras que por el hecho hay sólo tres imputados (los implicados fueron más, al menos el doble de ese número). La justicia, tan ciega como lenta, no sabe aún cómo encarar el proceso, por lo que ya se especula con que no va a haber ningún detenido.

Y los ataques no se detuvieron. Todo lo contrario, están siendo cada vez más frecuentes. A veces, los therians—perros responden a una agresión, pero a veces atacan porque sí, en especial a las personas que circulan en bicicleta. Se dio el caso de un hombre, Luis Senillosa, de 54 años, que cayó de su bicicleta tras ser perseguido por un joven therian, dándose la nuca contra el cordón de la vereda y falleciendo de manera inmediata. Esa, según los registros, fue la primera víctima fatal, pero no fue la única. Se tiene conocimiento de tres personas que perdieron la vida: una, Julieta Montenegro, murió de un infarto cuando una manada de therians la rodeó en Parque Rivadavia; otra, Benito Garay, de 13 años, therian él mismo, perdió la vida al intentar perseguir un auto; y, la que más conmoción causó, Franco Silvera, de 4 años, murió al ser arrollado por un auto cuando el conductor esquivó a una joven therian, perdió el control de su vehículo y se subió a la vereda, donde estaba caminando Franco con su mamá. Tampoco hubo condenados por ninguno de estos incidentes.

Ninguna muerte, es verdad, se dio por un ataque directo de los therians, pero muchas personas creen que es cuestión de tiempo para que una cosa así suceda. Por eso, y desde hace no mucho, se están formando grupos de contención, que algunos llaman «perreras», para enfrentar a las personas que se pasean por la ciudad con máscaras, rabos u otros accesorios de imitación animal. Ellos también tienen sus máscaras, pero no de animales, sino de personas (las más usadas son de personajes de películas, como Rocky y Rambo). Hasta ahora no hicieron más que golpear con palos a los therians, obligarlos a caminar erguidos o a repetir frases de Shakespeare o de Borges. Las filmaciones siempre los muestran riéndose, como si todo se tratara de una broma. Algunos, como yo, ya pueden ver el peligro detrás de esa diversión. ¿No empezó así, como conté, entre risas y chistes, el fenómeno therian?

Como dije, yo no soy el más indicado para hablar. Por un lado, sé que hay que terminar con esto. Hay que ponerle un fin. De lo contrario, ¿qué nos espera? ¿Multitudes de pibes y pibas con todas sus facultades racionales perdidas, deambulando desnudos (porque, hasta ahora, los therians no renunciaron a la vestimenta) por la ciudad, en los colegios, en hospitales? ¿Hospitales? Ya hay jóvenes que van a atenderse a veterinarias…

Pero, por otro lado, hablo desde la angustia, dado que mi propio hijo, Manuel, es un therian. Por suerte, él se percibe tortuga, y no hace más que pasarse el día en el patio, debajo de un caparazón de plástico que compró por Mercado Libre, masticando pasto que después escupe (nunca le gustaron las verduras). No jode a nadie ni es un peligro para la sociedad. Por eso no creo que deban hacer con él lo que están haciendo con los demás. Y por eso no doy mi nombre. Para protegerlo.

            Ya veremos en qué deriva todo esto. El mundo cada vez es más extraño, y es difícil encontrar un poco de paz en los tiempos que corren. Ahora, en el patio de mi casa, miro a Manuel y me preguntó qué hice mal. También me preguntó qué le voy a dar de comer, porque de pasto no se vive, y menos si se lo escupe.



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