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24 de septiembre de 2017

IT: Una victoria por puntos






            Es difícil escribir sobre una película como It. En primer lugar, hacer una reseña tradicional no tiene sentido. Ya todos conocen la historia, y los que no la conocen es porque no les interesa. Por ende, tampoco leerían una reseña. En segundo lugar, la nueva versión, desde el momento de su concepción, contaba ya con tres factores adversos: un libro genial como base, una película (o miniserie) que marcó a toda una generación, y, por último, una enorme expectativa (y todos sabemos que nada decepciona más que una enorme expectativa).

            En fin, no voy a escribir una reseña tradicional, por lo que me ahorraré el laborioso, insufrible y siempre inútil esfuerzo de resumir la trama. Voy a pasar sin dilación a una valoración de la película, que inevitablemente compararé con el libro y la miniserie antes mencionados.

            Para empezar, la historia de It no es sólo la historia de sus personajes, ni siquiera de Pennywise, sino también de su ciudad, Derry, ese pueblo que nació de la mente de Stephen King pero que para nosotros es tan real como cualquier otro pueblo que figure en los mapas de Estados Unidos. Derry es uno de los protagonistas, tal vez el protagonista, que si bien aparece en otras historias de King, en ninguna se lo elabora con tanta profundidad y complejidad como en ésta. Teniendo en cuenta esto, podemos ver que esta nueva versión de It es superior a la anterior de 1990. Ahora sí se puede sentir en pantalla (mucho más que antes) a la verdadera Derry.

            Con respecto a los otros protagonistas, esta nueva adaptación también sale ganando. Frente a chicos demasiado acartonados, inocentes y pulcros de la producción anterior, el actual “club de los perdedores” está compuesto por personajes más complejos, cínicos e incorrectos. Más reales, de hecho. Las nuevas interpretaciones (y Henry Bowers no queda exento) le hacen honor a ese innegable talento de King de crear personas más que personajes. Como ejemplo podríamos mencionar las relaciones de Beverly y de Eddie con sus padres, más oscuras de lo que permitía ver el film anterior. También tenemos el caso de Richie, mucho más irreverente y mordaz, que brinda una cuota de humor que no deja de ser novedosa.

            Y por último llegamos a Pennywise, el payaso. Acá tengo que admitir que la nueva versión pierde en comparación con la anterior. El actual Pennywise, encarnado por el joven Bill Skarsgård, carece de esa ambigüedad que sí tenía su antecesor interpretado por Tim Curry. Mientras que “el viejo” Pennywise alternaba una imagen simpática con otra pavorosa (lo que sin lugar a dudas generaba ese toque siniestro que acompañó a muchos de nosotros hasta las profundidades de nuestros sueños), el nuevo Pennywise siempre es malo, siempre es aterrador. Tan malo se ve que ya resulta difícil de creer que Georgie (un nene asustadizo que le teme a su propio sótano) no salga corriendo en la primera escena de la película, cuando todo comienza. Por otra parte, y a fuerza de ser honesto, hay que admitir que la relación de Pennywise con el miedo está mejor planteada en esta nueva versión. De hecho, nos permite pensar que a lo mejor eso es el miedo: un payaso que en vez de hacer reír, aterra; un payaso ridículo que tomamos en serio, y que en ese tomar en serio nos mata, nos come, nos roba la inocencia y nos impide crecer. A lo mejor eso es el miedo…

            Si me preguntan, me quedo con esta nueva versión, que promete mucho más para el segundo capítulo y que sólo un espectador perezoso podría catalogar de remake. Si bien pierde contra el libro (me permito pensar que siempre será así), gana la contienda contra su predecesora. Una victoria por puntos, pero que se da en casi todos los rounds.



***
Título original: It
Año: 2017
Duración: 135 min.
País: Estados Unidos
Director: Andrés Muschietti
Guion: Chase Palmer, Cary Joji Fukunaga, Gary Dauberman (Novela: Stephen King)
Música: Benjamin Wallfisch
Fotografía: Chung Chung-hoon
Reparto: Bill Skarsgård,  Jaeden Lieberher,  Sophia Lillis,  Finn Wolfhard,  Wyatt Oleff, Jeremy Ray Taylor
Productora: New Line Cinema / KatzSmith Productions / Lin Pictures / Vertigo Entertainment / RatPac-Dune Entertainment



29 de junio de 2017

CONVERSACIÓN CON EDUARDO



            No me gusta hablar con desconocidos. Por eso, la primera sensación que tuve cuando el señor se me acercó fue de desagrado. Estábamos en el café Havanna de Santa Rosa y Muñiz, en el límite entre Castelar e Ituzaingó. Yo acababa de concluir la jornada de perfeccionamiento docente en el colegio Alberdi y tomaba algo antes de ir a buscar a mis hijos a la casa de mis suegros; él, según me dijo, era habitué del lugar. Primero me felicitó por mi lectura, señalando el ejemplar de El Ser y el Tiempo de Heidegger, editado por Fondo de Cultura Económica, que descansaba sobre la ínfima mesa circular, después me preguntó si se podía sentar. No supe decirle que no, así que asentí.

