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31 de julio de 2010

LA CÚPULA, de Stephen King

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         Hay artistas, la mayoría, que alcanzan su mejor momento a una determinada edad y luego, si tienen la oportunidad de envejecer, comienzan a decaer. Como ejemplos podríamos mencionar a Borges (cuyas mejores obras son Ficciones y El Aleph, ambas de la década del ‘40), Cortázar (muchos dicen que su mejor libro de cuentos es Bestiario, su primer libro de cuentos), Michael Jackson (que nunca volvió a lograr un éxito como Thriller) y John Lennon (que jamás alcanzó la calidad que demostró en los Beatles), entre muchos otros. Son pocos los artistas que siguieron progresando en una ascensión constante hasta la vejez y la muerte. Muchos murieron jóvenes, y eso fue lo mejor que le pudo haber pasado a sus carreras. El caso de Stephen King es el de los pocos que lograron mejorar más allá de los años de juventud, superándose ininterrumpidamente. Tres de las mejores novelas de King son sus últimas tres novelas: La historia de Lisey, Duma Key y La cúpula. Muchos preguntarán: ¿Y qué pasa con Apocalipsis, Misery, It, Cementerio de animales o Insomnia? Yo respondería: Todas ellas son muy buenas (al menos a mí me gustaron mucho), incluso algunas fueron más exitosas que las últimas tres, pero de ninguna manera son mejores. Tal vez no sean peores, pero de seguro no son mejores. Esto significa que King no ha bajado la calidad y, en algunos casos, la ha elevado. De hecho, él mismo cuenta que intentó escribir La cúpula en 1976, pero la magnitud del proyecto lo superó y abandonó la novela con sólo setenta y cinco páginas escritas, las cuales se perdieron para siempre. Ahora, más de treinta años después, volvió a intentarlo y el resultado es más que satisfactorio, lo que prueba que estas décadas no pasaron en vano.

          La cúpula (Under the Dome) es una novela de mil ciento treinta páginas que se lee como si tuviera trescientas. La historia, a primera vista, no resalta por su complejidad: un día de otoño que nada tiene de especial, una cúpula cae sobre el pueblo de Chester’s Mill. De momento, el origen de la cúpula es desconocido y ni siquiera el gobierno de los Estados Unidos parece entender lo que está pasando. Entonces, en el pueblo (que es lo mismo que decir dentro o bajo la cúpula) los personajes intentan seguir adelante a medida que la energía (alimentada por un suministro limitado de propano) comienza a escasear, el aire a enrarecerse y las esperanzas de salir a desaparecer. La complejidad, entonces, se evidencia, y King sorprende con su capacidad, ya conocida por sus seguidores, de plantear y representar las relaciones humanas. Dentro de la cúpula, los personajes tienen que enfrentarse a un peligro más letal que la cúpula misma, y ese peligro es el otro, el prójimo. Con una calidad y una perspicacia innegable, King nos presenta a Dale Barbara, Big Jim, Julia Shumway, Rusty Everett y a más de cincuenta personajes, que a medida que avanzan las páginas se convierten en personas, que amamos, odiamos y seguimos sin descanso.

         Mirándola de cerca, la idea de la cúpula es pasible de ser vista como una alegoría. De alguna manera, todos vivimos dentro o bajo una misma cúpula, que es nuestro planeta o, si se quiere, la atmosfera. En relación al universo vivimos encerrados, y nuestro comportamiento determina la calidad de la vida en el mundo. La contaminación, los incendios intencionales y la arbitrariedad al momento de utilizar los recursos naturales dañan nuestro planeta y pueden llevarnos a un futuro sin futuro. En este sentido, podemos ver La cúpula como un experimento de King en relación con el comportamiento de las personas en una escala reducida que puede proyectarse a una escala mayor. Pero esto es sólo para los que les gusta las claves y las metáforas; para los que no, la historia es suficientemente buena como para no pensar en nada más.

