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20 de noviembre de 2019

EL INSTITUTO, de Stephen King






Luke Ellis es lo que podríamos llamar un chico superdotado. Tiene un coeficiente intelectual que supera, por mucho, al promedio, hasta el punto de ser, con doce años, admitido en dos universidades importantes para cursar dos carreras distintas… al mismo tiempo. Pero acá no terminan las facultades de Luke. A veces, y sin que él pueda controlarlo mucho, hace que las hojas de un libro se muevan con sólo mirarlas o que las puertas se cierren a sus espaldas sin que él use las manos. Al lado de su inteligencia, la telequinesia es sólo una particularidad insignificante, pero lo que Luke no sabe es que un grupo compuesto por un hombre y dos mujeres irrumpirán en su casa por la noche y se lo llevarán secuestrado justamente por esa habilidad a la que él y sus padres apenas le dan importancia.

De esta manera, Luke despertará en una habitación que es como su habitación, pero que no es su habitación. Se encontrará con otros chicos de más o menos su edad, algunos con capacidades telequinéticas, como él, y otros con habilidades telepáticas, retenidos a la fuerza en un lugar al que todos llaman el Instituto, que lo que busca es usar esas pequeñas destrezas para convertirlas en armas efectivas al servicio de un mundo que, al menos de manera directa, nunca se muestra tal cual es.

BUENÍSIMA: es lo que puedo decir de esta última novela de Stephen King publicada en Argentina. En El Instituto podemos ver lo mejor del maestro de Maine: personajes entrañables (con chicos al mejor estilo It, El cuerpo o Corazones en la Atlántida), un suspenso que se sostiene hasta las últimas páginas, poderes extrasensoriales (afín, obviamente, a Carrie y a Ojos de fuego) y una certera puntería para, por medio de una narración escalofriante, alcanzar el corazón del lector.

Por otra parte, El Instituto no es sólo una historia para pasar el rato (¿alguna buena historia lo es?). En esta novela, King nos permite poner en crisis tanto la idea del bien como la idea del mal. Lejos de quedarse en el postulado de que «el fin justifica los medios», nos revela que los malos pueden estar del lado del bien, del mismo modo que los buenos pueden arrastrarnos al mal. El fin, entonces, no sólo justifica los medios, sino que los construye, impone y alimenta. Además, ese mismo fin puede no ser otra cosa que una superstición. Así, a partir de la lectura de esta novela nos damos cuenta de que la superstición, en pleno siglo XXI, no murió ni está cerca de morir, simplemente cambió de vestimenta: mientras que antes usaba túnicas y blandía cruces, ahora se viste con delantales blancos y esgrime jeringas hipodérmicas.

No dejen pasar El Instituto. Mejor que El visitante, muy superior a La caja de botones de Gwendy, esta novela de Stephen King es su mejor entrega de, por lo menos, los últimos cinco años.


–King, Stephen. El Instituto. Buenos Aires, Plaza & Janés, 2019.


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