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8 de abril de 2014

JOYLAND, de Stephen King




«Con veintiún años, la vida es un mapa de carreteras. Es solo cuando cumples los veinticinco o así que empiezas a sospechar que has estado mirando el mapa al revés, y no es hasta que alcanzas los cuarenta que estás completamente seguro de haberlo hecho. Para cuando tienes sesenta, fíate de mí, uno está más perdido que la hostia.»
Stephen King, Joyland.

            Siempre se habla de Stephen King como del maestro de lo oscuro. No es una apreciación errónea, para nada, ya que sin duda lo es. Sin embargo, no es el único “título” que le quedaría bien. Como la vida misma, con su constante danza de luces y sombras, King logra no sólo estremecernos con lo tétrico de la existencia y sus posibilidades, sino que también nos emociona con lo luminoso, puro y diáfano que esa misma existencia, al menos de vez en cuando, encarna (principalmente cuando los monstruos se van a dormir, claro). Lo vimos innumerables veces: en la amistad de Garraty con McVries en La larga marcha, en esa cofradía infantil/juvenil del “club de los perdedores” en It, en el vínculo formado entre Bobby Garfield y Ted Brautigan en Corazones en la Atlántida, en la forma en que Jonesy y sus amigos reciben a Duddits en El cazador de sueños… Y la lista podría extenderse hasta límites poco tolerables para una reseña. Lo importante, en todo caso, es que esa combinación de lo peor y de lo mejor que puede presentarnos la vida la vemos ahora, una vez más, en Joyland.

            Joyland nos cuenta la historia de Devin Jones. O, mejor dicho, en Joyland Devin Jones, un veterano con sus sesenta primaveras cumplidas, nos cuenta su historia. La historia del verano más importante de su vida; aquél de 1973 en que, con veintiún años y mientras asimilaba el hecho de ser abandonado por su novia, decide viajar a otro Estado para trabajar en Joyland, un parque de atracciones de mediana importancia en donde escuchará hablar de Linda Gray (una chica degollada años atrás en La casa embrujada y cuyo fantasma, según dicen, permanece ahí) y del asesino de la feria (su ejecutor, todavía prófugo); el mismo verano en que pierde su virginidad, se convierte en héroe y conoce a Mike Ross, un chico en silla de ruedas con capacidades (extrasensoriales) distintas, que le cambiará la vida para siempre.

            Novela de iniciación, relato policial, historia de fantasmas, Joyland es un poco de todo eso. Presentando una trama en sí bastante simple, vemos a un narrador convincente y entrañable que, al hablar de su vida y de un verano en particular, nos habla de la vida y de las experiencias esenciales a todo ser humano: el amor, la amistad, la perversión, la locura, la enfermedad, la muerte…

            Lejos está aquí ese King monumental y de tramas complejas como las que disfrutamos en Insomnia, La historia de Lisey, La torre oscura o, incluso, la ya mencionada It. En este caso, nos encontramos con un King simple, pero no por eso menos King. En las trescientas páginas que conforman Joyland, se emocionarán de la misma manera que se horrorizarán; tratarán de aguantar el máximo tiempo posible leyendo, aunque eso suponga ir a trabajar sin dormir (yo lo he hecho, pero, créanme, no he sido el único, me consta). Dejarán, finalmente, el libro a un lado, pero sin que su mente se resigne a abandonarlo.

            Leer Joyland los dejará pensando. En pocas palabras, afectará sus vidas. Tal vez de manera ínfima, pero para un libro eso es, ya, demasiado.


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Sobre el autor: Stephen King nació en Maine (EE.UU.) en 1947. Estudió en la universidad de este Estado y después trabajó como profesor de literatura inglesa. Su primer éxito literario fue Carrie (1974), que, como muchas de sus novelas posteriores, fue adaptada al cine. Lleva escritas más de cuarenta novelas (entre las que se destacan Cementerio de animalesItThe Green MileUn saco de huesos y la saga La torre oscura, entre muchas otras) y doscientos relatos. En 2003 fue galardonado con el premio literario estadounidense de mayor prestigio, la medalla de The National Book Foundation for Distinguished Contribution to American Letters.



- King, Stephen. Joyland. Buenos Aires, Debolsillo, 2014.



