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1 de mayo de 2021

LA RESISTENCIA DE LA CULTURA

Sobre cancelación, deformación histórica y lucha cultural.

 



Hace poquito mencioné en un estado a Sabato y reflexioné sobre cómo nosotros, personas del siglo XXI, fracasamos en relación con aquel pedido suyo de "resistir" ante el avance de un mundo vertiginoso, tecnocrático y tecnólatra. Ayer, 30 de abril, se cumplieron diez años de su muerte, ocurrida en 2011. Ahora, me gustaría decir algunas cosillas más. 

Para empezar, voy a citar una frase del ensayo que mencioné en aquella ocasión, La resistencia, publicado en 2000, pero vigente en todo momento, principalmente ahora:

 

"La humanidad está cayendo en una globalización que no integra culturas, sino que las desintegra para imponer sobre ellas un patrón uniforme que permita incorporarlas al sistema mundial". [1]

 

            Es decir, la humanidad está perdiendo su identidad justamente por buscar una identidad común, que barre con las diferencias y nos vuelve a todos iguales, en pos de una absurda idea de justicia que cree que diferenciarse es discriminarse. Y esto no sólo lo podemos ver en la actualidad, donde, por dar sólo un ejemplo, decirle “negro” a una persona es insultarla, independientemente del contexto y de las intenciones del hablante y del referente[2], sino también en la mirada miope que ejercemos sobre la historia. Vivimos en una época que sacrifica la verdad histórica a las corrientes del pensamiento en boga. Así, vemos a una Ana Bolena negra o a una Marie Curie que se enfrenta a su marido por verse “silenciada” en una relación machista y patriarcal. Dos hechos completamente falsos, que en el caso de Curie llega incluso a ultrajar la vida misma de aquella a la que se quiere (supuestamente) rescatar[3]. En resumidas cuentas, como el racismo está mal, hagamos justicia mostrando que Ana Bolena era negra. ¿Qué queda?, ¿decir que Federico Barbarroja era mujer porque el machismo es malo? Todavía no se llegó a tanto… Hasta ahora, al menos. 

Somos chicos caprichosos que desean ver su verdad estampada en el frágil cristal de la realidad, y como eso no se puede conseguir estudiando, entonces deformamos, mentimos y alteramos todo. Para lograr esto, la ignorancia y la censura (hoy llamada “cancelación”) funcionan como estandartes de una cultura que no sólo ve lo que quiere ver, sino que, como lo que quiere ver no existe, lo inventa, silenciando a todo aquel que levanta la voz para denunciar el atropello. 

De hecho, en menos de un mes vi cómo FB, por un lado, me censuró el análisis de una novela de Dean Koontz por dar información falsa sobre la realidad (como si la ficción tuviera que confirmar a la ciencia) y bloqueó la cuenta de un contacto por un comentario que incitaba al odio, mientras que IG, por el otro, bloqueó la cuenta de mi hija de 11 años por razones similares... Me acuerdo de cuando llegaron las redes sociales y se hablaba de una "democratización de la información" y de una "libertad de expresión" imparable. Según se decía, ya ningún tirano iba a poder controlar lo que pensara y dijera la gente. Claro, ningún tirano podría hacer nada, pero nadie pensó en los directores de estas enormes empresas y en sus algoritmos idiotas, incapaces de percibir la ironía; tampoco pensaron en la ignorancia de aquellos que quieren “dirigir la historia” y llevar a la humanidad a una “libertad” en la que sólo se diga, se piense y se haga lo que ellos desean que se diga, se piense y se haga. Suele decirse que la ignorancia es atrevida. Yo agregaría que es, también, rabiosa en su despliegue de mediocridad. 

            Volviendo a Sabato. ¿Qué diría él si pudiera ver en lo que nos convertimos y en lo que, violenta y ciegamente, persistimos? Ernesto Sabato murió hace diez años, poco antes de cumplir los cien. No obstante, no creo que sea incorrecto afirmar que, en esta última década, el mundo experimentó más cambios que los que el escritor nacido en Rojas presenció a lo largo de toda su extensa vida. 

