Día a día, mucho más en Facebook

31 de enero de 2009

LA ESENCIA DEL MIEDO

.

         El existencialismo, con Jean Paul Sartre a la cabeza, definió el ser dividiéndolo en dos partes: el ser «en sí» (propio de las cosas naturales) y el «para sí» (propio del hombre). Esta dualidad intentó superar a la que distinguía entre ser y nada, ya que la nada estaría incluida en el «para sí» que define al ser del hombre. La cosa es más o menos así: los animales y vegetales son seres «en sí», esto significa que su ser se define por la continua repetición. Las generaciones de seres «en sí» se van sucediendo sin que nada nuevo aparezca en ellas. Por el contrario, los hombres son seres «para sí», y esto significa que la nada está presente en ellos, y como la nada a su vez está definida por la «negación» (la posibilidad de negar al ser, para decirlo de alguna manera), el hombre es el único ser que posee libertad (libertad de decir no, es decir de no repetirse y por lo tanto de hacer cosas nuevas). Por esto mismo, la historia sólo es posible con el hombre, ya que es él, y sólo él, el que trae al mundo lo nuevo y, con esto, el cambio (la historia de los seres «en sí» no tendría sentido, ya que sería siempre la misma). Por supuesto, la ontología no sólo debería estudiar esta dualidad por separado, sino que tendría que ocuparse del Ser con mayúscula, buscando la integración o síntesis de ambas definiciones (aunque ésta sea imposible). Ahora bien, ¿qué tiene que ver la definición que el existencialismo da del ser con el miedo? En realidad no mucho, pero lo que me pareció interesante es relacionar, desde un punto de vista personal, esta idea del ser «para sí» con lo que podría ser la esencia del miedo.

         De alguna manera, podríamos pensar que todo miedo se reduce al miedo a la muerte: lo que me atemoriza es, en última instancia, lo que me puede matar. Por supuesto que hay excepciones (siempre las hay), pero por lo general le tenemos miedo a los ofidios y a las arañas y no a las hormigas o a las moscas. Todo lo que represente la posibilidad de morir da miedo. Supongamos que tenemos un encuentro con nuestro Creador y éste nos da el don de la inmortalidad[*], entonces dejaríamos de temerle a las guerras, a las enfermedades y a muchas otras cosas que en un caso normal nos aterrarían, ya que sabríamos que cualquier cosa que nos pase quedaría atrás sin dejar huellas.

         Tal vez estamos simplificando demasiado el tema. Podrán decirme, con toda razón, que la gente no sólo le tiene miedo a la muerte, sino también al sufrimiento, a la muerte de un ser querido, a la soledad, etc. Por supuesto, y aquí quería llegar. El miedo a la muerte simbolizaría mejor que ninguno el verdadero miedo del hombre, sin ser él mismo ese miedo esencial. Lo que se esconde detrás de todo miedo es, ni más ni menos, que el miedo a la nada. Es a esto a lo que en verdad tememos, a la nada, a no-ser. Basta con que alguien diga que hay algo después de la muerte (y que se le crea, por supuesto), para que el miedo a ella desaparezca y más de uno esté dispuesto a recibirla con los brazos abiertos, como hacían los cristianos en el Coliseo. Si realmente supiéramos que después de la muerte hay algo, y no nada, entonces nuestro miedo desaparecería o al menos se vería transformado. Por ejemplo: más de una vez he oído, de personas distintas, que es preferible la idea del infierno a la de la nada; y es que en el infierno al menos se sigue siendo, mientras que en la nada todo acaba.

         Lo que se esconde detrás de todo miedo es, entonces, la nada. Ya vimos cómo el existencialismo relacionaba la nada con la libertad, y es que si sólo hay nada, entonces la nada pasaría a ser, y si el ser sólo es nada, entonces nada hay que limite y restrinja. En Sartre queda claro que la nada necesita del ser para ser, ya que ella misma se define como la negación del ser, por lo que si sólo hubiese nada, entonces se sería completamente libre, ya que en última instancia no se sería (al menos no de la forma en que se concibe el ser). Pero nosotros, los hombres, no soportamos esa idea de libertad, ya que nos aferramos a la idea de ser-para-siempre, es decir, de ser como somos actualmente.