         Me gustaría hablar un poco de los personajes. Hay muchos, tantos que antes de comenzar la novela hay una lista con algunos nombres y algún dato que nos permita recordar qué hacen o de qué trabajan. En un principio, la lista es útil, pero pronto comenzamos a conocerlos de tal manera que podemos recordar treinta o cuarenta nombres sin necesidad de parar la lectura para preguntarnos quiénes son o qué hacen. Y es que, como dije antes, una de las mayores habilidades de King es la de plantear relaciones humanas y la de crear personajes. En La cúpula, esta habilidad está más que aprovechada. Los personajes se ven en una situación extraordinaria que no saben cómo manejar, por lo que algunos recurren a la religión, otros al poder (si es que lo tienen) y otros a la enajenación. Y las contradicciones son constantes. Así, podemos ver a personas con buenas intenciones que entregan el pueblo a la destrucción, personas religiosas que son capaces de asesinar y después rezar por las almas de los difuntos, o incluso «buenas» personas con conductas criminales y «malas» personas con actitudes honrosas. Las vidas debajo de la cúpula son tan complejas e indefinidas como las que podemos encontrar a nuestro alrededor (o en nosotros mismos). Algunas máscaras se caen, por supuesto, lo que no hace más que contribuir a la complejidad y al deleite de los lectores.

         A pesar de una traducción apresurada y a las claras descuidada, La cúpula es un buen ejemplo de lo mejor que puede hacer Stephen King. Lo único que lamento es que, por su extensión y su elevado precio (149 pesos), muchas personas no van a arriesgarse a transitar sus páginas. Es una lástima, ya que, a pesar de ser una novela muy larga, no le sobra nada.

         Mi consejo es que lean esta novela. Si son seguidores de Stephen King (sus «Lectores Constantes» diría él) háganlo a sabiendas de que no saldrán defraudados, y si nunca leyeron nada de él, entonces háganlo con la seguridad de que descubrirán un mundo literario que los arrastrará, con placer, a más de otras cuarenta novelas que los estarán esperando. La cúpula es una excelente opción para seguir con Stephen King o, también, para comenzar con él.


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Sobre el autor: Stephen King nació en Maine (EE.UU.) en 1947. Estudió en la universidad de este Estado y después trabajó como profesor de literatura inglesa. Su primer éxito literario fue Carrie (1974), que, como muchas de sus novelas posteriores, fue adaptada al cine. Lleva escritas más de cuarenta novelas (entre las que se destacan Cementerio de animales, It, The Green Mile, Un saco de huesos y la saga La torre oscura, entre muchas otras) y doscientos relatos. En 2003 fue galardonado con el premio literario estadounidense de mayor prestigio, la medalla de The National Book Foundation for Distinguished Contribution to American Letters.
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- King, Stephen. La cúpula. Buenos Aires, Plaza & Janés, 2010.
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  • Más sobre Stephen King en El lugar de lo fantástico:



- «Trailer de La cúpula» (aquí)
- «Despues del anochecer, de Stephen King» (aquí)
- «Duma Key, de Stephen King» (aquí)
- «Trailer de Duma Key» (aquí)
- «La nueva novela de Stephen King: Under the Dome» (aquí)
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30 de julio de 2010

PORTADORES: una epidemia que da miedo

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         Dos hermanos, Danny y Brian, junto a dos muchachas, Bobby (la novia de Brian) y Kate (de quien no sabemos mucho), van por la ruta en un Mercedes robado, tomando cerveza y haciendo bromas como si no tuvieran problemas, como si el mundo fuera normal. Pero no lo es, y nos enteramos casi de inmediato. Una enfermedad (que no se especifica pero que hace pensar en una gripe mortal) asola al mundo y diezma la población. Pueblos enteros sucumben bajo esta enfermedad y el gobierno tiene que levantar los cuerpos de las calles como los basureros levantan la basura. En este mundo, Danny y Brian tienen un único objetivo: llegar a una playa en la que solían pasar sus vacaciones familiares y aislarse ahí, surfear hasta cansarse y vivir lejos de la enfermedad. Pero para lograrlo deben viajar, y en el viaje se encontrarán con muchas personas, algunas de ellas enfermas y otras desesperadas, que harían cualquier cosa para salvarse. De esto trata la película, del viaje de dos hermanos y dos muchachas hacia la seguridad que sólo puede proporcionarles una playa alejada, y de los obstáculos que encuentran en el camino.