 

 

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[1] Sabato, Ernesto. La resistencia. Buenos Aires, Seix Barral, 2006, pág. 63.

18 de abril de 2021

TRUCULENCIAS, de Juan Esteban Bassagaisteguy

 





Me gustaría hablarles de Truculencias, una compilación de cuentos de Juan E. Bassagaisteguy, publicada por Sello Fantasma en 2018. Para empezar, el libro en sí, como objeto, es una preciosura, con un inusual formato de 15 por 15 cm, papel ilustración y dibujos de Pilar Minoli, Melisa Rúa, Adriana Morales, Federico Cáceres, Germán Morón y Jessica Bilbao. Con sólo llegar a nuestras manos, nos cautiva. Ahora bien, como lo importante de un libro es lo que nos cuenta, pasemos a hablar de los relatos de Bassagaisteguy.


Truculencias contiene 13 cuentos de terror fantástico. En ellos, Bassagaisteguy nos hace experimentar lo sobrenatural como aquello que se esconde en los pliegues de lo que percibimos, disponible sólo para unos pocos. En este sentido, las leyes de la naturaleza no serían más que ordenamientos dirigidos a la mayoría de los seres humanos, mientras que una minoría tendría acceso a la verdadera realidad, ésa que no sólo pacta con aquellas leyes, sino que también las supera o (¿por qué no?) las niega.

 

Entre los cuentos que más me gustaron se encuentran “Mate frío”, “El ermitaño” y “La primera vez”. En “Mate frío” tenemos una especie de spin off de nuestro Martín Fierro, con un personaje que todos conocemos, pero del que nunca se dijo lo suficiente. Así, en apenas unas cuantas páginas, Bassagaisteguy dota al clásico argentino de un trasfondo sobrenatural y hace justicia en donde antes había silencio.

 

En “El ermitaño”, un médico es testigo de un apocalipsis inesperado. Lo interesante en este relato es que los milagros (o incluso el mismo fin del mundo) pueden estar vacíos de significado: no hay más que lo que está ocurriendo; y eso, a veces, no nos dice mucho. Incluso, puede que no nos diga nada.

 

Finalmente, me quiero detener en el cuento “La primera vez”. Acá, Bassagaisteguy utiliza una leyenda local (no diré cuál, con el fin de evitar cualquier spoiler) para ponernos la piel de gallina. Más de una vez leí en artículos y en trabajos supuestamente críticos que en la Argentina no se utiliza el bestiario de nuestra tierra por privilegiar a los monstruos venidos del norte, en especial a los vampiros. Juan Bassagaisteguy nos revela dos cosas: primero, que hay escritores que sí se nutren de las leyendas autóctonas; y segundo, que muchos críticos no leen más que lo que se vende en Yenny. Además, en “La llorona”, el penúltimo cuento del libro, el autor se apropia de dicha leyenda (de origen prehispánico y muy importante en la cultura mexicana) y la acomoda a la idiosincrasia de nuestro suelo actual.

 

Como cierre, no puedo más que recomendarles todas las historias de Truculencias. Se van a estremecer, se los aseguro.

 

 

 

- Bassagaisteguy, Juan Esteban. Truculencias. Buenos Aires, Sello Fantasma, 2018.

 

 

 

***

Sobre el autor: Juan Esteban Bassagaisteguy nació en Rauch (donde transcurren muchas de sus historias) en 1973. Participó en distintos concursos literarios, obteniendo varias distinciones, entre las que se destacan: finalista en la 2da Convocatoria de Narrativa de la editorial La otra gemela en 2017; el 2do premio en el 4to Concurso Nacional de Literatura organizado por el Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Provincia de Salta en 2016; el 1er premio en los Concursos Literarios organizados por la Biblioteca Popular Guido y Spano de Rauch en 2013 y 2014; y el 1er premio en el Concurso Zombi organizado por la revista literaria El Tintazo de Colombia en 2013. Truculencias es su primer libro de cuentos, seguido por Asesinarte (Tinta de escritores, 2020).

