No sé ustedes, pero, en lo que a
mí se refiere, hace rato que no disfruto de las adaptaciones de las historias
de Stephen King a la pantalla grande. Recuerdo que, hace algunos años, esperaba
con ansiedad y entusiasmo esas versiones. Ahora, cada vez que anuncian un nuevo
proyecto de filmación (y los anuncian demasiado
seguido), me debato entre la indiferencia y el rechazo. ¿Es porque los
libros me gustan más que las películas? No, no tiene que ver con eso, ya que
los amantes de la literatura, entre los que me cuento, siempre (o casi siempre)
prefieren los libros. ¿Entonces por qué me está pasando esto? Creo que la
respuesta no está tanto en mí, sino en la industria misma del cine.
Hubo y hay tantas películas,
series y miniseries basadas en libros de Stephen King que dar una opinión
general es imposible. O, al menos, es imposible ser justo al darla. Desde grandes
producciones, como El resplandor (1980)
de Stanley Kubrick, Misery (1990) de
Rob Reiner y Milagros inesperados (1999)
de Frank Darabont; pasando por muy buenas adaptaciones, como Cujo (1983) de Lewis Teague, Cementerio de animales (1989) de Mary
Lambert y Maleficio (1996) de Tom
Holland; hasta patéticas propuestas, como El
fugitivo (1987) de Paul Michael Glaser, Corazones
en la Atlántida (2001) de Scott Hicks y Ojos
de fuego (2019) de Keith Thomas: nada queda afuera. Y los ejemplos podrían multiplicarse.
¿Qué cambió, entonces, en los
últimos años?
Voy a intentar responder esta
pregunta. Es una hipótesis, por lo que la discusión queda abierta. En mi
opinión, muchas de las últimas adaptaciones de la obra del maestro de Maine no
sólo son malas, sino traicioneras. Sí, traicionan los libros que les dieron
vida. Y no se trata de ser puristas y de afirmar que la película tiene que ser fiel (habría que discutir lo que eso significa)
al original. Entiendo que el cine y la literatura son artes distintas, de
naturaleza diferente y con reglas propias. De hecho, muchas de las mejores
transposiciones no respetaron el final del texto, y no por eso fueron malas.
Incluso, en algunos casos, esos cambios superaron al final dado por King.
Pienso en La ventana secreta de David
Koepp (2004) y La niebla de Frank
Darabont (2007). Los cambios son inevitables (por algo se llaman “adaptaciones”),
pero la cuestión estriba en que esos cambios no traicionen a la obra.
Traicionar la obra… Esto es,
creo, lo que está ocurriendo últimamente. Las modificaciones, los desvíos,
incluso los guiños dejan un mal sabor de boca porque no se originan en una
lectura personal y auténtica de la fuente, sino en una artimaña adrede para, al
mismo tiempo, sorprender y agradar al espectador ya informado. No hay una
apuesta artística, sino una manipulación calculada e interesada (y, como todo
lo que se calcula a base de interés, tiende a salir mal). Un caso interesante
es el de El resplandor, que mencioné
antes. La película de Kubrick disgustó a King (él sí la vivió como una traición
a su novela), pero no podemos decir que no sea una apuesta artística
interesante, aunque cambie aspectos decisivos de la historia original. En la
otra punta, tenemos La torre oscura,
esa patética versión de la saga de King, llevada a cabo por Nikolaj Arcel en
2017. Adaptar una saga de siete libros (ocho, si contamos El viento por la cerradura) en una película de casi hora y media es,
ya de por sí, imposible, y era de esperar que defraudara a muchos. Además,
hacer de un protagonista icónico en su fisonomía (un Roland de Gilead que
recrea a héroes como el Clint Eastwood de las películas del oeste) un personaje
cuyo actor es todo lo opuesto a lo que el libro construyó (Idris Elba es hijo
de padres africanos) vuelve a esta película un ejemplo de lo que muchos llaman
hoy “inclusión forzada”. Si bien este tema ha dado mucho espacio para la
discusión (pensemos en películas como Blancanieves
o La sirenita, de Disney), no es algo
que a priori me parezca repudiable.
Hay personajes que no se ven afectados por el origen étnico de los actores que
los encarnan, como es el caso de Mark Petrie en la última adaptación de Salem's Lot (2024), de Gary Dauberman, o
de Peter McVries en la nueva película de La
larga marcha (2025), de Francis Lawrence. En estos casos no hubo debate ni
polémica. Pero en casos como el de Roland sí, y no por racismo, sino por un
simple cortocircuito entre un personaje con una imagen que caló fuerte en el
imaginario de los lectores y un actor que parece elegido para contradecir esa
imagen.
El problema fundamental de muchas
de las adaptaciones de hoy es el siguiente: las
películas basadas en historias de Stephen King están hechas pensando en sorprender a los fanáticos
de sus libros. Entonces, los cambios en el argumento no nacen
de una interpretación personal con miras a una mejora (aunque siempre
discutible, claro), sino en un intento de descolocar al fanático que ya conoce
la historia original. ¿Cuál es el resultado de esto? Se cambian cosas que no
tendrían que cambiarse, que ya estaban bien y que funcionaban mejor antes. Por
ejemplo (ALERTA
SPOILER), cuando en la nueva versión de Cementerio de animales (2019), dirigida por Kevin Kölsch y Dennis
Widmyer, muere el personaje de Ellie en vez del de Gage. En un principio, la
consternación del espectador que leyó el libro es total (en ese sentido, el artilugio
dio resultado), pero esa sorpresa da paso, después (y pronto), a la desilusión.
Lo mismo podemos decir de La larga marcha,
ya mencionada en este artículo (ALERTA SPOILER DE NUEVO). No me importó que el
actor que encarna a Peter McVries, David Jonsson, sea afrobritánico (incluso,
me gustó mucho su interpretación), lo que sí me importó (y me indignó, para qué
negarlo) fue el cambio de final: el ganador de la larga marcha fue, es y será,
siempre, Raymond Garraty. No pueden cambiar eso. No deben. Lo mismo que con Cementerio de animales, la sorpresa fue
inmediata, pero la bronca la sucedió enseguida. En este caso, se trató de una
verdadera lástima. La larga marcha es
una buena película. Si no hubiesen traicionado el final del libro (y fue una
traición, no hay dudas), se hubiese tratado de una gran adaptación del maestro.
Como dije antes, hay muchos films
“de” Stephen King, y muchos más vienen en camino. En mi opinión, Hollywood
tendría que dejar un poco de nutrirse de la literatura y de hacer remakes (tema para otro artículo) y
pagarles a los guionistas para que escriban sus propias historias. Recursos no
le faltan. Pero si no lo hace, si continúa en su empeño de transponer obras
literarias o de hacer remakes, si
dentro de ese empeño los libros de Stephen King siguen siendo prioridad,
entonces que las adaptaciones no busquen sólo sorprender a quien ya conoce el
argumento original, porque esto lleva a hacer cambios donde los cambios no son
adecuados, de la misma manera que no es adecuado regalar un ladrillo para un
cumpleaños. De seguro va a haber una sorpresa, pero no una agradable.



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