         Con una estructura y un planteo similar al de las películas de zombies, Portadores (Carriers) logra su objetivo: mantiene en vilo al espectador y le cuenta una historia entretenida. La tensión se mantiene de principio a fin, los momentos emotivos no faltan y resulta interesante ver hasta dónde llega la voluntad de sobrevivir en el ser humano, aunque para lograrlo tuviera que realizar actos repudiables y, muchas veces, criminales. ¿Pero se puede hablar de crimen cuando sólo se trata de sobrevivir? ¿Puede haber amor cuando la persona a la que amamos trae la muerte en su organismo? Éstas y otras preguntas plantea la película, y las respuestas dependerán de quien las dé.

         El atractivo de Portadores puede deberse a que la actitud paranoica de algunos personajes ante la enfermedad es muy similar a la que muchos de nosotros adoptamos el año pasado ante la gripe A. En un mundo en donde, justificadamente o no, vimos de cerca la posibilidad de una epidemia de una gripe «nueva» que no entendíamos del todo bien, una película como ésta es algo así como una ventana que nos muestra qué podría haber pasado si las cosas se hubiesen dado de forma diferente, o, incluso, que podría pasar en el futuro si el virus de la gripe (o de cualquier otra enfermedad) muta para mal.

        No hay mucho más que decir, salvo que Portadores es una buena opción a la hora de ir al cine.


Ficha técnica:
Título original: Carriers
Año: 2009
Duración: 85 min.
País: Estados Unidos
Director: Àlex Pastor y David Pastor
Guión: Àlex Pastor y David Pastor
Reparto: Chris Pine, Piper Perabo, Lou Taylor Pucci, Emily VanCamp
Productora: Ivy Boy Productions / This Is That Productions / Paramount Vantage / Likely Story
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20 de julio de 2010

TRAILER DE LA CÚPULA

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La semana pasada llegó a las librerías de Argentina la última novela de Stephen King, La cúpula (Under the Dome). Dado que tiene más de 1100 páginas y que cuesta la bochornosa suma de 149 pesos, supongo que tendremos que esperar un poco antes de emitir algún juicio sobre ella. Mientras tanto, y para mitigar un poco la ansiedad, les dejo el trailer del libro.
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  • Más sobre Stephen King en El lugar de lo fantástico:

- «La cúpula, de Stephen King» (aquí)
- «Después del anochecer, de Stephen King» (aquí)
- «Duma Key, de Stephen King» (

aquí)
- «Trailer de Duma Key» (
aquí)
- «La nueva novela de Stephen King: Under the Dome» (aquí)

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23 de junio de 2010

TERMINÓ LOST

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         Lost, una de las series de televisión que más dio que hablar en los últimos tiempos, llegó a su fin y produjo la aceptación y el rechazo de millones de seguidores en todo el mundo. Los artículos y los comentarios coparon los medios gráficos, televisivos e informáticos con polémicas sobre si el final estuvo o no a la altura de lo que la serie fue planteando a lo largo de sus seis temporadas. Se dijo mucho, se interpretó mucho y, fundamentalmente, se divagó mucho. Por mi parte, no voy a aventurar ninguna interpretación sesuda sobre el final (eso ya se ha hecho bastante) ni tampoco voy a revelarlo (por si alguno no lo vio todavía y quiere matar el tiempo leyendo este post), sólo voy a dar mi percepción general de la serie.

         Soy de los que opinan que hay mucha basura en la televisión y que, la mayor parte del tiempo, es más productivo hacer cualquier cosa antes que sentarse delante de la «caja boba». Ignoro cómo es en otras partes del mundo (supongo que igual), pero en Argentina la televisión está cada vez peor. Y cuando llega a un punto en donde parece que ya no puede empeorar, empeora un poco más. Y de repente, del Norte nos viene una serie que no sólo nos entretiene, sino que además nos hace pensar. Y nos hace pensar en serio, sin sentidos figurados o metáforas. Lost hizo pensar a personas que no se creían capaces de hacerlo.