11 de abril de 2021

DEAN KOONTZ Y LA HERENCIA DE JULIO VERNE


 Virus y vacunas

 




El año pasado, cuando la pandemia ya era una realidad innegable para todos, se recordó que el escritor norteamericano Dean Koontz había “predicho” el nuevo virus y no sólo eso, sino también el lugar de su origen: la ciudad china de Wuhan. En efecto, en la novela Los ojos de la oscuridad (The Eyes of Darkness), publicada originalmente en 1981, Koontz cuenta que el gobierno chino creó un virus letal llamado “Wuhan-400”, con el fin de utilizarlo como arma biológica. Acá quiero hacer un paréntesis. La mención de Wuhan no fue más que una casualidad dada por las circunstancias. En realidad, Koontz había elegido como los hacedores de este virus a los rusos y ubicado el laboratorio en Gorki (de hecho, el virus se llamó en un principio “Gorki-400”), pero como estaban en pleno contexto de la guerra fría, sus editores le recomendaron cambiarlo. Entonces apareció China y Wuhan. Hoy, tanto Koontz como sus editores deben de estar bailando sobre una de sus piernas y reconsiderando su concepción de la idea del destino y de la diosa Fortuna. Y no es para menos, las ventas de Los ojos de la oscuridad se dispararon, ya se habla de reediciones y el nombre de Koontz, siempre secundario en relación con su némesis, Stephen King, vuelve a ocupar un buen espacio en los titulares de todo el mundo.

 

Ahora bien, me pregunto cuánto van a tardar en decir que en la novela Visiones (By the Light of the Moon), de 2002, nuestro autor de Pensilvania habla de un científico loco que desarrolla una tecnología diminuta (a la que llama “nanobots”), capaz de ser inoculada en los seres humanos por medio de una inyección para así lograr una evolución forzada del cerebro humano. En medio de una historia de suspenso, repleta de persecuciones y de fenómenos paranormales, Koontz explica cómo los famosos “chips” pueden formar parte de una vacuna. Teóricos de la conspiración, atentos.

 

            Nuevamente, vemos cómo Dean Koontz nos habló, en el pasado, de cosas que iban a desvelar a muchos en el futuro, en un registro que tendemos a relacionar más con escritores como Robin Cook o Michael Crichton que con él. ¿Quién dice? A lo mejor, quien ahora suele ser mencionado como el que nunca pudo estar a la altura de Stephen King se termine convirtiendo, para un futuro no muy lejano, en un digno sucesor de Julio Verne.



20 de marzo de 2021

DESATORMENTÁNDONOS, de José María Marcos






«A la vuelta, mi padre me mandó a dormir y pude escuchar que siguieron discutiendo. No sé cuántas horas, porque, si bien intenté quedarme despierto, el sueño me venció. ¿Qué más podía pasar? Tarde o temprano, el sueño vence a los vivos y a los muertos que sufren insomnio.»

José María Marcos, «El abuelo Bubby» en Desatormentándonos.



Razones ocultas: el número «10»

 

Cuando terminé de leer Desatormentándonos, no pude evitar preguntarme por qué un libro así tuvo que esperar diez años para ver la luz. La historia de la literatura está llena de paradojas y de casos en los que los libros toman caminos misteriosos e inexplicables, como si siguieran los designios de una deidad textual caprichosa. Esto parece haber ocurrido con la compilación de cuentos que hoy nos ocupa. Su autor, José María Marcos, de forma consciente o tal vez sin saberlo, pareció seguir, con coherencia y disciplina, una constante que tiene al número «10» como protagonista.

Sin intención de hacer numerología, se puede señalar que, a veces, ciertos números se destacan en algunos textos. En la Divina Comedia, por ejemplo, podemos ver cómo, entre otras tantas claves alegóricas, sobresale el número «3»: tres partes, treinta y tres cantos, tres protagonistas, estrofas formadas con tercetos encadenados… En el caso de Desatormentándonos, es el número «10» el que no deja de llamarnos la atención, principalmente por las relaciones extratextuales que se establecen con él. Diez cuentos, que tardaron diez años en reunirse en un único tomo, justo para conmemorar los diez años de vida de la editorial Muerde Muertos, en el año 2020 (es decir, «2» veces el número «20», que si lo dividimos justamente por «2» nos da «10»). Así, vemos que el motivo por el cual este título tuvo que esperar una década para nacer nos trasciende, guarda razones misteriosas y hace de él (cuando no de nosotros, sus lectores) un elemento digno de una de sus historias.