1 de abril de 2014

THE WALKING DEAD: Terminó la cuarta temporada



SPOILER ALERT!!!!!
(Si no viste la cuarta temporada COMPLETA, entonces no leas este artículo)





Cuando los hombres se convierten en zombis


            Acaba de terminar la cuarta temporada de The Walking Dead y, después de records de audiencia y de un final que ha dejado conforme a millones de seguidores en todo el mundo (en EE.UU, sólo el domingo, la vieron 15,7 millones de personas), vale la pena compartir algunos comentarios.

            Cuando terminó la tercera temporada, me detuve en la naturaleza de los caminantes y en su relevancia en la historia[1]. Ahora, en cambio, quiero reflexionar un poco sobre la naturaleza e importancia de los mismos seres humanos y sobre su representación en este final que, a diferencia del de la temporada anterior (muy criticado y denostado por muchos de sus fans), dejó a los espectadores con un innegable deseo de más.

            Rick y sus amigos, divididos en varios grupos dispersos después de su huida de la prisión, llegan por fin a Terminus, un refugio abierto a todo aquel que pueda llegar hasta él. Al parecer, se trata de un lugar en el que la vida puede continuar, junto a personas tolerantes y bienintencionadas, donde no falta ni la comida ni las sonrisas. Por supuesto, si hay algo constante en las historias de zombis es que los refugios no existen y que la vida, salvo durante un breve periodo ilusorio, nunca mejora. Este caso no es la excepción. A minutos de llegar, Rick, Michone, Daryl y Carl notan que las cosas no son tan perfectas como aparentaban y, una vez más, tienen que enfrentarse al único ser que supera en peligrosidad al caminante: el hombre.

            Ahora bien, a partir de varios indicios se puede inferir que las personas que viven en Terminus son caníbales. Una cuestión aparentemente menor, pero que en realidad cristaliza una tendencia muy importante en esta serie, que viene presentándose desde la segunda temporada: los caminantes se están extendiendo mucho más de lo que puede verse a partir de su propia naturaleza muerta. Varias temporadas atrás fuimos testigos de cómo los humanos se convertían en zombis una vez muertos, sin importar que hubiesen sido mordidos o no. En otras palabras, estaban infectados. Ahora, podríamos ser testigos de un nuevo paso en esta dirección, ya que las personas (insisto, es una posibilidad todavía no confirmada) estarían reproduciendo el comportamiento básico de los zombis: comer carne humana. Si esto es así, las implicancias en el futuro de la historia serían más que relevantes, serían esenciales. Si los hombres se convirtiesen en zombis antes de dar su último suspiro, entonces tendríamos unos caminantes infinitamente más peligrosos que aquellos seres medio podridos; tendríamos caminantes dotados de razón y cálculo; tendríamos una nueva raza de zombis.

            Por último, lo que no se trata de una posibilidad, sino de un dato bien concreto extraído del argumento, es la forma en que Rick mata al líder del grupo que los estaba amenazando al costado del camino: con una mordida en el cuello. Cualquier similitud con un caminante no es, por supuesto, mera coincidencia.

            Quedamos, una vez más, a la espera de nuevos capítulos.
           

23 de marzo de 2014

OSARIO COMÚN. SUMMA DE FANTASÍA Y HORROR (comp.), de editorial Muerde Muertos




            Cuando escribí la reseña del libro Terror[1], publicado por la editorial Planeta en 2012, me quejé de que en Argentina las editoriales no se tomaban en serio el género de horror, o por lo menos no lo suficientemente en serio como para hacer una antología comprometida y verdaderamente representativa. Me alegro de poder afirmar que me equivocaba, que lo que dije en 2012 dejó de tener vigencia en 2013, cuando la editorial Muerde Muertos sacó la antología Osario común. Summa de fantasía y horror a cargo del escritor Patricio Chaija, que no sólo realizó una selección admirable, sino que también escribió la introducción y las notas introductorias a cada cuento y a cada escritor (algunos de ellos inéditos).

            En la introducción, Chaija afirma que su propósito fue, justamente, el de rastrear y compilar a aquellos autores que, aunque inéditos o poco conocidos, se caracterizan por abordar el relato de terror de forma frecuente, configurando así la actualidad del género en Argentina. Por esto mismo, Osario común. Summa de fantasía y horror no sólo es un excelente libro, lleno de buenos cuentos, sino que también es una gran oportunidad de conocer la actualidad de un género que en nuestro país carece de una tradición fuerte y definida, pero que goza de un presente de buena salud y, por ende, de un futuro prometedor.