         Lost no es la primera serie buena del siglo XXI ni mucho menos. He visto varias que me han gustado y que tuvieron una buena producción que las respaldó (podría nombrar a Nip-Tuck, Six Feet Under o The Sopranos, para dar algunos ejemplos), pero Lost ha sido la primera que me ha «enganchado» hasta tal punto de sacrificar horas de sueño (muchas horas de sueño) para ver «un capítulo más». Y esto no fue obra del azar ni una cuestión estrictamente personal (conocí a varias personas mucho más enganchadas que yo que, incluso, dejaron de dormir del todo por una dosis más de ficción isleña). No. Esto se debió a que el suspenso estuvo bien manejado y las historias de los personajes fueron atractivas y atrayentes. Lost nos mostró que detrás de toda persona (ya sea cirujano, rockero o delincuente) hay escondida una considerable cantidad de miseria, una parte en blanco que busca un sentido para seguir viviendo. Y es que los personajes estaban perdidos desde mucho antes de llegar a la isla, y seguirían estándolo mucho tiempo después. Además, con el hábil recurso de revelarnos primero el hecho y después la información que lo explica, nos obligaron a permanecer horas y horas delante de la pantalla del televisor y horas y horas lejos de ella simplemente esperando por los nuevos episodios.

         Con respecto al final, lo único que puedo decir es que a mí me gustó y me dejó satisfecho. Soy de las personas a las que les gusta que algunas historias cierren (al menos las que deliberadamente se abrieron en el transcurso de la trama), pero también entiendo que en una serie de seis años tampoco se puede cerrarlo todo. Hay puntos que quedaron en blanco (por nombrar dos podría señalar la importancia de Walter, que queda al final en la nada, o la verdadera historia de Libby en el psiquiátrico, a la que nunca se vuelve), pero es compresible en una serie de seis temporadas que debió durar más de lo que en un comienzo se tenía pensado. De hecho, esa intención de ser más larga se notó en varias oportunidades. Pero en conjunto, esto no le resta calidad al producto terminado. Lost es una serie muy buena, y esto es algo que sus peores detractores no pueden negar. Y el hecho de que no haya cerrado todas las historias creo que habla bien de ella. Teniendo en cuenta la naturaleza misma de la serie, me hubiese decepcionado que todo terminara de forma hermética, si se me permite el concepto. Al fin y al cabo, uno nunca llega a entenderlo todo... ni en la vida ni en el arte.
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9 de junio de 2010

PÁJAROS EN LA BOCA, de Samanta Schweblin

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  • Este artículo se publicó originalmente en la revista Sudor de tinta (N° 2).

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EL EXTRAORDINARIO MUNDO
DE SAMANTA



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1. La autora y su obra

Pájaros en la boca: la confirmación del talento


         El primer libro de Samanta Schweblin, El núcleo del disturbio (2002), puso en escena un talento innegable. Una joven de 24 años, egresada de la carrera de Imagen y Sonido de la UBA, sorprendía a todos con su libro de cuentos, el mismo que un año antes había ganado el Primer Premio en Antología de Cuentos del Fondo Nacional de las Artes y el premio nacional Haroldo Conti. Premios completamente merecidos, ya que El núcleo del disturbio pertenece a esa clase de libros que uno siempre quiere volver a leer. Ahora, más de seis años después, el talento de Samanta Schweblin se ve confirmado con su nuevo libro, Pájaros en la boca (2009). En esta compilación, quince nuevos cuentos nos permiten meternos de lleno en el universo fantástico con una frescura y una actualidad invalorables. Y una vez más, un premio, en este caso internacional, viene a confirmar el talento de esta joven narradora: Pájaros en la boca fue galardonado con el premio Casa de las Américas 2008.


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2. Los cuentos

• Un breve recorrido


         A mí entender, no hay en Pájaros en la boca un cuento mejor que otro. Por supuesto que algunos me gustaron más y otros menos, pero esa diferencia está dada sólo por el gusto y no por la calidad de los relatos: todos son perlas en un mar de perlas. Hecha esta aclaración, me gustaría hacer un breve recorrido por algunos de los cuentos que más me gustaron, para terminar con un trabajo en conjunto de dos relatos, con el fin de permitirme a mí mismo un poco más de desarrollo.