        «¿Y qué ocurre con aquellos que no temen su propia muerte, sino la de alguna otra persona?», se me podría preguntar. En ese caso, estaríamos en una variante de la misma situación: lo que se está temiendo en ese caso sería la nada que dejaría la falta de esa otra persona en nosotros y en nuestra vida. Siempre tememos la muerte de algún ser querido (sea éste familiar, mascota o ídolo del rock) y no la de algún desconocido. Podemos sentir la muerte de alguien ajeno a nosotros después de que haya sucedido (ocurre muy a menudo con los jóvenes y los niños o con las personas consideradas «buenas»), pero nunca la tememos de antemano. El temor se basa en nuestra cercanía con la nada, en el hecho de que la nada vaya ganando espacio en nosotros, aunque sigamos siendo un tiempo más.

        En fin, no hablo ni como filósofo ni como psicoanalista (no lo soy, así que no podría hacerlo). Seguramente, ellos podrían decir mucho más sobre esto y decirlo mejor. Yo sólo hablo desde mi lugar, desde lo que soy: un gran miedoso.
.

[*] Abriendo un paréntesis, como plantea Leonardo Levinas en El último final (Buenos Aires, Alfaguara, 2005) se podría pensar que el miedo a la muerte no es más que una quimera, ya que cualquiera de nosotros podría ser inmortal. No es descabellado pensarlo. Todos nosotros creemos que vamos a morir simplemente por una asociación inductiva (como todas las personas que vivieron antes que nosotros murieron, entonces nosotros creemos que también vamos a morir), pero, concretamente, no tenemos ninguna prueba de eso. Sólo lo sabremos si morimos.

.

ORÍGENES DE UN GÉNERO

.

        Para los amantes del género fantástico, del policial y de la ciencia ficción, tengo un dato sumamente interesante. En el tomo 5 de la Historia crítica de la literatura argentina (monumental emprendimiento dirigido por Noé Jitrik y coordinado por algunos de los más importantes escritores y críticos del país) podemos encontrar un texto de Juan José Delaney titulado «Sobre los orígenes de la literatura fantástica, policial y de ficción científica en la argentina». El artículo hace un recorrido desde la protohistoria de estos géneros en nuestro país (en donde ubica a Lucio V. Mansilla y a Miguel Cané), para centrarse luego en los orígenes de los mismos (con figuras como las de Eduardo L. Holmberg y Luis V. Varela) y terminar con los ecos posteriores que marcaron su afianzamiento (Atilio Chiáppori, Leopoldo Lugones y Horacio Quiroga, entre otros). El texto es interesante y nos permite ver una serie de nombres que, hoy por hoy, no se consiguen en las librerías.

        Juan José Delaney es profesor de Literatura argentina en la Universidad del Salvador (USAL). Entre sus publicaciones se encuentran los libros de cuentos Papeles del desierto y Tréboles del sur (con el que obtuvo el Tercer Premio Municipal de Literatura) y la novela Moira Sullivan. Además, becado por el Fondo Nacional de las Artes, publicó Marco Denevi y la sacra ceremonia de la escritura. Una biografía literaria. En 1993 recibió una beca de la Fundación Antorchas para participar del International Writing Program de la Universidad de Iowa (USA). Fundó y dirigió El gato negro, revista de narrativa policial y de misterio.

        El tomo 5 de la Historia crítica de la literatura argentina se titula La crisis de las formas y está coordinado por Alfredo Rubione. A modo general, el tomo trabaja sobre la transición del siglo XIX al XX en la Argentina, transición no exenta de conflictos, no sólo en la literatura (incipiente en aquel entonces), sino en la sociedad en su conjunto. Así, y en lo que respecta a la literatura, se puede ver la aparición del modernismo, los cambios de referentes, el afianzamiento de la crítica, la incorporación, en el teatro, de la jerga inmigrante, etc.

