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2 de abril de 2010

REFLEXIÓN EN SEMANA SANTA

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«Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?». Lc 18, 8.
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         Recuerdo que de niño mis festividades favoritas eran la Navidad y la Pascua. La primera por los regalos y la segunda por ese algo especial que sentía a mi alrededor: las películas Jesús de Nazareth, Rey de reyes y Los diez mandamientos; las misas y el Vía Crucis; el pescado en la mesa (en casa nunca comíamos pescado, por lo que el suceso no pasaba inadvertido). Por supuesto, también estaban los días libres y los huevos de chocolate, pero no era por ellos que me gustaba la Semana Santa. Lo que más me atraía era la sensación de vivir por unos días en un mundo distinto, más renovado, puro y místico. A medida que fui creciendo, el misticismo fue perdiendo fuerza y presencia en un momento histórico en el que, cada vez más, se relega lo religioso en pos de otros intereses.

         No pretendo hacer un post religioso ni juzgar a aquellos que, como no cristianos, tienen todo el derecho del mundo a pasar sus horas como se les dé la gana. ¿Por qué, si una persona no cree en Dios, tiene que guardar el viernes o tolerar toda una programación televisiva religiosa? Recuerdo que mis padres me contaron que, cuando ellos eran niños, las radios en Semana Santa sólo pasaban música sacra. ¿Por qué una persona con creencias diferentes debe tolerar eso? Bueno, hoy por hoy no tiene que hacerlo: la televisión ofrece muchas otras opciones y las radios transmiten como en cualquier momento del año. En la calle, prácticamente nada hace pensar en una conmemoración santa: algunos negocios cerrados, chocolate por todas partes y los centros turísticos repletos son los únicos indicios de la muerte y resurrección de Jesucristo.

         No voy a decir, porque en realidad no lo creo, que antes era mejor. Obligar a las personas a celebrar algo en lo que no creen no es el camino adecuado, aunque me gustaría que el mundo creyera más, como me gustaría creer más yo también. Soy cristiano, más exactamente católico, y vivo con pesadumbre la progresiva falta de fe. No me refiero al incumplimiento de los ritos, sino a la postura de completo desinterés hacia lo divino (a veces me imagino a Jesús en el Paraíso, mirando a la humanidad y pensando que conserva más cicatrices en su cuerpo que seguidores en la Tierra). Varias veces oí la expresión «católico (o creyente) no practicante». Bueno, en estas fechas es cuando queda en claro que dicha expresión es una falsedad, una mentira que las personas se dicen a sí mismas para no admitir que dejaron de creer. Creer significa, de algún modo, asumir, y, al asumir, nuestras prácticas se ven alteradas. La fe, es verdad, no necesita de la práctica, pero necesariamente ésta se ve transformada por aquélla. El creyente que vive como si no lo fuera no es creyente. La persona que cree tal vez no vaya a misa o no siga todos y cada uno de los preceptos de la Iglesia, pero de alguna manera practica su fe. En algún punto debe hacerlo.

         Tal vez el feriado deba ser sólo para los creyentes. Así dejaría de ser una razón para tomarse vacaciones o para salir a bailar desde el miércoles hasta el domingo. No es bueno obligar a las personas a celebrar algo en lo que no creen, pero tampoco es bueno que las personas que no creen se valgan de la celebración de los creyentes para tomarse días libres. Si vamos a lo justo, lo justo es justo.

         Muchos se quejan de que los valores se están perdiendo, de que la gente es cada vez más violenta y maleducada, de que estamos cada vez peor… No sé si es cierto; pero si lo es, me preguntó cuánto tendrá que ver el abandono sistemático de las creencias religiosas. En todo caso, me imagino que mucho.

         Por último, los invito a leer (o a releer) el post «Elí, Elí, lamá sabactani», que reflexiona sobre las últimas palabras de Cristo en la cruz y que tanto tiene que ver con estos días.
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29 de marzo de 2010

