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3 de mayo de 2014

EL HEREDERO DEL DIABLO: historia de un embarazo complejo





            En El heredero del diablo (Devil's Due, 2014), una parejita perfecta se casa en una boda perfecta y tiene una luna de miel casi perfecta en Santo Domingo. Ese “casi” viene dado por el hecho de que, antes de volver de ese viaje idílico, los dos enamorados experimentan un pequeño contratiempo con una secta que les cambiará la vida por completo. La consecuencia de eso va a ser un embarazo inesperado y definitivamente fuera de lo común, plagado de hechos misteriosos e inexplicables, de cambios de conducta y de una atmósfera diabólica para nada saludable.

            Filmada en modo “cámaro en mano” con algunas variantes (se combina con varias cámaras de seguridad fijas), la historia aburre en la primera mitad de la película, aunque logra sobreponerse hacia el final. De cualquier manera, es hora de que los directores comiencen a preguntarse sobre la pertinencia de este estilo de filmación, claramente útil en películas como The Blair Witch Project (1999) o la española Rec (2007), pero demasiado artificioso en otros casos. En El heredero del diablo, la necesidad de mantener informado al espectador hace que la cámara se encienda en momentos poco creíbles, como en mitad de la noche o en plena consulta con el médico. Además, el argumento nos recuerda a Rosemary's Baby de Roman Polanski (1968), película con la que claramente sale perdiendo. A veces, las alusiones y las similitudes no hacen más que menoscabar el producto que tenemos entre manos.

            En conclusión, una película para ver sin muchas expectativas. Nos hará pasar un buen rato, aunque nos abandonará minutos después de haber concluido, incluso a pesar del esfuerzo final de los directores por generar inquietud en los espectadores.


Ficha técnica:
Título original: Devil's Due
Año: 2014
Duración: 89 min.
País: Estados Unidos
Director: Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett
Guión: Lindsay Devlin y Zoe Green
Reparto: Zach Gilford, Allison Miller, Robert Belushi, Kurt Krause, Steffie Grote
Productora: 20th Century Fox Film Corporation / Davis Entertainment


19 de abril de 2014

EN EL AULA






            Estoy en el colegio, en el aula mejor dicho, sentado en el pupitre del profesor. Es bastante más grande que los que pertenecen a los alumnos, pero de cualquier manera está a años luz de aquellos que servían de estrado a los profesores de antes, en el siglo XIX (creo que colegios de gran tradición y trayectoria como el Nacional Buenos Aires o el Pellegrini los siguen teniendo, pero en realidad no lo sé). Bueno, como decía, estoy sentado en el pupitre del profesor, y no es extraño que lo esté, ya que yo soy el profesor, o lo era, no sé. Supongo que después de lo que pasó ya no lo voy a ser más.

Hoy es mi primer día como docente. Ésta, mi primera suplencia. De alguna forma lamento que las cosas hayan salido así. Al final, se podría decir que no duré ni un día. Es difícil que pueda volver a un aula después de cargar con una muerte, y menos cuando apenas tengo horas de antigüedad. Pero tampoco es tan terrible. Después de todo, nunca quise ser profesor. Siempre soñé con ser escritor (todavía sueño), y la docencia fue el atajo más seguro para llegar a fin de mes. Aunque, a decir verdad, me dijeron que ni siquiera eso es seguro. Vivimos en Argentina, un país que te obliga a trabajar de lo que no te gusta para igual tener que pedir prestado. Si el destino es una fuerza que se caga de risa en la cara de los mortales, entonces la Argentina es el lugar que elige para pasar sus inacabables vacaciones…

Pero me estoy yendo de tema y no tengo mucho tiempo. No voy a decir mi nombre, pero diré que vivo en Castelar y que soy profesor de Lengua y literatura (en realidad soy Licenciado en Letras por la UBA, pero no vale la pena que hable de eso). Ésta es mi primera clase. Y, de seguro, la última. Cargo con la muerte de un joven. No creo que, de querer (y créanme, no quiero), alguien me deje volver a poner un pie en un aula. Mejor así. En lo que a mí respecta, me hacen un favor.

