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6 de marzo de 2025

CURABICHERA, de Luis Mey




 

          El Tano tuvo una infancia complicada, y no sólo por haber crecido en Florida, partido de Vicente López, en ese microuniverso a metros de la Panamericana en su unión con la General Paz; en esa Triple Frontera donde todo es oscuridad a base de luz eléctrica, polución, silencio de motores a gran velocidad, accidentes y, por supuesto, muertes; en ese rincón de Buenos Aires en el que la gente anda un poco desorientada y sus habitantes tartamudean; en ese espacio donde los santuarios en la vía pública reemplazan los cementerios y las ratas a las mascotas, cuando no a los hijos… El Tano, entonces, tuvo una infancia complicada no sólo por haber crecido ahí, sino también por sus viajes a la casa de su abuela, en Villa Rosa, bien lejos, donde termina el tren Belgrano y donde, en medio de un campo que es la nada misma, habitan alimañas peligrosas, espíritus recelosos y personas enigmáticas, entre ellas su misma abuela, una curabichera con todas las letras.

          Después de perder al último miembro de su familia, el Tano, que vive en Recoleta y tiene algo así como una consolidada carrera de escritor, decide volver al barrio, a su casa, a los contactos de la infancia. Su regreso no pasa desapercibido para los que nunca se fueron, que, poco a poco y uno a uno, empiezan a aparecer, con recuerdos del pasado y propuestas para el futuro. Lo que los personajes intuyen y el lector va descubriendo es que la llegada del Tano al barrio cambia las cosas, y no es sino hasta el final que se descubre la verdadera dimensión de ese cambio.

          Estamos ante una novela compleja en su temporalidad y perturbadora en su contenido. La convivencia de lo costumbrista con lo fantástico, junto a una construcción un tanto inquietante de los espacios, hace de Curabichera una experiencia tan particular como demoledora. Si bien se puede tardar un poco en agarrarle la vuelta a la trama, cuando finalmente se logra, cuando las piezas comienzan a encajar, ya no hay vuelta atrás. Curabichera se convierte en un viaje hipnótico, sometiendo al lector sin ninguna piedad, empujándolo hacia un final que es caída y, además, redención.

          Por otra parte, es interesante analizar cómo Mey utiliza la elipsis como recurso para hacer avanzar los acontecimientos. Sin decirlo todo, dice lo suficiente, logrando ponerle al lector la piel de gallina. Incluso, es justamente en ese no decir, en esos huecos hechos de interrogantes, donde se encuentra gran parte del atractivo de la historia.

          No duden en leer Curabichera, editada por La Crujía. Anímense, viajen a ese rincón de Buenos Aires, a esa Triple Frontera que une Florida, Saavedra y Villa Martelli. Ahí, bajo la sombra de la Panamericana, los esperan el Tano y los muchachos… Y también ellas que, mientras tanto, se alimentan.


***

Sobre el autor: Luis Mey nació en Buenos Aires en 1979. Es librero de profesión y autor de más de cuarenta novelas, entre las que se destacan aquellas que conforman la Trilogía Desgarrada editada por Factotum ediciones: Las garras del niño inútil, En verdad quiero verte, pero llevará mucho tiempo y Los abandonados. También publicó Diario de un librero (interZona), El pasado del cielo (Seix Barral), Tiene que ver con la furia (Emecé, en coautoría con Andrea Stefanoni), la novela de terror Macumba (Notanpuán), Los pájaros de la tristeza (Seix Barral) y Curabichera (La Crujía), entre otras. Es colaborador en diferentes medios gráficos y dicta talleres literarios individuales y grupales.



27 de febrero de 2025

CURSO DE ESCRITURA CREATIVA, de Brandon Sanderson





          A mí, en lo personal, no me gustó. Tal vez porque el libro se centra principalmente en la producción de novelas y sagas de fantasía épica o de ciencia ficción (y yo esperaba un abordaje más general de la escritura), o tal vez porque la forma de escribir de Sanderson no sólo no me identifica, sino que incluso me molesta. Para el autor de este libro, hay dos formas de escribir, que él llama "escritores de descubrimiento" y "escritores con esquema". Si bien es difícil encontrar autores en los extremos, la mayoría tiende a identificarse con uno de ellos. Yo me identifico con los primeros, Sanderson con los segundos, y esto hace que muchos de sus consejos no me aprovechen o que la concepción misma que tiene de la escritura me irrite.