MALA NOCHE

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         Le echó una mirada fugaz al reloj despertador y vio que los números rojos marcaban 03:07. Las tres de la madrugada. En tres horas más tendrían que levantarse para ir a trabajar, y apenas habían conseguido dormir algo. Dos horas, como mucho, y ni siquiera las habían dormido de corrido. A su lado, Iván se retorcía entre las colchas. Él también estaba inquieto, y no era para menos, él trabajaba dos horas más que ella. No sabía cómo iban a hacer para mantenerse lúcidos, teniendo en cuenta la mala noche que estaban pasando. En la otra habitación estaba Estrella, su hija de ocho meses. En poco más de una semana cumpliría los nueve meses, y para entonces suponía que ya tendría al aire una parte de sus dientes delanteros, eso dientes que ahora estaban pugnando por salir y la tenían a Estrella en un constante y aturdidor llanto. Ya a la noche no había querido su cena, y a eso de las doce o doce y media había comenzado a llorar. Varias veces se habían despertado para consolarla, primero ella y después Iván, pero todo había sido en vano. Al rato que se dormía se volvía a despertar, y su llanto parecía ser cada vez más fuerte. Intentaron encerrarse en su habitación, pero el sonido se colaba por debajo de la puerta. La encerraron a ella también, pero parecía que dos puertas no eran suficientes para detener su llanto estridente. Ya no sabía qué hacer, quería dormir, pero no se le ocurría cómo lograr que Estrella se calmara. Y encima, al otro día tendría que enfrentarse a su jefa en la reunión mensual de personal, que organizaba su empresa para definir cómo se encontraba el ambiente laboral y qué se podía hacer para mejorarlo (lo que dejaba en claro que, para las autoridades, nunca se encontraría lo suficientemente bien). ¿Cómo iba a hacer para hablar ante sus compañeros y sus superiores si no dormía lo suficiente? Años atrás, cuando se sentía joven y en algún punto lo era, no habría tenido problemas: más de una vez había ido a la facultad sin dormir (por haber estudiado o por haber salido con sus amigas, primero, o con Iván, después) y nunca le había ido mal. Sus apuntes siempre eran excelentes. Pero ahora no se sentía igual, y mirándolo bien, física y mentalmente tampoco estaba igual. Se sentía más cansada que nunca, y lo primero que pensaba siempre que sonaba el despertador era que tenía que haber un error, que el aparato tenía que estar roto y que en realidad tendrían que quedarle unas horas más de sueño. Pero el aparato no estaba roto y nunca disponía de más horas para dormir. Era como si nunca se hubiese podido reponer al nacimiento de Estrella. Los primeros meses después del parto ni siquiera dormía. Estrella se despertaba cada tres horas y tenía que darle la teta. Si podía dormir cuatro horas seguidas, en el momento del día que fuera, se sentía realizada. Igual, no tenía muchos problemas con su tiempo, ya que, si bien andaba cansada todo el día, no trabajaba y no tenía que preocuparse más que por alimentar a su hija. Pero ahora trabajaba, su licencia se había acabado hacía meses, y parecía sentirse tan cansada como entonces. ¿Cómo hacer?, ¿cómo hacer para que Estrella se calmara? Probaron dándole hielo para que mordiera, pero no había dado resultado. Estrella hacía muecas de asco (seguramente por el frío) y ellos tenían miedo de que se les escapara el hielo y la ahogaran. También le dieron unas gotitas de Ibuprofeno, pero eso tampoco la alivió. Seguía llorando, incluso hasta ese momento seguía llorando. Miró de vuelta el reloj y vio que eran las 03:12. El tiempo apenas transcurría y no podía pensar en otra cosa que no fuera la reunión que le esperaba a las pocas horas. Iván, por su parte, seguía dando vueltas. Eso también la incomodaba a ella, pero no quería decirle nada, bastante nervioso se lo veía. Y Estrella seguía llorando, y lloraba, y lloraba, y lloraba… Trató de cubrirse los oídos con su misma almohada, pero no dio resultado. Por supuesto que no, si dos puertas no podían detener el sonido, cómo lo haría una almohada de goma espuma. Presionó la almohada a la altura de sus oídos, esperando que sus manos contribuyeran a bloquear el llanto, pero apenas logró volverlo más sordo y gutural. Nunca pensó que un bebé pudiera llorar tanto. Cualquier adulto se habría quedado sin aire al menos una hora antes, pero Estrella parecía no tener fin. Intentó rezar, pedirle a ese Dios de la infancia (del que rara vez se acordaba) que callara a su hija, para que pudiera dormir aunque sea un poco. Pero su mente no podía aferrarse a ningún pensamiento continuo, y ya se encontraba pensando en el llanto de su hija incluso antes de haber efectuado el pedido. Y encima era lunes. Encima. No quería pensar en eso, ya que aumentaba todavía más su desesperación, pero no podía negárselo por siempre: era lunes, y si no dormía algo esa noche, no sólo estaría agotada al otro día, sino que estaría exhausta toda la semana. Tenía que hacer algo, algo, lo que sea, cualquier cosa, ¿pero qué?

         –Tengo que hacer algo, esto no da para más –dijo Iván, a su lado, y se levantó y salió de la habitación.