            En esta summa hay, verdaderamente, para todos los gustos. Desde cuentos de horror monstruoso (como es el caso de “Gringos de tierra y río” de Sebastián Chilano) hasta historias de amor macabro (como “Ojos verdes” de José María Marcos), pasando por la presencia de fantasmas del pasado que siempre están dispuestos a volver para torturarnos un poco (“La habitación de mamá” de Pablo Schuff, “El centinela” de Alejandra Zina, “En la ruta” de Gustavo Nielsen) y por el coqueteo con la ciencia ficción (“Metano” de Walter Iannelli) o la psicología (“Fin de curso” de Mariana Enriquez), por sólo mencionar algunos tópicos.

            Por último, el libro se cierra con un epílogo escrito por Carlos y José María Marcos, en el que, con su prosa certera y embriagadora, nos cuentan cómo nació el proyecto y nos ponen al tanto sobre cuestiones históricas, etimológicas y literarias. Sin lugar a dudas, un lujo.

            Un osario es un lugar de muerte. Tradicionalmente, los osarios eran aquellos lugares donde se depositaban los huesos que eran exhumados de las tumbas con el fin de dejarlas disponibles para nuevos entierros. Sin embargo, y en este caso en particular, la muerte habla de vida, de la vida de un género que poco a poco va ganando el lugar que se merece, gracias al arrojo de editoriales que se animan y a la pluma de escritores que sacan afuera sus fantasmas sin esperar a cambio más que la catarsis propia de ese ejercicio.

            Anímense. Lean este libro. Todos formamos parte de este Osario común, ya que apenas nos diferenciamos cuando de nuestros huesos se trata.

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A continuación, les dejo la lista con los cuentos y sus autores:

            “En el patio, con Mortimer, conmigo” de Fabio Ferreras
            “Fin de curso” de Mariana Enriquez
            “La habitación de mamá” de Pablo Schuff
            “El que habita en las arenas” de Pablo Tolosa
            “Enterrado” de Jorge Baradit
            “Ojos verdes” de José María Marcos
            “Metano” de Walter Iannelli
            “El centinela” de Alejandra Zina
            “Abrirse paso” de Claudia Cortalezzi
            “La mecánica del infierno” de Ignacio Román González
            “El comienzo” de Gerardo Quiroga
            “Quemar a madre” de Ricardo Giorno
            “Gringos de tierra y río” de Sebastián Chilano
            “En la ruta” de Gustavo Nielsen
            “Solución de continuidad” de César Cruz Ortega
            “La estatuilla y la muerte” de Alberto Ramponelli
            “Afuera sigue cayendo ceniza” de Emiliano Vuela.

11 de enero de 2014

BESTIAS AFUERA, de Fabián Martínez Siccardi




«–En un sitio como éste hay que controlar la tendencia de la mente a poblar lo inhabitado. Acá, los pensamientos se agrandan y pueden terminar saliendo de las maneras más inesperadas, más perturbadoras.»
Fabián Martínez Siccardi, Bestias afuera.


El aislamiento, la rusticidad, la naturaleza al mismo tiempo yerma y exuberante, lo salvaje… Todo esto forma parte de la vida en La Guillermina, la estancia patagónica a la que debe ir Florián, un agrónomo recién recibido de 24 años, con el fin de realizar una recopilación de pulgones para estudiarlos, luego, en el laboratorio. Desde un comienzo, su llegada a La Guillermina está marcada por un alejamiento de todo y un adentramiento a lo recluido (no sólo geográfica, sino también temporalmente): «Dentro de ese contorno [que delimitaba la estancia] se concentraban los únicos elementos humanos en kilómetros a la redonda; afuera quedaba lo salvaje, lo inalterado» (p. 13). En esta dicotomía entre lo salvaje y lo civilizado, entre lo bestial y lo humano, que nos trae a la memoria el binomio sarmientino, se desarrolla Bestias afuera, la novela de Fabián Martínez Siccardi que acaba de ganar el Premio Clarín de Novela 2013.

            Cuando Florián, junto a su perro Atila, llega a La Guillermina es recibido por Bastiana, la mujer que cuida de Haroldo (el dueño de la estancia, un hombre enfermo y envejecido) y se encarga de las cuestiones domésticas. Las palabras con que Bastiana recibe a Florián están lejos de ser de bienvenida y se dirigen más a Atila que a él: «Las bestias afuera» (p. 15). La inflexibilidad de la mujer plantea ya la imposibilidad de ir en contra de las reglas de la estancia: los animales, las bestias, se quedan afuera, las personas, adentro. Florián debe, entonces, encontrar la forma de ubicar a Atila, con quien mantiene una relación de amistad ajena a toda distinción entre lo humano y lo animal. Más tarde descubrirá, con el transcurrir de los acontecimientos, que él no es el único incapaz de establecer este tipo de distinciones.