.

EL LUGAR DEL SABER QUE NO SABE TANTO

.

        En el 2003 apareció publicada, para satisfacción de muchos, la siguiente noticia:



        (Extracto señalado: «La masturbación, practicada con frecuencia en la juventud, disminuye el riesgo de que los hombres tengan cáncer de próstata, revela un trabajo recientemente publicado originalmente en la revista British Journal of Urology y reproducido por New Scientist.»)

       Ahora bien, los que hicieron uso de sus muñecas con la intención de hacerse un bien, lamento decirles que la ciencia, en menos de una década, ha condenado a más de uno. Esta otra noticia, para desgracia de todos, fue publicada este año:


        (Extracto señalado: «El estudio, llevado a cabo en la Universidad de Nottingham, Inglaterra, parece ser más alto si los hombres se masturban con frecuencia.»)
.
        ¿Qué se puede pensar a partir de esto? En la mayoría de los casos, la medicina nos hace experimentar cierta tranquilidad ante la posibilidad de contraer alguna enfermedad el día de mañana (siempre el día de mañana). De hecho, a más de una persona le oí decir, con tono que evidenciaba su serenidad al respecto, la ya conocida frase: «Con lo que avanzó la medicina…». Y es cierto, con lo que avanzó la medicina, hoy por hoy, muchos de los fantasmas de antes dejaron de ser atemorizantes. Incluso el cáncer, tal vez la palabra más tenebrosa en todos los idiomas, en algunos casos puede ser superado gracias a los avances de la medicina. Pero qué pensar de estas noticias que no sólo no difieren en algún punto, sino que son radicalmente opuestas. Si creemos en la última de ellas, entonces por fuerza tenemos que creer que hace apenas unos años la medicina estaba completamente equivocaba en su hipótesis sobre el sexo y la masturbación. Pensemos en una persona que durante todo este tiempo se ha masturbado creyendo que con ello se estaba resguardando del cáncer de próstata y ahora se entera de que, por hacerlo, tiene más posibilidades de contraerlo. Suena un tanto gracioso, pero es alarmante si nos ponemos a pensar en las cosas que hoy creemos buenas y que mañana pueden no serlo tanto.

        La ciencia (y la medicina como parte de ella) ocupa el lugar del saber en la modernidad. Ese lugar, que antes fue ocupado por la religión, la filosofía e, incluso, por la literatura, hoy parece estar restringido al conocimiento científico. Todo se discute a través y por medio de él, y nada que no esté de acuerdo con sus supuestos puede ser considerado verdadero. Sé que muchos me dirán: «la ciencia continúa investigando y, por eso, tiene la capacidad de reconocer sus errores y continuar en el camino del develamiento y la verdad». Sí, tal vez, pero hay que reconocer también que ese camino de «prueba y error» no hace más que demostrar lo falible de la ciencia y darnos la certeza de que todo lo que hoy afirma lo negará dentro de unos años. Y tal vez lo que molesta es que cada vez que se afirma algo se lo hace desde el pretendido lugar de la verdad. Parece mentira que después de descubrir tantas cosas, los científicos no descubrieron que no tienen La Verdad bajo ningún concepto (algo que la filosofía, al menos, tenía en claro). Lo que hoy se afirma, será negado mañana y vuelto a afirmar pasado, siguiendo así una cadena de dudoso fin. Y aquellos que quieran someterse a la ciencia para recibir una paz que los ayude a enfrentar este mundo tan ajeno e inseguro, y bueno… tendrán que acostumbrarse a cambiar sus postulados cada tanto.

        Y con respecto a las noticias, tendremos que esperar nuevas «investigaciones» que «develen» «nuevas» «verdades», para ver qué hacemos con nuestro tiempo libre.

.

24 de enero de 2009

HOMENAJE A POE

.

