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23 de junio de 2019

LA MALDICIÓN DE LA LLORONA: expectativas frustradas







Se podría decir que todo comienza en México, en 1673. Una mujer, felizmente casada y con dos hijos, descubre que su marido le fue infiel con alguien más joven. Entonces, decide vengarse de él golpeándolo donde más le duele: en sus hijos. Sus hijos… Que también son de ella, aunque por un momento parece olvidarlo y, cediendo momentáneamente a la locura que otorgan los celos (¿acaso hay locura más fría y calculadora que ésta?), ahoga a los niños en el río. La razón llega en forma de arrepentimiento y culpa. Estas emociones dan lugar a la leyenda. Desde ese momento, la mujer, con su llanto a cuestas, irá en busca de los hijos ajenos para que ocupen el lugar de los propios. La maldición de la Llorona ha nacido.

            Trescientos años más tarde, en 1973, en EE. UU., Anna, una asistente social viuda y con dos hijos, debe enfrentar un caso de maltrato infantil: Patricia Álvarez, una mujer de origen latino (mexicano, con toda seguridad), no está en su sano juicio y, al parecer, lastimó a sus dos hijos. Anna y su equipo hacen las cosas que corresponden: separan a la mujer de los chicos y llevan a éstos a un albergue para que pasen la noche. El problema, claro está, es que la Llorona seguirá a esos niños con toda la constancia con la que una madre seguiría a sus propios hijos, aunque por motivos distintos. Finalmente, una vez que lo inevitable irrumpe, la Llorona busca nuevas víctimas. Y es entonces cuando ve a los hijos de Anna…

La maldición de la Llorona (The Curse of La Llorona, 2019) es la nueva película del equipo que creó la saga de El conjuro, Annabelle y La monja. Es comprensible que haya generado expectativas. Su productor, James Wan (creador, además, de Saw) está relacionado con lo mejor del terror en Hollywood de, por lo menos, la última década. Sin embargo, la realidad no es tan satisfactoria. Podríamos decir que La Llorona es una película efectiva, nada más. Tiene un buen manejo de las cámaras, de los tiempos, de los sonidos, hace un buen uso (aunque excesivo) de la aparición abrupta, pero falla en lo que se refiere al argumento. Se trata de una historia que no se justifica a sí misma (¿por qué la Llorona, de nacionalidad mexicana y que no escatima las palabras en castellano, actúa en EE. UU.?, ¿por qué la década del ’70?, ¿por qué, si la Llorona quiso en su momento vengarse de su marido, ataca a la descendencia de dos mujeres solas, sin esposos?) y que, para colmo, ofrece un final que se esfuerza (mucho y mal) por quedar abierto.

Esperaba más de esta película y, como me pasa siempre que espero más de algo (o de alguien), quedé decepcionado.


***
Título original: The Curse of La Llorona
Año: 2019
Duración: 93 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Michael Chaves
Guion: Mikki Daughtry, Tobias Iaconis
Música: Joseph Bishara
Fotografía: Michael Burgess
Reparto: Linda Cardellini, Patricia Velasquez, Raymond Cruz, Sean Patrick Thomas, Tony Amendola, Marisol Ramirez
Productora: Atomic Monster / New Line Cinema. Distribuida por Warner Bros
Productor: James Wan



18 de junio de 2019

LA CAJA DE BOTONES DE GWENDY, de Stephen King




Gwendy Peterson, una chica de doce años con unos kilos de más, sube las Escaleras de los Suicidios que conducen a Castle View. Su intención, más que espacial, es física: quiere hacer el ejercicio suficiente como para bajar de peso y evitar así que la sigan llamando “Goodyear”. Una vez en la cima de la ladera rocosa, y todavía con la respiración acelerada, Gwendy ve a un hombre misterioso, que usa una chaqueta negra y un sombrero pequeño del mismo color, sentado en un banco. Este hombre, llamado Richard Farris, le pide que se acerque y, después de un breve diálogo, le entrega una caja de madera que tiene, a la vista, una particularidad: está cubierta por seis botones de distintos colores en la parte superior y uno en cada lateral, lo que suman ocho botones. Además, hay una palanca en cada extremo, junto a una rendija. La caja, que parece inofensiva, esconde, según el hombre del sombrero, un poder inimaginable, capaz de destruir el mundo. Todo dependerá del uso que el dueño le dé. Y, a partir de ese momento, la dueña será Gwendy…

            A lo largo de la historia, podemos seguir a Gwendy Peterson por el transcurso de varias etapas de su vida, desde los doce años hasta su graduación en la universidad. En todo ese tiempo, su vida experimentará una serie de cambios que la irán convirtiendo en una persona muy distinta de aquella nena que sólo quería bajar de peso. La caja de botones, con todo el poder que irradia, será el faro que iluminará su camino, para bien o para mal.

            La caja de botones de Gwendy es la última novela de Stephen King publicada en Argentina. Fue escrita en colaboración con Richard Chizmar y cuenta con ilustraciones de Keith Minnion. Se trata de una novela breve, que no llega a las doscientas páginas (con un interlineado generoso e ilustraciones que abarcan páginas enteras). En principio, parece una buena opción para aquellos que quieren leer algo de Stephen King y que no se animan a meterse en esas novelas que superan las seiscientas, ochocientas o mil páginas.

            Sin embargo…

           Aunque de lectura ágil y amena, La caja de botones de Gwendy no logra colmar las expectativas de un lector habituado a lo que King puede llegar a hacer. En mi opinión, queda a mitad de camino entre el cuento y la novela. Su historia, tal vez más propia de aquél, no da la talla para ésta. Al menos no teniendo en cuenta el trato que se le dio. Sin lugar a dudas, se podría haber complejizado más, en especial en lo que se refiere a las implicancias morales de quien tiene el poder y los medios para destruir a otros, pero el argumento no va más allá. Tampoco da muchas explicaciones sobre la naturaleza de los acontecimientos, por lo que los huecos son numerosos. En definitiva, se queda en un simple seguimiento (bastante inocente, además) de la vida de Gwendy.