            La novela está buena justamente por eso: con una prosa simple, aunque no exenta de profundidad, Martínez Siccardi nos introduce en un universo conformado por un número reducido de personas y por una serie de reglas que, por rígidas o inalterables que parezcan, no tardarán en mostrar sus fisuras. Incluso la regla principal, la de las bestias afuera, comenzará a desdibujarse, mostrándonos cómo las personas pueden llegar a ser tan bestiales, o más, que los animales. Y es entonces cuando notamos que las dicotomías ya no funcionan, que los binomios dan paso a las ambigüedades y éstas a las integraciones, para ponernos en un lugar incómodo en el que nada es lo que parece o lo que nos gustaría que fuera, donde los hombres son capaces de las peores acciones y los animales, simples víctimas de nuestras perversiones. Ni la realidad misma quedará libre de contaminación, y las barreras de lo real y lo sobrenatural se quebrarán con la misma facilidad con que un árbol seco es arrastrado por la fuerza salvaje de un río embravecido.

            Afín a una tradición amplia, que incluye a escritores como Ezequiel Martínez Estrada y Henry James, Bestias afuera es una buena opción para estos meses de calor y escasa energía eléctrica. Los invito a leerla.


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Sobre el autor: Fabián Martínez Siccardi nació en Río Gallegos en 1964. Aunque en la actualidad vive y trabaja (como traductor e intérprete) en Buenos Aires, durante gran parte de su vida careció de una residencia fija, estableciéndose en distintas ciudades de la Argentina, Estados Unidos y España. Entre sus trabajos cabe destacar la novela juvenil Patagonia iluminada (2012) y los relatos “Memoria fotográfica” (segundo premio Hucha de Oro, 2003), “El santo invisible” (segundo premio Ciudad de Zaragoza, 2005), “If then a man” (en coautoría con el sudafricano Arthur Rose y finalista del Glimmer Train Press, 2012) y “Laika” (premio Alberto Lista, 2007, y adaptado al teatro por el mismo Martínez Siccardi bajo el nombre Laika, no te escondas).

- Martínez Siccardi, Fabián. Bestias afuera. Buenos Aires, Clarín-Alfaguara, 2013.


5 de enero de 2014

EL PSICOANALISTA, de John Katzenbach




Las reglas indican que en una reseña crítica primero se debe dar un breve resumen de la obra y después desarrollar la opinión que se tiene de la misma. Permítanme evadir un poco esas reglas e ir directamente al grano: El psicoanalista (2002) de John Katzenbach es una acumulación de quinientas páginas de puro tedio. Todavía no puedo entender cómo me hablaron tan bien de esta novela, que, de hecho, me vienen recomendando desde hace diez años. Pero bueno, de la misma manera que la vida no es justa, el mundo de la valoración estética no tiene por qué serlo.

            Ahora sí, vamos a ver de qué trata la historia. El psicoanalista nos pone en escena al doctor Frederick Starks (Ricky para los que lo conocen), un psicoanalista que, después de perder a su esposa a manos del cáncer, mantiene una vida gris, con pocos sobresaltos y centrada en su trabajo. Por lo menos hasta el día en que cumple cincuenta y tres años, día en que, a su vez, recibe una extraña carta de alguien que se hace llamar Rumplestiltskin, indicándole que si no descubre quién es él (emulando el cuento tradicional del que tomó el nombre) en exactamente quince días, va a tener que suicidarse o, de lo contrario, verá sufrir o morir a algún ser querido. El doctor Starks no tiene ningún ser que le sea realmente querido, pero se niega a ser responsable de una muerte ajena (o de algo incluso peor), y por eso decide seguir el juego de su acosador. A lo largo de las quinientas páginas mencionadas, veremos cómo se desarrolla un juego de víctimas/victimarios que no cesará de cambiar y que mostrará las distintas formas en que se puede empujar al límite a una persona.