       Como conmemoración al bicentenario del nacimiento de Edgar Allan Poe, cumplido el pasado 19 de enero, la editorial española Páginas de Espuma preparó una edición especial de sus «Cuentos Completos» con la traducción de Julio Cortázar (considerada por muchos la mejor traducción hasta el momento). Esta edición, al cuidado del mexicano Carlos Volpi y del peruano, residente en Sevilla, Fernando Iwasaki, tiene como atracción especial el haber reunido a 69 escritores de origen español e hispanoamericano para que presenten o prologuen un cuento del autor de «El gato negro». Así, para los que la insuperable pluma de Poe (y la combinación con la excelente traducción de Cortázar) no fuera motivo suficiente para adquirir el libro, pueden leer en él los comentarios o prólogos de jóvenes escritores o los ensayos de dos autores de larga trayectoria y firme reputación como es el caso de Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa.

       No deja de ser extraño que una editorial española reúna a autores españoles e hispanoamericanos para presentar un libro de un norteamericano traducido por un argentino nacido en Bélgica. Pero este desorden aparente no hace más que hablar de Poe, un autor que ha influido en escritores de distintas épocas y lenguas. Así se trate de cuentos de género fantástico o policial, o simplemente de cuentos, la influencia de Poe es innegable (tal vez el caso más representativo sea el Baudelaire, que fue uno de los primeros en revalorizar su figura y obra, o el de Horacio Quiroga, que ha llegado incluso a rescribir cuentos como «El barril de amontillado»). Para todos los que queremos ser escritores, lo admitamos o no, lo sepamos o no, la influencia de Poe es un hecho.

        Los autores convocados para participar de esta edición tuvieron que cumplir con una serie de requisitos: por un lado, haber publicado, al menos, un libro de relatos, ya que esta edición no solamente pretende ser un homenaje a Poe sino también al género corto; y por otro, haber nacido después de 1960. Estas exigencias, que no incluyen, por supuesto, a las caras conocidas y seniles de Vargas Llosa y Fuentes, debieron ser cumplidas por el resto de los escritores que participaron del proyecto.

        Entre los narradores españoles que prologaron los cuentos se encuentran Màrius Serra, Espido Freire, Ismael Grasa, Ricardo Menéndez Salmón, Fernando Royuela, Patricia Esteban Erlés, Hipólito G. Navarro, Félix Palma, Guillermo Busutil, Manuel Moyano, Ángel Olgoso y Miguel Ángel Muñoz.

         Entre los escritores hispanoamericanos podemos ver: por Argentina: a Eduardo Berti, Guillermo Martínez, María Fasce, Esther Cross, Gustavo Nielsen y Marcelo Birmajer; por Bolivia: a Edmundo Paz Soldán; por Colombia: a Juan Gabriel Vásquez y Juan Carlos Botero; por Costa Rica: a Carlos Cortés; por Cuba: a Karla Suárez, Ronaldo Menéndez y Enrique del Risco; por Chile: a Andrea Maturana, Álvaro Bisama y Alejandro Zambra; por Ecuador: a Leonardo Valencia; por El Salvador: a Jacinta Escudos; por Guatemala: a Eduardo Halfon; por México: a Ignacio Padilla, Luis Felipe Lomeli, Tryno Maldonado, Alvaro Enrigue, Pedro Angel Palou, Guillermo Fadanelli, Guadalupe Netel, Fabio Morábito, Mario Bellatin, Antonio Ortuño y Jorge Volpi; por Perú: a Santiago Roncagliolo, Jorge Eduardo Benavides, Ricardo Sumalavia y Enrique Prochazka; por Puerto Rico: a Mayra Santos-Febres; y por Venezuela: a Juan Carlos Méndez Guédez.

         Ahora sólo queda esperar que esta edición se consiga tanto en Argentina como en el resto de Latinoamérica y que, por cuestiones de importación, no se vuelva económicamente inaccesible.

.

19 de enero de 2009

¿LA PELÍCULA O EL LIBRO?