         Se le ocurrió decirle que tuviese cuidado, que pensara que Estrella estaba sufriendo, pero no pudo articular palabra. En realidad no quiso. Lo único que quería era dormir. Se oyó un golpe seco, como si Iván se hubiese caído en la habitación de al lado, y Estrella no lloró más. El silencio inundó la casa tan de repente que por un momento ella siguió escuchando el grito de su hija en su cabeza. Pero no era real, sino una especie de eco que se mantenía después de haberlo oído tanto. Iván volvió a entrar en la habitación y se acostó a su lado. Pensó en preguntarle qué había hecho, cómo había conseguido que Estrella se callara, incluso si se había tropezado con algo en la oscuridad, pero no lo hizo. Tenía sueño, mucho sueño, y lo único que quería era dormir un poco; de lo contrario, mañana, no podría hablar en su empresa. Además, tenía que aprovechar, ya que la casa estaba más tranquila que nunca.

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© Lucas Berruezo
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15 de marzo de 2010

DESPUÉS DEL ANOCHECER, de Stephen King

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         Después del anochecer (Just After Sunset) es el último libro de Stephen King publicado en español. A su vez, es su último libro de cuentos. Vale la pena leerlo, ya que en él se puede encontrar a un Stephen King un tanto diferente: más breve, más condensado y, en algún punto, más transparente. Su anterior libro de cuentos fue Six Stories, una compilación de cuatro relatos breves y dos novelas cortas (entre los que se destacan «Lunch at the Gotham Café» y «The Man in the Black Suite») que salió en una edición limitada en 1997 (sólo 1100 ejemplares) de la mano de Philtrum Press, su propia editorial, y que todavía no se consigue en español. Antes de Six Stories, publicó en 1993 Pesadillas y alucinaciones, recientemente reeditado por Debolsillo. Ahora, más de diez años después, tenemos la oportunidad de disfrutar de nuevos relatos cortos del escritor de terror más importante de los últimos cincuenta años (por lo menos).
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- Stephen King: un escritor de Best Sellers… diferente

         Muchos esgrimen el hecho de que King es un autor de Best Sellers para desautorizarlo y menospreciarlo. Sin embargo, basta ver su bibliografía para notar que no es un Best Seller común y corriente. La complejidad de sus historias, la creación de personajes con una importante carga psicológica y la conciencia literaria de su oficio (recordemos que escribió dos ensayos, uno sobre el género fantástico –Danse Macabre– y otro sobre el oficio del escritor y la utilización del lenguaje –Mientras escribo–, además de una infinidad de artículos y prólogos) serían aspectos suficientes para separarlo de otros escritores de grandes ventas. Pero hay un aspecto que vale la pena destacar y que interesa particularmente en este post: King es uno de los pocos escritores de Best Sellers que escriben cuentos. Él mismo lo dice, en la «Introducción» a Después del anochecer:


Muchos de los autores de best sellers de Estados Unidos no escriben relatos. Dudo que sea a causa del dinero; los escritores que han obtenido grandes beneficios económicos con sus libros no necesitan pensar en eso. Podría ser que cuando el mundo de un novelista a jornada completa se limita por debajo de, digamos, las veintisiete mil palabras, una especie de claustrofobia creativa se apodera de él. O quizá es solo que el don de la miniaturización se pierde en el camino. En la vida hay muchas cosas que son como montar en bicicleta, pero escribir relatos no es una de ellas. Uno puede olvidar cómo se hace. (p. 15)

         La conciencia sobre la dificultad de escribir relatos cortos y los deseos de superarla hacen de King un escritor que, a casi cuarenta años de la publicación de su primera novela, Carrie (1974), sigue esforzándose por superarse.
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- Los cuentos

         Después del anochecer reúne trece cuentos para todos los gustos. Hay algunos con un tinte realista («La chica del pan de jengibre» y «Un lugar muy estrecho», para mencionar dos ejemplos, aunque hay más) y otros con su inigualable toque sobrenatural («Ayana» y «N.»). En todos, King se esfuerza por conmocionar al lector, presentando en algunos relatos escenas violentas, en otros aproximaciones a la muerte, y en casi todos eso que él hace tan bien: asustar subrepticiamente con lo real y lo cotidiano de las enfermedades, en especial del cáncer. Prácticamente no hay ningún cuento en que no se mencione algún tipo de esta fatal enfermedad. De cualquier manera, y sea cual fuere los recursos que utiliza, King nos presenta trece buenas historias, que a más de uno dejará pensando en esos minutos eternos en que la luz ya se apagó y el sueño todavía no llegó para envolvernos.

         Además, el libro no termina con los cuentos, sino con unas «Notas del anochecer» en las que King dice algunas palabras sobre los cuentos en cuestión (cómo se le ocurrió la idea, en qué se basó, qué estaba haciendo en el momento de recibir la inspiración, etc.). Quien siga a Stephen King y disfrute de sus prólogos y epílogos tanto como de sus ficciones (y yo soy uno de ellos), no dejará de saborear y agradecer estas notas.