         “Irman”: Una historia oscura, que nos permite pensar que siempre, pase lo que pase, la vida debe continuar. Dos hombres viajan en auto por la ruta y deciden detenerse en un bar para saciar su sed. El bar está vacío y a atenderlos se acerca el dueño, un hombre de escasa estatura, casi un enano, aunque sin serlo en rigor. El dueño se ve preocupado, y efectivamente lo está: en el suelo de la cocina yace su esposa muerta, la única que lo ayudaba con el bar y llegaba a la puerta de las alacenas superiores. La desesperación del hombre se vuelve evidente: poco importa que su esposa esté muerta en el piso, lo que importa es que en esas circunstancias no puede atender a la clientela. Entonces les ofrece trabajo a los dos viajantes…

         “Mariposas”: Un cuento simbólico, que deja bien en claro que en muchas ocasiones las obsesiones de los padres pueden ser la ruina de sus hijos.

         “Conservas”: Tal vez el mejor (insisto, por una cuestión de gustos, nada más) cuento de la compilación. Una pareja de jóvenes se resiste a la idea de ser padre y madre, al menos todavía. Entonces, ante la realidad inobjetable de un embarazo temporalmente no deseado, se someten al tratamiento de un extraño doctor que les asegura la posibilidad de retrasarlo hasta el momento que ellos consideren oportuno.

         “Papa Noel duerme en casa”: Un estupendo relato sobre la ruina de una familia vista desde los ojos mágicamente engañados de un niño.

         “Pájaros en la boca”: Digno de dar el nombre a la compilación, este cuento es sencillamente una obra de arte. Nos muestra cómo un padre puede hacer lo que fuera por el bienestar (físico y psicológico) de su hija, incluso cuando eso signifique avalar una conducta siniestra, salvaje y antinatural.

         “La furia de las pestes”: Un censor llega a un pueblo tranquilo, donde nota que todos, hombres y animales, están sumidos en la más absoluta apatía. El peligro se presenta cuando advierte, ya demasiado tarde, que la modorra se debe a la costumbre de vivir sin comer, necesidad olvidada por los pueblerinos pero recordada cuando el censor les muestra un puñado de azúcar. Entonces, la necesidad se vuelve presente con su reconocimiento, y para saciarla vale absolutamente todo, incluso la furia y la violencia.

         “Cabezas contra el asfalto”: Cuento que podría verse como la continuación no consecutiva de “La pesada valija de Benavides”, el último relato de El núcleo del disturbio. Tanto en uno como en otro se puede ver la violencia como sustento del arte y como la medida de su reconocimiento. Un hombre que tiene el impulso de sujetar a algunas personas por el pelo (generalmente orientales) y romperles la cabeza a golpes contra el suelo, vende sus cuadros (retratos de esa conducta criminal) por millones.

         Valgan estos siete ejemplos para introducirlos un poco en ese mundo extraordinario de Samanta Schweblin. El resto de los cuentos son tan buenos como los que comenté, y no dudo que aquellos que se animen a leerlos saldrán sumamente satisfechos.


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3. Dos cuentos

• Las percepciones del tiempo: “Última vuelta” y “La medida de las cosas”