En fin, existen cuestiones que no podemos entender, mandatos que seguimos y cumplimos sin siquiera darnos cuenta. El mundo, en muchas ocasiones, se nos rebela peligroso en la imposibilidad de explicar sus fenómenos. Es ese mundo que, no pocas veces, nos atormenta. Por suerte existen libros como éste: para poder conjurar el miedo con el terror; para perdernos en sus historias; para, en definitiva, desatormentarnos.

 

 

Terror desde todos los frentes

 

Los cuentos de Desatormentándonos nos muestran diferentes argumentos, pero todos coinciden en dos aspectos fundamentales: el terror y lo fantástico. Las historias combinan, de manera magistral, el miedo con los pliegues oscuros de una realidad que, en el plano de las vivencias, insistimos en considerarla rígida, transparente y explicable. Desde experimentos que se vuelven en contra del experimentador hasta animales aparentemente inofensivos que traen a la Tierra el apocalipsis, el libro presenta máquinas tan humanas como un dios que se enamora, seres de la noche cuya sensualidad nos pierde en la espera que obliga su ausencia (y, fatalmente, su presencia), muertos que vuelven a la vida para enseñarnos las bondades de la muerte, entre otras tantas singularidades. El talento de José María Marcos para sorprendernos página tras páginas es notable. 

Por mi parte, me gustaría mencionar de manera especial «El Cangrejo», uno de mis favoritos. En él, un narrador ya adulto cuenta una anécdota que, según cree, casi le costó la vida cuando era chico: aquella vez en que él y su amigo Gastón Capistrano decidieron meterse en la residencia El Cangrejo, perteneciente al fotógrafo Eusebio Cardini, mientras éste se encontraba en la taberna del pueblo. Lo que comienza siendo una travesura inocente (los chicos no buscaban más que «robar» nísperos y ciruelas) se convierte en una experiencia traumática que llegará a romper las leyes naturales tales y como las conocemos. «El Cangrejo» es un relato fantástico de una precisión milimétrica, que deja al lector alucinado. Poseedor de un final sorprendente (del que no diré nada para evitar todo posible spoiler), llegamos a él poco a poco, en una especie de descenso a lo inquietante. Cuando lo terminé de leer, no pude más que quedarme en silencio, con la vista perdida en cualquier parte y la mente poco menos que desecha.

 

 

«Que sea rock»

 

El título del libro, Desatormentándonos, que también es el nombre de uno de los cuentos, hace alusión al primer álbum de Pescado Rabioso, banda legendaria del rock argentino liderada por Luis Alberto Spinetta. Este paralelismo con el rock nacional lo podemos ver también en los otros dos libros que publicó la editorial Muerde Muertos en este festejo por sus diez años. Me refiero a No obstante lo cual de Carlos Marcos (que hace referencia a Riff, banda de Pappo) y Olvidemos todo de una vez de Fernando Figueras (cuyo título es, a su vez, un verso de la canción «Estertor» de Babasónicos). Esta triada rinde, entonces, un doble homenaje: por un lado, remite a la música y, por otro, es una celebración de la misma editorial Muerde Muertos, que hace diez años nacía con tres títulos de estos mismos autores.

 

 

Imperativo categórico

 

No voy a negar que soy un admirador de José María Marcos. De hecho, considero que Muerde Muertos, novela que escribió junto a su hermano Carlos, es una de las mejores novelas de terror fantástico de la literatura argentina. Ahora, Desatormentándonos viene a continuar lo que hace diez años comenzó con Los fantasmas siempre tienen hambre, su primer libro de cuentos. Decir que recomiendo todos estos libros sería como decirle a una persona que acaba de ser mordida por una serpiente venenosa que tome el correspondiente antídoto. Más que una recomendación, es una exigencia. Lean Desatormentándonos. Lean todo José María Marcos.

 

 

Marcos, José María. Desatormentándonos. Buenos Aires, Muerde Muertos, 2020.