          La verdad, sólo recomendaría La caja de botones de Gwendy a aquellos lectores constantes que ya no tienen otra cosa que leer del maestro. A los demás, les digo que busquen otro libro. Hay mucho para leer de King.


- King, Stephen. La caja de botones de Gwendy. Buenos Aires, Suma de Letras, 2019.



16 de junio de 2019

LO MÁS NATURAL DEL MUNDO, de Anahí Flores




Lo más natural del mundo es, hasta ahora, el último libro de Anahí Flores, editado este año por Desde la Gente. Con prólogo de Luis Mey y dividido en dos partes por un “Intervalo”, cuenta con dieciocho relatos que tienen un denominador común: el nombre de la protagonista, Roberta. Aunque no podemos estar seguros de que se trate siempre de la misma persona, Roberta es el único nombre (salvo por una única excepción, en realidad sin importancia) que se puede leer a lo largo de las páginas.

Como acabo de decir, el libro consta de dos partes. La segunda, “Todo lo que Roberta quiere” (anterior en el tiempo de escritura y ya publicada de manera individual por Textos intrusos en 2013), pone a Roberta en escenarios pocos convencionales: lagos, montañas, glaciares, refugios contra la nieve, etc. La primera, “Una distancia prudente”, se desarrolla en lugares más cercanos: una playa, una estación de tren, un colectivo, un parque, la puerta de un correo. En las dos, los relatos producen en el lector las mismas sensaciones: extrañeza, incomodidad, asombro ante la palabra escrita.

            Anahí Flores alcanza con sus relatos una atmósfera asfixiante, que logra develar una de las mayores tragedias de la humanidad del siglo XXI: la incomunicación. No importa que Roberta esté en medio de una montaña o sentada en un colectivo, ella no logra comunicarse con los demás, no logra establecer con nadie ningún vínculo que la saque de sí misma. Podrá toparse con personas de todo tipo, podrá hablar con ellas, pero con ninguna podrá relacionarse de verdad. Todos los personajes son sombras que se cruzan en su camino, molestan y se van. Ni siquiera la relación que mantiene con su novio la saca del aislamiento de su propio yo. No es casual que, como se dijo antes, Roberta sea el único nombre propio referido a un personaje.

            A la incomunicación, se suma la desubicación con respecto a un mundo que no es lo que esperamos. Todo el tiempo notamos cómo Roberta se esfuerza por naturalizar situaciones que no tienen nada de natural, como puede verse en el relato “Frente al glaciar”, donde la protagonista decide no indagar en la naturaleza de las mujeres con las que acaba de cruzarse y de entablar un breve diálogo. En esto, Anahí Flores es una gran cronista de nuestro tiempo, mostrando nuestro esfuerzo por asimilar como lo más natural del mundo todo aquello que nos resulta extraño, inverosímil, incluso perverso.

            En resumen, el libro me gustó. Incluso podría decir que me cautivó. Los cuentos, en su mayoría breves, se van sucediendo con fluidez, provocando una sensación de falsa comodidad que, constantemente, da paso a esa extrañeza que parece salir de las páginas para acompañarnos durante un buen rato en la otra realidad, ni más real ni más consistente, que identificamos como “el mundo fuera de los libros”.

            Les recomiendo Lo más natural del mundo de Anahí Flores, un libro que nos revela que no hay nada más natural que intentar asimilar lo extraño.



- Flores, Anahí. Lo más natural del mundo. Buenos Aires, Desde la Gente, 2019.



***

Sobre la autora: Anahí Flores nació en Buenos Aires en 1977. Se dedica a escribir y dar talleres de escritura creativa. No come animales desde 1987. Sus libros de cuentos son: Criaturas (Alto Pogo, 2018) y Todo lo que Roberta quiere (Textos Intrusos, 2013). Y de poesía: Quizá en otro momento (Halley Ediciones, 2019), Ciertas horas de la primavera (La carretilla roja, 2017), Se durmió y otros poemas (Bajo la Luna, 2015, gracias al tercer premio del Fondo Nacional de las Artes), Catalinas Sur (Eloísa Cartonera, 2012) y Limericks cariocas (Caki Books Editora, Río de Janeiro, 2011). Compiló Bailarinas (Desde la Gente, 2018), una antología de cuentos de autores contemporáneos ambientados en el mundo del ballet. Algunos de sus cuentos y poemas se encuentran en revistas como Próxima, La Balandra, el suplemento de cultura del Diario Perfil. También en libros como En frasco chico (Colihue, 2004), Bendito sea tu cuerpo (Ventana Andina, Perú, 2008), La mujer rota (Literalia Ediciones, México, 2008), Lecturas + prácticas del lenguaje (Mandioca, 2015), El cuento, una pasión argentina (Desde la Gente, 2016), entre otros. Para el 2019 prepara Sin embalar, que saldrá por Kintsugi Editora.




15 de junio de 2019

UNIVERSOS PARALELOS






"(In)decisión" en SOMOS BERLÍN







          CUENTO. Amigos, el pasado 13 de junio Somos Berlín publicó mi cuento "(IN)DECISIÓN", que forma parte de Frente al abismo. ¡Qué lindo festejar el día del escritor de esta manera! Los invito a leer. ¡Saludos!




"El cazador" en miNatura 167







          CUENTO NUEVO. Amigos, acaba de salir el número 167 de miNatura (tema "ficción climática"), con mi relato "El cazador". ¡Los invito a descargar la revista y a leerla, que no tiene desperdicio! ¡Gracias!