         El género fantástico nos permite jugar con las convenciones y reírnos de las leyes inmutables. El tiempo, el espacio, la gravedad, etc., todo, absolutamente todo, es pasible de ser trastocado. En estos dos cuentos de Samanta Schweblin, “Última vuelta” y “La medida de las cosas”, podemos apreciar cómo el tiempo y la linealidad de la vida se ven alterados ante la realidad de los acontecimientos. En “Última vuelta”, una niña y su hermana se divierten en una calesita montando dos caballos y fantaseando con que son indias hermosas que van a vivir en un gran castillo, hasta que la calesita se detiene y ellas se ven obligadas a abandonar sus sueños y con ellos la niñez, fuente de toda fantasía. La cuestión es que fuera de la niñez espera la vejez y la decrepitud, la soledad y la muerte próxima. En “La medida de las cosas”, Enrique Duvel, un soltero rico que vive con su madre, se acerca a la juguetería de su barrio pidiéndole a su dueño la posibilidad de quedarse allí, alegando que su madre le ha quitado el auto, lo a echado de su casa y lo ha dejado en la calle. El dueño de la juguetería (y narrador de la historia) se apiada de quien es su mejor cliente y lo deja quedarse. Entonces, Enrique comienza a hacer cambios en el local, acomodando los juguetes en nuevas y novedosas formas, llamando la atención de los clientes y multiplicando los ingresos del lugar. Por fin, el narrador nota que su ex cliente y actual empleado tiene comportamientos extraños: hay productos que no expone a la venta; habla poco y, cuando lo hace, su tono es incómodamente servicial; come sólo lo que le gusta y si no no come; cada vez se encierra más en su propio mundo, como un autista en progreso. Con el tiempo, son cada vez más los juguetes que esconde de la vista de los clientes y las ventas vuelven a bajar. Cuando el comportamiento de Enrique llega al límite de su excentricidad (se acomoda en cuclillas y pide que por favor nadie le vuelva a pegar), llega su madre autoritaria, una madre digna de Norman Bates, en su búsqueda, dando paso a una resolución inesperada y perturbadora.

         Lo que ambos cuentos plantean es la ruptura de la linealidad del tiempo en relación con los procesos orgánicos individuales y cómo eso afecta a la edad biológica de las personas. Dicho más brevemente: según lo que nos ocurra, nuestra edad cronológica puede verse alterada. Así, puede haber personas que envejezcan de golpe y prematuramente (“Última vuelta”), mientras que otras, ya adultas, pueden verse arrastradas a sus años infantiles (“La medida de las cosas”), en un viaje propio de un enfermo de Alzheimer. Sólo que en estos cuentos las regresiones o las proyecciones no son sólo mentales, sino también físicas, y esto es algo que deja pensando. Se me viene a la memoria una frase de algún libro de autoayuda: cada uno tiene la edad que cree (o quiere) tener. A partir de estos cuentos, se podría decir que cada uno tiene la edad que puede tener, según lo que le pase. La carencia de fantasías y de lazos familiares nos provocaría un envejecimiento abrupto, mientras que la permanencia en un lugar infantil y la amenaza de una madre despótica nos llevarían a un retroceso biológico que nos impediría salir de la niñez. Sería interesante echar un vistazo a nuestro alrededor y ver hasta qué punto esto puede cumplirse en la vida real (fuera del mundo extraordinario de Samanta). Y así, cuando veamos a una persona de cincuenta años que parece de treinta o a una persona de treinta que parece de cincuenta, podemos interrogarnos sobre ese “parece” y empezar a pensar si a lo mejor esas personas de cincuenta o de treinta realmente no tienen treinta o cincuenta, respectivamente.


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- Schweblin, Samanta, Pájaros en la boca, Buenos Aires, Emecé, 2009.

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Samanta Schweblin
(Buenos Aires, 1978) es egresada de la carrera de Imagen y Sonido de la UBA, donde se especializó en el área de guión cinematográfico. Su primer libro de cuentos, El núcleo del disturbio, obtuvo el premio del Fondo Nacional de las Artes 2001 y el premio nacional Haroldo Conti. Muchos de sus cuentos fueron editados en revistas y antologías latinoamericanas y extranjeras, y ya han sido traducidos al inglés, al francés, al alemán, al sueco y al serbio. Pájaros en la boca, su segundo libro, obtuvo el premio Casa de las Américas.


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  • Más sobre Samanta Schweblin en El lugar de lo fantástico:
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- «El núcleo del disturbio, de Samanta Schweblin» (aquí)
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26 de abril de 2010

¡ESTÁ VIVO!: otra remake lamentable

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        Se acaba de estrenar en la Argentina la remake homónima del clásico de 1974 ¡Está vivo! (It’s Alive!). Si se considera de forma independiente, el nuevo film es malo, y si se lo compara con la versión original, es pésimo. Sigo preguntándome con qué necesidad se hacen remakes de buenas películas si no se mejora nada de ellas, y, aún peor, se echa a perder lo bueno que tienen. Dudo que Hollywood carezca de buenos guionistas o personas capaces de escribir historias originales. Lo que creo es que se apuesta a lo que ya antes ha tenido éxito para ahorrar dinero e ir a lo seguro. Se busca la fórmula del éxito arriesgando poco y ganando mucho, sin que importe la calidad de lo que se presente. ¡Está vivo! no es más que una prueba rotunda de ello.