 

 

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Ph.: Ale Meter
Sobre el autor: José María Marcos (Uribelarrea, 1974) es escritor, periodista y editor. Publicó las novelas Recuerdos parásitos (2007) y Muerde Muertos (2012), en coautoría con su hermano Carlos; las nouvelles El hámster dorado (2014), Monstruos de pueblo chico (2015) y Frikis mortis (2016), dedicadas al público infantil y juvenil; el poemario Haikus Bilardo (2014), con Fernando Figueras; y los libros de cuentos Los fantasmas siempre tienen hambre (2010) y Desatormentándonos (2020). Magíster en Periodismo y Medios de Comunicación (Universidad Nacional de La Plata), dirige el semanario La Palabra de Ezeiza —fundado en 1994— y el sello Muerde Muertos, creado en 2010 con su hermano Carlos. 




6 de marzo de 2021

SNUFF: La película que nunca muere





            Me gustaría hablarles de Snuff, una película que sorprende por lo mala que es. Si bien se trata de una producción underground, por lo que se espera poca calidad y bajo presupuesto, nada justifica un guion tan incoherente, unas actuaciones tan ridículas y una dirección tan mala. Incluso, dado que los actores no hablaban en inglés, se agregó el sonido posteriormente, dándole al resultado final una atmósfera surrealista en la que las palabras oídas por el espectador no coinciden con las modulaciones y expresiones de los actores. Y así y todo, la película sobrevive. Su existencia como film de culto es indudable y no faltan los epígonos dispuestos a defenderla.

 

Por un lado, vemos a un grupo de motoqueras hippies lideradas por un hombre al que llaman «Satán», que van por ahí, drogas y escasa ropa mediante, cometiendo todo tipo de crímenes. La promiscuidad, el sadomasoquismo y una poco clara visión mesiánica del líder conforman la razón de ser de esta secta. Por otro parte, tenemos a una joven actriz llamada Terry London, que llega a la Argentina (donde transcurre la historia) con la intención de protagonizar una película. De una manera bastante confusa, podemos reconstruir que esta actriz sale con Horst Frank, un muchacho adinerado que, a su vez, tiene una relación con una mujer del grupo de Satán, Angellica, a quien echa para formalizar su noviazgo con Terry. La secta, entonces, se propone terminar con la vida del director de la película, la del joven Frank, la de su padre y, por supuesto, la de Terry London. La llegada de una nueva era se deja entrever entre las palabras de Satán, pero nunca queda claro cuál es su verdadero objetivo. Finalmente, la película toma un giro y, en los últimos minutos, nos muestra que todo fue parte de un film y que estamos ante el recurso de «una película dentro de una película». Esta última escena (filmada tiempo después y con actores que no aparecen antes) es lo más interesante de la cinta, ya que intenta hacernos creer que se produce un asesinato real frente a la cámara. Claro, las malas actuaciones y los efectos especiales paupérrimos impiden que podamos tomarla en serio.

 

La película fue filmada en 1971 con el nombre Slaughter y bajo la dirección de Michael Findlay y el argentino Horacio Fredriksson. En 1976, el productor Allan Shackleton decidió agregarle la última escena (dirigida por Simon Nuchtern) y estrenarla con el nombre de Snuff. Para generar notoriedad, los productores realizaron (ellos mismos) una campaña de difamación, enviando cartas con protestas a distintos medios de comunicación y contratando a personas para que se movilizaran frente a los cines en reclamo por el nivel de violencia que se puede ver en el film. Además, se acompañó el estreno con frases como «El film que sólo pudo hacerse en Sudamérica… donde la Vida es Barata» o «La película que dijeron que NUNCA podría exhibirse…». Hasta tal punto llegó la polémica que se abrió una investigación, la actriz involucrada en la escena final tuvo que declarar que estaba viva y los productores debieron incluir en los títulos la aclaración de que todo era ficción. Finalmente, se descubrió el engaño publicitario.

 

Como dije en un comienzo, Snuff es una película muy mala, pero que goza de una popularidad que el tiempo no logra degastar. De hecho, la expresión «snuff» para referirse a films en los que se cometen torturas y asesinatos reales le debe a esta cinta su consolidación como expresión ampliamente utilizada. La película también se conoció con el nombre de El Angel de la Muerte o, en EE.UU, American Cannibale.