CONFESIÓN DE UN ENAMORADO






LA CAÍDA DE DIOS







          A lo mejor, Dios no es lo que pensamos. A lo mejor, Dios es masoquista. Si realmente ama a la criatura humana, entonces el sufrimiento que ella padece (y que Dios permite) no es más que el sufrimiento que Dios se inflige a sí mismo, como expiación por alguna falta que todavía no se deja superar (¿qué mayor dolor, en efecto, que ver sufrir a quien se ama?). Si Dios es amor (1 Jn 4, 16), entonces tal vez su falta sea, justamente, amar. Un Dios no debería permitirse amar. Amar es negarse, rebajarse, humanizarse (por un otro). Para un Dios, eso es sin duda una falta, que viene a sumarse a la primera: la misma Creación. Así, un Ser perfecto (Dios) comete la falta de crear algo imperfecto (el Hombre) y, para colmo de males, lo ama, segunda falta imperdonable. La Caída no es la desobediencia de Eva y Adán, es el autodescubrimiento de Dios como "Ser-que-ama", es decir, como "Ser-imperfecto", "Ser-caído" (de acá también la razón por la cuál, tal vez, Satanás, que no ama, abandona a su Creador). Por eso Dios expulsa al Hombre del Paraíso, para tenerlo lejos, como el amante que echa a su amada no porque no la ama, sino porque la ama demasiado. Pero, como ese amante, Dios siempre vuelve al Hombre, para ver su dolor, para lastimarlo, para lastimarse.


Lucas Berruezo



EL PUNTO DE UN ESCRITOR






NECIO






LITERATURA






MANDAMIENTO






OLVIDO






"El rescate" en REVISTA KUNDRA 23






CUENTO NUEVO. Amigos, Revista Kundra sacó, en su número 23, mi cuento “El rescate”. ¡Los invito a descargar la revista y a leerlo!

            ¡Abrazo!



Link: https://revistakundra.wordpress.com/revista-kundra-23/



29 de mayo de 2019

CARRETERA MALDITA, de Stephen King




Estoy sorprendido. En realidad, atónito. Leí Carretera maldita (Roadwork) de Stephen King y no puedo entender cómo se la ha menospreciado tanto. Entre sus detractores se encuentra el mismo King, que no sólo la publicó en 1981 con el seudónimo de Richard Bachman, sino que, encima, afirmó que para él se trataba de la peor novela de su alter ego literario[1]. Por esto mismo tardé tanto en leerla, creí que me iba a defraudar. No podría haber estado más equivocado.

Carretera maldita es una novela psicológica, que cuenta la caída de Barton George Dawes en la locura, después de haber perdido a su hijo por culpa de un cáncer cerebral y de que le informaran que tanto la empresa en la que es gerente como su propia casa serían demolidas para llevar a cabo la construcción de la extensión de la autopista 784.

Muchos de los que me hablaron de esta novela aludieron que, en rigor, no pasaba nada hasta el final. Y tienen razón. Como acabo de decir, Carretera maldita es una novela psicológica en el sentido más estricto de la definición. Por esto mismo, lo que vemos en ella no es una historia, sino un personaje. O, mejor dicho, la historia es la psicología del protagonista, su locura progresiva. La forma en que Dawes se enfrenta a la burocracia y al progreso, el sufrimiento por la muerte de su hijo, la relación con su mujer, la incomprensión que lo rodea, la búsqueda de un sentido al dolor, lo absurdo de una existencia que (como toda existencia) va camino a la nada, la autocompasión que conduce a la autodestrucción, la esquizofrenia como un modo de mantener vivo el remanente de un hijo ausente… son sólo algunos de los tantos temas que me pusieron contra las cuerdas emocionales como si yo fuera un boxeador a punto de ser derribado por su contrincante…

Bueno, tal vez no a punto...

Tal vez esta novela me derribó...

Tal vez perdí por KO.



-King, Stephen. Carretera maldita. Buenos Aires, Sudamericana, 2010.
(Primera edición bajo el seudónimo de Richard Bachman, 1981.)



[1] Stephen King dijo sobre la novela: «Fue un esfuerzo por encontrarle un sentido a la dolorosa muerte de mi madre el año anterior. Un cáncer que la consumió poco a poco. Su muerte y la aparente falta de sentido de todo me afectaron profundamente. Sospecho que Roadwork es probablemente el peor libro de Bachman, simplemente porque él (Dawes) trata de ser bueno y de encontrar algunas respuestas al acertijo del dolor humano». Citado en Burstein, Marcelo. Stephen King. Creador de lo oscuro. Buenos Aires, Ediciones B, 2001, p. 239.

23 de mayo de 2019

3 DÍAS, de Gonzalo Ventura





Una ruta, un accidente, una madre herida, un chico desaparecido y un personaje que, en su afán de hacer el bien, no deja de sembrar el infierno… Ah, y algo que escapa en plena noche. Algo monstruoso y retorcido, maligno y antiguo, que ahora está libre y que puede llevar a la humanidad a un nuevo y atroz (re)nacimiento.

            3 días, de Gonzalo Ventura, es una novela de terror que nos sumerge en una vertiginosa jornada que, como el mismo título lo indica, se extiende por tres días.

Después de sufrir un accidente automovilístico en la oscura ruta 40 de Bariloche, Cecilia Amato aparece caminando, desorientada. Está herida y pregunta por su hijo, Martín, que estaba con ella en el auto. El chico no aparece y ella es ingresada al Hospital Zonal de Bariloche. Ahí conocerá al doctor Hernán Pastori, hombre recientemente separado que, en un intento desesperado por recuperar el entusiasmo en la vida, va a sentir un interés poco profesional por ella hasta el punto de ir más allá de lo que aconsejaría la ética médica y la misma ley.

Por otra parte, el padre Enrique, otro de los involucrados en el accidente, despierta de uno de sus episodios de catalepsia. Le duele todo, está lastimado y sabe algo que lo hace temblar de pies a cabeza: aquella noche, la cosa que llevaba prisionera en la caja de su camioneta, escapó. Ahora tendrá que buscarla y matarla (si es que eso es posible), por el bien de todos. Con las pocas energías que le quedan, el padre Enrique se equipará con armas, tanto terrenales como celestiales, y, junto a su ejército de leales y feroces perros, saldrá de caza.