Me dieron los segundos años. Chicos de entre doce y trece años. Me pareció bien para empezar, chicos chicos, sin muchas hormonas y, dentro de todo (o al menos eso creí), dóciles. Y la cosa empezó bien. ¡Mierda que empezó bien! Entré, saludé y empecé a dar lo que había preparado (una clase sobre las variedades lingüísticas, los lectos y los registros). Los chicos escuchaban y copiaban cuando yo les dictaba. Pero entonces me percaté (no es que no lo había visto antes, sólo que no había reparado en él) del banco vacío en medio del aula, un poco hacia la derecha. No me hubiese llamado la atención de no ser por que los chicos que lo rodeaban lo miraban de reojo y con desconfianza. Incluso se alejaban lo máximo posible de él, de modo que las otras filas estaban excesivamente juntas, casi amontonadas. Pregunté a qué se debía, y como las buenas historias no se hacen esperar, y mucho menos rogar, me contaron de qué se trataba.

Ese banco había pertenecido, hasta hacía dos meses (estamos en julio), a un compañero de ellos, que había muerto de cáncer de hueso. Así dijeron, incluso con cierto regocijo: “muerto”, no “fallecido”. Muerto. A veces me pregunto por qué las personas disfrutan de hablar de la muerte de los demás, como si al hacerlo se resguardaran de su propia muerte. Si no me equivoco hay un cuento de Silvina Ocampo que trata de eso, pero ahora no me acuerdo el nombre… Pero bueno, sigo yéndome por las ramas, y en cualquier momento caen todos y tengo que dejar de escribir. Incluso la sangre ya está llegando a donde estoy. Si no me muevo pronto, me va a manchar los zapatos.

La cuestión es que los pibes creen, y según dijeron los profesores también, que ese banco está algo así como maldito, y que si uno de ellos se sienta ahí se va a morir. Me pareció una abominación que creyeran en eso, que inventaran historias alrededor de una enfermedad como el cáncer, que es tan terrible y temible (mi papá falleció de un tumor cerebral que apenas le dio tiempo para despedirse de sus familiares y amigos). Les dije además que no me creía eso de que los profesores avalaran un comportamiento como ése. Entonces un pibe habló. Un pibe…

–Posta, profe –dijo, con su brazo levantado–. Los otros profesores nunca nos hacen sentar en lo del pelado –al decir “pelado” hizo una pausa, que fue correspondida por algunas risitas–. Cuando nos cambian de lugar, siempre dejan libre el banco del pelado.

Una nueva pausa. Nuevas risitas.

El chico éste era muy flaco y morocho, con el pelo negro, corto, peinado hacia un costado. Apenas lo vi supe que se trataba de uno de esos “vivos”, que se la pasan intentando verse bien haciendo que los demás se vean mal. Todo curso tiene al menos uno, o eso me dijeron, y generalmente se sientan atrás de todo. Este pibe (no digo el nombre no porque quiera ocultarlo, sino porque nunca llegué a saberlo) no estaba atrás de todo, pero sí bastante atrás, en una de las filas de la izquierda.

En fin, quise dejar atrás el tema, primero porque me desviaba de las variedades lingüísticas, y segundo porque no me gusta hablar de cáncer. Y menos de nenes con cáncer. Tengo 32 años, con un padre fallecido por culpa de un tumor cerebral a los 57 años. Trato de pensar que el cáncer es privativo de los viejos (sé que no lo es, pero trato de pensarlo). Incluso, intento convencerme de que lo que le pasó a mi viejo fue una excepción. Pero pensar en un nene de doce años con cáncer de hueso es demasiado para mí. De sólo escribirlo se me pone la piel de gallina. Ni siquiera el charco de sangre que se acerca lentamente se compara con eso.

Seguí con la clase, dictando unos conceptos que después explicaba en el pizarrón. No necesité mucho para darme cuenta de que el pibe que había hablado antes era todo un tema. Prácticamente no me dejaba hilvanar dos oraciones juntas. Hablaba y hablaba, hacía chistes y tiraba papelitos. Y no dejaba su celular ni por un segundo. Lo reté y lo reté, pero él decía “perdón, profe”, asentía y ponía cara de compungido. Todo muy sobreactuado, lo que hacía que yo me enojara más y que sus compañeros se rieran y le festejaran su conducta. Unos diez minutos antes de terminar la clase, no me pude aguantar. No quería que la cosa terminara así. Dentro de un aula, y eso lo comprendí en seguida, todo se trata de ver quién la tiene más grande. Si la tienen los alumnos, el profesor puede darse por perdido. Pero si el docente se impone, entonces tiene posibilidades de llegar a fin de año. Eso es lo que al menos intuí con mi desproporcionadamente escasa experiencia. Supongo que no voy a llegar a confirmarlo.