 

Por mi parte, no voy a decir que no la vean. Si lo que buscan es una historia interesante y bien contada, de seguro van a quedar defraudados. Pero si lo que quieren es pasar un buen rato, entonces ésta es una buena opción para matarse de risa con unos cuantos amigos. En definitiva, incluso las malas películas (a veces principalmente las malas películas) nos dan buenos momentos.

 

 

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Título original: Snuff

Año: 1976

Duración: 76 min.

País: Argentina y EE.UU.

Dirección: Michael Findlay, Horacio Fredriksson y Simon Nuchtern

Guion: Michael Findlay, Roberta Findlay

Música: Rick Howard

Fotografía: Roberta Findlay

Reparto: Liliana Fernández Blanco, Ana Carro, Alfredo Iglesias, Clao Villanueva, Michael Findlay, Mirtha Massa, Roberta Findlay, Aldo Mayo

Productora: August Films, Selected Pictures



13 de febrero de 2021

EL INQUISIDOR: una película olvidada



Hoy quiero hablarles de El inquisidor, una coproducción argentino-peruana que tuvo (y tiene) todo para ser una cinta de culto y que, sin embargo, fue (y es) relegada al olvido más obstinado. Dejando de lado su proyección en el IV festival Buenos Aires Rojo Sangre en 2003 y el artículo “El Inquisidor, una película maldita” de Pablo Sapere para QuintaDimension.com (también de 2003), no hay mucho material al respecto.

 

La historia nos presenta una serie de asesinatos rituales, que hacen pensar en un resurgimiento de la Inquisición en la ciudad de Lima, en plena década del 70 del siglo XX. Varias mujeres mueren en circunstancias similares: todas son encontradas quemadas vivas, con indicios de haber sido torturadas previamente, como si se trataran de brujas en la Edad Media. Si bien una de las muertes se da en Buenos Aires, no hay dudas de que los responsables actúan en Lima. Por eso mismo, un inspector de esta ciudad intentará dilucidar lo que está ocurriendo antes de que una nueva mujer sea asesinada. Lo que no tiene en cuenta es que el verdadero problema con las brujas radica en que, a veces, existen.

 

Filmada en 1975, no pudo ser estrenada en Argentina sino hasta 1986, ya que no pasó la censura del Ente de Calificación Cinematográfica, organismo fundado en 1969 y que extendió su sombra de prohibición hasta su disolución en 1984. Este hecho, que bien podría haberle jugado a favor, instalándola como una película “prohibida”, no hizo más que jugarle en contra en forma de una extraña paradoja: fue de avanzada cuando se filmó y terminó siendo anticuada al momento de su proyección. Además, tampoco se aprovechó el detalle de ser una pionera en el cine de terror latinoamericano, sino que, por el contrario, se hizo hincapié en su costado erótico, demasiado forzado, llamándola El fuego del pecado y acompañándola con la frase “Sus cuerpos ardían atraídos por insana pasión” y con un afiche de la actriz Elena Sedova abrazándose a sí misma en una pose más que sugerente. Quien haya ido a ver el film buscando mujeres apasionadas ardiendo en un fuego insano, sin lugar a dudas se debió haber llevado una buena desilusión ante semejante juego de palabras (las mujeres ardían, claro, pero no de pasión). Hasta hubiese sido más coherente exhibirla como un policial, pero en fin...

 

Y lo peor de todo es que la película está buena. Su guion es algo inconsistente, es verdad, pero así y todo entretiene, mientras que la dirección no carece de momentos destacables, como cuando combina escenas de torturas con otras, de por sí agradables, en un boliche o en la playa. Incluso, si se considera el escaso presupuesto con que contaba el equipo, no se puede más que admirar el trabajo realizado.

 

Sangre, tortura, mujeres desnudas, brujas, hechizos y la etiqueta de “prohibido”: ¿qué estamos esperando para poner la vitrina y exhibir nuestra película de culto?