3 días. Este es el lapso que durará la búsqueda de Cecilia y la caza de Enrique. Este es el tiempo que estaremos junto a los personajes. Cuando los tres días lleguen a su fin, nada será lo mismo. Tampoco nosotros mismos.

De lectura ágil, con capítulos cortos que se suceden unos a otros como el agua se escurre entre dos manos nerviosas, esta novela apenas permite respirar. Leerla es querer seguir leyendo. No lo duden, 3 días de Gonzalo Ventura se lee en menos que eso y se sigue disfrutando durante mucho más.

Como cierre de esta reseña, firmo mi recomendación con sangre.




- Ventura, Gonzalo. 3 días. Buenos Aires, Santa Guadaña, 2017.




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Sobre el Autor: Gonzalo Ventura es escritor, guionista, director creativo y cinturón negro de Brazilian Jiu jitsu de la Academia Sukata. Ha sido autor y guionista de varias historietas, series de tv y campañas publicitarias nacionales e internacionales. Estuvo a cargo del curso de guión en la Escuela Argentina de Historieta. Fue alumno de Carlos Trillo. Actualmente, trabaja junto a Alberto Fasce en el guión de la próxima película de Daniel de la Vega.










1 de mayo de 2019

LA LENGUA DE LOS GECKOS, de Fabián García




Transposición de la presentación del libro de Fabián García, La lengua de los geckos (Muerde Muertos, 2019), llevada a cabo en La Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

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Como primera medida, quisiera presentarles, de forma general y un tanto técnica, el libro La lengua de los geckos, de Fabián García.

Se trata de una de las novedades de Muerde Muertos de este año. El libro cuenta con diez cuentos que nos hacen recorrer un camino que va desde un género que se podría llamar fantástico biológico (con relatos como “La lengua de los geckos”, “La flor lejana”, “El pliegue iterativo” o “Luli”) a un terror realista (“El lápiz”, “Comunión” o “Un último abrazo”, que cierra el libro). Pero esto no es todo. También lo vemos recorrer esos inhóspitos caminos del horror cósmico que, inevitablemente, y de manera injusta, relacionamos con Lovecraft. Digo de manera injusta porque no me gusta este tipo de comparaciones, y creo que un libro como La lengua de los geckos no lo necesita. Este libro de Fabián García es un universo en sí mismo, que va más allá de toda clasificación y, por eso mismo, de todo paralelismo.

A ese fantástico biológico que antes mencionaba y que nos pone cara a cara con animales en apariencia inofensivos (pero que esconden una realidad peligrosa), con plantas llegadas del espacio exterior que amenazan con transformar a la humanidad; a ese horror cósmico lleno de dioses marinos que esperan en las profundidades del mar, de seres herederos de quién sabe qué razas antiguas y qué religiones olvidadas se suman personajes humanos (dolorosamente humanos) que arrastran su soledad, su desubicación y su exclusión social hasta el punto de hacernos dudar de quiénes son los verdaderos monstruos: si aquellos que provienen de realidades ajenas al mundo que conocemos o éstos que muestran cómo la realidad de nuestro mundo es, por indiferente, monstruosa.

Pero no sólo quiero hablarles del mundo (o de los mundos) dentro de La lengua de los geckos. También quiero hablarles del mundo que está afuera del libro, éste que tenemos al alcance de nuestras manos, lleno de distracciones y de vértigo, con personas que quieren ahora mismo lo que en realidad no desean y siempre se esfuerzan por llegar lo antes posible a donde no quieren ir. Quiero hablar de lo que La lengua de los geckos hace con este mundo. Y lo que hace es ponerlo en pausa. No es casual que la presentación se haga, justamente, un día de paro nacional[1]. Mientras La lengua de los geckos está presente, el mundo desaparece. Y esto, muchos de ustedes estarán de acuerdo conmigo, es algo verdaderamente inusual.

En relación con esto, tengo que admitir que cada vez me cuesta más mantener una lectura continua y sostenida sin tomarme pequeñas pausas para revisar el celular, hacerme un café o ir al baño. Cuando me impongo leer durante más de media hora seguida, no es más que eso, una imposición que tengo que mantener a fuerza de esfuerzo y autocontrol. Mi atención, antaño férrea, ahora necesita de esos lapsus recreativos. Y esto no solo con la literatura. Antes, me acuerdo que las publicidades en medio de una película eran tomadas como una ofensa propia de un sistema capitalista decadente; ahora, por el contrario, las pausas son esperadas con ansiedad y, cuando no llegan, las inventamos nosotros con el control remoto. Ahora bien, nada de esto tiene sentido cuando hablamos de La lengua de los geckos. Lo que me pasó con este conjunto de cuentos es que, cuando empezaba a leer, todo el resto desaparecía. Las páginas pasaban una detrás de otra sin que me diera cuenta y, cuando un relato terminaba, me sorprendía no sólo la cantidad de hojas que no había advertido, sino los minutos (que se contaban por decenas) que se habían deslizado por una fractura digna de una de las historias de este libro. Esto es, sin lugar a dudas, algo para destacar. Son pocas las historias que detienen al mundo. La lengua de los geckos está lleno de ellas.

Bueno, cierro con unas simples palabras de recomendación: lean La lengua de los geckos de Fabián García. Como ocurre siempre con los libros de Muerde Muertos, se embarcarán en un viaje con pesadillas aseguradas.

Gracias.