.

       Siempre la misma pregunta y casi siempre la misma respuesta: el libro. Para los que gustamos de la lectura, la pregunta, incluso, suele estar de más. Siempre preferimos los libros, salvo alguna que otra excepción (tal vez el caso de Psicosis sea el más paradigmático). La cuestión es que ante la pregunta «¿la película o el libro?» aquella siempre sale perdiendo… en teoría.

       Discutir la transposición de un libro a una película siguiendo un patrón comparativo es, siempre, un error. Las películas tienen una lógica de género que no es la misma que la del libro. Por eso compararlas no es el camino, sino que habría que analizarlas según su lógica y ver lo bueno o malo que hay en ellas. ¿Y entonces? Entonces, que los que gusten de leer, lean; y los que gusten del cine, vayan a él; y los que gusten de ambas cosas… ahí simplemente se trata de elegir. Pero hay otra cuestión, una cuestión que nos lleva, nos guste o no, a comparar: en general, una vez que se ha visto una película se pierde el interés de leer el libro. Sé que muchos me dirán que me equivoco, pero los números muestran que la gran mayoría que se sentía interesada en leer El código Da Vinci abandonó esa idea después de haber visto la película. No importa que la novela de Dan Brown fuera superior a la película; no importa que las personas supieran eso; después de haber visto la película ya no valía la pena el esfuerzo de leer el libro. Por eso la comparación no siempre es odiosa, ya que en este caso estaría motivada por una competencia que, aunque solapada y muchas veces negada, existe y prevalece.

       Es que hay una realidad: no podemos leer todos los libros que quisiéramos. Esto es un hecho, y como dice Serrat: «Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio». No hay remedio, algunos quisiéramos leer más de lo que leemos, pero el tiempo es limitado y los días no tienen más de veinticuatro horas. Mientras que ver una película nos consume una hora y media de nuestras vidas, tal vez dos, un libro implica un esfuerzo continuo de varios días. Por eso, a veces decidir entre la literatura y el cine es difícil, y una vez que se ha visto la película, ¿para qué pasar días leyendo un libro cuya historia (al menos en lo más esencial) se conoce, si se puede leer algo que sea completamente nuevo? Si para los que disfrutamos de la lectura la decisión a veces es difícil, para aquellos que no les gusta leer la decisión ya está dada.

        Creo pertinente dar un ejemplo, y el primero que se me ocurre es el de Stephen King. Me declaro admirador de él y disfruto mucho de sus libros. Cada vez que se estrena una película basada en una novela suya tengo la misma duda: ¿voy a verla o espero a poder leer el libro? Y bueno, a veces tomo una decisión y a veces otra (es que tiene muchos libros, y mi paciencia no siempre es de las más templadas). Una cosa es segura, en todos lo casos en que hice las dos cosas (leer el libro y ver la película), sin importar el orden en que lo haya hecho, siempre ha ganado el libro. La última vez ocurrió fue con It. Después de años y años de ver la película, me decidí a leer ese mamotreto de mil páginas. Por suerte lo hice, ya que la historia es increíblemente más compleja que en la película. En el libro se puede ver toda una cosmogonía que indaga sobre el origen de Eso y del Universo, junto con una exploración del mundo infantil que por momentos nos hace preguntar cómo un adulto puede percibir con tanta claridad los pensamientos y sentimientos de los niños. La película está buena e hicieron lo que pudieron, pero la simplificación de la historia hace que nunca quede en claro quién o qué es el payaso y por qué al final aparece convertido en una especie de bicho. En el libro todo es más claro a la vez que complejo, y la razón de ello es sencilla: la literatura permite una complejidad que el cine no, por simple cuestión de espacio. Condensar las mil páginas de It en una película es imposible, tal vez fueran necesarias varias temporadas de una serie o tal vez simplemente no se pueda hacer. El hecho es que no se hizo.