          Podríamos decir que Sanderson ve la creación literaria en términos mecanicistas, basados en esquemas y configuraciones que buscan que el producto final "funcione" (palabra que utiliza una y otra vez). Sus conceptos de "arco de personaje", "ambientación" o las mismas "reglas de Sanderson" tienen como finalidad lograr una obra que agrade a los lectores y, por ende, se venda bien. Más allá de la idea de diversión, que no está ausente de la exposición, se ven los libros como un producto netamente comercial. No hay nada de malo en eso, no está mal que el escritor busque vender sus libros (yo mismo lo hago con bastante empeño), pero me hace ruido cuando, para lograrlo, se esté dispuesto a intervenir la historia fríamente hasta el punto de sacar personajes que se desvían de lo estipulado, cambiar tramas que reciben comentarios negativos o modificar escenarios que no llegan a gustar. De aquí la idea de que "funcionar" sea un sinónimo de gustar, algo que si no ocurre se debe "solucionar" para que la novela se venda. Bajo este punto de vista, muchas de las más grandes obras de la historia de la literatura (que no fueron bien recibidas en su momento por la incomodidad que generaron) jamas hubiesen existido. Como ejemplo de esta mirada, podría agregar la siguiente cita de la página 250 de la edición de Penguin (2022): "Para la mayoría de los escritores, pulir de este modo su narrativa es un reto que no termina nunca. Muy pocos llegan a la excelencia, y desde luego no en los primeros borradores, pero el camino es este. Si conseguís recorrerlo, si aprendéis a aplicar bien estas estrategias, venderéis libros de prisa".

          Insisto, querer vender libros no está mal, pero confundir la venta con la excelencia me parece un error tan triste como peligroso.

          En definitiva, si no desean escribir fantasía épica o si creen que la literatura es algo más (o mucho más) que la venta de libros, entonces este libro no es para ustedes. 

          Definitivamente no fue un libro para mí.



EL MONJE, de Matthew Lewis




          Publicada en 1796, El monje de Matthew Lewis es, para muchos, la primera novela de terror gótico de Inglaterra. Estemos de acuerdo o no con esta adjudicación inicial (se podría discutir mencionando El castillo de Otranto, de Horace Walpole, de 1764), sí es cierto que esta novela marcó un camino que después muchos siguieron e imitaron hasta el cliché.

          El monje cuenta la historia del abad Ambrosio, la decadencia moral en la que se ve inmerso y, también, la historia de los personajes que, directa o indirectamente, se relacionan con él.

          La novela está muy buena. A pesar de algunas desprolijidades en su estructura, hay que admitir que no ha envejecido todo lo que podría haberlo hecho. Dicho con otras palabras, se lee bien y se disfruta mejor. Incluso, sorprende la claridad con que se exponen argumentos anticlericales y se relatan algunos vicios y crímenes, hasta el punto de no sorprender que en su época se haya acusado a la obra y a su autor de inmorales y blasfemos. 

          Sin lugar a dudas, El monje de Matthew Lewis es un libro que vale la pena leer, tanto para conocer un clásico del gótico como para disfrutar de una historia que, en no pocas ocasiones, pone los pelos de punta.



15 de enero de 2025

NOSFERATU (2024): Mejor no comparar




          Vi la actual Nosferatu, de Robert Eggers. Me gustó, aunque no tanto como esperaba. Entre los aspectos positivos, resalto las actuaciones de Lily-Rose Depp (como Ellen Hutter) y de Nicholas Hoult (como Thomas Hutter). También son muy buenos los escenarios, que (tecnología mediante) hacen que el espectador se sienta transportado a la Europa del siglo XIX, tanto en su versión citadina como en la de las regiones arcaicas del Este. El ritmo de la historia se sostiene, los sustos tienen sus apariciones de rigor y la estética gótica no defrauda. 

          No obstante, el problema con este tipo de películas es que no se evalúan por los logros y defectos propios, sino por las virtudes y las deficiencias en comparación con los films que la preceden y conforman su base (en este caso, la versión muda de 1922, dirigida por F. W. Murnau, y la de 1979, de Werner Herzog). En este sentido, la adaptación actual defrauda bastante. No voy a hacer spoilers, pero sí diré que el argumento pierde con los cambios que implementa. La comparación más inevitable, la del conde Orlok, la deja mal parada. Los vampiros anteriores, el de Max Schreck y el de Klaus Kinski, son demasiado buenos en relación con la encarnación de Bill Skarsgård (y no por culpa de él, sino por un guion que hace del conde no mucho más que un bruto en descomposición). 

          En conclusión, siempre y cuando no se piense en sus predecesoras, la película puede llegar a agradar. 

          Y, para ahorrarle algunos golpes más, evitemos la comparación con la novela Drácula, de Bram Stoker.


(-Si te interesa leer más sobre las versiones de Nosferatu, hacé click acá.)