
De esta manera, Ricardo será ese desalmado que, para poder
“completarse”, deberá robarles las almas a las personas, en un intento de
formar, con el conjunto de almas arrebatadas, un alma propia. Por esto estudia
medicina, y por esto decide trabajar en terapias intensivas de distintas
clínicas y hospitales de Buenos Aires, todo para estar cerca de aquellos que
están por morir, aquellos que, en cualquier momento, dejarán libre su alma.
Claro que esperar la muerte muchas veces se puede convertir en algo tedioso,
por lo que Ricardo no dudará en acelerar el proceso, matando él mismo a
aquellos a los que les robará su esencia.
El desalmado es
una inteligente conjunción entre novela fantástica (en un sentido
“todoroviano”) y novela psicológica. Si bien esta doble naturaleza impregna
toda la novela, la preponderancia de cada una corresponde, a su vez, a cada una
de las partes en que está dividida. Mientras que en la primera parte vemos la
actuación de Ricardo, en la segunda, gracias a los extensos diálogos con Julia,
su psicóloga, ahondamos en su mente y en su pasado. Por esto, en la primera
parte hay un protagonismo de la acción (la búsqueda constante de Ricardo por
encontrar almas que arrebatar, la relación de Ricardo con las personas que lo
rodean, en especial con su hermano Eduardo, etc.), a diferencia de lo que ocurre
en la segunda parte, donde abundan los diálogos y las reflexiones psicológicas.
Lejos de lo que se podría considerar un thriller, la historia avanza a paso lento, pero con complejidad y
agudeza. Es un buen ejemplo de lo que se puede hacer en Argentina en términos
de novela fantástica, en un mercado en el que predomina la ficción realista de
corte social o histórico. De hecho, es destacable la utilización de leyendas y
ambientes aborígenes, ya que le dan a El
desalmado una naturaleza propia, argentina y latinoamericana.
Ojalá veamos más novelas como ésta en los catálogos de las
editoriales.
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