       Como conclusión, la popular frase: los libros son «mejores» que las películas. Hasta aquí no creo que nadie vaya a discutirme (tal vez estudiantes o críticos de cine), pero lo que me llama poderosamente la atención es la poca correspondencia con la cuestión del género. Muchos dicen que los libros son mejores, pero pocos son los que los prefieren. No es una novedad que cada vez se lee menos. La literatura está más desplazada que antes, nos guste o no. Si no me creen, hagan una encuesta en su círculo íntimo y pregunten cuántas películas se vieron en lo que va del año y cuántos libros se leyeron. O mejor aún, pregunten cuánto tiempo se le dedicó a una y otra cosa. Pero en fin, las comparaciones son y siempre serán impugnables, pero algo hay en la literatura y en el cine que permite e incentiva la comparación, cosa que no ocurre con otras artes (nadie compararía una película con una canción o una pintura). De todas maneras, una cosa es segura: el libro siempre es mejor, aunque siempre salga perdiendo.

.

17 de enero de 2009

PEPSI: la generación del reclamo

.


Vivimos en tiempos en que la publicidad ocupa una parte importante en nuestras vidas: las tiras televisivas de ficción publicitan productos de manera explícita y directa, la vía pública está atestada de carteles y afiches, los famosos ganan más dinero por sponsors que por hacer su trabajo… En fin, prácticamente no hay lugares que estén exentos de publicidad: miremos donde miremos, sea al cielo, al piso o a los costados, allí hay algún slogan que quiere vendernos algo. Por mi parte, trato de no prestarles una atención consciente y de seguir adelante, creyendo idealmente que soy dueño de mis decisiones e inclinaciones (no hay nada mejor que la ceguera autoinducida, ¿no?), pero hay que aceptar que las publicidades, o al menos algunas de ellas, nos muestran quiénes somos, qué es lo que queremos y pensamos en un momento histórico determinado. Por eso las publicidades varían tanto con el tiempo y campañas de diferentes rubros, en un mismo momento histórico, pueden ser similares, mientras que otras del mismo producto pero con años de diferencia no. En todo caso, ahora quiero hablar de una publicidad en particular: la campaña de PEPSI que se ha dado en llamar «Reclamá tu indemnización».

Supongo que las habrán visto. Por lo general, en ellas podemos ver a personas excéntricas, fracasadas y mediocres que ven el origen de su fracaso en el trato que de niños recibieron de sus madres. Así, alguien que hubiese podido ser ingeniero, termina convirtiéndose en un pésimo cantante de rap, todo porque su madre solía vestirlo mal de niño; un muchacho que le es infiel a sus parejas ve como responsable a su madre, que de niño le obligaba a cortarse el pelo de manera ridícula; otro que es acomodador de supermercado, ve su infame lugar en el mundo como resultado de una crianza rígida y ordenada; etc. ¿A qué conclusión llega la campaña de PEPSI?: a que nuestros padres nos deben por la crianza que nos han dado de niños. Entonces a reclamar, y como no se puede pedir mucho, sólo se pide un peso ($ 1.-) de indemnización, que es lo que en teoría se ahorra consumiendo esa bebida.

Vivimos en una generación de reclamo que tiende a ver las culpas en los demás. Lo que hace la publicidad de PEPSI no es más que reflejar eso y utilizarlo de forma jocosa para su promoción. Pero si se mira bien es bastante indignante. Tal vez varias generaciones influenciadas por psicoterapeutas bastaran para ponernos en el aprieto en que estamos, tal vez (y de seguro así es) otros factores más complejos y múltiples nos llevaron a esta concepción del mundo, pero una cosa es segura: pasamos de la visión de época de nuestros abuelos, en donde ni siquiera se podía responder a los mayores, a la nuestra, en donde nos creemos con el derecho de culpar a nuestros padres de nuestras frustraciones y de reclamarles una indemnización por el daño causado. Tendría que darnos vergüenza. No sé si es porque me tomo las cosas muy a pecho (ya alguien, en este mismo blog, me lo ha dicho), porque estoy realmente orgulloso de mis padres o porque yo voy a serlo en pocos meses, pero la cuestión es que estoy cansado de ese «echar la culpa» a los demás por nuestra propia mediocridad. Y ese cansancio se transforma en indignación cuando las personas impugnadas son nuestros progenitores. No digo volver a la concepción de nuestros abuelos (todo extremo es malo), tampoco que nuestros padres no son responsables (por supuesto que tienen sus culpas), pero habría que intentar buscar un equilibrio. A diferencia de lo que muchos opinan, creo que uno es mucho más que el resultado de la crianza de sus padres; por eso dos hermanos criados bajo el mimo seno y las mismas reglas pueden desarrollar personalidades y patologías diferentes (y hablo por experiencia propia). Pero claro, siempre es más fácil culpar, y a quién mejor que a nuestros padres, sin ver que ellos hicieron todo lo posible por procurar nuestro bienestar.

