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1 de febrero de 2013

CRÓNICA DE UNA EXPERIENCIA PARANORMAL (II): Los ángeles buscan a mi abuela




A mi abuela Chana.
Ya está abuela, ya se terminaron los miedos.


          «Creer o reventar» es una conocida frase que suele ser pronunciada por personas que, en tiempos y circunstancias normales, no creen en hechos paranormales. La persona que sí cree en ellos no suele plantearse esta disyuntiva. En cambio, aquel que niega estas cosas siente que lo que se presenta ante su experiencia se opone a todo su sistema de certezas, lo que lo lleva a sentirse desgarrado, viendo cómo su mundo, lo que él consideraba posible, se infla, se extiende, crece hasta, justamente, reventar. Por eso decide creer, aunque sólo lo hará como excepción. Su tendencia empirista apenas se verá sacudida, ya que seguirá siendo el mismo incrédulo de siempre, con la diferencia de que ya no meterá todo en la misma bolsa. «Hay una excepción», dirá, y después de relatarla con lujo de detalles agregará: «creer o reventar». Esta es la historia de uno de esos sucesos. Ocurrió cuando falleció mi abuela, en diciembre del año pasado. Por eso, esta crónica está dedicada a ella.

          Mi tío fue el que dijo esa frase, cuando visitó a mis viejos, a las pocas horas de que mi abuela falleciera. Se la dijo a mi papá después de contarle toda la historia. Más tarde, mi papá me la contó a mí (en su caso se ahorró la frase, ya que él, a diferencia de su hermano mayor, cree en todas esas cosas). Pero antes de empezar con la parte sobrenatural de esta historia, me gustaría, a modo de homenaje y, por qué no, de elegía, hablar un poco de mi abuela, Gloria Fernández, conocida por todos como Chana.

          Mi abuela fue siempre una persona difícil, de carácter fuerte y demandante. Viuda cuando apenas transitaba los cincuenta años, pasó el resto de su vida girando alrededor de las vidas y las familias de sus dos hijos como un satélite que no se decidiera (o no quisiera decidirse) por un planeta en particular. Así pasó la segunda mitad de su vida, viviendo con un hijo, después con una hermana, más tarde con otra hermana, y al final, cuando la luz ya se estaba apagando y no quedaba mucho de ella, turnándose con sus dos hijos, una semana con uno y una semana con otro. Lo que más recuerdo de ella, lamentablemente, son sus miedos. Ya ciega y con sus noventa y pico de años encima (ella solía mentir con respecto a su edad y nosotros, por deferencia, la dejábamos), vivía con pánico a que le pasara algo. Nunca sabía especificar a qué le temía exactamente, pero a la noche dormía con una linterna entre sus manos (herramienta que, para una persona ciega, no es de mucho provecho) y a lo largo del día solía sufrir crisis en las que afirmaba que no podía respirar, o que la sangre no le llegaba al cerebro, o que se mareaba, o que, o que, o que… Yo me inclino a pensar que le temía a la muerte y, viéndola cerca, se aferraba como podía a la vida. Por eso, la historia de cómo dejó este mundo, más que impresionarme o sorprenderme, me consoló.

          No quiero extenderme mucho, sólo decir que sus crisis empeoraron y, por esto, mi papá y mi tío se vieron obligados a llevarla a un geriátrico, en donde personal capacitado la atendería en todo momento. Lejos de mejorar, mi abuela empeoró y en cuestión de días estuvo internada, casi no reconociendo a nadie y llamando constantemente a su padre. Como suele pasar con los viejitos de noventa y pico de años, mi abuela falleció sin heroísmo en la cama de un hospital, con una bolsita de suero invadiéndole una de sus venas y, por fortuna, con sus dos hijos acompañándola.

          Pero la historia toma un giro inesperado cuando mi tío vuelve a la habitación para asegurarse de que no hubiese quedado nada olvidado. Entonces se le acercó una señora que, casi invisiblemente, había compartido la habitación con mi abuela durante el poco tiempo que ella había estado ahí.

          –Usted es el hijo de Gloria, ¿no? –le dijo la mujer, que aguardaba a que su hijo terminara de firmar los papeles que le permitirían salir y volver a su casa.

          Mi tío asintió, esperando el pésame.

          –Quería contarle algo –siguió la mujer–, ya se lo conté a mi hijo, pero él no me cree. Espero que usted sí. Cuando su madre ingresó a la habitación, yo ya estaba acá. Estaba mal, sabe. Se me había cerrado el pecho y no podía respirar. Los días pasaban y yo no mejoraba, para nada. Me imagino que los doctores ya estaban considerando la necesidad de un transplante, pero sé que esas cosas son difíciles… Más para alguien de mi edad. En fin… Lo que quiero decirle es que cuando su madre entró y los enfermeros la dejaron en la cama, un montón de ángeles la rodearon. Yo podía verlos… Era como si atendieran a su madre. La habitación se llenó de luz. Claro, usted podría pensar que estoy loca. Supongo que mi hijo lo piensa, pero no es así. Uno de los ángeles se me acercó y me tocó. Me puso la mano acá –la mujer se llevó la mano al pecho–. Después volvió con los otros y se fueron. Desde ese momento, yo empecé a mejorar. Sé que es difícil creer en estas cosas, pero la prueba es que hoy me dieron de alta, cuando una semana atrás parecía imposible.

          La mujer hizo una pausa, después siguió:

          –Su madre se fue bien acompañada. Quería que supiera eso.

          Palabras más, palabras menos, esta es la historia que mi tío le contó a mi papá, apenas unas horas después de la muerte de mi abuela. Si es verosímil o no, dependerá de lo que crea cada uno. Mi tío no suele creer en estas cosas, por eso, una vez que terminó de narrar lo que la mujer le había contado, agregó:

          Creer o reventar.

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