            Hasta ahí la novela parece buena, ¿no? Bueno, no. Por la forma en que está desarrollado el argumento, se trata de una novela que se podría haber hecho en doscientas páginas, no en quinientas, lo que la vuelve tediosa, por momentos poco menos que insoportable. Katzenbach, en su intento por desarrollar un thriller psicológico, nos abruma con los pensamientos del protagonista, extendiéndose páginas y páginas en elucubraciones que, careciendo de la fuerza introspectiva de una primera persona, son expuestas de forma sistemática, y hasta ridícula, por un narrador omnisciente que sabe lo que Starks hubiera pensado de conocer un dato que ignora, pero duda al momento de afirmar cuántos grados descendió la temperatura. Dicho en pocas palabras, entramos a la novela esperando encontrar un thriller psicológico y nos encontramos con un aburrimiento mental.

            Por último, y para aquellos a los que les gusta el misterio, les digo que ese juego de víctimas/victimarios se resuelve de manera definitiva en las últimas páginas de la novela. De cualquier forma, no van a tener que esperar tanto. La resolución, salvo en alguno que otro detalle, es bastante predecible y el rompecabezas se vuelve evidente mucho antes de que todas las piezas ocupen su lugar.

            En fin, El psicoanalista de John Katzenbach fue una novela de considerable éxito que todavía hoy se sigue reeditando y vendiendo. Paradojas de la vida. Desde este modesto blog, no la recomiendo. No obstante, sean libres.




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Sobre el autor: John Katzenbach nació en Estados Unidos en 1950. Trabajó como periodista especializado en temas judiciales al tiempo que desarrolló su carrera de escritor y de guionista de cine (en películas basadas en sus propias novelas). Entre sus novelas más conocidas, se encuentran Al calor del verano (1982), Juicio final (1992), El psicoanalista (2002) y El profesor (2010).


15 de diciembre de 2013

DOCTOR SUEÑO, de Stephen King




«“Pensaba que las cosas no podían empeorar…
pero siempre pueden, y a menudo lo hacen.»


            Danny Torrance (ese chico poderosamente indefenso de El resplandor, que tenía que cuidarse de su padre alcohólico y violento que quería matarlo) ya no es más Danny, ahora es Dan, un hombre que superó los 30 años y que, como antaño su padre, debe lidiar con los monstruos de la rabia y el alcohol. Pero el caso de Dan es todavía más complejo: no bebe sólo por debilidad ante un vicio poderoso y, de alguna manera, heredado, sino que lo hace para acallar las voces, para apagar aquello que lo distingue y lo hace especial, el resplandor (“El alcohol aplastaba el resplandor, lo noqueaba”, p. 55).

            En esta ocasión, somos testigos de cómo Dan Torrance toca fondo y decide encarrilar su vida. Se muda de ciudad, concurre a Alcohólicos Anónimos y consigue trabajo. Y cuando su vida comienza a acomodarse, cuando las cosas por fin parecen tomar un rumbo, empieza la pesadilla. No podía ser de otra manera; después de todo, estamos ante la última novela de Stephen King.

            Doctor Sueño es la continuación (independiente, para algunos) de El resplandor, aquella novela de 1977 que consolidó la carrera de Stephen King y que, todavía hoy, sigue siendo una de las favoritas de los seguidores del escritor de Maine. En Doctor Sueño volvemos a ver a Wendy Torrance, la mamá de Dan, y a Dick Hallorann, el entrañable cocinero del Hotel Overlook. Pero la historia no se detiene ahí, sino que avanza. Dan se convierte en hombre y conoce a Abra, una nena con un grado tan alto de resplandor que opaca, incluso, su propio don. También aparece Rose la Chistera, Papá Cuervo y Barry el Chino, miembros del Nudo Verdadero, un grupo de seres que se alimenta del resplandor (que ellos mismos llaman “vapor”) de los niños especiales. Como Abra en ese momento, como Danny cuando era chico.

            El Nudo Verdadero lleva siglos alimentándose del vapor de esos chicos especiales. Para hacerlo, para purificar y extraer el vapor, secuestran, torturan y asesinan a los niños. Después los aspiran, logrando con eso poder y longevidad. Pero el Nudo no está pasando por un buen momento, una enfermedad lo está diezmando y la única esperanza que tienen sus miembros es la de encontrar a un niño con un vapor lo suficientemente poderoso como para curarlos. Cuando descubren a Abra, su persecución se vuelve una necesidad. Pero, claro, Abra no es una chica común, ni siquiera entre las personas especiales, como tampoco lo es su amigo Dan, que la ayudará a enfrentar a ese Nudo y, de ser posible, a detenerlo.