Y así estamos, culpando y responsabilizando a otros de nuestros problemas y fracasos. Eso habla mucho de nuestra generación. Una generación que, por un lado, fue víctima en algún punto de los errores de los que la precedieron (como toda generación), y que, por otro, logró hacerse un cómodo refugio en la cobardía y el desentendimiento.

Ahora, para que puedan ver un poco de que se trata la campaña, les dejo uno de los varios videos que aparecieron en los medios.

.

10 de enero de 2009

LA MONSTRUOSIDAD DEL PLACER

.

       ¿Dónde se encuentra el origen de una prohibición? La vida está repleta de «haz esto y no hagas aquello», ¿pero las prohibiciones están motivadas desde donde dicen estarlo o secretas (por desoídas) motivaciones inspiran la prohibición de determinadas prácticas? A veces es interesante reflexionar sobre cuestiones que creemos saber y entender a la perfección. A veces es necesario para desenmascarar ciertas convicciones que sólo son tales por la fuerza del tiempo y la imposición. En este caso, me gustaría reflexionar sobre la cuestión del sexo, y me gustaría hacerlo desde una concepción cristiana, ya que considero que ella es la que más conozco, la que más afín siento y, a su vez, la que me parece hegemónica en nuestro tiempo y lugar histórico (muchas personas que no se consideran cristianas, o que efectivamente no lo son, comparten con los creyentes muchos prejuicios heredados de generaciones en las que la Cruz mantuvo su visión del mundo).

         No voy a hacer un análisis exhaustivo de la cuestión porque eso excede las posibilidades de este artículo. Sólo voy a centrarme en algunos puntos. El primero de ellos es la cuestión de la profilaxis sexual. Vemos cómo una y otra vez los creyentes «en serio» y los representantes de la Iglesia Católica rechazan el uso del profiláctico en las relaciones sexuales. La gente que no comparte con ellos esta convicción les critica el hecho de ser anacrónicos con su tiempo histórico: en un mundo asolado por el SIDA y por otras enfermedades de transmisión sexual, la Iglesia sigue en su obcecada postura. Otros hacen hincapié en la edad de iniciación sexual (cada vez más prematura) y en los embarazos juveniles. Todos le achacan a la Iglesia lo mismo: anacronismo, incomprensión, obstinación y ceguera. Por parte de la Iglesia, vemos cómo repiten una y otra vez la misma sentencia: «el sexo tiene como único fin la reproducción, y todo lo que se separe de este fin es injustificado». La aceptación de elementos anticonceptivos (preservativos o cualquier otro) negaría este fin y proclamaría un libertinaje sexual desmedido que tiene como único fin el placer y no lo que «Dios manda». La Iglesia y sus fieles no discriminan entre cuidarse de un embarazo o de una enfermedad. En realidad no tienen que hacerlo, ya que su lógica no los obliga: en cualquier caso se está evitando la reproducción y eso es MALO. Ahora bien, ¿esto es así realmente?, ¿realmente es la reproducción lo que motiva la prohibición del «sexo seguro»? Por mi parte creo que no, y ahora veremos por qué.