            Según sus propias palabras, se llamaba Eduardo, tenía «setenta y tantos» años y era «un hombre de Letras». Por mi parte, podría agregar que aparentaba la edad aproximada que decía tener, en especial por su calvicie y por el escaso pelo blanco que se extendía a ambos lados de su cabeza. Me preguntó a qué me dedicaba y, con cierto recelo, le dije lo que le suelo decir a todos: que trabajaba de profesor, pero que era escritor. «Tengo un sobrino que quiere ser escritor –dijo, con una mueca que intentaba ser una sonrisa–. Quiere… Como si hiciera falta algo más».

            Hablamos cerca de cuarenta minutos. No todo lo que dijimos merece el reconocimiento de la letra escrita (de seguro nada de lo que yo dije lo merece), pero no puedo dejar de transcribir, más o menos como las recuerdo, ciertas palabras de Eduardo:

            –Es fácil saber que estamos en el final de los tiempos –dijo, dándole un breve sorbo al café que había pedido para su «nueva» mesa–. Ahora, la gente ya no vive, simplemente está viva, aguantando a base de clonazepam y de redes sociales. Antes no era así. Dante, Shakespeare, Cervantes… Vivían. No tenían vidas, ¡las hacían! Perseguidos, encarcelados, ocultos detrás de máscaras… Piense en Larra. ¡Pegarse un tiro a los 27 años, resolviendo de manera definitiva la cuestión hamletiana! ¿Qué hacen ahora los escritores? Si tienen suerte, viven en sus mansiones, rodeados de lujos, escribiendo historias para el olvido y dando conferencias para cholulos; y si no les va bien, si no tienen suerte, dan clases a un montón de adolescentes que no saben leer, a los que ni siquiera les interesa hacerlo. (Estuve a punto de decirle que ésa era mi situación, pero opté por no interrumpirlo.) Alguno que otro, entre los que tienen suerte y los que no, dicta un taller en el que pretende enseñar lo que sabe que no se puede transmitir. ¡Todo un circo! ¡No son más que un montón de nenes que buscan aprobación con libros malos, con historias que no valen la pena! A nadie le importa ser escritor, sino sentirse uno, verse como uno. ¿Qué se puede esperar de esta era donde todos se sacan fotos, fingiendo felicidad donde sólo hay miedo, depresión, evasión, envidia…? Es más fácil construir una mentira por internet que cambiar de vida en la Tierra.

            Tomó un nuevo sorbo de su café y miró por la ventana. Movía nerviosamente su pierna, como si tocara el tambor de una batería.

            –Pero no les pasa sólo a los escritores –siguió–. Ya nadie se hace adulto. Ahora son todos estúpidos, idiotas, todo el día con el celular en la mano, con demasiado miedo para mirar a la vida de frente. Tal vez Nietzsche fue el último hombre en mirar al abismo. Podemos discutir si hizo bien en hacerlo, si le hizo bien hacerlo… ¡Pero lo hizo! Hoy el hombre huye del abismo, y prefiere la cómoda muerte de una vida mediocre… De alguna manera, las personas se convencieron de que vivir es distraerse.

            Un nuevo sorbo. La vista iba y venía de la ventana que daba a la calle Muñiz a mis ojos. Una y otra vez. Su pierna seguía moviéndose al compás de un ritmo mudo.

            –Perdone mi entusiasmo, pero me indigna. Cuando lo vi leyendo a Heidegger no pude más que acercarme. Ya no veo a muchos jóvenes leyendo, mucho menos libros como ése. Vivimos tiempos difíciles. Tristes. Ya ni siquiera la idea de Dios sirve para algo. ¿Usted cree en Dios?

–Soy católico –le respondí.

Asintió.

Yo no. No creo en Dios, pero respeto a aquél que se arrodilla frente a su idea de la eternidad. Es mejor que arrodillarse frente a la pantalla de la computadora, que es lo que más o menos hacen todos. ¿Y para qué? Nunca el hombre vivió tanto, con tanta seguridad, como en la actualidad, y sin embargo nunca lo hizo con tanto miedo… ¿Usted tiene miedo?

            –Mucho.

            –Entonces no va a hacer nada que valga la pena… Replantéese sus creencias. Un Dios que no le sirve para perder el miedo es un Dios que no sirve para mucho. ¿Cuántos años tiene?

            –35.

            Negó con la cabeza.

            –No tiene por qué temer. No debería hacerlo. Con 35 años ya puede morir en paz. Hasta su Dios vivió menos que eso…

            En ese momento, nos interrumpió la camarera, preguntándonos si queríamos algo más. Dijimos que no. Ya se me había hecho tarde para ir a buscar a mis hijos y Eduardo, con tono enigmático, afirmó que tenía que hacer.