Me propuse, entonces, darle una lección, y lo primero que se me ocurrió fue hacerle lo que los demás profesores no se animaban a hacer: le exigí que se cambiara de lugar… Al lugar vacío, claro. La cara que puso en ese momento no tenía nada de sobreactuado. Era verdadero terror. No me considero sádico, pero tengo que admitir que el hecho de verlo tan asustado me entusiasmó un poco, por lo que no di el brazo a torcer. Al principio se negó, pero yo insistí, grité y lo amenacé con ir a la dirección y llamar a sus padres. Finalmente flaqueó. Agarró sus cosas y con lentitud, como un condenado que se dirige a la silla eléctrica, se acercó al pupitre vacío. El silencio fue en ese momento, y por primera vez, absoluto. Todos lo miraban con esa mezcla de compasión y miedo que despiertan las personas con el destino marcado. Me pareció una exageración por parte de todos, pero al menos había demostrado quién llevaba los pantalones puestos. Cuando finalmente el pibe se sentó, vi que lloraba. Sus cachetes estaban atravesados por dos columnas húmedas, sus ojos estaban hinchados y de su nariz caían abundantes mocos líquidos.

Me sentí mal, ¿para qué mentir? No está bien hacer llorar a nadie, y menos a un pibe. Me propuse entonces intentar arreglar lo hecho, pero siempre después de la clase. Ya había perdido más tiempo del que me parecía aceptable. Seguí entonces, y en los minutos que quedaron, el pibe no dijo ni una sola palabra. Simplemente se miraba las manos, que tenía entrelazadas arriba del banco.

Tocó el timbre, dejé tarea y saludé con un fugaz “Hasta mañana”. Sólo pedí que se quedara el chico éste.

–Usted –dije, señalándolo, ya que no sabía su nombre–. Usted, quédese, que quiero que hablemos.

Los demás se fueron a sus casas, ya que era la última hora, mirando al compañero en la silla de la muerte como si no fueran a verlo de nuevo. Ahora que lo pienso, y con la sangre ya debajo de mis suelas, tenían razón. ¡Qué irónico es, a veces, el destino!

Una vez que el aula estuvo vacía, me le acerqué intentando adquirir una imagen conciliadora. Él ya no lloraba, pero se notaba que no estaba bien.

–No es para que se ponga mal –dije, con un asomo de amigable sonrisa–. Tiene que entender que si usted se porta así, yo no puedo dar la clase. ¿Entiende?

El pibe permaneció inmóvil, mirando sus manos.

–Escuche, le voy a ser honesto –continué–. Usted me parece una persona inteligente, a lo mejor la más inteligente de todo el curso –el chico levantó la vista (el viejo truco de adular, funciona especialmente bien con los adolescentes, y más si son idiotas)–. Lo digo en serio, y creo que nos vamos a poder llevar bien. Incluso, creo que hasta le puede llegar a gustar la materia, pero tiene que prometerme que me va a dejar dar clase, ¿sí?

El chico se mordió el labio inferior y asintió. Se la había creído, nomás.

–¿Sí? –volví a preguntar, sonriendo más abiertamente.

–Sí, profe –respondió, al tiempo que asentía.

–Y no se preocupe por la leyenda ésa del banco de la muerte. Este colegio tiene nocturna, y ese banco siempre está ocupado y, ¿sabe qué?, nadie ha muerto.

Le guiñé un ojo y él, por fin, sonrió.

Fue la última vez que lo hizo.

Cuando yo mismo levanté la vista, lo vi. Un pibe flaco, muy flaco, y pálido, sin pelo, con dos ojos tan hundidos y rodeados de ojeras violetas tan oscuras que parecía tener una calavera en vez de cara. Estaba parado, un poco inclinado hacia delante, en el rincón derecho del fondo del aula, con su uniforme puesto. Le quedaba enorme, pero no porque fuera grande, sino porque su cuerpo estaba tan consumido que la remera y el pantalón parecían bolsas.

Me miró.

Me hizo saber.

Cómo lo trataron.

Cómo lo hicieron sentir, a pesar de que todos sabían que iba a morir.

Le decían pelado.

Y él que había tenido unos rulos colorados tan lindos (el orgullo de sus dos abuelas).

Y lo hicieron llorar.