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Sobre el autor: Fabián García nació en 1973, en la ciudad de Buenos Aires, y vive en Ramos Mejía. Asistió a los talleres de poesía de Osvaldo Bossi y Walter Cassara, y actualmente trabaja su narrativa con Guillermo Martínez. Publicó sus poemas en fanzines y revistas, y colabora con artículos en diversos medios digitales. Devoto del relato de horror (en especial el del siglo XIX) y la ficción distópica, admira a Borges, a Kafka y a Poe. El sello Muerde Muertos publicó en abril de 2019 La lengua de los geckos, su primer libro de cuentos en la Colección Muertos dedicada al terror.


- García, Fabián. La lengua de los geckos. Buenos Aires, Muerde Muertos, 2019.




[1] En efecto, la presentación se realizó el 30 de abril de 2019, día de paro nacional.

6 de abril de 2019

CEMENTERIO DE ANIMALES (2019): A mitad de camino (de la nada)







No tiene mucho sentido que haga una síntesis de Cementerio de animales (Pet Sematary), todos la conocen. Sólo diré que la familia Creed se muda a un pueblito llamado Ludlow con la intención de llevar una vida más relajada. Louis, el padre, comienza a trabajar como médico en el campus de la universidad, mientras que Rachel, su esposa, se queda en casa con sus dos hijos, Ellie y Gage, y su gato, Church. Recién mudados, entra en su vida su vecino, el viejo Jud. Poco después, aparece la desgracia. El resto, como se suele afirmar, es historia.

            Mientras miraba la película, sumido en la oscuridad del cine, no podía evitar hacerme una simple y obsesiva pregunta: «¿por qué?». ¿Por qué adaptar una película cuya novela es excelente? ¿Por qué volver a hacer una película que ya se ha hecho eficazmente treinta años atrás? ¿Por qué introducir cambios en la historia que no sólo no suman, sino que restan? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

            Por supuesto, dejando de lado el factor económico, no hay una respuesta que lo explique.

            Ya antes reflexioné sobre la razón de ser de las remakes[1]. Básicamente, no creo que haya un verdadero motivo (artísticamente hablando, claro) para hacerlas. Nunca una remake puede salir ganando. Si es muy similar a la película original, su existencia carece de sentido (¿por qué no ver la original entonces?), y si es muy diferente carece de explicación (¿por qué no hacer una película enteramente nueva?). Por otra parte, y con respecto a su calidad, si la remake es mejor, defraudará al fan (que ya tiene en el film anterior un objeto de culto), mientras que si es peor, no tiene razón de ser. Y si encima sumamos el factor literatura, la ecuación se exacerba. Son muy pocas las películas que logran cierta dignidad ante el libro. Sólo una sucesión de generaciones indolentes puede explicar el éxito de algunos films. Así, como muchas personas ya no tienen la intención (ni la capacidad) de leer una novela, esperan con fruición y ansiedad la película, creyendo ilusoriamente que disfrutan de Stephen King sólo por ver alguna de sus innumerables adaptaciones. 

            Y esto nos devuelve al tema principal del artículo. 

            El problema con películas como Cementerio de animales (al igual que con It[2]) es que no se valoran según lo que son, sino según lo que deberían ser (es decir, según lo que no son). Cuando tenemos que opinar sobre Cementerio de animales (2019), lo hacemos comparándola con el film de 1989 o, lo que la deja todavía en peores condiciones, con la novela de Stephen King de 1983. Lo que en el libro era excelente, en la adaptación de los 80 era aceptable, mientras que en esta nueva versión simplemente «no es»: la relación de Louis con sus suegros, la presencia de Church en la familia, la necrofobia de Rachel, el vínculo paternal de Louis con Jud, las historias pasadas en torno al cementerio micmac y una larga lista de etcéteras. Todo en esta nueva adaptación es rápido, tan rápido que apenas permite una ligera empatía del espectador con los personajes. Los recursos son ante todo sensibles (apariciones visuales abruptas con las esperadas subidas de volumen), abandonando tanto el componente psicológico y emocional como el clima de absoluta perturbación, presentes tanto en el film anterior como en la novela.

            En conclusión, Cementerio de animales/libro deja una marca en el lector que permanece mucho más allá de la lectura de sus páginas. Cementerio de animales/película/1989 deja una marca en el espectador que permanece más allá de los minutos de pantalla. Cementerio de animales/película/2019 deja una angustia por ausencia de marca.

            En fin, creo que no estaría mal que la industria del cine olvidara por un momento que es una industria y se centrara en su costado artístico. Así, tal vez (y sólo tal vez), empezaríamos a disfrutar de películas originales y de buena calidad.


***
Título original: Pet Sematary
Año: 2019
Duración: 101 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Dennis Widmyer, Kevin Kolsch
Guion: Dave Kajganich, Jeff Buhler (Novela: Stephen King. Historia: Matt Greenberg)
Música: Christopher Young
Fotografía: Laurie Rose
Reparto: Jason Clarke, John Lithgow, Amy Seimetz, Jeté Laurence, Hugo Lavoie, Lucas Lavoie, Naomi Frenette, Alyssa Brooke Levine
Productora: Alphaville Films / Paramount Pictures



4 de marzo de 2019

"TE GUSTE O NO" en Periódico Irreverentes



     ¡CUENTO NUEVO! Amigos, arrancamos la semana con todo. Periódico Irreverentes acaba de publicar mi relato "Te guste o no". Los invito a leerlo.

https://periodicoirreverentes.org/2019/02/25/te-guste-o-no/







CRÓNICA DE UNA EXPERIENCIA PARANORMAL: "El ángel de la guarda"




“Ángel de la guarda” de Bartolomé Esteban Murillo (1665-1666)


La maestra abrazó a Benjamín, mi hijo, le dio un sonoro beso en la mejilla y le entregó un enorme globo amarillo. Benja, ya deseoso de irse, salió corriendo de la sala de 5 años del Jardín Municipal Nº 12 con una sonrisa enorme y el globo entre sus manos. Después, la rutina de todos los días: revisar que todo estuviera en condiciones (el cuaderno en la mochila naranja, la campera en el perchero) y salir a la calle para volver a casa.