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Sobre el autor: Stephen King nació en Maine (EE.UU.) en 1947. Estudió en la universidad de este Estado y después trabajó como profesor de literatura inglesa. Su primer éxito literario fue Carrie (1974), que, como muchas de sus novelas posteriores, fue adaptada al cine. Lleva escritas más de cuarenta novelas (entre las que se destacan Cementerio de animales, It, The Green Mile, Un saco de huesos y la saga La torre oscura, entre muchas otras) y doscientos relatos. En 2003 fue galardonado con el premio literario estadounidense de mayor prestigio, la medalla de The National Book Foundation for Distinguished Contribution to American Letters.
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- King, Stephen. Después del anochecer. Buenos Aires, Plaza & Janés, 2009.
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  • Más sobre Stephen King en El lugar de lo fantástico:
- «La cúpula, de Stephen King» (aquí)
- «Trailer de La cúpula» (aquí)
- «Duma Key, de Stephen King» (aquí)
- «Trailer de Duma Key» (aquí)
- «La nueva novela de Stephen King: Under the Dome» (aquí)

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22 de febrero de 2010

LOS PELIGROS DE FUMAR EN LA CAMA, de Mariana Enriquez

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«Tenía que contener ese deseo, esas ganas de saciarme, de abrirlo, de jugar con sus órganos como trofeos escondidos.»
Mariana Enriquez, “Dónde estás corazón” en Los peligros de fumar en la cama.


         En Argentina se publica poco terror argentino, casi nada. Por fortuna, hoy tengo la posibilidad de festejar la aparición de un libro de terror en el más exacto de los sentidos. Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enriquez, reúne doce cuentos escalofriantes. Fantasmas, brujerías, obsesiones, canibalismo, necrofilia, posesiones, fobias… estos cuentos parecen tenerlo todo, y en rigor lo tienen. Buenas historias, escritas de manera impecable. Lo único lamentable es terminar el libro. Doce cuentos pueden ser muchos (de hecho, hay libros que se hacen con menos de la mitad), pero en este caso uno se queda con ganas de más. «Uno más y no jodemos más» le gritaríamos a la autora de tenerla cerca.


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- Obsesivos y paranoicos

         Los relatos de Los peligros de fumar en la cama nos muestran, de manera admirable, al individuo de ciudad, es decir a nosotros mismos, a nuestros contemporáneos: sujetos fóbicos, hedonistas hasta al punto de la flagelación, paranoicos, inclinados a los medicamentos (con los que se busca una placidez letárgica), depresivos. El elemento sobrenatural (que aparece en la mayoría de los cuentos, aunque no en todos) no desdibuja esta característica del libro: a un lado de los fantasmas están los hombres y las mujeres de hoy, haciendo lo que pueden por seguir adelante en un mundo que no ayuda. Éste es uno de los aspectos destacables del libro. Es muy común que en las historias de fantasmas los personajes vivos se vean desdibujados por la presencia de lo sobrenatural, a lo que se le da una mayor atención. Aquí ocurre todo lo contrario, la descripción de los personajes «vivos» son tan interesantes (y a veces más) que la de los «muertos». Cuentos como «Dónde estás corazón», «Ni cumpleaños ni bautismos», «Carne» o «Los peligros de fumar en la cama» (en los que el elemento sobrenatural está ausente o reducido al ámbito de la especulación) nos conmocionan de una forma especial, mostrándonos que el infierno puede estar en cualquier departamento o en cualquier casa, que los monstruos pueden ser nuestros vecinos o, en el peor de los casos, nosotros mismos.


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- Y fantasmas

         Pero los fantasmas están, y ocupan un lugar destacable en la mayoría de los cuentos. Sin embargo, su forma de abordarlos es original y vale la pena dedicarle unas palabras.

         Cuando alguien se dispone a contar una historia de aparecidos creemos saber lo que vamos a oír: un ser sobrenatural (malo) que se hace presente en el mundo de los vivos y aterroriza a los hombres (generalmente buenos e indefensos). De no ser así, esas historias jamás producirían miedo, como no lo produce Casper. ¿Verdad? Mariana Enriquez no demuestra que no. Los aparecidos pueden producir miedo, aunque no representen una amenaza para los vivos. Tengo que admitir que el cuento que abre el libro, «El desentierro de la angelita», me generó una sensación que bien se podría definir como ominosa. La visión de la pequeña, sus extremidades putrefactas, su silencio de tumba y sus pequeñas alitas de cartón me obligaron a cerrar el libro en un intento por racionalizar la sensación que me había embargado. ¿Cómo podía afectarme, si la pequeña ni siquiera era mala? Pero era, y estaba en este mundo, y a diferencia de lo que nos suelen decir de los fantasmas, no se quería ir. ¿Qué más terrible que la eterna tortura de ser niñero o niñera de un espectro putrefacto que nos adopta como padres y no nos permite elegir? ¿Qué más terrible que eso?