 

 

 

 

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Título original: El Inquisidor — El Inquisidor de Lima — El fuego del pecado

Año: 1975 (exhibida en Argentina en 1986)

Duración: 83 min.

País: Perú / Argentina

Dirección: Bernardo Arias

Guion: Gustavo Ghirardi

Música: Tito Ribero

Fotografía: Pedro Marzialetti

Reparto: María Aurelia Bisutti, Olga Zubarry, Duilio Marzio, Elena Sedova, Jorgelina Aranda, Rosalinda Bocanegra, Guillermo Campos, Eduardo Cesti

Productora: Coproducción Perú-Argentina; Industria Andina del Cine S.A, Marlo Cinematográfica




16 de diciembre de 2020

LA SINGULARIDAD, de Francisco Rapalo




«El pasado metafísico es como un laberinto al que se accede parcialmente desde nuestro presente de inmediatez y desesperanza. De cierto modo un recuerdo es como una de las paredes del laberinto, indiscutible, nos infesta a distancia haciendo imposible volvernos frente a él. Reclamamos el pasado como nuestro, pero en realidad es el pasado el que nos reclama, alrededor del que gravitamos. No somos libres en cuanto tengamos un pasado.»

 Francisco Rapalo, La Singularidad.

  

            La Singularidad es la historia de la indagación de un hombre que no puede dejar de preguntarse por la existencia; es la búsqueda del propio ser en una realidad hecha de enajenación, de culpa, de pasado y, también, de amor.

En su casa, un joven escritor vive junto a su pareja, Leticia. Los dos mantienen una relación que hoy podría llamarse «tóxica», pero que no es más que un vínculo en el que cada uno trata de conocer al otro como medio de conocerse a sí mismo y al mundo. En medio de esta existencia mediocre y angustiante, aparece La Singularidad, un ser que habita en la pileta del patio y que tiene la facultad de traer el pasado al presente y de interpelar a los seres humanos en su más descarnada fragilidad. Ante La Singularidad no hay más camino que el abismo y la oscuridad.

            Con una maestría que no puedo más que admirar, Francisco Rapalo presenta una novela de horror existencial, en la que el miedo no es el resultado de personajes tenebrosos ni de imágenes espectacularmente macabras, sino del trabajo con la escritura, que nos va envolviendo, cual espiral, hasta el punto de hacer de ella la materia misma de la existencia. Después de todo, para poder responder las incógnitas, el narrador escribe, algo que sin lugar a dudas es un error, ya que la escritura no suele terminar con las preguntas. Al contrario, las multiplica.

            En esta búsqueda de la Verdad, en este deambular por la existencia, el narrador descubre que la frontera entre el sueño y la vigilia no siempre es clara, que el pasado no está muerto, y que la culpa, el recuerdo y la amargura son parte de lo mismo. Mirar hacia atrás es, en realidad, mirar lo que en el presente queda del pasado, lo que la culpa trae y mantiene vivo hasta el punto de convertir en fantasmas los objetos más inocentes, como un simple botón… Percibir la verdad, en cambio, es alcanzar a ver (aunque más no sea de manera fugaz) lo que se esconde detrás de bambalinas, es conseguir atisbar, de alguna manera, el fin de los tiempos.

            Felicito a Francisco Rapalo por esta novela y a la editorial De La Fosa por haberla publicado. No duden en conseguirla y leerla. Lo vale.


- Rapalo, Francisco. La Singularidad. Buenos Aires, Sello Fantasma, 2019.

 


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Sobre el autor: Francisco Rapalo nació en San Guillermo, Santa Fe, en 1993. Es estudiante de psicología. Colaboró con narrativa, poesía y ensayo en diferentes medios digitales como Periódicos Irreverente, Nadie es cool y Revista Almiar. Participó en la antología MalaSangre (2015) y la novela antológica BesoNegro (2015) de la Colección “PelosDePunta” (LaOtraGemela Editora). Finalista en la “I Convocatoria de Narrativa” de LaOtraGemela Editora; tercer lugar en el “Primer concurso literario de Tinta Chida” en categoría poesía. La Singularidad es su primera novela. En 2020 se publicó Contrafuego, novela ganadora del Primero Concurso de Novela Corta de Editorial La Galera.