¡Cómo había llorado! ¡Tanto que a veces la idea de que iba a morir lo hacía sentirse reconfortado!

Y estaba ese pibe.

El gracioso.

El vivo.

Ése era el peor. El que le había inventado “pelado”. El que lo había hecho quedar mal delante de la chica que le gustaba, delante de todo el mundo.

Ése que estaba ahora sentado ahí, en su lugar.

Y entonces me di cuenta.

Me di cuenta de que la idea de que Dios no exista no es ni por asomo tan terrible como la de un Dios que existe y permite injusticias de ese tipo, que un chico como ése muriera en medio de atroces sufrimientos, mientras que otro como éste viviera.

Sentí ira y tristeza.

Pero más que nada ira.

–¿Ya me puedo ir? –dijo el pibe desde el asiento, y apenas me acuerdo de lo que pasó después. Sé que lo agarré de la nuca y empecé a golpearlo contra el pupitre repetidas veces. Incluso no paré cuando escuché los “cracks” (que no sabía si venían de la madera del banco o de los huesos de la cara del chico). Golpeé y golpeé hasta que no pude más. Hasta que quedé exhausto.

Entonces tiré al pibe hacia atrás y me senté en el banco de adelante, respirando en amplias bocanadas. Tenía todo el cuerpo transpirado y la camisa pegada a la espalda. Afuera, el movimiento en el colegio ya era nulo. Todos los alumnos habían salido y era cuestión de minutos para que el preceptor pasara a controlar el estado del aula.

Miré al chico con atención. Estaba apoyado en el respaldo del asiento, con la cara vuelta hacia arriba, como contemplando el techo. No parecía respirar, pero dudaba de que estuviera muerto. Después de unos minutos me convencí de que sí, ya que no hacía ni el menor ruido. Tenía toda la cara hecha un amasijo de carne. La sangre le caía a chorros por las mejillas y el mentón. La nariz prácticamente había desaparecido, hundida como estaba a la altura de los pómulos, que por otra parte no eran más que un montón de carne y hueso.

Le pegué entonces un vistazo al banco. Un charco de sangre apenas ocultaba tres o cuatro dientes clavados en la superficie de madera.

Volví a mirar hacia el rincón derecho del fondo del aula. El otro chico ya no estaba. Se había ido.

Decidí hacer algo antes de que alguien llegara. Entonces volví al pupitre del profesor y empecé a escribir. Delante de mí, está el chico que se creía vivo por joder con un muerto. Ahora, él también está muerto.

No sé si llamarlo justicia.


© Lucas Berruezo





8 de abril de 2014

JOYLAND, de Stephen King




«Con veintiún años, la vida es un mapa de carreteras. Es solo cuando cumples los veinticinco o así que empiezas a sospechar que has estado mirando el mapa al revés, y no es hasta que alcanzas los cuarenta que estás completamente seguro de haberlo hecho. Para cuando tienes sesenta, fíate de mí, uno está más perdido que la hostia.»
Stephen King, Joyland.

            Siempre se habla de Stephen King como del maestro de lo oscuro. No es una apreciación errónea, para nada, ya que sin duda lo es. Sin embargo, no es el único “título” que le quedaría bien. Como la vida misma, con su constante danza de luces y sombras, King logra no sólo estremecernos con lo tétrico de la existencia y sus posibilidades, sino que también nos emociona con lo luminoso, puro y diáfano que esa misma existencia, al menos de vez en cuando, encarna (principalmente cuando los monstruos se van a dormir, claro). Lo vimos innumerables veces: en la amistad de Garraty con McVries en La larga marcha, en esa cofradía infantil/juvenil del “club de los perdedores” en It, en el vínculo formado entre Bobby Garfield y Ted Brautigan en Corazones en la Atlántida, en la forma en que Jonesy y sus amigos reciben a Duddits en El cazador de sueños… Y la lista podría extenderse hasta límites poco tolerables para una reseña. Lo importante, en todo caso, es que esa combinación de lo peor y de lo mejor que puede presentarnos la vida la vemos ahora, una vez más, en Joyland.