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- La maldad del ser humano

         Con los libros de cuentos es difícil, por no decir forzado, hacer una lectura general y totalizadora. Sin embargo, en Los peligros de fumar en la cama podemos ver algo interesante que se repite de una u otra forma en todos los relatos. En ellos, la maldad es privativa de los seres humanos. Los fantasmas no hacen el mal por maldad, sino por otras razones, como se puede ver en «El mirador», donde el fantasma de la mujer que vive en el hotel sólo quiere irse y para ello necesita un reemplazo; o en «Rambla Triste», donde una ciudad entera es prisionera de un grupo de fantasmas infantiles como castigo por el mal que les hicieron a ellos mientras vivían y eran niños. Pero éstos son sólo dos casos, en el resto de los cuentos los espectros ni siquiera hacen algo malo: los malos son siempre los vivos. En «La Virgen de la tosquera» es la maldad de los vivos la que produce una respuesta sobrenatural; en «El carrito» y «El aljibe» los seres humanos maldicen y traen la ruina a otros seres humanos; en «Dónde estás corazón» y «Carne» las obsesiones llegan a comportamientos criminales y morbosos. En sentido opuesto, vemos cómo en el ya mencionado «El desentierro de la angelita», así como también en «Chicos que faltan» o en «Cuando hablábamos con los muertos», los aparecidos no lastiman ni se enfrentan a los vivos; sólo están allí o, como se ve en el último de estos cuentos, intervienen de forma inofensiva.


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- Entonces

         La conclusión, a esta altura, es evidente. Los peligros de fumar en la cama es un libro efectivo en todos los aspectos: asusta con lo sobrenatural y perturba con lo natural de la maldad humana.

         Lo recomiendo, sin ningún tipo de peros.


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Sobre la autora: Mariana Enriquez nació en Buenos Aires en 1973. Es Licenciada en Periodismo y Comunicación Social por la Universidad Nacional de La Plata y trabaja en Radar, el suplemento de arte y cultura de Página/12. Además, colabora con revistas como Rolling Stone, La Mano, Dulce Equis Negra y La Mujer de mi Vida. Publicó dos novelas, Bajar es lo peor (1995) y Cómo desaparecer completamente (2004), y participó en las antologías La joven guardia (2006), Una terraza propia (2006), En celo (2007) y Los días que vivimos en peligro (2009).


.- Enriquez, Mariana. Los peligros de fumar en la cama. Buenos Aires, Emecé, 2009.

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30 de enero de 2010

CRÓNICA DE UNA EXPERIENCIA PARANORMAL: "El fantasma en el patio"

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         El suceso que contaré a continuación no es ficticio, por eso lo incluyo en la sección de «Aguafuertes». En el área de la ficción estamos acostumbrados a oír historias de fantasmas, de extraterrestres, de hombres lobo o, incluso, de seres mitológicos como los duendes o los unicornios. Algunos hasta llegan a creerlas. Otros, más escépticos, tienen siempre presente que se trata de ficción, aunque eso no los excluye de la posibilidad de asustarse o de conmoverse. De cualquier manera, si uno para un poco la oreja, podrá darse cuenta de que la vida real (entiéndase, aunque precariamente, lo que no entra en la ficción, sino en la concreta cotidianeidad) está llena de historias como ésas, historias que no pueden explicarse satisfactoriamente mediante la razón y que nos colocan frente a sucesos que muchas veces superan cualquier trama cinematográfica o literaria. En esta crónica, que espero sea la primera de una serie de muchas, contaré una historia que le ocurrió a dos personas allegadas a mí, que por cuestiones de discreción reduciré sus nombres a sus letras iniciales. El muchacho será C., un joven de 29 años, atlético y absolutamente escéptico (no por convicción, sino por desinterés), y la muchacha será F., de 30 años, algo petisa y de curvas bien marcadas, con una extrema sensibilidad perceptiva. Confío en sus palabras, en especial en las de C., a quien todavía sigo viendo. La historia, entonces, es ésta:.
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         En aquel entonces, C. y F. estaban de novios. Hacía ya tres años que se habían conocido y su relación era estable. Aún no vivían juntos, pero los fines de semana C. solía quedarse a dormir en la casa que F. compartía con su abuela. Fue en una de esas estadías que ocurrió lo que ahora voy a narrarles, aunque antes permítanme contextualizar un poco.