Ya en la vereda, me encontré con una mamá del jardín, con la que empecé a hablar sobre cuestiones que ya hoy no recuerdo, pero que con toda seguridad versaban sobre el día a día de los chicos. Fue entonces cuando Benja empezó a lanzar el globo hacia arriba y a perseguirlo según lo llevara el viento. Sin perderlo de vista, yo me debatía entre la educación de hacer callar a la mamá y la desesperación de ver que Benja se alejaba más y más por la vereda. Cuando ya estuvo lo suficientemente lejos, dejé de lado mis tapujos y, levantando una mano, interrumpí a la mujer, al tiempo que le gritaba con todas mis fuerzas a mi hijo para que volviera. Por supuesto que no lo hizo, sino que siguió en pos de su juguete. Seguí gritando, hasta que pude ver cómo el globo cambiaba de trayectoria y se acercaba peligrosamente hacia la calle. Benjamín, pendiente sólo de él, bajó el cordón y se perdió entre dos autos estacionados.

            Grité, desesperado y en vano, y empecé a correr hacia donde estaba mi hijo, sabiendo que si él seguía caminando no había nada que yo pudiera hacer. Sólo lograba ver el globo amarillo, flotando por encima de los autos, en dirección a la calle…

            No voy a mentirles, en ese momento no pensé en nada más que en mi hijo y en el peligro que corría. Sólo después se me vendría a la mente la semejanza de la escena que estaba viviendo con la de Cementerio de animales de Stephen King. Cuando dicha escena se me presentó, el peligro ya había pasado, aunque las piernas todavía me temblaban y el corazón no había disminuido el ritmo de sus latidos.

            En fin, me había quedado en el momento en que el globo se acercaba peligrosamente a la calle. No podía ver a mi hijo, ya que estaba entre dos autos estacionados, pero no dudaba de que su atención estaba centrada exclusivamente en el puto globo y que lo iba a seguir a dondequiera que fuera. Y entonces, lo imposible. Cuando el globo ya había sobrepasado los autos y estaba sobre la calle, cambió de dirección de manera abrupta y volvió hacia la vereda. Detrás de él, corriendo, apareció mi hijo, saliendo de entre los autos. Cuando llegué, él ya tenía el globo entre las manos y estaba tan seguro como se podía estar en una vereda de la localidad de Morón.

            Volvimos finalmente hasta donde estaba la mamá del jardín, quien, ante mi sorpresa, estaba más pálida que yo.

            –¿Qué pasa? –le pregunté.

            Ella me miró, confundida.

            –¿No lo viste? –me preguntó a su vez.

            –¿Qué cosa?

            En un primer instante, pensé que se refería a alguna persona que, oculta a mi mirada por los autos, le había dado un manotazo al globo para que regresara a la vereda, ya que su cambio de trayectoria había sido abrupto y (al menos en ese momento me lo pareció) físicamente imposible. Sólo la intervención directa de una fuerza hubiera podido hacerlo cambiar de dirección de esa manera. Pero no, la mamá del jardín no se refería a eso.

            –El camión –dijo–. Venía un camión. Si Benja seguía, lo agarraba.
           
            –¿Y la persona? –le pregunté.

            –¿Qué persona?

            –La que le pegó al globo. Si Benja hubiese seguido, ella lo habría agarrado.

            –Lucas –dijo la mujer, sin recuperar todavía el color–. Yo bajé a la calle para mirar y, a parte del camión que venía, ahí no había nadie.

            El golpe emocional que recibí fue inmediato y contundente. Las piernas me temblaron todavía más y la sensación de estar flotando se incrementó. Si ahí no había nadie, ¿cómo el globo había cambiado de dirección de esa manera imposible?

            Traté de disimular mi confusión. Saludé a la mujer y me fui con mi hijo a la parada del colectivo, para volver a casa. Estaba tan consternado que en vez de agradecer el «milagro» del globo, agradecí a Dios no haber visto el camión.


***


Pensé en esta sección para contar historias verdaderas de personas verdaderas a las que les hubiese pasado algo que se pudiera considerar (o que ellas mismas consideraran) paranormal. Hasta el momento, tengo recopiladas varias experiencias de gente cercana a mí, aunque todavía no me senté a darles forma. Ahora, sin embargo, quiero escribir sobre mí o, mejor dicho, sobre mi hijo (que siempre es una forma de escribir sobre mí). Lo que precedió y lo que sigue a continuación es una interpretación subjetiva de una serie de hechos que me sorprendieron muchísimo. Tal vez el lector interprete todo de una manera distinta y crea que yo, por fin, me resbalé de la cornisa hacia el lado de la locura. Si eso es cierto, espero no arrastrar a nadie en mi caída.


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            Todo comenzó cuando mi esposa quedó embarazada de nuestro segundo hijo, Benjamín. Ella siempre se encargó de los nombres, por lo que el del pequeño por venir ya estaba decidido. Sin embargo, poco antes del parto, tuve un sueño muy extraño. Soñé que un ángel rodeado de luz se me aparecía mientras yo todavía estaba en la cama y me decía: «Si quieren llamar al chico “Benjamín” está bien, pero sepan que su nombre es “Mateo”». Después, el ángel se fue y yo supongo que desperté (en realidad no lo recuerdo), porque tengo la sensación de que no me olvidé ningún detalle de lo soñado. Desde ese momento, mi hijo pasó a llamarse «Benjamín Mateo».