            Joyland nos cuenta la historia de Devin Jones. O, mejor dicho, en Joyland Devin Jones, un veterano con sus sesenta primaveras cumplidas, nos cuenta su historia. La historia del verano más importante de su vida; aquél de 1973 en que, con veintiún años y mientras asimilaba el hecho de ser abandonado por su novia, decide viajar a otro Estado para trabajar en Joyland, un parque de atracciones de mediana importancia en donde escuchará hablar de Linda Gray (una chica degollada años atrás en La casa embrujada y cuyo fantasma, según dicen, permanece ahí) y del asesino de la feria (su ejecutor, todavía prófugo); el mismo verano en que pierde su virginidad, se convierte en héroe y conoce a Mike Ross, un chico en silla de ruedas con capacidades (extrasensoriales) distintas, que le cambiará la vida para siempre.

            Novela de iniciación, relato policial, historia de fantasmas, Joyland es un poco de todo eso. Presentando una trama en sí bastante simple, vemos a un narrador convincente y entrañable que, al hablar de su vida y de un verano en particular, nos habla de la vida y de las experiencias esenciales a todo ser humano: el amor, la amistad, la perversión, la locura, la enfermedad, la muerte…

            Lejos está aquí ese King monumental y de tramas complejas como las que disfrutamos en Insomnia, La historia de Lisey, La torre oscura o, incluso, la ya mencionada It. En este caso, nos encontramos con un King simple, pero no por eso menos King. En las trescientas páginas que conforman Joyland, se emocionarán de la misma manera que se horrorizarán; tratarán de aguantar el máximo tiempo posible leyendo, aunque eso suponga ir a trabajar sin dormir (yo lo he hecho, pero, créanme, no he sido el único, me consta). Dejarán, finalmente, el libro a un lado, pero sin que su mente se resigne a abandonarlo.

            Leer Joyland los dejará pensando. En pocas palabras, afectará sus vidas. Tal vez de manera ínfima, pero para un libro eso es, ya, demasiado.


***
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Sobre el autor: Stephen King nació en Maine (EE.UU.) en 1947. Estudió en la universidad de este Estado y después trabajó como profesor de literatura inglesa. Su primer éxito literario fue Carrie (1974), que, como muchas de sus novelas posteriores, fue adaptada al cine. Lleva escritas más de cuarenta novelas (entre las que se destacan Cementerio de animales, It, The Green Mile, Un saco de huesos y la saga La torre oscura, entre muchas otras) y doscientos relatos. En 2003 fue galardonado con el premio literario estadounidense de mayor prestigio, la medalla de The National Book Foundation for Distinguished Contribution to American Letters.



- King, Stephen. Joyland. Buenos Aires, Debolsillo, 2014.



1 de abril de 2014

THE WALKING DEAD: Terminó la cuarta temporada



SPOILER ALERT!!!!!
(Si no viste la cuarta temporada COMPLETA, entonces no leas este artículo)





Cuando los hombres se convierten en zombis


            Acaba de terminar la cuarta temporada de The Walking Dead y, después de records de audiencia y de un final que ha dejado conforme a millones de seguidores en todo el mundo (en EE.UU, sólo el domingo, la vieron 15,7 millones de personas), vale la pena compartir algunos comentarios.

            Cuando terminó la tercera temporada, me detuve en la naturaleza de los caminantes y en su relevancia en la historia[1]. Ahora, en cambio, quiero reflexionar un poco sobre la naturaleza e importancia de los mismos seres humanos y sobre su representación en este final que, a diferencia del de la temporada anterior (muy criticado y denostado por muchos de sus fans), dejó a los espectadores con un innegable deseo de más.

            Rick y sus amigos, divididos en varios grupos dispersos después de su huida de la prisión, llegan por fin a Terminus, un refugio abierto a todo aquel que pueda llegar hasta él. Al parecer, se trata de un lugar en el que la vida puede continuar, junto a personas tolerantes y bienintencionadas, donde no falta ni la comida ni las sonrisas. Por supuesto, si hay algo constante en las historias de zombis es que los refugios no existen y que la vida, salvo durante un breve periodo ilusorio, nunca mejora. Este caso no es la excepción. A minutos de llegar, Rick, Michone, Daryl y Carl notan que las cosas no son tan perfectas como aparentaban y, una vez más, tienen que enfrentarse al único ser que supera en peligrosidad al caminante: el hombre.