         La historia nos muestra a una pareja de jóvenes que decide llevar a buen término un embarazo no esperado. Para ello, Lenore, la joven protagonista, deja sus estudios universitarios y se muda a la casa de Frank, su novio. Por un momento, todo parece marchar bien, pero al poco tiempo las cosas se complican: el bebé, con apenas seis meses de gestación, ha crecido mucho y demasiado rápido, y está listo para nacer. Una cesárea de urgencia permite que el niño y la madre salgan bien de la sala de parto, aunque son los únicos en hacerlo: alguien o algo ha asesinado de forma salvaje a todos los doctores y enfermeras que participaron de la intervención. Con el crimen irresuelto y sin tener a quien culpar, la policía deja que la madre y su pequeño vuelvan a su casa. Hasta aquí, del niño sólo se dice que es grande y fuerte para su edad, pero no se menciona nada que lleve a pensar en una anormalidad monstruosa. De hecho, Frank admite, frente a la cuna, que no entiende cómo algo tan bello pudo haber salido de ellos. Palabras que se ven contradichas más adelante, cuando se hace un primer plano del pequeño y se ve que es un verdadero monstruo. La causa de su mutación se remonta más allá del comienzo de la historia, cuando Lenore intentó interrumpir el embarazo incluso antes de informarle a Frank del mismo. En aquel entonces, Lenore compró por internet unas pastillas que, en teoría, deberían haberle producido un aborto, pero que no lo hacen y le dan una nueva oportunidad de tener a su hijo. Luego, por supuesto, la historia avanza, los asesinatos se multiplican y la sangre inunda la pantalla constantemente, ante la confusión de todos menos de Lenore, que desde el comienzo descubre la naturaleza de su hijo y hace todo lo posible para ocultarla.

         La película es bastante aburrida, predecible y por momentos tan inverosímil que llega a lo ridículo. Que un niño sufra mutaciones que lo lleven a poseer una fuerza inusitada y un hambre voraz es, dentro del mundo de la ficción, verosímil. Lo que no es verosímil, bajo ningún punto de vista, es que un niño de dos semanas sepa cortar la electricidad de una casa y trabar una puerta. No hay ninguna mutación que pueda justificar eso. Además, la falta de suspenso se convierte en tedio y las muertes son, una tras otra, tan predecibles como intrascendentes.

        La versión original de 1974 fue escrita, producida y dirigida por Larry Cohen, quien, incomprensiblemente, participó en la puesta en escena de esta lamentable versión dirigida por Josef Rusnak. Todo lo bueno que poseía (y aún posee, por fortuna) la primera ¡Está vivo!, la remake lo ha perdido. En primer lugar, en la versión de 1974 no hay contradicción entre lo que se dice en un momento y se muestra en otro: el niño, desde que nace, es un monstruo, y no hay secreto en eso. Asimismo, sólo la primera película tematiza la humanidad del pequeño, muy al estilo Frankenstein. Si bien es deforme y asesino, ¿es o no una persona? Este dilema se traslada al título, que utiliza el «It’s», con el que se designa a las cosas y a los animales, y no el «He’s», que denotaría a un ser humano. Como dije, estas cuestiones desaparecen en la remake, como también desaparece el trabajo con los sentimientos del padre (verdadero protagonista en la versión original y apenas un títere en la remake) y con la posición inescrupulosa de los laboratorios.

        No tengo mucho más que agregar, salvo que ya estoy cansado de las remakes. Espero que en lo sucesivo empiecen a haber nuevas y originales películas. De lo contrario, dejaré de visitar los cines y me quedaré en casa viendo los clásicos de siempre, que en algún punto, y hoy más que nunca, son los únicos que vale la pena ver.