         F. ya nos había contado en varias reuniones que ella tenía el don de ver fantasmas. Los llamaba así, «fantasmas». No recordaba la primera vez que había visto uno, ya que en realidad, en un principio, no podía diferenciar entre una persona viva o muerta. De hecho, todavía le costaba diferenciarlos. Pero se hizo consciente de su don, siendo niña, cuando vio a un vecino que había muerto días antes. Entonces, después de «enterarse» de su capacidad, ésta se profundizó más. Comenzó a ver fantasmas en todos lados, en su casa, en la casa de sus amigos, incluso en la mía. Lo primero que solía sentir era miedo, un miedo que nunca lograba superar del todo, pero que intentaba combatir por medio de la indiferencia. Ignorando a los fantasmas, a veces con más o menos fortuna, esperaba que se fueran sin hacerle nada.

         C. solía burlarse de F. Decía que tenía mucha imaginación y que a veces creía que un gato o una cucaracha eran espíritus del más allá. De cualquier manera, era el único que se burlaba de ella (supongo que se trataba de las prerrogativas de dormir con la vidente), ya que el resto de nosotros intentábamos no incomodarla. Uno nunca sabe cómo reaccionar ante personas con esas capacidades. No sabemos si debemos mostrar interés o hacer como si no fuera extraño lo que se nos cuenta. El esfuerzo por no ser grosero muchas veces deja a las personas mudas e inmóviles.

         Al poco tiempo, de esto hará unos dos años, C. no volvió a burlarse de nada ni de nadie, ya que él mismo fue testigo de una de las experiencias de F.

         Como de costumbre, se había quedado a dormir en la casa de F. y, a eso de las diez de la noche, ella le pidió que la acompañara a descolgar la ropa del patio. El patio en cuestión era un enorme jardín de casi media cuadra de profundidad, que en el centro poseía un pequeño paredón con varios maceteros alineados en él. Se trataba de maceteros con plantas, que pesaban lo suficiente como para permanecer incólumes ante la peor de las tormentas.

         Salieron y comenzaron a descolgar la ropa del tendedero. De pronto, F. pegó un grito. Casi al instante, uno de los enormes maceteros cayó al piso, quebrándose en varias partes. C. miró enseguida hacia el paredón (según él en busca de un ladrón), pero no vio absolutamente nada. No había personas, ni gatos, ni mucho menos el viento suficiente como para derribar semejante objeto de cerámica. Sólo estaba la pared, el macetero tirado a los pies de ella y el resto de los otros maceteros alineados en su superficie, intactos. Entonces C. consideró esa posibilidad y no pudo más que preguntar: «¿Viste algo?». F. pensó en no decir nada, estaba muy asustada como para recibir burlas, pero algo en el rostro de su novio le dijo que esa vez sería diferente, que, lejos de burlarse, C. la comprendería. Y se lo contó: había visto a una mujer vestida de blanco, con algo parecido a un camisón, que estaba sentada en el pequeño paredón. Cuando ella pegó el grito, la mujer se puso de pie de un salto y se fue, tirando la maceta con su movimiento.

        Cuando C. me lo contó se notaba su consternación. «No creas que por eso creo –me dijo en aquel entonces–, pero la verdad es que me asusté bastante. No sé, prefiero no sacar conclusiones».

        Desde entonces, y cada vez que F. contaba alguna de sus experiencias paranormales, C. sonreía con expresión ambigua. No le daba la razón a su novia, ni siquiera la apoyaba, pero eso sí, jamás se volvió a burlar de ella.





  • También te puede interesar:


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21 de enero de 2010

LA «REALIDAD FACEBOOK»

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         Nuestro momento histórico está sumido en el embotamiento mental. Miro a mi alrededor y no veo más que mediocridad. No voy a caer en el exceso de decir que TODAS las personas son mediocres, pero no creo exagerar al afirmar que lo son la mayoría. No hay reflexión ni meditación. No hay silencio. El silencio nos obliga a pensar, a oírnos, a dilucidar lo que pasa adentro y alrededor nuestro, y por eso muchas personas no toleran el silencio. Lo rehuyen. En las casas, siempre hay un aparato eléctrico encendido que impide el silencio: una radio, una televisión, lo que fuera. Aunque no les prestemos atención, allí están. Su función es la de hacer ruido. En la calle cada vez son más los que van con auriculares. Los jóvenes, principalmente, no se desconectan en ningún momento del día. Incluso me los imagino durmiendo con la televisión o la radio encendida.