            Ahora bien, a partir de varios indicios se puede inferir que las personas que viven en Terminus son caníbales. Una cuestión aparentemente menor, pero que en realidad cristaliza una tendencia muy importante en esta serie, que viene presentándose desde la segunda temporada: los caminantes se están extendiendo mucho más de lo que puede verse a partir de su propia naturaleza muerta. Varias temporadas atrás fuimos testigos de cómo los humanos se convertían en zombis una vez muertos, sin importar que hubiesen sido mordidos o no. En otras palabras, estaban infectados. Ahora, podríamos ser testigos de un nuevo paso en esta dirección, ya que las personas (insisto, es una posibilidad todavía no confirmada) estarían reproduciendo el comportamiento básico de los zombis: comer carne humana. Si esto es así, las implicancias en el futuro de la historia serían más que relevantes, serían esenciales. Si los hombres se convirtiesen en zombis antes de dar su último suspiro, entonces tendríamos unos caminantes infinitamente más peligrosos que aquellos seres medio podridos; tendríamos caminantes dotados de razón y cálculo; tendríamos una nueva raza de zombis.

            Por último, lo que no se trata de una posibilidad, sino de un dato bien concreto extraído del argumento, es la forma en que Rick mata al líder del grupo que los estaba amenazando al costado del camino: con una mordida en el cuello. Cualquier similitud con un caminante no es, por supuesto, mera coincidencia.

            Quedamos, una vez más, a la espera de nuevos capítulos.
           

23 de marzo de 2014

OSARIO COMÚN. SUMMA DE FANTASÍA Y HORROR (comp.), de editorial Muerde Muertos




            Cuando escribí la reseña del libro Terror[1], publicado por la editorial Planeta en 2012, me quejé de que en Argentina las editoriales no se tomaban en serio el género de horror, o por lo menos no lo suficientemente en serio como para hacer una antología comprometida y verdaderamente representativa. Me alegro de poder afirmar que me equivocaba, que lo que dije en 2012 dejó de tener vigencia en 2013, cuando la editorial Muerde Muertos sacó la antología Osario común. Summa de fantasía y horror a cargo del escritor Patricio Chaija, que no sólo realizó una selección admirable, sino que también escribió la introducción y las notas introductorias a cada cuento y a cada escritor (algunos de ellos inéditos).

            En la introducción, Chaija afirma que su propósito fue, justamente, el de rastrear y compilar a aquellos autores que, aunque inéditos o poco conocidos, se caracterizan por abordar el relato de terror de forma frecuente, configurando así la actualidad del género en Argentina. Por esto mismo, Osario común. Summa de fantasía y horror no sólo es un excelente libro, lleno de buenos cuentos, sino que también es una gran oportunidad de conocer la actualidad de un género que en nuestro país carece de una tradición fuerte y definida, pero que goza de un presente de buena salud y, por ende, de un futuro prometedor.

            En esta summa hay, verdaderamente, para todos los gustos. Desde cuentos de horror monstruoso (como es el caso de “Gringos de tierra y río” de Sebastián Chilano) hasta historias de amor macabro (como “Ojos verdes” de José María Marcos), pasando por la presencia de fantasmas del pasado que siempre están dispuestos a volver para torturarnos un poco (“La habitación de mamá” de Pablo Schuff, “El centinela” de Alejandra Zina, “En la ruta” de Gustavo Nielsen) y por el coqueteo con la ciencia ficción (“Metano” de Walter Iannelli) o la psicología (“Fin de curso” de Mariana Enriquez), por sólo mencionar algunos tópicos.

            Por último, el libro se cierra con un epílogo escrito por Carlos y José María Marcos, en el que, con su prosa certera y embriagadora, nos cuentan cómo nació el proyecto y nos ponen al tanto sobre cuestiones históricas, etimológicas y literarias. Sin lugar a dudas, un lujo.

            Un osario es un lugar de muerte. Tradicionalmente, los osarios eran aquellos lugares donde se depositaban los huesos que eran exhumados de las tumbas con el fin de dejarlas disponibles para nuevos entierros. Sin embargo, y en este caso en particular, la muerte habla de vida, de la vida de un género que poco a poco va ganando el lugar que se merece, gracias al arrojo de editoriales que se animan y a la pluma de escritores que sacan afuera sus fantasmas sin esperar a cambio más que la catarsis propia de ese ejercicio.

            Anímense. Lean este libro. Todos formamos parte de este Osario común, ya que apenas nos diferenciamos cuando de nuestros huesos se trata.