            Benja fue creciendo y, a diferencia de su hermana mayor, tardó más de lo normal en hablar. Cuando por fin lo hizo, sus dificultades se hicieron evidentes. No pronunciaba correctamente y, para un oído no acostumbrado a su dicción, era poco menos que incomprensible. Por eso, cuando nos contó que tenía un amigo imaginario llamado «A», cuyo nombre recogía el sonido más simple de todos los sonidos, creímos que no era más que una consecuencia esperable en alguien que todavía no podía modular correctamente. Y la vida continuó, con los sobresaltos de todos los días, destinados a convertirse, en su mayoría, en olvido y, en su minoría, en relatos. Benja siguió creciendo (sigue creciendo), luchando, tratamientos fonoaudiológicos de por medio, contra su dificultad para hablar. «A» continuó presente durante un buen tiempo, y ahora sólo es mencionado al pasar, muy de vez en cuando.


***


            Hace poco, mi esposa estaba leyendo sobre los ángeles de la guarda y sobre qué ángel le corresponde a cada persona según su fecha de nacimiento. Honestamente, no creo mucho en esas cosas, pero cuando llegó al ángel de la guarda de Benjamín quedamos más que sorprendidos. Teniendo en cuenta su natalicio, el ángel de la guarda de mi hijo es un querubín y se llama «Hahaiah». Me pregunto como puede escuchar y reproducir el nombre «Hahaiah» un nene que apenas puede hablar, con una «h» que bien puede ser muda y una «i» que se pierde entre la abundancia de la primera de las vocales. Y sí, si me preguntan a mí, un nene de esas características bien puede reproducir ese nombre con una simple «A».

            Yo solamente me pregunto: ¿Fue «A» quien empujó ese puto globo amarillo, devolviéndolo, de una forma imposible, a la vereda?

Si fue así, gracias, «A». Benja sigue bien.



16 de febrero de 2019

LAS HORAS OSCURAS, de Juan Francisco Ferrándiz





«Es la luz de la sabiduría o la oscuridad de la ignorancia lo que está en lid ahora.»
Juan Francisco Ferrándiz, Las horas oscuras.


En el año 996, el monje benedictino Brian de Liébana llega a las remotas tierras del condado de Clare, en Irlanda, con el fin de restaurar el monasterio de San Columbano, destruido por los vikingos décadas atrás en una incursión que no sólo le quitó la vida al lugar, sino también a sus moradores, entre ellos el abad (y hermano del monarca) Patrick O’Brien. En la zona no quedan más que restos abandonados, a los que arriba Brian, portando como único equipaje un viejo arcón, del que no se separa en ningún momento. El misterio reviste al monje y a su misión en tierras tan aisladas. Pronto, las intenciones de Brian comienzan a conocerse: está allí para cumplir con el cometido del «Espíritu de Casiodoro», una hermandad (que no sólo incluye a monjes) que se propuso conseguir, conservar y resguardar a toda costa el saber adquirido por la humanidad hasta ese momento. Por esto mismo, no es de extrañar que, en la reconstrucción de San Columbano, la biblioteca y la parte del scriptorium sean las protagonistas.

            Cuando Dana (una mujer rescatada por Brian) y otros monjes del «Espíritu» se unan en la reconstrucción del monasterio, las fuerzas del mal también se pondrán en movimiento para impedir que los hermanos logren su cometido. Vlad, perteneciente a la Scholomancia, una orden compuesta por strigois (seres espectrales no del todo humanos, no del todo demonios), dejará las tierras de Valaquia y hará todo lo que esté a su alcance para conseguir el códice de San Columcille, el tesoro más preciado de los monjes, un manuscrito iluminado capaz de purificar a quien lo contemple, incluso a un strigoi.

Con un pasado que guarda sus propios misterios, y ayudados por los druidas del bosque que perviven en Irlanda, Brian y sus amigos se enfrentarán a duras pruebas con el fin de develar los secretos que se esconden detrás de los muros del monasterio de San Columbano y de resguardar tanto el códice de San Columcille como el resto de los libros que forman parte de la biblioteca.

Arrancar el 2019 con Las horas oscuras de Juan Francisco Ferrándiz es, sin lugar a dudas, un buen augurio literario. Se trata de una novela que reúne todo lo que a mí me puede llegar a gustar: una historia cargada de suspenso y magistralmente escrita (en la que lo más importante son los libros), una ambientación medieval y una inusual representación de los monjes benedictinos, en este caso preparados para la lucha  y defensores del saber (de todo saber, no sólo el cristiano). ¿Qué más se puede pedir?

Más de una vez he discutido con personas que aseguraban (y todavía aseguran, supongo, ya que no hay ilusión más grande que la de creer que se puede convencer a alguien) que la Iglesia Católica retrasó el saber durante toda la Edad Media. Las horas oscuras permite ver una idea distinta: la de que los monasterios fueron aquellos lugares en los que el saber estuvo a salvo, no sólo del fanatismo religioso (que pedía eliminar todo aquello que no coincidiera con la doctrina), sino también de las manos desinteresadas de aquellos que, inclinados a otras cuestiones, no veían en los códices más que objetos inútiles y de poco valor.

            Lean esta novela. Cada vez son menos los libros que uno puede recomendar con absoluta confianza. Éste es uno de ellos.


- Juan Francisco Ferrándiz, Las horas oscuras, Buenos Aires, Grijalbo, 2012.



***
Sobre el autor: Juan Francisco Ferrándiz Pascual nació en Cocentaina (Alicante) en 1971. Es Licenciado en Derecho y actualmente ejerce como abogado. Ha publicado Secretum Templi (2003), escrita en valenciano, Las horas oscuras (2012), La llama de la sabiduría (2015), que consolidó su prestigio dentro del género de la novela histórica, y La tierra maldita (2018).




10 de febrero de 2019

ATERRADOS: terror convincente y efectivo





            Voces que salen de una tubería, una presencia tan inquietante como inexplicable, muertos que no terminan de morir, la locura acechante en cada rincón… Todo esto y mucho más se puede ver en la película Aterrados, del argentino Demián Rugna.