            –Deje, amigo –fue lo último que me dijo–. Yo invito.



"El juego" en PERIÓDICO IRREVERENTES





          Amigos, PERIÓDICO IRREVERENTES acaba de publicar mi cuento "El juego". Ya pueden leerlo y comentar. ¡Saludos!





"Mis sueños" en NADIE ES COOL





          Amigos, la revista NADIE ES COOL acaba de publicar mi relato "Mis sueños". Están invitados.





22 de mayo de 2017

"Los gatos saben cosas" en miNatura 154






          "Los gatos saben cosas" es uno de mis cuentos favoritos de todos los que salieron en la revista española miNatura. Por alguna razón que desconozco (un psicólogo que me lo explique, por favor), nunca lo compartí. Así que ahí va. Saludos.

(La traducción al inglés estuvo a cargo de Yanina Pandullo.)




"El elixir" en miNatura 155





          Amigos, acaba de salir el nuevo número de la revista miNatura, que tiene como tema "Científicos locos". En ella pueden leer mi relato "El elixir", además de muchas otras historias verdaderamente perturbadoras. Los invito a descargar y a leer.





8 de mayo de 2017

EN TRES NOCHES LA ETERNIDAD, de Sebastián Chilano




«–Los hombres, los dioses, sus religiones, todos se equivocan cuando creen que la inmortalidad es vivir eternamente. No lo es. La inmortalidad es anular los sentidos. Es ser parte del tiempo, de un todo que es nada, de un instante que sucede ahora y sucedió siempre. Es ser y no existir. Es la anulación del tiempo.»
Sebastián Chilano, En tres noches la eternidad.


Cada tanto, te encontrás con uno de esos libros que te permiten recordar por qué elegiste la vida que elegiste, por qué a pesar de tantos libros malos volvés con un renovado entusiasmo a cada nueva lectura. A veces pasa, y el mundo vuelve a ser literario.

            Acabo de terminar En tres noches la eternidad (Editorial Vestales, 2015) de Sebastián Chilano y me resisto a abandonarlo. Las sensaciones que me provocó me convirtieron en alguien que alguna vez fui, y que con frecuencia olvido. Las tres historias que conforman el volumen exponen todo aquello por lo que vale la pena reflexionar, discutir, leer y escribir: la muerte, la inmortalidad, el tiempo, la eternidad, el miedo, la enfermedad, el mal… Pero la lista sería demasiado larga, y lo tedioso de ella menoscabaría las bondades del texto.

            Tres noches, tres historias, tres escenas.

            Dos iniciados que buscan los secretos de la inmortalidad en un moribundo («Primera parte»); un pintor barroco que huye de la muerte enalteciéndose en la más abyecta bajeza («Segunda parte»); un apócrifo ícono bíblico que rechaza la Buena Nueva al tiempo que ve morir al mayor de los milagros («Tercera parte»).

            Eso en tres noches, tres relatos y una eternidad que todo lo incluye, hermana y aniquila.

            Vistas en conjunto, las tres historias cuentan el mismo drama humano, que en esencia nunca cambia aunque se manifieste de manera distinta: el deseo de trascender en una existencia condenada a muerte. Así, y con una prosa impecable, Chilano nos enfrenta a hombres que pierden de vista su vida en el afán de buscar una respuesta que la justifique, que se encaminan inexorablemente a la muerte en su intento de burlarla. Ésos son los hombres de En tres noches la eternidad, hombres que (como muchos de nosotros) asumen que la vida no puede tener valor si no se la hace valer en la trascendencia de lo común y en el acceso a lo insondable.

            A lo mejor, y con esto termino, la vida de cada ser humano no es más que la falta de correspondencia entre el deseo de acceder a lo divino y la indiferencia de los dioses ante los padecimientos de dicha búsqueda. Incluso, puede que ese deseo de eternidad no sea más que la última broma que los dioses les jugaron a los hombres.

            En tres noches la eternidad.

            Sebastián Chilano.

            Agenden.


***

Sobre el autor: Sebastián Chilano nació en 1976 y vive en Mar del Plata, es médico y escritor. Ha publicado las novelas Riña de gallos (Ediciones B, 2010); Las reglas de Burroughs (Gárgola, 2012), que fue ganadora del concurso “Laura Palmer no ha muerto”; Tan lejos que es mentira (Letra Sudaca, 2013); y Méndez (Vestales, 2014). Ha creado, además, en coautoría con Fernando del Rio, las novelas de la saga de Furca: La cola del lagarto (Ediciones B, 2009) y El geriátrico (Ediciones B, 2011). En 2012, recibió el premio Alfonsina Storni en el rubro Creación Literaria.




-Chilano, Sebastián, En tres noches la eternidad, Buenos Aires, Editorial Vestales, 2015.