         Aparte del constante ruido, otra prueba de que se reflexiona poco puede encontrarse en la figura paradigmática de las redes sociales tipo Facebook. La «Realidad Facebook» nos muestra que hay poco que decir y mucho que mostrar. Estas redes sociales llevaron hasta un extremo paródico el refrán «una imagen vale más que mil palabras». Ahora hay miles de imágenes y apenas unas cuantas palabras. Y las palabras que podemos leer allí son poco más que simulacros de escritura. Textos como «Vacaciones» o «Armando los bolsos» o, incluso, «Tengo que cortar el pasto» pueblan esos espacios. La imagen no sólo reemplazó a la palabra, sino que la misma palabra, cuando aparece, no es más que eso, palabra inarticulada. Lejos quedaron las cartas de varias páginas o, aún más cerca pero igualmente lejos, los mails de varios párrafos. La sensación de estar continuamente conectado con otras personas lleva a prescindir de la escritura. Basta con las fotos y alguna que otra aclaración. Si cumplo años, no tengo que contarlo, no tengo que interpelar a mis amigos y relatarles cómo estuvo mi día, qué me regalaron, cómo la pasé ni quienes fueron mis invitados (ejercicio que me obligaría a reflexionar al respecto y a forjar una valoración consciente de lo vivido), simplemente subo las fotos con el título «Mi cumpleaños» y listo. ¿Para qué hablar, si puedo mostrarme?

         Y en medio de todo esto, casi escondida, la lectura, huérfana de los tiempos modernos.

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20 de enero de 2010

EL RETORNO DE LOS BRUJOS, de Louis Pauwels y Jacques Bergier

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          El retorno de los brujos (Le Matin des Magiciens) fue publicado, por primera vez, en París en 1960. Su autor, Louis Pauwels (1920 - 1997), había trabajado y reflexionado junto a Jacques Bergier (1912 - 1978) durante cinco años para que su ensayo viera la luz. El libro tuvo una rápida difusión en todo el mundo, siendo valorado y rechazado de forma simultánea y con el mismo ímpetu. De hecho, la edición española con la que cuento es de 1966. Hoy, a cincuenta años de su publicación, el libro ya no se edita y apenas se puede conseguir en la web o, con un poco de suerte, en alguna librería de usados. Sin embargo, nadie puede quitarle a El retorno de los brujos el hecho de haber sido el primer ensayo dirigido al gran público que, con una seriedad que no suele acompañar a los temas tratados, ponía sobre la mesa algunas de las cuestiones que los científicos continúan rechazando sin observación, los fanáticos aceptando sin reflexión y la mayoría ignorando con impunidad: la realidad fantástica.


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- Fecha de vencimiento

         Soy un completo ignorante en lo que respecta a la física y a la química. Por esto mismo, ignoro si muchas de las observaciones que hace Pauwels sobre estas y otras ciencias siguen estando vigentes o, por el contrario, ya fueron rechazadas de forma definitiva. Como ejemplo se puede mencionar la hipótesis sobre las mutaciones. Según el autor, en 1960 la radiactividad era treinta y cinco veces superior en comparación con principios del siglo XX. Esto trae como consecuencia una serie de mutaciones desfavorables: malformaciones, cáncer, etc. Ahora bien, ante esta evidencia, Pauwels se pregunta: «¿Hasta qué punto se podrían producir mutaciones celulares favorables, generalizadas en todo el organismo?»[1]. Básicamente, lo que Pauwels plantea es que si la radiación produce monstruos y enfermos, ¿por qué no puede producir (por azar o destino) una nueva raza de humanos superiores? Pone la piel de gallina de solo pensarlo. Pero hay que aclarar que Pauwels no era un maniático delirante que esperaba el surgimiento de una nueva raza de superhombres producto de la manipulación científica. No. Pauwels era, simplemente, un optimista a ultranza, que veía en aquello que está destruyendo a la humanidad la posibilidad de superarla.

         Esta hipótesis es, tal vez (y sinceramente eso espero), anacrónica. A lo mejor la ciencia ya demostró la imposibilidad de que se den mutaciones favorables a base de radiaciones. La verdad es que no lo sé, pero algo me dice que muchas de las hipótesis «científicas» del libro perdieron ya el sentido. Probablemente por eso ya no se edita ni se cita en ninguna parte. Pero, insisto, no por esto el ensayo deja de ser interesante. Varios de los temas que trata son útiles a la hora de abrirle la mente al lector y mostrarle «otra» realidad, que es real también. Así, por ejemplo, hay una parte que se centra en el nazismo, en la que se analizan aquellas cuestiones que la historia «oficial» ha dejado de lado: el trasfondo místico, la teoría del mundo helado y de la tierra cóncava, la sociedad de Vril, Hitler como médium, etc. No voy a detenerme en esto (el análisis es demasiado interesante como para glosarlo), pero sí voy a destacar la hipótesis principal: la Alemania de Hitler no se trató de otro país con una organización política, económica, militar e ideológica particular, sino que se trató de una civilización completamente diferente a la nuestra, una civilización mágica y mística que se opuso al materialismo científico que caracterizaba (y sigue caracterizando) a Occidente. Como ésta, hay otras hipótesis interesantes, entre las que se destacan la de las sociedades secretas y la de las civilizaciones técnicas desaparecidas. Detenerme en esto sería dilatarme más de lo aconsejable; basta con decir que, vigentes o no, actuales o no, las hipótesis de El retorno de los brujos permiten pensar de otra manera, mirar las cosas con otros ojos, considerar la posibilidad de que, a lo mejor, la realidad no es como la ciencia oficial dice que es, de que lo fantástico es tan real como el techo que, en este momento, cubre nuestras cabezas.
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- El realismo fantástico