Ficha técnica
Título original: It's Alive
Año: 2008
Duración: 80 min.
País: Estados Unidos
Director: Josef Rusnak
Guión: Larry Cohen, Paul Sopocy y James Portolese (Remake: Larry Cohen)
Reparto: Bijou Phillips, James Murray, Raphaël Coleman, Owen Teale, Ty Glaser
Productora: Alive Productions / Amicus Entertainment / Foresight Unlimited / Millennium Films
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2 de abril de 2010

REFLEXIÓN EN SEMANA SANTA

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«Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?». Lc 18, 8.
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         Recuerdo que de niño mis festividades favoritas eran la Navidad y la Pascua. La primera por los regalos y la segunda por ese algo especial que sentía a mi alrededor: las películas Jesús de Nazareth, Rey de reyes y Los diez mandamientos; las misas y el Vía Crucis; el pescado en la mesa (en casa nunca comíamos pescado, por lo que el suceso no pasaba inadvertido). Por supuesto, también estaban los días libres y los huevos de chocolate, pero no era por ellos que me gustaba la Semana Santa. Lo que más me atraía era la sensación de vivir por unos días en un mundo distinto, más renovado, puro y místico. A medida que fui creciendo, el misticismo fue perdiendo fuerza y presencia en un momento histórico en el que, cada vez más, se relega lo religioso en pos de otros intereses.

         No pretendo hacer un post religioso ni juzgar a aquellos que, como no cristianos, tienen todo el derecho del mundo a pasar sus horas como se les dé la gana. ¿Por qué, si una persona no cree en Dios, tiene que guardar el viernes o tolerar toda una programación televisiva religiosa? Recuerdo que mis padres me contaron que, cuando ellos eran niños, las radios en Semana Santa sólo pasaban música sacra. ¿Por qué una persona con creencias diferentes debe tolerar eso? Bueno, hoy por hoy no tiene que hacerlo: la televisión ofrece muchas otras opciones y las radios transmiten como en cualquier momento del año. En la calle, prácticamente nada hace pensar en una conmemoración santa: algunos negocios cerrados, chocolate por todas partes y los centros turísticos repletos son los únicos indicios de la muerte y resurrección de Jesucristo.

         No voy a decir, porque en realidad no lo creo, que antes era mejor. Obligar a las personas a celebrar algo en lo que no creen no es el camino adecuado, aunque me gustaría que el mundo creyera más, como me gustaría creer más yo también. Soy cristiano, más exactamente católico, y vivo con pesadumbre la progresiva falta de fe. No me refiero al incumplimiento de los ritos, sino a la postura de completo desinterés hacia lo divino (a veces me imagino a Jesús en el Paraíso, mirando a la humanidad y pensando que conserva más cicatrices en su cuerpo que seguidores en la Tierra). Varias veces oí la expresión «católico (o creyente) no practicante». Bueno, en estas fechas es cuando queda en claro que dicha expresión es una falsedad, una mentira que las personas se dicen a sí mismas para no admitir que dejaron de creer. Creer significa, de algún modo, asumir, y, al asumir, nuestras prácticas se ven alteradas. La fe, es verdad, no necesita de la práctica, pero necesariamente ésta se ve transformada por aquélla. El creyente que vive como si no lo fuera no es creyente. La persona que cree tal vez no vaya a misa o no siga todos y cada uno de los preceptos de la Iglesia, pero de alguna manera practica su fe. En algún punto debe hacerlo.

         Tal vez el feriado deba ser sólo para los creyentes. Así dejaría de ser una razón para tomarse vacaciones o para salir a bailar desde el miércoles hasta el domingo. No es bueno obligar a las personas a celebrar algo en lo que no creen, pero tampoco es bueno que las personas que no creen se valgan de la celebración de los creyentes para tomarse días libres. Si vamos a lo justo, lo justo es justo.

         Muchos se quejan de que los valores se están perdiendo, de que la gente es cada vez más violenta y maleducada, de que estamos cada vez peor… No sé si es cierto; pero si lo es, me preguntó cuánto tendrá que ver el abandono sistemático de las creencias religiosas. En todo caso, me imagino que mucho.

         Por último, los invito a leer (o a releer) el post «Elí, Elí, lamá sabactani», que reflexiona sobre las últimas palabras de Cristo en la cruz y que tanto tiene que ver con estos días.
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