       Muchos sostienen la «finalidad del sexo» a partir de la historia breve y contundente de Onán: Onán se ve en la obligación, tras la muerte de su hermano, de darle a su cuñada una descendencia, pero «sabía que aquella descendencia no sería suya, y así, cuando tenía relaciones con su cuñada, derramaba en tierra el semen, para no darle un hijo a su hermano. Esto no le gustó a Yavé, y le quitó también la vida.» (Gén. 38, 9-10). Pero basarnos en esta historia no es más que un anacronismo. La obligación de Onán era justamente una obligación por las leyes que regían en su universo social, hace ya más de tres mil años. Es curioso ver cómo mantenemos (o intentamos mantener) ciertas prácticas y anulamos otras: mientras nos dicen que evitar el embarazo es malo (¡mirá lo que le ocurrió a Onán!), nadie se siente en la obligación de hacerle un hijo a su cuñada viuda…

       ¿Tenemos que pensar entonces que lo malo es evadir el embarazo? Si esto es así, entonces la conclusión es sencilla: NO TENER HIJOS ES MALO. Pero basta con mirar a aquellos que dicen esto para que la sentencia se caiga por todos lados. Efectivamente, si no tener hijos es malo, entonces el celibato es pecado.

        ¿Por qué no querer tener hijos en el sexo es malo y no querer tener hijos en el celibato es bueno y santo? ¿Lo malo es el sexo o no querer tener hijos? «No querer tener hijos» nos dicen; entonces, ¿por qué el celibato es bueno? La respuesta es clara: lo que se ve como malo, lo que se castiga y condena, no es no querer tener hijos, ni tampoco el sexo (teóricamente hablando), sino, ni más ni menos, el placer. Querer tener sexo y no hijos es querer experimentar placer, Y ESO ES MALO. En el celibato no hay placer, sino todo lo contrario, entonces no querer tener hijos ES BUENO. La lógica es absurda. Si Dios mandó que nos multipliquemos, entonces sus representantes deberían ser los que más hijos tuviesen (hay que cumplir los mandatos de Dios, ¿o no?). Pero reproducirse da placer, Y EL PLACER ES MALO. Permítanme dar un ejemplo inverso: supongamos por un momento que el orgasmo produjera el dolor más extremo (en vez del placer más extremo), entonces los sacerdotes no sólo tendrían muchos hijos, sino que se masturbarían tan regularmente como lo permitiera su santidad. La masturbación sería un acto piadoso que nos acercaría más y más a Dios. Pero no, el orgasmo da placer, entonces hay que evitarlo porque ES MALO. Otro ejemplo que podría dar es el de la flagelación. Por siglos, la flagelación fue una práctica piadosa que acercaba a Dios (incluso hoy mismo hay quienes la practican), ¿pero qué pasa cuando la flagelación da placer? Entonces ES MALO. Preguntémosle a cualquier sacerdote o «buen creyente» sobre lo que opina del masoquismo y no habrá dudas al respecto. En todo caso, lo que se ve mal es EL PLACER y no EL SEXO o LA ANTICONCEPCIÓN.

        Si uno mira alrededor y reflexiona sobre estas cuestiones, puede pensar que Dios quiere que suframos o, al menos, que no sintamos placer. Esto es lo que se desprende de la doctrina de sus representantes. Pero no creo que sea tan así. De hecho, Jesús, en los Evangelios (sí, ya sé, fueron escritos por sus representantes, pero es lo único que tenemos) no se detiene mucho en el «tema sexo». Lo único que dice es que no hay que caer en la inmoralidad sexual. Pero es la inmoralidad lo malo y no el sexo, como es mala la inmoralidad en la alimentación (gula) o en la inacción (pereza). La inmoralidad es lo malo, en cualquier aspecto de la vida. La confusión y la culpa por el placer experimentado nos llevan a ver el mal en el sexo. Y sólo porque nos da placer… ¡El placer, ese monstruo de la historia!

.