         La hipótesis principal de El retorno de los brujos es, a su vez, la regla de oro que guió los trabajos y las reflexiones de Pauwels y Bergier: lo fantástico no forma parte de la fantasía, sino de la realidad. En palabras de Pauwels: «Generalmente se define lo fantástico como la violación de las leyes naturales, como la aparición de lo imposible. En nuestra opinión, no es nada de esto. Lo fantástico es una manifestación de las leyes naturales, un efecto del contacto con la realidad cuando ésta se percibe directamente y no filtrado por el sueño intelectual, por los hábitos, por los prejuicios, por los conformismos» (pp. 19-20). La escuela del realismo fantástico plantea, entonces, que hay hechos que son olvidados por las ciencias oficiales (y aquí no sólo se incluyen las ciencias positivas, como la química y la medicina, sino también las humanas, como la antropología y la historia) por no poder darles una explicación satisfactoria. La magia de los chamanes, la clarividencia, la astronomía maya, la construcción de las pirámides de Egipto, la existencia de una o de dos Atlántidas, etc., todo esto sería excluido del campo del saber o se explicaría de forma insatisfactoria para que cuajase en los parámetros oficiales del conocimiento. Lo que hace el realismo fantástico es incluir los hechos y no excluirlos, relacionarlos y no segmentarlos, tratar de comprenderlos y no de explicarlos. Así, lo que se busca es la continuidad, la visión del universo en su unidad armónica: «El progreso no consiste en forzar los paréntesis, sino en multiplicar los guiones de unión» (p. 189).

         Esta es la propuesta de la escuela del realismo fantástico, una escuela que, a juzgar por lo que nos legó, no ha tenido mucha suerte. Sin embargo, el planteo no carece de interés. Generalmente, observamos la realidad a través de los anteojos que nos proporcionan la ciencia, la historia, el periodismo, etc., y tendemos a descartar por fabuloso todo aquello que no encaja en los parámetros establecidos. ¿Y si la realidad es algo más? ¿Si a nuestro alrededor lo que puede explicarse convive con lo que no? Después de todo, lo sobrenatural no es más que un tipo de percepción: para la cultura de la Edad Media, hacer un pacto con el Diablo era tan natural como hacerlo con una persona.


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- Conclusión:

          Recomiendo la lectura de El retorno de los brujos (supongo que las bibliotecas deben tener ejemplares, y si no siempre se puede recurrir a la web), aunque hay que ingresar al realismo fantástico con la certeza de que no hay certezas. Es un libro de hipótesis, no de afirmaciones. Por esto mismo, toda idea está tamizada con diversos y constantes «tal vez». Es un ensayo que permite preguntar sobre otras realidades, no responder respecto de ellas. Hay hipótesis más interesantes que otras, algunas más aceptables que otras, pero el valor del libro radica en eso, en proponer hipótesis, en abrir nuevos caminos, que de alguna manera son antiguos y están cerrados. Y es que los brujos retornaron por un momento en la década del ’60, para volverse a ir tiempo después. ¿Ahora quién sabe dónde están? En las librerías seguro que no…



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[1] Louis Pauwels y Jacques Bergier. El retorno de los brujos. Barcelona, Plaza & Janés, 1966, p. 527. A continuación las citas se harán según esta edición.



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Sobre los autores:



Louis Pauwels nació en Bélgica en 1920 y murió en 1997. Fue periodista y escritor. Su trabajo se centró principalmente en suplementos culturales de diferentes diarios y revistas, como Le Journal du Dimanche o Le Figaro-Magazine. Pauwels conoció a Jacques Bergier en 1954, cuando era el director literario de la Biblioteca Mondiale, con el que escribió, en 1960, El retorno de los brujos, y en 1970 la interrumpida continuación de L'Homme Eternel. Colaborando nuevamente con Bergier (así como con François Richaudeau), fundó la revista bimensual Planète en octubre de 1961, (alrededor de 150 páginas) que apareció hasta el mes de mayo de 1968. En el decenio de 1970, se convirtió en amigo de algunos miembros del ultraderechista GRECE (Grupo de Investigación y Estudios para la Civilización Europea).

Jacques Bergier nació en 1912 en Odesa, Imperio ruso, y murió en 1978 en París. Ingeniero químico, alquimista, espía, periodista y escritor francés, fue autor de obras como Guerra Secreta bajo los Océanos, Extraterrestres en la Historia y El planeta de las posibilidades imposibles, entre muchas otras.


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