***
A continuación, les dejo la lista con los cuentos y sus autores:

            “En el patio, con Mortimer, conmigo” de Fabio Ferreras
            “Fin de curso” de Mariana Enriquez
            “La habitación de mamá” de Pablo Schuff
            “El que habita en las arenas” de Pablo Tolosa
            “Enterrado” de Jorge Baradit
            “Ojos verdes” de José María Marcos
            “Metano” de Walter Iannelli
            “El centinela” de Alejandra Zina
            “Abrirse paso” de Claudia Cortalezzi
            “La mecánica del infierno” de Ignacio Román González
            “El comienzo” de Gerardo Quiroga
            “Quemar a madre” de Ricardo Giorno
            “Gringos de tierra y río” de Sebastián Chilano
            “En la ruta” de Gustavo Nielsen
            “Solución de continuidad” de César Cruz Ortega
            “La estatuilla y la muerte” de Alberto Ramponelli
            “Afuera sigue cayendo ceniza” de Emiliano Vuela.

11 de enero de 2014

BESTIAS AFUERA, de Fabián Martínez Siccardi




«–En un sitio como éste hay que controlar la tendencia de la mente a poblar lo inhabitado. Acá, los pensamientos se agrandan y pueden terminar saliendo de las maneras más inesperadas, más perturbadoras.»
Fabián Martínez Siccardi, Bestias afuera.


El aislamiento, la rusticidad, la naturaleza al mismo tiempo yerma y exuberante, lo salvaje… Todo esto forma parte de la vida en La Guillermina, la estancia patagónica a la que debe ir Florián, un agrónomo recién recibido de 24 años, con el fin de realizar una recopilación de pulgones para estudiarlos, luego, en el laboratorio. Desde un comienzo, su llegada a La Guillermina está marcada por un alejamiento de todo y un adentramiento a lo recluido (no sólo geográfica, sino también temporalmente): «Dentro de ese contorno [que delimitaba la estancia] se concentraban los únicos elementos humanos en kilómetros a la redonda; afuera quedaba lo salvaje, lo inalterado» (p. 13). En esta dicotomía entre lo salvaje y lo civilizado, entre lo bestial y lo humano, que nos trae a la memoria el binomio sarmientino, se desarrolla Bestias afuera, la novela de Fabián Martínez Siccardi que acaba de ganar el Premio Clarín de Novela 2013.

            Cuando Florián, junto a su perro Atila, llega a La Guillermina es recibido por Bastiana, la mujer que cuida de Haroldo (el dueño de la estancia, un hombre enfermo y envejecido) y se encarga de las cuestiones domésticas. Las palabras con que Bastiana recibe a Florián están lejos de ser de bienvenida y se dirigen más a Atila que a él: «Las bestias afuera» (p. 15). La inflexibilidad de la mujer plantea ya la imposibilidad de ir en contra de las reglas de la estancia: los animales, las bestias, se quedan afuera, las personas, adentro. Florián debe, entonces, encontrar la forma de ubicar a Atila, con quien mantiene una relación de amistad ajena a toda distinción entre lo humano y lo animal. Más tarde descubrirá, con el transcurrir de los acontecimientos, que él no es el único incapaz de establecer este tipo de distinciones.

            La novela está buena justamente por eso: con una prosa simple, aunque no exenta de profundidad, Martínez Siccardi nos introduce en un universo conformado por un número reducido de personas y por una serie de reglas que, por rígidas o inalterables que parezcan, no tardarán en mostrar sus fisuras. Incluso la regla principal, la de las bestias afuera, comenzará a desdibujarse, mostrándonos cómo las personas pueden llegar a ser tan bestiales, o más, que los animales. Y es entonces cuando notamos que las dicotomías ya no funcionan, que los binomios dan paso a las ambigüedades y éstas a las integraciones, para ponernos en un lugar incómodo en el que nada es lo que parece o lo que nos gustaría que fuera, donde los hombres son capaces de las peores acciones y los animales, simples víctimas de nuestras perversiones. Ni la realidad misma quedará libre de contaminación, y las barreras de lo real y lo sobrenatural se quebrarán con la misma facilidad con que un árbol seco es arrastrado por la fuerza salvaje de un río embravecido.

            Afín a una tradición amplia, que incluye a escritores como Ezequiel Martínez Estrada y Henry James, Bestias afuera es una buena opción para estos meses de calor y escasa energía eléctrica. Los invito a leerla.