            La novela está muy buena. Si bien no supera en calidad a su predecesora 22/11/63 (tal vez una de las mejores de toda la bibliografía de King), es sin lugar a dudas una de las más emotivas. Como suele ocurrir con las historias de King, no nos enfrentamos a personajes, sino a personas, complejas, queribles y odiables por igual, humanas, demasiado humanas aunque posean capacidades sobrenaturales o hayan dejado, incluso, el plano físico de la existencia. En el caso de Doctor Sueño, las emociones en torno a los personajes se multiplican. Después de todo, se trata de Dan, el chico que ya aprendimos a querer, y de Jack (de alguna manera siempre presente), Wendy y Dick, y de los nuevos, Abra, John, Billy y Momo, entre otros. Stephen King entiende de personas, y eso se nota en la forma en que construye a sus personajes. Asimismo, no sería exagerado afirmar que, tal vez por eso, entiende de miedos.


            Para terminar, quiero hacer una advertencia. Leí en varias reseñas (hasta el mismo King llegó a afirmarlo) que no hace falta leer El resplandor para abordar Doctor Sueño. Es cierto, no hace falta, de la misma manera que no hace falta saber nadar para ir a pasear en bote. De cualquier manera, yo no lo recomiendo. Si quieren escuchar mi humilde consejo, antes de leer Doctor Sueño, lean El resplandor. Después de todo, no es algo que vayan a lamentar.


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Sobre el autor: Stephen King nació en Maine (EE.UU.) en 1947. Estudió en la universidad de este Estado y después trabajó como profesor de literatura inglesa. Su primer éxito literario fue Carrie (1974), que, como muchas de sus novelas posteriores, fue adaptada al cine. Lleva escritas más de cuarenta novelas (entre las que se destacan Cementerio de animalesItThe Green MileUn saco de huesos y la saga La torre oscura, entre muchas otras) y doscientos relatos. En 2003 fue galardonado con el premio literario estadounidense de mayor prestigio, la medalla de The National Book Foundation for Distinguished Contribution to American Letters.


-          King, Stephen. Doctor Sueño. Buenos Aires, Plaza & Janés, 2013.


27 de octubre de 2013

LA MALDICIÓN DE CHUCKY: hora de morir





Un muñeco Chucky llega, aparentemente por error, a una casa en la que viven una hija discapacitada y una madre depresiva. Inmediatamente después, la sangre empieza a correr y, como bien podemos suponer, ya no se va a detener.

            La maldición de Chucky (Curse of Chucky, 2013) intenta, a su modo y como puede, ser una continuación de la saga al tiempo que una precuela. Retoma la historia desde sus orígenes y la continúa, sin desentenderse de las cinco películas anteriores. La intención que persigue es evidente: reconciliarse con los fans, que ya habían rechazado las dos películas anteriores, La novia de Chucky (1998) y El hijo de Chucky (2004). Para esto, hace guiños, respeta la esencia del personaje, intenta mantener a raya el absurdo y da, sin restricciones, la cuota de violencia y sangre a la que nos tiene acostumbrados.

            Pero los resultados son malos. No se logra generar suspenso, la repetición de fórmulas nos permite adelantarnos a los acontecimientos con la misma seguridad con que nos adelantaríamos a una película ya vista. No es para sorprendernos, la innovación de calidad no suele ser el objetivo de este tipo de producciones. Para conformar, repiten, no innovan. Además, si algo tienen en común los personajes que en ellas aparecen (Freddy, Jason, Myers, Chucky mismo) es su inmortalidad: no importa cuánto les peguen, apuñalen o disparen, siempre vuelven. Bueno, tal vez sea hora de que no vuelvan, de que descansen y mueran. Intentar resucitarlos ya no tiene, hoy por hoy, sentido. Fueron grandes y aterradores en los ‘80, hoy son la parodia de sí mismos.

Mi recomendación es, en este caso, parcial. La película no vale la pena. Ahora bien, los fans (que toleraron las entregas anteriores) tal vez se vean recompensados. Hagan la prueba y véanla. Más desilusionados de lo que ya están de seguro no van a quedar.


Ficha técnica:
Título original: Curse of Chucky
Año: 2013
Duración: 97 min.
País: Estados Unidos
Director: Don Mancini
Guión: Don Mancini
Reparto: Brad Dourif, Danielle Bisutti, Fiona Dourif, Brennan Elliott, A Martinez
Productora: Universal Home Entertainment / Universal Pictures