            Desde un punto de vista personal, podría decir que, salvo algunas pocas excepciones, el cine de Hollywood me viene desilusionando cada vez más en lo que se refiere a su oferta de películas de terror. Por esto, y gracias a plataformas como Netflix o a la gran oferta de internet, puedo recurrir, cada vez con mayor frecuencia, a películas de otros países como Corea, Tailandia, Francia o México. La jugada no siempre sale bien (la decepción no respeta fronteras), pero al menos soy internacionalmente decepcionado. Sin embargo, no todo está perdido, y cada tanto aparece un título que me devuelve un poco la emoción perdida. Y acá es donde aparece Aterrados.

            Hace tiempo que venía escuchando hablar de esta película (premios, nominaciones, festivales y reseñas por doquier). Con sorpresa (y, por qué no decirlo, con alegría), la encontré en Netflix. La vi enseguida, no pude esperar. Es raro que una película guste cuando previamente se depositó en ella grandes expectativas, y las expectativas que había puesto sobre Aterrados eran excesivas… Y me gustó. Mucho.

            Todo comienza cuando Clara escucha voces extrañas que salen de la tubería de la cocina, diciéndole que la van a matar. Aunque esto no es del todo exacto, ya que la película no carece de saltos en el tiempo que nos muestran que el origen no está nunca donde uno supone que lo va a encontrar. Así, conocemos a Walter Carabajal, vecino de Clara, un muchacho que ya viene conviviendo con estas extrañas manifestaciones desde hace meses y que apenas lo dejan dormir. Finalmente, después de la muerte de un nene que se niega a morir del todo, la indagación de los sucesos la llevarán a cabo los investigadores de eventos paranormales Jano (en realidad un forense policial ya retirado), la doctora Albreck y Rosentock, acompañados por un desbordado comisario Funes. Los resultados de las pesquisas, además de poner la piel de gallina, funcionarán como la punta de un ovillo que desenredará (aunque nunca del todo) la trama oculta de la misma realidad, nunca exenta de grietas.

            La dirección de Demián Rugna, los efectos de sonidos, la estética propuesta y las excelentes interpretaciones de todos y cada uno de los actores hacen de Aterrados un film de terror convincente y efectivo. Los saltos en el asiento son constantes, lo mismo que la rigidez propia del verdadero suspenso. Háganme caso y, en cuanto puedan, vean Aterrados. Harán del nombre de la película un estado de su propia persona.


***
Título original: Aterrados
Año: 2018
Duración: 87 min.
País: Argentina
Dirección: Demián Rugna
Guion: Demián Rugna
Fotografía: Mariano Suárez
Reparto: Maxi Ghione,  Norberto Amadeo Gonzalo,  Elvira Onetto,  George Lewis, Agustín Rittano
Productora: Machaco Films / INCAA




4 de enero de 2019

EL VISITANTE, de Stephen King






«La realidad es una capa de hielo muy fina,
pero la mayoría de la gente patina sobre ella
durante toda su vida y nunca caen y se hunden
del todo. Nosotros caímos, pero nos ayudamos
mutuamente a salir.»

Stephen King, El visitante.



Hace unos días, subí un post en el que afirmaba, con un entusiasmo que rayaba la euforia, que estaba leyendo el último libro de Stephen King publicado en Argentina, El visitante. Bueno, ya lo terminé, y tengo que decir ahora que parte de esa euforia quedó en el camino. La novela es buena (MUY BUENA, comparándola con mucho de lo que se publica hoy en día, incluso relacionándola con la novela anterior del maestro de Maine, Bellas durmientes), pero sin lugar a dudas lo mejor de ella permanece en las cien o doscientas primeras páginas.

 La novela comienza como un policial imposible. En el pueblo de Flint City se acaba de cometer un crimen horroroso: Frank Peterson, de 11 años, apareció brutalmente asesinado, mutilado y sexualmente abusado. Las pruebas incriminan de manera irrefutable a Terry Maitland, un ciudadano ejemplar, padre de dos nenas, profesor de literatura y entrenador de la liga infantil de baseball. Ahora bien, también es cierto que Terry tiene pruebas irrefutables de que él estuvo en otra parte durante el asesinato del chico, por lo que Ralph Anderson, detective asignado al caso, y cuyo hijo fue entrenado por Maitland, deberá enfrentarse a un hecho que niega todo lo que una mente racional puede estar dispuesta a aceptar: que una persona haya estado en dos lugares al mismo tiempo.

 Con el estilo propio de King, que nos va llevando de la mano página tras página, personaje entrañable tras personaje entrañable, El visitante deja paulatinamente ese policial imposible para recorrer los sinuosos caminos del terror fantástico. En cierto sentido, algo que ya pudimos ver en la trilogía Hodges, en especial en la última entrega, Fin de guardia (la analogía con esta trilogía no es caprichosa). Justamente, uno de los aspectos más interesantes de la historia es la problematización de este paso de lo natural a lo sobrenatural, con las consecuentes dificultades para las mentes del siglo XXI de asimilar todo lo que no puede ser explicado por la razón, o que incluso la contradice.

 No obstante, no todos son puntos a favor. La enorme expectativa que genera el hecho inexplicable de la bilocación de Terry Maitland se diluye ante una explicación que, si bien puede gustar, difícilmente sorprenda. Por esto mismo, aunque El visitante es una novela recomendable para los lectores constantes, particularmente no se la recomendaría a alguien que todavía no leyó a Stephen King o que, en su defecto, leyó muy poco. Hay otros libros que aguardan, superiores en muchos sentidos. Para mencionar algunos: It, Cementerio de animales, Misery, La milla verde, Un saco de huesos, Duma Key, La historia de Lisey, 22/11/63…

          A veces, ser el mejor lleva a estas cosas: triunfante ante todos los demás, podríamos decir que King acaba de perder (aunque más no sea por puntos) contra lo más excelso de sí mismo.



- King, Stephen. El visitante. Buenos Aires, Plaza & Janés, 2018.