***

Sobre el autor: Fabián Martínez Siccardi nació en Río Gallegos en 1964. Aunque en la actualidad vive y trabaja (como traductor e intérprete) en Buenos Aires, durante gran parte de su vida careció de una residencia fija, estableciéndose en distintas ciudades de la Argentina, Estados Unidos y España. Entre sus trabajos cabe destacar la novela juvenil Patagonia iluminada (2012) y los relatos “Memoria fotográfica” (segundo premio Hucha de Oro, 2003), “El santo invisible” (segundo premio Ciudad de Zaragoza, 2005), “If then a man” (en coautoría con el sudafricano Arthur Rose y finalista del Glimmer Train Press, 2012) y “Laika” (premio Alberto Lista, 2007, y adaptado al teatro por el mismo Martínez Siccardi bajo el nombre Laika, no te escondas).

- Martínez Siccardi, Fabián. Bestias afuera. Buenos Aires, Clarín-Alfaguara, 2013.


5 de enero de 2014

EL PSICOANALISTA, de John Katzenbach




Las reglas indican que en una reseña crítica primero se debe dar un breve resumen de la obra y después desarrollar la opinión que se tiene de la misma. Permítanme evadir un poco esas reglas e ir directamente al grano: El psicoanalista (2002) de John Katzenbach es una acumulación de quinientas páginas de puro tedio. Todavía no puedo entender cómo me hablaron tan bien de esta novela, que, de hecho, me vienen recomendando desde hace diez años. Pero bueno, de la misma manera que la vida no es justa, el mundo de la valoración estética no tiene por qué serlo.

            Ahora sí, vamos a ver de qué trata la historia. El psicoanalista nos pone en escena al doctor Frederick Starks (Ricky para los que lo conocen), un psicoanalista que, después de perder a su esposa a manos del cáncer, mantiene una vida gris, con pocos sobresaltos y centrada en su trabajo. Por lo menos hasta el día en que cumple cincuenta y tres años, día en que, a su vez, recibe una extraña carta de alguien que se hace llamar Rumplestiltskin, indicándole que si no descubre quién es él (emulando el cuento tradicional del que tomó el nombre) en exactamente quince días, va a tener que suicidarse o, de lo contrario, verá sufrir o morir a algún ser querido. El doctor Starks no tiene ningún ser que le sea realmente querido, pero se niega a ser responsable de una muerte ajena (o de algo incluso peor), y por eso decide seguir el juego de su acosador. A lo largo de las quinientas páginas mencionadas, veremos cómo se desarrolla un juego de víctimas/victimarios que no cesará de cambiar y que mostrará las distintas formas en que se puede empujar al límite a una persona.

            Hasta ahí la novela parece buena, ¿no? Bueno, no. Por la forma en que está desarrollado el argumento, se trata de una novela que se podría haber hecho en doscientas páginas, no en quinientas, lo que la vuelve tediosa, por momentos poco menos que insoportable. Katzenbach, en su intento por desarrollar un thriller psicológico, nos abruma con los pensamientos del protagonista, extendiéndose páginas y páginas en elucubraciones que, careciendo de la fuerza introspectiva de una primera persona, son expuestas de forma sistemática, y hasta ridícula, por un narrador omnisciente que sabe lo que Starks hubiera pensado de conocer un dato que ignora, pero duda al momento de afirmar cuántos grados descendió la temperatura. Dicho en pocas palabras, entramos a la novela esperando encontrar un thriller psicológico y nos encontramos con un aburrimiento mental.

            Por último, y para aquellos a los que les gusta el misterio, les digo que ese juego de víctimas/victimarios se resuelve de manera definitiva en las últimas páginas de la novela. De cualquier forma, no van a tener que esperar tanto. La resolución, salvo en alguno que otro detalle, es bastante predecible y el rompecabezas se vuelve evidente mucho antes de que todas las piezas ocupen su lugar.

            En fin, El psicoanalista de John Katzenbach fue una novela de considerable éxito que todavía hoy se sigue reeditando y vendiendo. Paradojas de la vida. Desde este modesto blog, no la recomiendo. No obstante, sean libres.




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Sobre el autor: John Katzenbach nació en Estados Unidos en 1950. Trabajó como periodista especializado en temas judiciales al tiempo que desarrolló su carrera de escritor y de guionista de cine (en películas basadas en sus propias novelas). Entre sus novelas más conocidas, se encuentran Al calor del verano (1982), Juicio final (1992), El psicoanalista (2002) y El profesor (2010).